viernes, 8 de febrero de 2008

HOTEL LA HIPERBOLA IX

¡YA ESTÁ!, dijo de nuevo el doctor. Sé cómo podemos hacerlo.
Nilo se le quedó mirando de forma concienzuda, como quien mira figuras abstractas intentando definir qué parecen sus formas. Mantenía el mechero en la mano esperando ansioso a que el doctor dijera algo. Porque, estaba claro, algo más tenía que decir.
Ahí lo tienes, repetía una y otra vez el doctor. “Ahí lo tienes”.
Nilo, con su pequeña cara ovalada y cubierta de arrugas parecía una figurita de arcilla. No entendía qué pasaba ni tenía la más mínima idea de lo que le hablaba el viejo. Tampoco sabía qué decir o qué hacer. ¿A qué se estaba refiriendo el doctor? Observaba confundido al anciano cuya mirada había adquirido una expresión de felicidad rayana la locura. Le veía extasiado y sus ojos titilaban con más fulgor que las ascuas de un herrero. ¿Qué le ocurre al doctor?, pensaba.
Ahí lo tienes sandio, insistía el viejo mientras señalaba con su dedo índice el mechero que sujetaba Nilo. “Con fuego. Pegaremos fuego al edificio”.
¡¿Se ha vuelto usted loco?! Ni al más zoquete del mundo se le ocurriría tal majadería. Le reprendió Nilo sonando cada una de sus palabras a modo de golpes de timbal.
Tú calla y haz lo que te diga.
Pero doctor, escuche. Allí vive mucha gente, aunque a usted eso le pueda no importar demasiado. Además, otra cosa: ¿cómo vamos a sacarlo con el edificio en llamas? Le recuerdo que está malherido.
Lo primero, nunca he dicho que esa gente no me importe, tal vez su actitud y sociabilidad sí me importan, pero eso es otro cantar. Lo segundo, tú haz lo que yo…
No, le cortó Nilo dejando el mechero encima de la mesa. Dígame cómo pretende sacarlo de allí. Si encuentro lógico, coherente y posible su plan le obedeceré. Si por el contrario lo juzgo absurdo no pienso participar de su disparate. Lo lamento pero no.
Nilo cruzó los brazos y se quedó estático negando con la cabeza. Al viejo le pareció que la raíz de una planta carnívora había atravesado sigilosamente toda la casa, atrapado con su tubérculo a Nilo y que iba a empezar, de un momento a otro, a comérselo.
El doctor, tras un denso silencio gracias al cual reflexionó lo planteado, encontró razonable lo que Nilo le proponía. Asintió con la cabeza y se acercó a la ventana con gesto victorioso. La cerró, corrió las cortinas y se dirigió a su escritorio. Abrió un cajón, sacó un frasco pequeño y lo puso encima de la mesa. Hecho esto, fue directo hacia una de las librerías, la más cercana a la puerta. Cogió un libro, lo abrió y buscó entre sus páginas una hoja amarillenta y vieja que extrajo con sumo cuidado. Sonriendo, anduvo hasta su sillón. Se sentó despacio y echó el cuerpo hacia atrás, apoyándose totalmente en el respaldo. De su cara todavía no se había borrado esa expresión de alegría, como si hubiera descubierto el secreto de un viejo enigma. Juntó las manos semejando un feligrés en procesión y le dijo a Nilo que prestara mucha atención.


La luz que ofrecía la única lamparita encendida de la habitación, muy pobre y de tonalidad azafranada, dividía el cuarto en dos sectores. Uno el luminoso, donde el polvo orbitaba con lentitud alrededor de la sala como si fuera una galaxia minúscula y desconocida. El otro sector era oscuro y parecía no tener fondo, como si en contraste a la galaxia luminosa, esta parte de la habitación hubiera decidido ser un agujero negro a cuyo contacto las partículas de polvo desaparecían atraídas por un extraño magnetismo.
Quiero que vayas al edificio, empezó el doctor. Entra y que nadie te vea. Ve a tu escondrijo, rincón, o lo que tengas allí. Dale al enfermo tres gotas de esto, el doctor agarró el frasco que había sacado de uno de los cajones del escritorio. Recuerda, tres gotas, continuó luego de dejarlo otra vez en la mesa. Ni una más ni una menos. Tres. En cuanto le hayas dado las tres gotas dirígete a la última planta del edificio. ¿Puedes acceder a la última planta por el conducto de ventilación?, preguntó con retintín.
Sí, contestó Nilo, atendiendo con escepticismo.
Pues en cuanto llegues a la última planta, pégale fuego a alguna de las casas. No me importa cuál. Me da igual que sea grande, pequeña, que dé al interior o al exterior. Me trae sin cuidado. ¿Entendido? Yo de ti lo haría donde vieras que hay más probabilidades de que el fuego se propague antes y donde genere más escándalo y alboroto. ¿Me entiendes? Pues ahí, dijo tras comprobar que Nilo afirmaba con la cabeza. Sal del piso y grita “fuego” con toda tu alma. Una y otra vez, fuego, fuego, fuego. Tienen que oírte. Y cuando te oigan, todos los de allí saldrán de sus agujeros antes que las ratas. Ya lo verás, sentenció con los ojos cerrados el viejo.
Con el bullicio ve de nuevo a tu escondite. Si mis cálculos son exactos, y siempre lo han sido, tosió irónicamente, las tres gotas habrán hecho su efecto. Él se encontrará físicamente perfecto, en disposición de andar, correr, saltar o lo que haga falta. Y lo más importante e imprescindible para el caso, atiende. Estará en disposición de obedecerte.
Nilo puso cara de asombro y duda. El doctor con la mano hizo un ademán despreocupado y siguió hablando.
No te preocupes, esa droga no lo matará. Ni siquiera se acordará después. El efecto se le pasará a la hora más o menos. Así que ya sabes, no te entretengas con estupideces caritativas. Échale una manta por encima y sácalo de allí. Dile que no suelte tu mano y tú no lo sueltes, sería capaz de obedecer a cualquiera. Aprovecha la batahola del incendio, sal del edificio con él y búscame. Nosotros estaremos esperando justo detrás de la esquina del prado real con el paseo de la alameda. Pegados al semáforo. Ya sabes dónde, ¿no? Recuérdalo, en cuanto os veamos aparecer, iremos hacia vosotros, os recogeremos a los dos y os sacaremos de allí en lo que dura un chasquido de dedos. Los bomberos ya se encargarán de apagar el incendio. ¿Está todo claro?, preguntó el viejo mostrando su imperturbable rostro satisfecho y echando todo su cuerpo hacia atrás.
Al hacer esto, los muelles del sillón sonaron oxidados y de la planta de abajo un profundo maullido sonó amortiguado, como de otro mundo. Después, el silencio se instaló en la habitación y mostró su aspecto más impaciente y ansioso, igual que cuando en una tormenta de verano las inmóviles y compactas nubes se hacen perezosas y les cuesta soltar su frenética tempestad.
Nilo que había seguido las indicaciones con la obediencia del amigo frunció el ceño y tras hacer una mueca con la boca se levantó de su asiento, descruzó los brazos y a pasitos cortos se acercó hacia el sillón del doctor.
Doctor, dijo, lo que usted propone parece posible.
Nilo hizo una pausa. Parecía que estuviera escogiendo lo importante de su pensamiento o como si pretendiera ocultar al doctor ciertos aspectos del plan.
Dejando al margen que vamos a cometer un delito, continuó, y que, ojalá no suceda, podría haber algún muerto…, aunque ya me encargo yo de que…, bueno, de hacer el ruido suficiente para que todo el mundo me oiga y se entere de que hay fuego, esto…como le decía, aparte de eso, hay algo que no me encaja de su plan. Ha hablado usted de “nosotros” cuando se ha referido a los que estarían esperándonos junto al semáforo. El viejo asintió torpemente. Sí. Pues. Ejem, tengo algo que preguntarle.
Nilo tomó aire, repitió la misma mueca de antes y mirando fijamente a su amigo dijo: ¿quiénes son ese “nosotros”?
La pregunta desconcertó al doctor y un halo de nerviosismo pareció hundir los hombros del viejo, como si algún espectro hubiera impuesto encima de ellos una carga pesada e invisible. El rostro de satisfacción de antes mudó hacia la preocupación, y sobre su cara, el labio inferior reproducía involuntariamente un tic angustioso. De la planta de abajo, al instante, sonaron maullidos imprudentes y alocados. Parecía claro, por tanto, que hasta los gatos habían notado la preocupación de su dueño. El doctor desvió la vista hacia el suelo, como un niño, y cogiendo con rapidez el papel que había extraído de uno de los libros, dijo:
Estaré… estaré con… con… Rota, el doctor Rota.
¡¿Qué?!, gritó Nilo con más indignación que sorpresa. Sonó como si todos los cristales del mundo hubiesen estallado a la vez y los añicos estuvieran cayendo indefinidamente sobre el suelo de la habitación.
¿Quién? ¿Rota? ¿Su amigo Inmola Rota? ¿Ese octogenario sacamuelas? ¿Ese estafador? ¿Ese delincuente?
El doctor jamás había visto hablar de tal manera a Nilo. Parece más grande y alto, pensó.
Es el único que puede llevarnos en coche. Además, no lo llames así, dijo el viejo con un arrebato fingido. No es ningún delincuente. Es odontólogo.
Sí, claro. Le recuerdo, dijo Nilo aupándose sobre sus diminutos pies, que estuvo en la cárcel por falsificar dinero. Y se cree que todavía falsifica.
Se cree, se cree. ¿Tú lo crees?, preguntó el doctor desafiante.
Nilo titubeó. Esta pregunta le había pillado por sorpresa. En realidad él no sabía nada. Había oído cosas, pero sólo eso. Cotilleos. Nada sabía con certeza. Incluso alguna vez había dudado de esos rumores. Sabía, por otra parte, que el dentista había estado en la cárcel por falsificar dinero. Sí, lo sabía todo el mundo. Estafó a unos turistas franceses con más de cien millones de pesetas. Pero, pensaba Nilo, de eso hace mucho tiempo y pagó por ello.
El viejo, notando por la mirada de su amigo, que la firmeza de los argumentos de Nilo desguarnecía, no desaprovechó la oportunidad y entró por esa grieta a saco, como una bayoneta. Se levantó del sillón, se dirigió de forma rápida hacia la ventana, echó, tras separar un poco las cortinas, una mirada furibunda al exterior y de manera digna se volvió hacia Nilo.
Mira. Para discutir sobre la honradez u honestidad del doctor Rota o de quien sea, tenemos el resto de nuestras vidas.
El anciano cerró con un arrebato la cortina, se giró y empezó a pasear por la habitación. De una punta a otra iba y venía arrastrando los pies sin dejar de hablar. En apariencia, no se dirigía a nadie.
Hay cosas que no te gustan de él, expresó modulando la voz hasta convertirla casi en un zumbido uniforme, como el de un moscardón pululando alrededor del cuarto. Bien. Lo sé. Y no importa. Todo el mundo siente cierta antipatía o simpatía por alguien. A veces, incluso, sin conocer a fondo a ese alguien. He aquí una suerte inseparable del humano. Sentir lo que ve y establecer relación con lo que ve sin apenas conocer lo que ve.
El doctor se detuvo frente a la puerta de la habitación. Metió las manos en los bolsillos de sus estrechos pantalones y se dio la vuelta. Los ojos parecían cerrados o más bien lánguidos, como cuando se dice que alguien duerme con los ojos abiertos. Nilo pensó que el viejo estaba soñando despierto, o quizá hablando dormido, aunque no tomó en serio sus propias sospechas. El anciano, entonces, apoyó la espalda sobre la puerta y sin sacar las manos de los bolsillos prolongó su disertación.
Estarás conmigo, dijo afirmando con la cabeza, en que el simple hecho de llevar pantalones cortos, una flor en el ojal de la chaqueta y corbatas poco discretas, puede ser motivo para que alguien sea tildado de estrafalario, ¿a que sí? Y suele ocurrir que, debido a esto, a esta etiqueta graciosa, ese alguien va a generar simpatía en un sector de la sociedad, ¿a que sí? ¡E incluso podrían llamarle genio! Pero también suele ocurrir entretanto que, la otra parte, el otro sector de la sociedad, tal vez por antítesis o por no convertir las simpatías en dogmas, va a sentir tirria de ese alguien, y en el mejor de los casos, viejo amigo, le llamarán loco. Sabes que sí, dijo mientras se acercaba de nuevo hacia su sillón. Ha sido así y será así de por vida, se sentó y suspiró.
Yo también a menudo encuentro absurdas esas actitudes, apuntó el doctor al comprobar la cara de suspicacia de Nilo. Pero es que el pensamiento humano, por su propia naturaleza, necesita de posiciones y contraposiciones para mantener su justo equilibrio. Si no, ¿a qué santo íbamos a vivir tantos en sociedad? ¡Y juntos! Seríamos como tigres si no nos necesitáramos. Pero no, de eso nada, somos como borregos. A modo de ejemplo te digo Nilo que los humanos somos las aguas de un río, y los pensamientos de los humanos son las dos riberas de ese río. Tan iguales las dos riberas, y tan separadas una de la otra. ¿Entiendes? Por supuesto, tengo que decírtelo, esas dos riberas, da igual la que sea, en mi opinión son los únicos lugares donde puedes salvarte de morir ahogado. Hizo una pausa, tragó saliva y levantando ligeramente la cabeza dijo: ¿Pillas la metáfora?
Doctor, dijo Nilo apoyando todo el peso de su cuerpo en su sillón. Déjese de soflamas. La humanidad no ahoga. Y más de un borrego actúa con la fiereza de todos los tigres del mundo juntos. Podría enumerarle…
Bueno, bueno, dejemos el tema. Que tanto pensar no conduce a nada y además veo que no me prestas atención, le interrumpió el doctor con mucha vehemencia.
Al grano. No disponemos de mucho tiempo. Has venido aquí porque después de tantos años esperando, por fin lo hemos encontrado, ¿no? Pues en marcha.
Tras decir esto, un brillo especial, como el de las máscaras de cerámica, llenó de optimismo el rostro del doctor y el de Nilo. El viejo se levantó del sillón, desplegó el papel amarillento que había extraído de uno de sus libros y con paso alegre se dirigió hacia la mesita auxiliar de su escritorio, donde un teléfono, algo pasado de moda, compartía espacio junto a un cenicero de cristal con forma de pez. De un cajón de esta mesita sacó unas gafas metálicas. Se las colocó con delicadeza y a través de ellas miró el número de teléfono que, semejando un garabato infantil, estaba escrito en el papelito. Descolgó el auricular, marcó los números poco a poco igual que si estuviera desactivando una bomba, y con cara de expectación y mordiéndose el labio inferior, aguardó pacientemente a que al otro lado del teléfono contestaran.
¿Inmola?
Soy Vico. Vico Feria. El doctor Feria.
Bien.
Sí, mucho.
Como siempre.
No, con Nilo. ¿Podrías echarnos una mano? Necesitamos que nos lleves en tu coche.
Sí.
Nada del otro mundo.
Bien, vale. Entonces en cinco minutos.
Sí, en el portal te esperamos.
Hasta ahora.
El doctor colgó y con un sencillo gesto Nilo y él se pusieron en marcha.
En mucho menos de cinco minutos, el doctor Feria y Nilo habían repasado el plan, se habían repartido las responsabilidades, habían llenado los cacharros para la comida de los gatos, cerrado las puertas y ventanas, apagado todas las luces de la casa salvo una y ya estaban en el portal de la casa, junto al abeto, esperando a Inmola Rota.
La niebla persistía en su opacidad y si no llega a ser por el frescor de la noche uno hubiese creído estar dándose un baño turco. Nilo, que había guardado el frasco que le había dado el doctor dentro de uno de los bolsillos de su abrigo, lo sopesaba con la mano. Tres gotas, pensaba. Sólo tres. El doctor canturreaba una pegajosa melodía. A Nilo se le pegó.
Unos ladridos sonaron frágiles en alguna calle lejana. Se sentían del interior de las nubes. Otro sonido, más grave que los ladridos, acompañado de un chirriar de ruedas hizo girar la cabeza a los dos amigos. De repente, salido de la blanquecina y brumosa niebla, un SEAT 1400 B con las luces apagadas aminoraba la velocidad y se detenía junto al número veintisiete. La puerta del piloto se abrió con dificultad, con bastante dificultad. Al segundo, un hombre que pasaba de los ochenta años se bajó del auto con sorprendente agilidad. Era Inmola Rota. Vestía unos pantalones verdes a cuadros, zapatos de charol y un frac rojo.
Al ver al doctor Feria, el señor Rota sonrió sutilmente y de su boca brillaron, en lugar de colmillos, dos piezas de plata. Abrió la puerta trasera y dijo” ¿vamos al baile amigos?”.
El coche desapareció engullido por la niebla mientras su sonido quedaba perenne, como en un viaje del tiempo. Algunos gatos que se habían quedado en el jardín de la casa del doctor remoloneaban junto al ciprés. El sonido del motor del SEAT 1400 B se fue perdiendo poco a poco en las profundidades de la lejanía. De nuevo, en la misma calle de antes, los ladridos se escucharon frágiles. Los gatos del jardín se miraron entre sí y se alejaron tranquilamente. Ellos también, al desaparecer en la niebla, parecieron viajar en el tiempo.

LNZ