El coche de Inmola Rota, el SEAT 1400 B, blanco como la misma niebla y con los tres amiguetes en su interior, se encaminó de forma singular hacia la esquina del Prado real con el Paseo de la Alameda.
A lo mejor no habría que decir singular y sí atípica. Puesto que en verdad sólo era eso, una forma atípica de dirigirse a un sitio.
El señor Rota en vez de tomar, como es de costumbre, el camino más corto, rápido, o “cómodo” para llegar al lugar determinado, hizo todo lo contrario. No se sabe con certeza si por despiste o por insensatez. Pero el caso es que se metió por las calles más pequeñas, por las más estrechas y por las más enrevesadas de la ciudad. Por todas se metió. No se dejó ni una. Por alguna de ellas, además, por obligación de las señales de tráfico, tuvo que pasar varias veces.
Visto desde fuera, bajo esta circunstancia y dentro de la niebla, el vehículo parecía un enorme pez despistado, o perdido. Una ballena. Una ballena que estuviese dando vueltas dentro de una pecera gigante. En busca de inútiles corrientes marinas. Y es que a menudo las urbes, también vistas desde fuera, son sólo eso, peceras. Grandes o pequeñas, pero peceras. Si bien, vistas desde dentro, casi todas ellas, sobre todo por la noche, suelen parecerse, y mucho, a los océanos.
La ballena blanca del señor Rota, quién sabe si por la indigestión de llevar en su interior a estos tres personajes, marchaba a tirones. Parecía sentirse pesada y adormilada. Empachada. Repitiendo el alimento además de tener ganas de vomitarlo.
El tubo de escape, como prueba de todo esto, expelía un humo espeso y negro que iba acompañado de fofas explosiones.
Lógicamente, los estallidos hacían que todo el mundo se quedara mirando al coche cuando circulaba por las calles. Por las mismas calles, una y otra vez.
Así les ocurrió a unos jóvenes que mantenían una divertida charla en la puerta de un bar y que se sorprendieron al ver al auto pasar delante de ellos repetidas veces. Los chicos, entre risas, bromearon con el coche. A ellos no les parecía una ballena. No. A ellos el auto les semejaba un perro. Un perro que anduviese insomne durante la época de celo en busca de alguna aventura.
Al margen de las explosiones. Si no llega a ser por la niebla, que imposibilitaba ver hacia dónde iban, seguramente los tres ocupantes hubiesen creído estar dando vueltas sobre un carrusel sedante, hipnótico o ficticio. Encerrados en el coche para siempre. Probablemente hechizados por el conjuro de los edificios que los rodeaban. O forzados por alguien o algo a convertirse en mera invención.
La densa y pesada nube, sin embargo, los mantenía a salvo de tales hipótesis.
El doctor Feria y Nilo, sentados en los asientos traseros, respiraban profunda y pausadamente. Poco a poco, como si el oxígeno que había dentro del coche fuera insuficiente y como si a cada exhalación fueran conscientes de ello.
Sus pensamientos eran, por no decir los mismos, prácticamente iguales. Tocaba sacar al señor Lude de aquel edificio. Y salvarlo. Y conocerlo, claro. Por fin iban a conocerlo.
El doctor parecía mostrar, sólo por culpa de ciertas e inquietas contracciones en la cara, más nerviosismo que Nilo. Aunque igualmente a éste se le notaba alterado. Al menos en el modo de echar la cabeza hacia atrás. O cuando se estiraba el pelo de las patillas, el poco que le quedaba.
Hubo un momento en el que ambos, como sincronizados, realizaron una serie de movimientos en apariencia totalmente involuntarios. Ordenados no se sabía muy bien por quién o qué. Tal vez por un sistema externo e independiente, una suerte de voluntad intrusa que decidía intencionadamente vincular los nervios de ambos. Porque los dos iban a la par. Casi imantados. Unas veces se secaban el sudor de las manos en las mangas, otras en el pantalón. Si uno se rascaba la nariz, el otro las cejas, o la barbilla. Igual miraban de refilón a la calle, velada por la niebla. O se miraban entre ellos sin decirse ni pío.
Obviar que la responsabilidad de Nilo en el asunto es mayor que la mía sería un grave error, pensó para sus adentros el viejo mientras veía el cuerpo de Nilo encogido en el asiento. Parece un cachorro asustado, imaginó.
El doctor puso una de sus manos sobre la pierna del pequeño niño-anciano, tragó saliva para suavizar su garganta y dijo: “todo saldrá bien, no te preocupes”.
Inmola los observaba echando miradas furtivas al espejo. Él iba a lo suyo. A él no le importaba el señor Lude. Poco o nada le preocupaba. A él lo único que le preocupaba era llegar al semáforo del Prado real con el Paseo de la Alameda. Y por lo que su instinto le decía o más bien empezaba a gritar, estaban a punto de llegar. Sólo tenían que girar a la izquierda en la siguiente bocacalle y “voilá, señores. Ahí tienen el edificio”, dijo el dentista alargando el brazo y apuntando hacia la derecha. Sus dos colmillos de plata titilaron en el espejo como los ojos desvelados de un búho.
(LNZ)
viernes, 4 de abril de 2008
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