Lo tienes claro, ¿verdad?
Sí, dijo Nilo antes de cerrar la puerta del coche. Y no se impaciente ni se irrite doctor, en menos de media hora estaré aquí con él.
Nilo se encaminó, como si nada, hacia el oscuro edificio.
Dentro del SEAT, el doctor Feria e Inmola Rota veían al pequeño niño-anciano alejarse con pasos cortitos, balanceándose con tímida gracia. Su menudo cuerpo se desvanecía poco a poco al adentrarse en la niebla y parecía que se hundía en un mar sulfuroso.
En cuanto Nilo hubo desaparecido del todo, disipado por la inquietante y angustiosa bruma, una sacudida tenebrosa atravesó el alma de Vico Feria.
Inmola Rota percibió la aflicción del doctor y se volvió a mirar a su amigo.
No te preocupes Vico, ése monstruito saldrá de allí sin problemas. Ya lo verás.
No me preocupa él, Rota. Es esta angustiosa cosa lo que me preocupa.
¿El qué, Vico?, preguntó Inmola algo desconcertado.
Este edificio a medio hacer; parece una trampa para perros. Presiento algo siniestro en él, algo que me da mala espina. Es algo que… no sé cómo explicarlo. Escapa a mi razón. Es una especie de corazonada o así lo que siento. Desde siempre he tenido la sensación de que este lugar encerraba alguna fatalidad… aunque, bueno, en realidad nunca me importó mucho. Nunca me han interesado los males ajenos, ya lo sabes Inmola. El doctor guardó silencio a la vez que giraba la cabeza con gesto resignado.
Lo que ocurre es que ahora noto toda esa fatalidad muy cerca, como si se hubiese convertido en una maldición que ha decidido manifestarse sobre nosotros, lo noto ahí dentro, dijo señalando hacia la enorme y lóbrega estructura.
Y hoy sí me importa Rota, sí me importa, sentenció tembloroso después de tragar saliva.
El dentista giró la cabeza y clavó la vista en el turbio horizonte. Se le veía algo asustado y nervioso e intentó pensar en otras cosas. No le gustaban nada, nada, esa clase de historias.
Nilo bordeó el edificio y tuvo que atravesar una zona llena de basura, maleza y diversas hierbas hasta llegar a los conductos de ventilación. Éstos apenas tenían un diámetro de cincuenta centímetros y estaban construidos de chapa. Se escurrió introduciéndose en uno de ellos y sin pérdida de tiempo comenzó a examinar con la palma de la mano la parte superior del conducto.
No tardó en encontrar la linterna que tenía allí escondida y la encendió antes de adentrarse en el edificio.
La luz, redonda como una minúscula luna, se revolvía moribunda y recordaba la incandescencia de los ojos cerrados cuando se confunden en la oscuridad de la memoria.
Nilo repasó mentalmente el plan mientras metía los bajos de su pantalón por dentro de los calcetines. Dar las gotas al enfermo, pegar fuego al edificio, volver a por el enfermo y regresar junto al coche. Perfecto, vamos allá.
Comenzó a gatear. En silencio. La operación consistía en avanzar en horizontal unos treinta metros y después ascender nueve usando a modo de peldaños unos anclajes de hierro. Nilo se sabía esto de memoria. Había repetido este procedimiento tantas veces que casi podía llegar a cualquier lugar del edificio sin la linterna. Esta vez, por supuesto, había decidido realizarlo con la prudencia de la primera vez.
Cada siete u ocho metros Nilo se topaba junto a algún piso, entonces, apagaba la linterna como medida de precaución para no ser descubierto y permanecía ahogado por una oscuridad nula, plana, indescriptible.
Pasó por la primera planta y escuchó gritos. Algunos angustiosos, otros coléricos. Tuvo una idea clara de lo que estaba ocurriendo en cada una de las estancias y su pequeño corazón se contrajo, lleno de congoja.
Atravesó la segunda planta con cierto nerviosismo.
Pensó en el señor Lude y se paró, como magnetizado. Metió la mano en su bolsillo y se aseguró de que el frasco que le había dado el doctor Feria seguía allí.
Se volvieron a oír gritos, muchos. Esta vez acompañados de golpes. Venían de todas las partes.
Al pequeño corazón de Nilo le costó reprimir un estremecimiento al imaginarse el edificio envuelto en llamas y a toda la gente escapando del fuego como en una ilustración bíblica.
Tomó una bocanada de aire y debido al polvo que tragó, tuvo que esforzarse en reprimir un ataque de tos.
Intentó tranquilizarse diciéndose que todo iba a salir bien.
Aun así, continuó gateando con el pulso acelerado, rodeado de aquella suerte de alucinación impalpable e invisible.
Sobre el pensamiento de Nilo merodeaba la incómoda impresión de que alguien le seguía, ese miedo que ya se sabe, adopta la forma de un gigante oculto. Él evitó a toda costa mirar hacia atrás. No quería que el pánico le atenazara. Estaba casi en su escondite y no faltaba ya nada.
La boca la notaba seca. Las muñecas le temblaban.
A través de las hendiduras de una tapadera de los conductos observó la habitación en la cual el señor Lude había recibido la brutal paliza.
De manera sorprendente la sala estaba circundada por una especie de halo luminoso y anaranjado, como el del fuego.
En el ambiente también el hedor a sangre y vómito todavía perduraba.
Al recordar la feroz agresión, un golpe de desánimo se concentró en lo más profundo de su alma y la extraña sensación de que alguien le estaba siguiendo aumentó. Creía sentirla ahora sobre su cogote, como si tuviera incrustada la cabeza de una enorme garrapata.
La sangre le fluía a borbollones en ése determinado punto de su cuerpo, y sentía deseos incontrolables de rascarse ahí. De repente algo le llamó la atención, fortuitamente. Unas marcas oscuras. A modo de huellas. Llegaban hasta su escondrijo. Parecía barro. Y sí, eran huellas, huellas grandes. Muy grandes.
Le sobrevino un miedo brutal, un miedo que parecía proceder del suelo, como si de las entrañas del mundo alguien estuviera extrayendo un gas ardiente. Nilo sentía que le rodeaba, y le envolvía, y le presionaba.
Creyó ahogarse y empezó a sudar.
La linterna se le resbaló y al caer sonó un rumor amortiguado, seco. El eco rebotó por los conductos de ventilación semejando un lamento sobrenatural. Cogió la linterna y se quedó quieto mirando hacia la habitación, echándole valor. La extraña luz anaranjada brillaba con un matiz especial. Aguzó los oídos y escuchó pasos. El miedo se multiplicó. Comenzó a temblar y los dientes castañeteaban como una máquina de coser. ¿Quién habrá descubierto mi rincón?, pensaba. ¡Era inaccesible! O eso creía.
De forma inesperada, del escondite secreto de Nilo surgió una sombra. Tal vez fuera una figura, o una silueta. No se percibía por aquella luz. Pero era grande y deforme.
Por la parte posterior, a la inquietante sombra, le sobresalía un objeto alargado, igual que si llevara una lanza clavada en el hombro. Y de la cintura le colgaban formas raras que se agitaban y retorcían a cada movimiento.
Nilo se quedó agarrotado, entumecido, inmóvil por el miedo.
La silueta deambulaba por la habitación, moviéndose despacio, como si buscara algo, seguramente habrá oído el golpe, pensó Nilo.
Tras sí, iba dejando esas huellas enormes, llenas de barro.
Nilo mantuvo la respiración. Los ojos, exageradamente abiertos. Temía que el percutir de sus dientes le descubriera y metió una de sus diminutas manos entre ellos. Su corazón llevaba un ritmo muy acelerado y sintió el pulso martillear en su sien como un tronar interminable.
La extraña forma se detuvo, tal vez había visto algo. Se quedó así unos segundos, al acecho.
Nilo reflexionaba viendo a la silueta. Preguntándose qué era lo que debía hacer.
Métete en la cabeza, se dijo, de que nada, ni siquiera esa inquietante sombra, va a detenerte.
Decidió acercarse, tenía que aproximarse más, iría hasta su escondite. Sabía que desde allí podía observar mejor los movimientos de la silueta. Y sobre todo, estaría cerca del señor Lude.
Gateó muy despacio y llegó al hueco por el cual bajaba hasta su escondite.
Mientras escuchaba los pasos de aquella misteriosa silueta, descendió por los anclajes de los tubos, abrazándose literalmente a ellos. Percibía también la respiración, un tanto forzada, del señor Lude.
Bueno, al menos sigue vivo, pensó algo aliviado.
Siguió bajando, manteniendo el ritmo y asegurando los pies en los anclajes.
Una vez hubo tocado suelo, Nilo se acuclilló con sigilo, encendió la linterna y miró a través de las hendiduras de la única tapadera de los conductos, la que él utilizaba como entrada y salida.
Ahí estaba el señor Lude, se le notaba durmiendo. Sigue tal y como lo he dejado, se dijo Nilo. Envuelto en mantas y con el rostro magullado.
Al final de la estancia, la silueta y sus movimientos acechantes evocaban, en contraste con aquella tonalidad anaranjada, un humo denso que se expande y contrae sin dirección concreta. Nilo la observaba intentado averiguar qué o quién podía ser aquello.
Bruscamente surgió algo, justo allí, en el fondo de la demoníaca luminosidad de la habitación, y empezó a desplazarse, a lo largo y ancho de la sala, con la ligereza de una onda sobre un líquido demasiado denso. Nilo clavó los ojos en esa onda y contempló cómo iba adoptando una forma definida, concreta.
Era otra silueta. Mucho más alargada, o estilizada.
¿De dónde han salido esas sombras?, se preguntaba Nilo.
Las miraba, a las dos, boquiabierto, aturdido; y muy extrañado, porque ellas, entre sí, parecían no verse. Daba la sensación de que ninguna apreciaba la presencia de la otra.
Mientras una mantenía aquella actitud vigilante, la otra, la recién llegada, caminaba con paso tranquilo y se acercaba hacia donde estaba el señor Lude.
Ya estaba ante él.
Nilo levantó la vista un poco y se topó con la figura de un hombre alto, delgado, con los hombros caídos. Vestía un abrigo algo viejo y portaba en la mano izquierda un maletín. En la otra mano llevaba sujetas un par de hojas a medio doblar.
Nilo pretendía, y se esforzaba, en reconocer la cara del hombre, pero por más que se fijaba en el rostro, éste, extrañamente, era borroso y turbio, como el cristal empañado.
Nilo se frotó los ojos, varias veces. Pero ni siquiera así consiguió distinguir la cara. Tenía la sensación de estar mirando a través de unos cristales graduados o como cuando abres los ojos bajo el agua.
¿Estoy viendo un fantasma?, fue una de sus preguntas, y aunque no creía en espíritus ni cosas por el estilo, sabía con una extraña seguridad que aquello, a modo de certeza intuitiva, no pertenecía al mundo cotidiano y natural.
También pudiera ser un efecto óptico.
Mientras la cabeza de Nilo cavilaba entorno a mil hipótesis, la otra silueta había abandonado la estancia y se aproximaba también hacia el rincón. Sus pasos ahora eran ágiles, directos, estables.
Llegó y se quedó firme y parada.
Nilo, estupefacto, descubrió la imagen de un hombre fuerte que llevaba unas enormes botas, altas, manchadas de barro y sangre. Unos pantalones también manchados de barro y sangre. Se le veían enganchados a la cintura algunos conejos, perdices y visones. Y llevaba una escopeta colgaba del hombro. El rostro, como pasaba con la otra silueta era turbio, desenfocado.
La extraña luz anaranjada parecía relumbrar con más fulgor.
De súbito la figura de las botas extendió hacia el rostro del señor Lude una mano abierta.
Nilo pensaba que la extraña silueta de las huellas de barro iba a agarrar al señor Lude y a llevárselo a un mundo recóndito y de imposible concepción humana, pero se equivocó.
¡Los ojos!, gritó Nilo.
Sobre la palma de la mano se movían perezosos dos ojos, los dos ojos del señor Lude.
La luz anaranjada cesó al instante y se hizo la oscuridad en la sala. Absorbidos por alguna fuerza inhumana, las dos imágenes también se eclipsaron conjuntamente en la inmensa invisibilidad.
A la vez que todo esto ocurría, un quejido surgió de la boca del señor Lude.
(LNZ)
miércoles, 11 de junio de 2008
viernes, 4 de abril de 2008
HOTEL LA HIPÉRBOLA X
El coche de Inmola Rota, el SEAT 1400 B, blanco como la misma niebla y con los tres amiguetes en su interior, se encaminó de forma singular hacia la esquina del Prado real con el Paseo de la Alameda.
A lo mejor no habría que decir singular y sí atípica. Puesto que en verdad sólo era eso, una forma atípica de dirigirse a un sitio.
El señor Rota en vez de tomar, como es de costumbre, el camino más corto, rápido, o “cómodo” para llegar al lugar determinado, hizo todo lo contrario. No se sabe con certeza si por despiste o por insensatez. Pero el caso es que se metió por las calles más pequeñas, por las más estrechas y por las más enrevesadas de la ciudad. Por todas se metió. No se dejó ni una. Por alguna de ellas, además, por obligación de las señales de tráfico, tuvo que pasar varias veces.
Visto desde fuera, bajo esta circunstancia y dentro de la niebla, el vehículo parecía un enorme pez despistado, o perdido. Una ballena. Una ballena que estuviese dando vueltas dentro de una pecera gigante. En busca de inútiles corrientes marinas. Y es que a menudo las urbes, también vistas desde fuera, son sólo eso, peceras. Grandes o pequeñas, pero peceras. Si bien, vistas desde dentro, casi todas ellas, sobre todo por la noche, suelen parecerse, y mucho, a los océanos.
La ballena blanca del señor Rota, quién sabe si por la indigestión de llevar en su interior a estos tres personajes, marchaba a tirones. Parecía sentirse pesada y adormilada. Empachada. Repitiendo el alimento además de tener ganas de vomitarlo.
El tubo de escape, como prueba de todo esto, expelía un humo espeso y negro que iba acompañado de fofas explosiones.
Lógicamente, los estallidos hacían que todo el mundo se quedara mirando al coche cuando circulaba por las calles. Por las mismas calles, una y otra vez.
Así les ocurrió a unos jóvenes que mantenían una divertida charla en la puerta de un bar y que se sorprendieron al ver al auto pasar delante de ellos repetidas veces. Los chicos, entre risas, bromearon con el coche. A ellos no les parecía una ballena. No. A ellos el auto les semejaba un perro. Un perro que anduviese insomne durante la época de celo en busca de alguna aventura.
Al margen de las explosiones. Si no llega a ser por la niebla, que imposibilitaba ver hacia dónde iban, seguramente los tres ocupantes hubiesen creído estar dando vueltas sobre un carrusel sedante, hipnótico o ficticio. Encerrados en el coche para siempre. Probablemente hechizados por el conjuro de los edificios que los rodeaban. O forzados por alguien o algo a convertirse en mera invención.
La densa y pesada nube, sin embargo, los mantenía a salvo de tales hipótesis.
El doctor Feria y Nilo, sentados en los asientos traseros, respiraban profunda y pausadamente. Poco a poco, como si el oxígeno que había dentro del coche fuera insuficiente y como si a cada exhalación fueran conscientes de ello.
Sus pensamientos eran, por no decir los mismos, prácticamente iguales. Tocaba sacar al señor Lude de aquel edificio. Y salvarlo. Y conocerlo, claro. Por fin iban a conocerlo.
El doctor parecía mostrar, sólo por culpa de ciertas e inquietas contracciones en la cara, más nerviosismo que Nilo. Aunque igualmente a éste se le notaba alterado. Al menos en el modo de echar la cabeza hacia atrás. O cuando se estiraba el pelo de las patillas, el poco que le quedaba.
Hubo un momento en el que ambos, como sincronizados, realizaron una serie de movimientos en apariencia totalmente involuntarios. Ordenados no se sabía muy bien por quién o qué. Tal vez por un sistema externo e independiente, una suerte de voluntad intrusa que decidía intencionadamente vincular los nervios de ambos. Porque los dos iban a la par. Casi imantados. Unas veces se secaban el sudor de las manos en las mangas, otras en el pantalón. Si uno se rascaba la nariz, el otro las cejas, o la barbilla. Igual miraban de refilón a la calle, velada por la niebla. O se miraban entre ellos sin decirse ni pío.
Obviar que la responsabilidad de Nilo en el asunto es mayor que la mía sería un grave error, pensó para sus adentros el viejo mientras veía el cuerpo de Nilo encogido en el asiento. Parece un cachorro asustado, imaginó.
El doctor puso una de sus manos sobre la pierna del pequeño niño-anciano, tragó saliva para suavizar su garganta y dijo: “todo saldrá bien, no te preocupes”.
Inmola los observaba echando miradas furtivas al espejo. Él iba a lo suyo. A él no le importaba el señor Lude. Poco o nada le preocupaba. A él lo único que le preocupaba era llegar al semáforo del Prado real con el Paseo de la Alameda. Y por lo que su instinto le decía o más bien empezaba a gritar, estaban a punto de llegar. Sólo tenían que girar a la izquierda en la siguiente bocacalle y “voilá, señores. Ahí tienen el edificio”, dijo el dentista alargando el brazo y apuntando hacia la derecha. Sus dos colmillos de plata titilaron en el espejo como los ojos desvelados de un búho.
(LNZ)
A lo mejor no habría que decir singular y sí atípica. Puesto que en verdad sólo era eso, una forma atípica de dirigirse a un sitio.
El señor Rota en vez de tomar, como es de costumbre, el camino más corto, rápido, o “cómodo” para llegar al lugar determinado, hizo todo lo contrario. No se sabe con certeza si por despiste o por insensatez. Pero el caso es que se metió por las calles más pequeñas, por las más estrechas y por las más enrevesadas de la ciudad. Por todas se metió. No se dejó ni una. Por alguna de ellas, además, por obligación de las señales de tráfico, tuvo que pasar varias veces.
Visto desde fuera, bajo esta circunstancia y dentro de la niebla, el vehículo parecía un enorme pez despistado, o perdido. Una ballena. Una ballena que estuviese dando vueltas dentro de una pecera gigante. En busca de inútiles corrientes marinas. Y es que a menudo las urbes, también vistas desde fuera, son sólo eso, peceras. Grandes o pequeñas, pero peceras. Si bien, vistas desde dentro, casi todas ellas, sobre todo por la noche, suelen parecerse, y mucho, a los océanos.
La ballena blanca del señor Rota, quién sabe si por la indigestión de llevar en su interior a estos tres personajes, marchaba a tirones. Parecía sentirse pesada y adormilada. Empachada. Repitiendo el alimento además de tener ganas de vomitarlo.
El tubo de escape, como prueba de todo esto, expelía un humo espeso y negro que iba acompañado de fofas explosiones.
Lógicamente, los estallidos hacían que todo el mundo se quedara mirando al coche cuando circulaba por las calles. Por las mismas calles, una y otra vez.
Así les ocurrió a unos jóvenes que mantenían una divertida charla en la puerta de un bar y que se sorprendieron al ver al auto pasar delante de ellos repetidas veces. Los chicos, entre risas, bromearon con el coche. A ellos no les parecía una ballena. No. A ellos el auto les semejaba un perro. Un perro que anduviese insomne durante la época de celo en busca de alguna aventura.
Al margen de las explosiones. Si no llega a ser por la niebla, que imposibilitaba ver hacia dónde iban, seguramente los tres ocupantes hubiesen creído estar dando vueltas sobre un carrusel sedante, hipnótico o ficticio. Encerrados en el coche para siempre. Probablemente hechizados por el conjuro de los edificios que los rodeaban. O forzados por alguien o algo a convertirse en mera invención.
La densa y pesada nube, sin embargo, los mantenía a salvo de tales hipótesis.
El doctor Feria y Nilo, sentados en los asientos traseros, respiraban profunda y pausadamente. Poco a poco, como si el oxígeno que había dentro del coche fuera insuficiente y como si a cada exhalación fueran conscientes de ello.
Sus pensamientos eran, por no decir los mismos, prácticamente iguales. Tocaba sacar al señor Lude de aquel edificio. Y salvarlo. Y conocerlo, claro. Por fin iban a conocerlo.
El doctor parecía mostrar, sólo por culpa de ciertas e inquietas contracciones en la cara, más nerviosismo que Nilo. Aunque igualmente a éste se le notaba alterado. Al menos en el modo de echar la cabeza hacia atrás. O cuando se estiraba el pelo de las patillas, el poco que le quedaba.
Hubo un momento en el que ambos, como sincronizados, realizaron una serie de movimientos en apariencia totalmente involuntarios. Ordenados no se sabía muy bien por quién o qué. Tal vez por un sistema externo e independiente, una suerte de voluntad intrusa que decidía intencionadamente vincular los nervios de ambos. Porque los dos iban a la par. Casi imantados. Unas veces se secaban el sudor de las manos en las mangas, otras en el pantalón. Si uno se rascaba la nariz, el otro las cejas, o la barbilla. Igual miraban de refilón a la calle, velada por la niebla. O se miraban entre ellos sin decirse ni pío.
Obviar que la responsabilidad de Nilo en el asunto es mayor que la mía sería un grave error, pensó para sus adentros el viejo mientras veía el cuerpo de Nilo encogido en el asiento. Parece un cachorro asustado, imaginó.
El doctor puso una de sus manos sobre la pierna del pequeño niño-anciano, tragó saliva para suavizar su garganta y dijo: “todo saldrá bien, no te preocupes”.
Inmola los observaba echando miradas furtivas al espejo. Él iba a lo suyo. A él no le importaba el señor Lude. Poco o nada le preocupaba. A él lo único que le preocupaba era llegar al semáforo del Prado real con el Paseo de la Alameda. Y por lo que su instinto le decía o más bien empezaba a gritar, estaban a punto de llegar. Sólo tenían que girar a la izquierda en la siguiente bocacalle y “voilá, señores. Ahí tienen el edificio”, dijo el dentista alargando el brazo y apuntando hacia la derecha. Sus dos colmillos de plata titilaron en el espejo como los ojos desvelados de un búho.
(LNZ)
viernes, 8 de febrero de 2008
HOTEL LA HIPERBOLA IX
¡YA ESTÁ!, dijo de nuevo el doctor. Sé cómo podemos hacerlo.
Nilo se le quedó mirando de forma concienzuda, como quien mira figuras abstractas intentando definir qué parecen sus formas. Mantenía el mechero en la mano esperando ansioso a que el doctor dijera algo. Porque, estaba claro, algo más tenía que decir.
Ahí lo tienes, repetía una y otra vez el doctor. “Ahí lo tienes”.
Nilo, con su pequeña cara ovalada y cubierta de arrugas parecía una figurita de arcilla. No entendía qué pasaba ni tenía la más mínima idea de lo que le hablaba el viejo. Tampoco sabía qué decir o qué hacer. ¿A qué se estaba refiriendo el doctor? Observaba confundido al anciano cuya mirada había adquirido una expresión de felicidad rayana la locura. Le veía extasiado y sus ojos titilaban con más fulgor que las ascuas de un herrero. ¿Qué le ocurre al doctor?, pensaba.
Ahí lo tienes sandio, insistía el viejo mientras señalaba con su dedo índice el mechero que sujetaba Nilo. “Con fuego. Pegaremos fuego al edificio”.
¡¿Se ha vuelto usted loco?! Ni al más zoquete del mundo se le ocurriría tal majadería. Le reprendió Nilo sonando cada una de sus palabras a modo de golpes de timbal.
Tú calla y haz lo que te diga.
Pero doctor, escuche. Allí vive mucha gente, aunque a usted eso le pueda no importar demasiado. Además, otra cosa: ¿cómo vamos a sacarlo con el edificio en llamas? Le recuerdo que está malherido.
Lo primero, nunca he dicho que esa gente no me importe, tal vez su actitud y sociabilidad sí me importan, pero eso es otro cantar. Lo segundo, tú haz lo que yo…
No, le cortó Nilo dejando el mechero encima de la mesa. Dígame cómo pretende sacarlo de allí. Si encuentro lógico, coherente y posible su plan le obedeceré. Si por el contrario lo juzgo absurdo no pienso participar de su disparate. Lo lamento pero no.
Nilo cruzó los brazos y se quedó estático negando con la cabeza. Al viejo le pareció que la raíz de una planta carnívora había atravesado sigilosamente toda la casa, atrapado con su tubérculo a Nilo y que iba a empezar, de un momento a otro, a comérselo.
El doctor, tras un denso silencio gracias al cual reflexionó lo planteado, encontró razonable lo que Nilo le proponía. Asintió con la cabeza y se acercó a la ventana con gesto victorioso. La cerró, corrió las cortinas y se dirigió a su escritorio. Abrió un cajón, sacó un frasco pequeño y lo puso encima de la mesa. Hecho esto, fue directo hacia una de las librerías, la más cercana a la puerta. Cogió un libro, lo abrió y buscó entre sus páginas una hoja amarillenta y vieja que extrajo con sumo cuidado. Sonriendo, anduvo hasta su sillón. Se sentó despacio y echó el cuerpo hacia atrás, apoyándose totalmente en el respaldo. De su cara todavía no se había borrado esa expresión de alegría, como si hubiera descubierto el secreto de un viejo enigma. Juntó las manos semejando un feligrés en procesión y le dijo a Nilo que prestara mucha atención.
La luz que ofrecía la única lamparita encendida de la habitación, muy pobre y de tonalidad azafranada, dividía el cuarto en dos sectores. Uno el luminoso, donde el polvo orbitaba con lentitud alrededor de la sala como si fuera una galaxia minúscula y desconocida. El otro sector era oscuro y parecía no tener fondo, como si en contraste a la galaxia luminosa, esta parte de la habitación hubiera decidido ser un agujero negro a cuyo contacto las partículas de polvo desaparecían atraídas por un extraño magnetismo.
Quiero que vayas al edificio, empezó el doctor. Entra y que nadie te vea. Ve a tu escondrijo, rincón, o lo que tengas allí. Dale al enfermo tres gotas de esto, el doctor agarró el frasco que había sacado de uno de los cajones del escritorio. Recuerda, tres gotas, continuó luego de dejarlo otra vez en la mesa. Ni una más ni una menos. Tres. En cuanto le hayas dado las tres gotas dirígete a la última planta del edificio. ¿Puedes acceder a la última planta por el conducto de ventilación?, preguntó con retintín.
Sí, contestó Nilo, atendiendo con escepticismo.
Pues en cuanto llegues a la última planta, pégale fuego a alguna de las casas. No me importa cuál. Me da igual que sea grande, pequeña, que dé al interior o al exterior. Me trae sin cuidado. ¿Entendido? Yo de ti lo haría donde vieras que hay más probabilidades de que el fuego se propague antes y donde genere más escándalo y alboroto. ¿Me entiendes? Pues ahí, dijo tras comprobar que Nilo afirmaba con la cabeza. Sal del piso y grita “fuego” con toda tu alma. Una y otra vez, fuego, fuego, fuego. Tienen que oírte. Y cuando te oigan, todos los de allí saldrán de sus agujeros antes que las ratas. Ya lo verás, sentenció con los ojos cerrados el viejo.
Con el bullicio ve de nuevo a tu escondite. Si mis cálculos son exactos, y siempre lo han sido, tosió irónicamente, las tres gotas habrán hecho su efecto. Él se encontrará físicamente perfecto, en disposición de andar, correr, saltar o lo que haga falta. Y lo más importante e imprescindible para el caso, atiende. Estará en disposición de obedecerte.
Nilo puso cara de asombro y duda. El doctor con la mano hizo un ademán despreocupado y siguió hablando.
No te preocupes, esa droga no lo matará. Ni siquiera se acordará después. El efecto se le pasará a la hora más o menos. Así que ya sabes, no te entretengas con estupideces caritativas. Échale una manta por encima y sácalo de allí. Dile que no suelte tu mano y tú no lo sueltes, sería capaz de obedecer a cualquiera. Aprovecha la batahola del incendio, sal del edificio con él y búscame. Nosotros estaremos esperando justo detrás de la esquina del prado real con el paseo de la alameda. Pegados al semáforo. Ya sabes dónde, ¿no? Recuérdalo, en cuanto os veamos aparecer, iremos hacia vosotros, os recogeremos a los dos y os sacaremos de allí en lo que dura un chasquido de dedos. Los bomberos ya se encargarán de apagar el incendio. ¿Está todo claro?, preguntó el viejo mostrando su imperturbable rostro satisfecho y echando todo su cuerpo hacia atrás.
Al hacer esto, los muelles del sillón sonaron oxidados y de la planta de abajo un profundo maullido sonó amortiguado, como de otro mundo. Después, el silencio se instaló en la habitación y mostró su aspecto más impaciente y ansioso, igual que cuando en una tormenta de verano las inmóviles y compactas nubes se hacen perezosas y les cuesta soltar su frenética tempestad.
Nilo que había seguido las indicaciones con la obediencia del amigo frunció el ceño y tras hacer una mueca con la boca se levantó de su asiento, descruzó los brazos y a pasitos cortos se acercó hacia el sillón del doctor.
Doctor, dijo, lo que usted propone parece posible.
Nilo hizo una pausa. Parecía que estuviera escogiendo lo importante de su pensamiento o como si pretendiera ocultar al doctor ciertos aspectos del plan.
Dejando al margen que vamos a cometer un delito, continuó, y que, ojalá no suceda, podría haber algún muerto…, aunque ya me encargo yo de que…, bueno, de hacer el ruido suficiente para que todo el mundo me oiga y se entere de que hay fuego, esto…como le decía, aparte de eso, hay algo que no me encaja de su plan. Ha hablado usted de “nosotros” cuando se ha referido a los que estarían esperándonos junto al semáforo. El viejo asintió torpemente. Sí. Pues. Ejem, tengo algo que preguntarle.
Nilo tomó aire, repitió la misma mueca de antes y mirando fijamente a su amigo dijo: ¿quiénes son ese “nosotros”?
La pregunta desconcertó al doctor y un halo de nerviosismo pareció hundir los hombros del viejo, como si algún espectro hubiera impuesto encima de ellos una carga pesada e invisible. El rostro de satisfacción de antes mudó hacia la preocupación, y sobre su cara, el labio inferior reproducía involuntariamente un tic angustioso. De la planta de abajo, al instante, sonaron maullidos imprudentes y alocados. Parecía claro, por tanto, que hasta los gatos habían notado la preocupación de su dueño. El doctor desvió la vista hacia el suelo, como un niño, y cogiendo con rapidez el papel que había extraído de uno de los libros, dijo:
Estaré… estaré con… con… Rota, el doctor Rota.
¡¿Qué?!, gritó Nilo con más indignación que sorpresa. Sonó como si todos los cristales del mundo hubiesen estallado a la vez y los añicos estuvieran cayendo indefinidamente sobre el suelo de la habitación.
¿Quién? ¿Rota? ¿Su amigo Inmola Rota? ¿Ese octogenario sacamuelas? ¿Ese estafador? ¿Ese delincuente?
El doctor jamás había visto hablar de tal manera a Nilo. Parece más grande y alto, pensó.
Es el único que puede llevarnos en coche. Además, no lo llames así, dijo el viejo con un arrebato fingido. No es ningún delincuente. Es odontólogo.
Sí, claro. Le recuerdo, dijo Nilo aupándose sobre sus diminutos pies, que estuvo en la cárcel por falsificar dinero. Y se cree que todavía falsifica.
Se cree, se cree. ¿Tú lo crees?, preguntó el doctor desafiante.
Nilo titubeó. Esta pregunta le había pillado por sorpresa. En realidad él no sabía nada. Había oído cosas, pero sólo eso. Cotilleos. Nada sabía con certeza. Incluso alguna vez había dudado de esos rumores. Sabía, por otra parte, que el dentista había estado en la cárcel por falsificar dinero. Sí, lo sabía todo el mundo. Estafó a unos turistas franceses con más de cien millones de pesetas. Pero, pensaba Nilo, de eso hace mucho tiempo y pagó por ello.
El viejo, notando por la mirada de su amigo, que la firmeza de los argumentos de Nilo desguarnecía, no desaprovechó la oportunidad y entró por esa grieta a saco, como una bayoneta. Se levantó del sillón, se dirigió de forma rápida hacia la ventana, echó, tras separar un poco las cortinas, una mirada furibunda al exterior y de manera digna se volvió hacia Nilo.
Mira. Para discutir sobre la honradez u honestidad del doctor Rota o de quien sea, tenemos el resto de nuestras vidas.
El anciano cerró con un arrebato la cortina, se giró y empezó a pasear por la habitación. De una punta a otra iba y venía arrastrando los pies sin dejar de hablar. En apariencia, no se dirigía a nadie.
Hay cosas que no te gustan de él, expresó modulando la voz hasta convertirla casi en un zumbido uniforme, como el de un moscardón pululando alrededor del cuarto. Bien. Lo sé. Y no importa. Todo el mundo siente cierta antipatía o simpatía por alguien. A veces, incluso, sin conocer a fondo a ese alguien. He aquí una suerte inseparable del humano. Sentir lo que ve y establecer relación con lo que ve sin apenas conocer lo que ve.
El doctor se detuvo frente a la puerta de la habitación. Metió las manos en los bolsillos de sus estrechos pantalones y se dio la vuelta. Los ojos parecían cerrados o más bien lánguidos, como cuando se dice que alguien duerme con los ojos abiertos. Nilo pensó que el viejo estaba soñando despierto, o quizá hablando dormido, aunque no tomó en serio sus propias sospechas. El anciano, entonces, apoyó la espalda sobre la puerta y sin sacar las manos de los bolsillos prolongó su disertación.
Estarás conmigo, dijo afirmando con la cabeza, en que el simple hecho de llevar pantalones cortos, una flor en el ojal de la chaqueta y corbatas poco discretas, puede ser motivo para que alguien sea tildado de estrafalario, ¿a que sí? Y suele ocurrir que, debido a esto, a esta etiqueta graciosa, ese alguien va a generar simpatía en un sector de la sociedad, ¿a que sí? ¡E incluso podrían llamarle genio! Pero también suele ocurrir entretanto que, la otra parte, el otro sector de la sociedad, tal vez por antítesis o por no convertir las simpatías en dogmas, va a sentir tirria de ese alguien, y en el mejor de los casos, viejo amigo, le llamarán loco. Sabes que sí, dijo mientras se acercaba de nuevo hacia su sillón. Ha sido así y será así de por vida, se sentó y suspiró.
Yo también a menudo encuentro absurdas esas actitudes, apuntó el doctor al comprobar la cara de suspicacia de Nilo. Pero es que el pensamiento humano, por su propia naturaleza, necesita de posiciones y contraposiciones para mantener su justo equilibrio. Si no, ¿a qué santo íbamos a vivir tantos en sociedad? ¡Y juntos! Seríamos como tigres si no nos necesitáramos. Pero no, de eso nada, somos como borregos. A modo de ejemplo te digo Nilo que los humanos somos las aguas de un río, y los pensamientos de los humanos son las dos riberas de ese río. Tan iguales las dos riberas, y tan separadas una de la otra. ¿Entiendes? Por supuesto, tengo que decírtelo, esas dos riberas, da igual la que sea, en mi opinión son los únicos lugares donde puedes salvarte de morir ahogado. Hizo una pausa, tragó saliva y levantando ligeramente la cabeza dijo: ¿Pillas la metáfora?
Doctor, dijo Nilo apoyando todo el peso de su cuerpo en su sillón. Déjese de soflamas. La humanidad no ahoga. Y más de un borrego actúa con la fiereza de todos los tigres del mundo juntos. Podría enumerarle…
Bueno, bueno, dejemos el tema. Que tanto pensar no conduce a nada y además veo que no me prestas atención, le interrumpió el doctor con mucha vehemencia.
Al grano. No disponemos de mucho tiempo. Has venido aquí porque después de tantos años esperando, por fin lo hemos encontrado, ¿no? Pues en marcha.
Tras decir esto, un brillo especial, como el de las máscaras de cerámica, llenó de optimismo el rostro del doctor y el de Nilo. El viejo se levantó del sillón, desplegó el papel amarillento que había extraído de uno de sus libros y con paso alegre se dirigió hacia la mesita auxiliar de su escritorio, donde un teléfono, algo pasado de moda, compartía espacio junto a un cenicero de cristal con forma de pez. De un cajón de esta mesita sacó unas gafas metálicas. Se las colocó con delicadeza y a través de ellas miró el número de teléfono que, semejando un garabato infantil, estaba escrito en el papelito. Descolgó el auricular, marcó los números poco a poco igual que si estuviera desactivando una bomba, y con cara de expectación y mordiéndose el labio inferior, aguardó pacientemente a que al otro lado del teléfono contestaran.
¿Inmola?
Soy Vico. Vico Feria. El doctor Feria.
Bien.
Sí, mucho.
Como siempre.
No, con Nilo. ¿Podrías echarnos una mano? Necesitamos que nos lleves en tu coche.
Sí.
Nada del otro mundo.
Bien, vale. Entonces en cinco minutos.
Sí, en el portal te esperamos.
Hasta ahora.
El doctor colgó y con un sencillo gesto Nilo y él se pusieron en marcha.
En mucho menos de cinco minutos, el doctor Feria y Nilo habían repasado el plan, se habían repartido las responsabilidades, habían llenado los cacharros para la comida de los gatos, cerrado las puertas y ventanas, apagado todas las luces de la casa salvo una y ya estaban en el portal de la casa, junto al abeto, esperando a Inmola Rota.
La niebla persistía en su opacidad y si no llega a ser por el frescor de la noche uno hubiese creído estar dándose un baño turco. Nilo, que había guardado el frasco que le había dado el doctor dentro de uno de los bolsillos de su abrigo, lo sopesaba con la mano. Tres gotas, pensaba. Sólo tres. El doctor canturreaba una pegajosa melodía. A Nilo se le pegó.
Unos ladridos sonaron frágiles en alguna calle lejana. Se sentían del interior de las nubes. Otro sonido, más grave que los ladridos, acompañado de un chirriar de ruedas hizo girar la cabeza a los dos amigos. De repente, salido de la blanquecina y brumosa niebla, un SEAT 1400 B con las luces apagadas aminoraba la velocidad y se detenía junto al número veintisiete. La puerta del piloto se abrió con dificultad, con bastante dificultad. Al segundo, un hombre que pasaba de los ochenta años se bajó del auto con sorprendente agilidad. Era Inmola Rota. Vestía unos pantalones verdes a cuadros, zapatos de charol y un frac rojo.
Al ver al doctor Feria, el señor Rota sonrió sutilmente y de su boca brillaron, en lugar de colmillos, dos piezas de plata. Abrió la puerta trasera y dijo” ¿vamos al baile amigos?”.
El coche desapareció engullido por la niebla mientras su sonido quedaba perenne, como en un viaje del tiempo. Algunos gatos que se habían quedado en el jardín de la casa del doctor remoloneaban junto al ciprés. El sonido del motor del SEAT 1400 B se fue perdiendo poco a poco en las profundidades de la lejanía. De nuevo, en la misma calle de antes, los ladridos se escucharon frágiles. Los gatos del jardín se miraron entre sí y se alejaron tranquilamente. Ellos también, al desaparecer en la niebla, parecieron viajar en el tiempo.
LNZ
Nilo se le quedó mirando de forma concienzuda, como quien mira figuras abstractas intentando definir qué parecen sus formas. Mantenía el mechero en la mano esperando ansioso a que el doctor dijera algo. Porque, estaba claro, algo más tenía que decir.
Ahí lo tienes, repetía una y otra vez el doctor. “Ahí lo tienes”.
Nilo, con su pequeña cara ovalada y cubierta de arrugas parecía una figurita de arcilla. No entendía qué pasaba ni tenía la más mínima idea de lo que le hablaba el viejo. Tampoco sabía qué decir o qué hacer. ¿A qué se estaba refiriendo el doctor? Observaba confundido al anciano cuya mirada había adquirido una expresión de felicidad rayana la locura. Le veía extasiado y sus ojos titilaban con más fulgor que las ascuas de un herrero. ¿Qué le ocurre al doctor?, pensaba.
Ahí lo tienes sandio, insistía el viejo mientras señalaba con su dedo índice el mechero que sujetaba Nilo. “Con fuego. Pegaremos fuego al edificio”.
¡¿Se ha vuelto usted loco?! Ni al más zoquete del mundo se le ocurriría tal majadería. Le reprendió Nilo sonando cada una de sus palabras a modo de golpes de timbal.
Tú calla y haz lo que te diga.
Pero doctor, escuche. Allí vive mucha gente, aunque a usted eso le pueda no importar demasiado. Además, otra cosa: ¿cómo vamos a sacarlo con el edificio en llamas? Le recuerdo que está malherido.
Lo primero, nunca he dicho que esa gente no me importe, tal vez su actitud y sociabilidad sí me importan, pero eso es otro cantar. Lo segundo, tú haz lo que yo…
No, le cortó Nilo dejando el mechero encima de la mesa. Dígame cómo pretende sacarlo de allí. Si encuentro lógico, coherente y posible su plan le obedeceré. Si por el contrario lo juzgo absurdo no pienso participar de su disparate. Lo lamento pero no.
Nilo cruzó los brazos y se quedó estático negando con la cabeza. Al viejo le pareció que la raíz de una planta carnívora había atravesado sigilosamente toda la casa, atrapado con su tubérculo a Nilo y que iba a empezar, de un momento a otro, a comérselo.
El doctor, tras un denso silencio gracias al cual reflexionó lo planteado, encontró razonable lo que Nilo le proponía. Asintió con la cabeza y se acercó a la ventana con gesto victorioso. La cerró, corrió las cortinas y se dirigió a su escritorio. Abrió un cajón, sacó un frasco pequeño y lo puso encima de la mesa. Hecho esto, fue directo hacia una de las librerías, la más cercana a la puerta. Cogió un libro, lo abrió y buscó entre sus páginas una hoja amarillenta y vieja que extrajo con sumo cuidado. Sonriendo, anduvo hasta su sillón. Se sentó despacio y echó el cuerpo hacia atrás, apoyándose totalmente en el respaldo. De su cara todavía no se había borrado esa expresión de alegría, como si hubiera descubierto el secreto de un viejo enigma. Juntó las manos semejando un feligrés en procesión y le dijo a Nilo que prestara mucha atención.
La luz que ofrecía la única lamparita encendida de la habitación, muy pobre y de tonalidad azafranada, dividía el cuarto en dos sectores. Uno el luminoso, donde el polvo orbitaba con lentitud alrededor de la sala como si fuera una galaxia minúscula y desconocida. El otro sector era oscuro y parecía no tener fondo, como si en contraste a la galaxia luminosa, esta parte de la habitación hubiera decidido ser un agujero negro a cuyo contacto las partículas de polvo desaparecían atraídas por un extraño magnetismo.
Quiero que vayas al edificio, empezó el doctor. Entra y que nadie te vea. Ve a tu escondrijo, rincón, o lo que tengas allí. Dale al enfermo tres gotas de esto, el doctor agarró el frasco que había sacado de uno de los cajones del escritorio. Recuerda, tres gotas, continuó luego de dejarlo otra vez en la mesa. Ni una más ni una menos. Tres. En cuanto le hayas dado las tres gotas dirígete a la última planta del edificio. ¿Puedes acceder a la última planta por el conducto de ventilación?, preguntó con retintín.
Sí, contestó Nilo, atendiendo con escepticismo.
Pues en cuanto llegues a la última planta, pégale fuego a alguna de las casas. No me importa cuál. Me da igual que sea grande, pequeña, que dé al interior o al exterior. Me trae sin cuidado. ¿Entendido? Yo de ti lo haría donde vieras que hay más probabilidades de que el fuego se propague antes y donde genere más escándalo y alboroto. ¿Me entiendes? Pues ahí, dijo tras comprobar que Nilo afirmaba con la cabeza. Sal del piso y grita “fuego” con toda tu alma. Una y otra vez, fuego, fuego, fuego. Tienen que oírte. Y cuando te oigan, todos los de allí saldrán de sus agujeros antes que las ratas. Ya lo verás, sentenció con los ojos cerrados el viejo.
Con el bullicio ve de nuevo a tu escondite. Si mis cálculos son exactos, y siempre lo han sido, tosió irónicamente, las tres gotas habrán hecho su efecto. Él se encontrará físicamente perfecto, en disposición de andar, correr, saltar o lo que haga falta. Y lo más importante e imprescindible para el caso, atiende. Estará en disposición de obedecerte.
Nilo puso cara de asombro y duda. El doctor con la mano hizo un ademán despreocupado y siguió hablando.
No te preocupes, esa droga no lo matará. Ni siquiera se acordará después. El efecto se le pasará a la hora más o menos. Así que ya sabes, no te entretengas con estupideces caritativas. Échale una manta por encima y sácalo de allí. Dile que no suelte tu mano y tú no lo sueltes, sería capaz de obedecer a cualquiera. Aprovecha la batahola del incendio, sal del edificio con él y búscame. Nosotros estaremos esperando justo detrás de la esquina del prado real con el paseo de la alameda. Pegados al semáforo. Ya sabes dónde, ¿no? Recuérdalo, en cuanto os veamos aparecer, iremos hacia vosotros, os recogeremos a los dos y os sacaremos de allí en lo que dura un chasquido de dedos. Los bomberos ya se encargarán de apagar el incendio. ¿Está todo claro?, preguntó el viejo mostrando su imperturbable rostro satisfecho y echando todo su cuerpo hacia atrás.
Al hacer esto, los muelles del sillón sonaron oxidados y de la planta de abajo un profundo maullido sonó amortiguado, como de otro mundo. Después, el silencio se instaló en la habitación y mostró su aspecto más impaciente y ansioso, igual que cuando en una tormenta de verano las inmóviles y compactas nubes se hacen perezosas y les cuesta soltar su frenética tempestad.
Nilo que había seguido las indicaciones con la obediencia del amigo frunció el ceño y tras hacer una mueca con la boca se levantó de su asiento, descruzó los brazos y a pasitos cortos se acercó hacia el sillón del doctor.
Doctor, dijo, lo que usted propone parece posible.
Nilo hizo una pausa. Parecía que estuviera escogiendo lo importante de su pensamiento o como si pretendiera ocultar al doctor ciertos aspectos del plan.
Dejando al margen que vamos a cometer un delito, continuó, y que, ojalá no suceda, podría haber algún muerto…, aunque ya me encargo yo de que…, bueno, de hacer el ruido suficiente para que todo el mundo me oiga y se entere de que hay fuego, esto…como le decía, aparte de eso, hay algo que no me encaja de su plan. Ha hablado usted de “nosotros” cuando se ha referido a los que estarían esperándonos junto al semáforo. El viejo asintió torpemente. Sí. Pues. Ejem, tengo algo que preguntarle.
Nilo tomó aire, repitió la misma mueca de antes y mirando fijamente a su amigo dijo: ¿quiénes son ese “nosotros”?
La pregunta desconcertó al doctor y un halo de nerviosismo pareció hundir los hombros del viejo, como si algún espectro hubiera impuesto encima de ellos una carga pesada e invisible. El rostro de satisfacción de antes mudó hacia la preocupación, y sobre su cara, el labio inferior reproducía involuntariamente un tic angustioso. De la planta de abajo, al instante, sonaron maullidos imprudentes y alocados. Parecía claro, por tanto, que hasta los gatos habían notado la preocupación de su dueño. El doctor desvió la vista hacia el suelo, como un niño, y cogiendo con rapidez el papel que había extraído de uno de los libros, dijo:
Estaré… estaré con… con… Rota, el doctor Rota.
¡¿Qué?!, gritó Nilo con más indignación que sorpresa. Sonó como si todos los cristales del mundo hubiesen estallado a la vez y los añicos estuvieran cayendo indefinidamente sobre el suelo de la habitación.
¿Quién? ¿Rota? ¿Su amigo Inmola Rota? ¿Ese octogenario sacamuelas? ¿Ese estafador? ¿Ese delincuente?
El doctor jamás había visto hablar de tal manera a Nilo. Parece más grande y alto, pensó.
Es el único que puede llevarnos en coche. Además, no lo llames así, dijo el viejo con un arrebato fingido. No es ningún delincuente. Es odontólogo.
Sí, claro. Le recuerdo, dijo Nilo aupándose sobre sus diminutos pies, que estuvo en la cárcel por falsificar dinero. Y se cree que todavía falsifica.
Se cree, se cree. ¿Tú lo crees?, preguntó el doctor desafiante.
Nilo titubeó. Esta pregunta le había pillado por sorpresa. En realidad él no sabía nada. Había oído cosas, pero sólo eso. Cotilleos. Nada sabía con certeza. Incluso alguna vez había dudado de esos rumores. Sabía, por otra parte, que el dentista había estado en la cárcel por falsificar dinero. Sí, lo sabía todo el mundo. Estafó a unos turistas franceses con más de cien millones de pesetas. Pero, pensaba Nilo, de eso hace mucho tiempo y pagó por ello.
El viejo, notando por la mirada de su amigo, que la firmeza de los argumentos de Nilo desguarnecía, no desaprovechó la oportunidad y entró por esa grieta a saco, como una bayoneta. Se levantó del sillón, se dirigió de forma rápida hacia la ventana, echó, tras separar un poco las cortinas, una mirada furibunda al exterior y de manera digna se volvió hacia Nilo.
Mira. Para discutir sobre la honradez u honestidad del doctor Rota o de quien sea, tenemos el resto de nuestras vidas.
El anciano cerró con un arrebato la cortina, se giró y empezó a pasear por la habitación. De una punta a otra iba y venía arrastrando los pies sin dejar de hablar. En apariencia, no se dirigía a nadie.
Hay cosas que no te gustan de él, expresó modulando la voz hasta convertirla casi en un zumbido uniforme, como el de un moscardón pululando alrededor del cuarto. Bien. Lo sé. Y no importa. Todo el mundo siente cierta antipatía o simpatía por alguien. A veces, incluso, sin conocer a fondo a ese alguien. He aquí una suerte inseparable del humano. Sentir lo que ve y establecer relación con lo que ve sin apenas conocer lo que ve.
El doctor se detuvo frente a la puerta de la habitación. Metió las manos en los bolsillos de sus estrechos pantalones y se dio la vuelta. Los ojos parecían cerrados o más bien lánguidos, como cuando se dice que alguien duerme con los ojos abiertos. Nilo pensó que el viejo estaba soñando despierto, o quizá hablando dormido, aunque no tomó en serio sus propias sospechas. El anciano, entonces, apoyó la espalda sobre la puerta y sin sacar las manos de los bolsillos prolongó su disertación.
Estarás conmigo, dijo afirmando con la cabeza, en que el simple hecho de llevar pantalones cortos, una flor en el ojal de la chaqueta y corbatas poco discretas, puede ser motivo para que alguien sea tildado de estrafalario, ¿a que sí? Y suele ocurrir que, debido a esto, a esta etiqueta graciosa, ese alguien va a generar simpatía en un sector de la sociedad, ¿a que sí? ¡E incluso podrían llamarle genio! Pero también suele ocurrir entretanto que, la otra parte, el otro sector de la sociedad, tal vez por antítesis o por no convertir las simpatías en dogmas, va a sentir tirria de ese alguien, y en el mejor de los casos, viejo amigo, le llamarán loco. Sabes que sí, dijo mientras se acercaba de nuevo hacia su sillón. Ha sido así y será así de por vida, se sentó y suspiró.
Yo también a menudo encuentro absurdas esas actitudes, apuntó el doctor al comprobar la cara de suspicacia de Nilo. Pero es que el pensamiento humano, por su propia naturaleza, necesita de posiciones y contraposiciones para mantener su justo equilibrio. Si no, ¿a qué santo íbamos a vivir tantos en sociedad? ¡Y juntos! Seríamos como tigres si no nos necesitáramos. Pero no, de eso nada, somos como borregos. A modo de ejemplo te digo Nilo que los humanos somos las aguas de un río, y los pensamientos de los humanos son las dos riberas de ese río. Tan iguales las dos riberas, y tan separadas una de la otra. ¿Entiendes? Por supuesto, tengo que decírtelo, esas dos riberas, da igual la que sea, en mi opinión son los únicos lugares donde puedes salvarte de morir ahogado. Hizo una pausa, tragó saliva y levantando ligeramente la cabeza dijo: ¿Pillas la metáfora?
Doctor, dijo Nilo apoyando todo el peso de su cuerpo en su sillón. Déjese de soflamas. La humanidad no ahoga. Y más de un borrego actúa con la fiereza de todos los tigres del mundo juntos. Podría enumerarle…
Bueno, bueno, dejemos el tema. Que tanto pensar no conduce a nada y además veo que no me prestas atención, le interrumpió el doctor con mucha vehemencia.
Al grano. No disponemos de mucho tiempo. Has venido aquí porque después de tantos años esperando, por fin lo hemos encontrado, ¿no? Pues en marcha.
Tras decir esto, un brillo especial, como el de las máscaras de cerámica, llenó de optimismo el rostro del doctor y el de Nilo. El viejo se levantó del sillón, desplegó el papel amarillento que había extraído de uno de sus libros y con paso alegre se dirigió hacia la mesita auxiliar de su escritorio, donde un teléfono, algo pasado de moda, compartía espacio junto a un cenicero de cristal con forma de pez. De un cajón de esta mesita sacó unas gafas metálicas. Se las colocó con delicadeza y a través de ellas miró el número de teléfono que, semejando un garabato infantil, estaba escrito en el papelito. Descolgó el auricular, marcó los números poco a poco igual que si estuviera desactivando una bomba, y con cara de expectación y mordiéndose el labio inferior, aguardó pacientemente a que al otro lado del teléfono contestaran.
¿Inmola?
Soy Vico. Vico Feria. El doctor Feria.
Bien.
Sí, mucho.
Como siempre.
No, con Nilo. ¿Podrías echarnos una mano? Necesitamos que nos lleves en tu coche.
Sí.
Nada del otro mundo.
Bien, vale. Entonces en cinco minutos.
Sí, en el portal te esperamos.
Hasta ahora.
El doctor colgó y con un sencillo gesto Nilo y él se pusieron en marcha.
En mucho menos de cinco minutos, el doctor Feria y Nilo habían repasado el plan, se habían repartido las responsabilidades, habían llenado los cacharros para la comida de los gatos, cerrado las puertas y ventanas, apagado todas las luces de la casa salvo una y ya estaban en el portal de la casa, junto al abeto, esperando a Inmola Rota.
La niebla persistía en su opacidad y si no llega a ser por el frescor de la noche uno hubiese creído estar dándose un baño turco. Nilo, que había guardado el frasco que le había dado el doctor dentro de uno de los bolsillos de su abrigo, lo sopesaba con la mano. Tres gotas, pensaba. Sólo tres. El doctor canturreaba una pegajosa melodía. A Nilo se le pegó.
Unos ladridos sonaron frágiles en alguna calle lejana. Se sentían del interior de las nubes. Otro sonido, más grave que los ladridos, acompañado de un chirriar de ruedas hizo girar la cabeza a los dos amigos. De repente, salido de la blanquecina y brumosa niebla, un SEAT 1400 B con las luces apagadas aminoraba la velocidad y se detenía junto al número veintisiete. La puerta del piloto se abrió con dificultad, con bastante dificultad. Al segundo, un hombre que pasaba de los ochenta años se bajó del auto con sorprendente agilidad. Era Inmola Rota. Vestía unos pantalones verdes a cuadros, zapatos de charol y un frac rojo.
Al ver al doctor Feria, el señor Rota sonrió sutilmente y de su boca brillaron, en lugar de colmillos, dos piezas de plata. Abrió la puerta trasera y dijo” ¿vamos al baile amigos?”.
El coche desapareció engullido por la niebla mientras su sonido quedaba perenne, como en un viaje del tiempo. Algunos gatos que se habían quedado en el jardín de la casa del doctor remoloneaban junto al ciprés. El sonido del motor del SEAT 1400 B se fue perdiendo poco a poco en las profundidades de la lejanía. De nuevo, en la misma calle de antes, los ladridos se escucharon frágiles. Los gatos del jardín se miraron entre sí y se alejaron tranquilamente. Ellos también, al desaparecer en la niebla, parecieron viajar en el tiempo.
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