martes, 18 de diciembre de 2007

HOTEL LA HIPÉRBOLA VIII

Apenas eran las diez de la noche y ya todo el barrio mostraba un ambiente apagado. Como si fueran las cuatro de la madrugada. A esta sensación desangelada, un extraño hubiese hecho responsable a la niebla, seguro. Pero la realidad, tan peculiar y distinta de las suposiciones, era que, año tras año, los vecinos de aquella zona habían ido abandonando el distrito de forma metódica, como quien huye de una zona contaminada e infecciosa. Además se creía que, a lo sumo, unas diez casas permanecían habitadas. En el barrio, cuando comenzó aquella migración, la mayoría de los residentes pensaba que de allí sólo se irían los más hedonistas. Aquella fuga fue tomada como el capricho de un determinado tiempo, como una moda. Y sin embargo, conforme pasaban los días, las familias, unas tras otras, o incluso a la vez, iban marchándose de sus hogares. Unos se mudaron al centro. Otros cambiaron de ciudad. El resto, si no había envejecido, había muerto allí.
En el segundo piso del número veintisiete de una de las calles de este barrio, una vaporosa luz brillaba a través de una ventana con sus cortinas a medio correr. La casa, aunque mantenía junto a su portal un delicado jardín donde un enorme ciprés compartía espacio con un escuchimizado abeto, tenía aspecto de muy vieja. Era de tres alturas y dentro de ella, en el mismo segundo piso y al abrigo de aquella vaporosa luz, un hombre de avanzada edad, intentaba con discreto éxito alimentar a unos treinta gatos. El anciano, encorvado por culpa de tanto subir y bajar las escaleras de la casa, sólo era capaz de reconocer a doce de ellos. “Aquel blanco; este otro más gris”. Así iba distinguiéndolos. En ese momento alguien llamó a la puerta con cuatro cortos e insistentes golpes.
Ya voy, gritó el anciano mientras procuraba bajar las escaleras sin caerse.
Unos minutos después, el encorvado viejo se afanaba en descorrer todos los pestillos y cerrojos de la puerta. Parecía un desganado mayordomo abriendo el pesado portón de un viejo castillo, y es que a la que desbloqueaba un cerrojo, mascullaba alguna extraña blasfemia. Los pocos gatos que le habían acompañado hasta la puerta remoloneaban a su alrededor y maullaban a cada una de sus inaudibles maldiciones. Con esfuerzo el anciano tiró de la puerta. Los goznes oxidados chirriaron de tal manera que parecieron un maullido más. Cuando la puerta se hubo abierto del todo, un buen número de gatos huyó por las escaleras a las plantas superiores con la rapidez de los asustados. Sólo uno, más perezoso que valiente, permaneció inmóvil. Bostezó y se arrimó a las piernas del anciano a la vez que miraba con desinterés al pequeño hombrecillo que se hallaba ante la puerta.
Doctor, necesito su ayuda. Creo que lo he encontrado, dijo el recién llegado.
¿Eres tú, Nilo?, preguntó el anciano.
Sí, doctor. Soy yo.
Pasa, por Dios, qué alegría. Pasa. Entra y cuéntame qué ocurre.
Creo que por fin lo he encontrado, bueno, tal vez él me haya encontrado a mí, pero el caso es que es él, y está muy mal, a punto de morirse, le dijo Nilo al doctor una vez se hubo cerrado la puerta tras ellos y se disponían a subir a la planta tercera donde el anciano tenía su despacho. Hace mucho tiempo que no subo allí, dijo el anciano.
Subieron las escaleras sin hablar. La puerta del despacho estaba cerrada. El anciano tomó aire, acompasó la respiración y la abrió. Encendió las luces y un recuerdo le llegó a lo más hondo de su corazón cuando vio su viejo escritorio, sus libros y su antiguo maletín. Nilo le dio la mano y el anciano se sintió mejor.
El despacho del doctor era amplio. Ocupaba casi toda la tercera planta de la casa. Olía a polvo y costaba respirar un poco. Grandes librerías de madera, repletas de volúmenes de medicina, rodeaban aquella estancia. El anciano abrió una de las ventanas y la dejó entornada. El aire del exterior oreó y oxigenó el ambiente. El doctor se arrimó entonces a una mesita y encendió la lamparita que había sobre ella. Tras esto, se acercó al interruptor general y apagó todas las demás luces del despacho. Nilo, quien observaba sentado en uno de los sillones todos los movimientos del doctor, sintió lástima por él.
Así que crees que lo has encontrado, dijo el anciano mientras se sentaba en otro sillón.
Sí. Es él. Pero está muy malherido, unos atracadores le han golpeado. Está en el edificio.
¡¿En el edificio?! ¡Te he pedido cientos de veces que no vayas a ese lugar! Acabarán matándote, dijo el doctor con tono enfadado.
Sólo voy cuando anochece, nadie sabe que estoy allí.
Ah, vaya, no lo sabe nadie. Déjame que te diga una cosa: el día que te descubran te harán trizas. ¿Crees que iban a sentir piedad o compasión por un espantoso niño-anciano como tú? ¿Crees que la humanidad vive en un mundo perfecto y justo? ¿Crees que no existen seres despreciables que se regocijan con el sufrimiento de otros? ¡Ni el más sabio de los mortales está libre de ese veneno!
No se irrite doctor. Me ando con mucho cuidado. Tengo el escondite en uno de los pisos. Además, accedo a él a través de un estrecho conducto de ventilación. Es imposible que me vean.
Sí, claro y eso te pone a salvo de aquellos bandidos. ¿Qué ocurrirá cuando alguien ocupe el piso ese?
Pero doctor, de verdad, sólo voy por las noches.
Bueno está bien. Olvidémoslo. Eso no es lo que nos importa ahora. ¿Estás seguro de que se trata de él?
Totalmente, dijo el hombrecillo acercando sus diminutas palmas a las rodillas.
El doctor suspiró. Se echó hacia atrás y apoyó la espalda en el sillón. Una especie de tímida sonrisa se apoderó de su rostro.
Tenemos que sacarlo de allí y traerlo aquí, dijo decidido el anciano después de haber estado, en apariencia, reflexionándolo profundamente.
Es una buena idea. Pero usted y yo solos no podremos, doctor. No podemos. Mírese. Míreme. Yo puedo entrar por el conducto del aire, es verdad. Pero usted tendría muy difícil acceder al interior del edificio sin que le vean. Y luego, sacar al enfermo sería imposible. Nos pillarían. Seguro.
Tú no te preocupes. Tenemos que sacarlo de allí, y tenemos que hacerlo cuanto antes. No podemos esperar más. Si lo descubren, lo matarán y todo acabaría. ¿Está moribundo o crees que podrá aguantar alguna hora más?, preguntó el doctor.
Lo dejé con buen pulso aunque con muchas heridas. La paliza fue grande. Pero estoy seguro de que aguantará.
Hay que aprovechar esta espesa niebla de hoy. Mañana podría ser demasiado tarde. Debemos sacarlo de allí y traerlo aquí.
Pero cómo, preguntó Nilo.
A ver, déjame pensar, dijo el anciano tras levantarse del sillón.
El doctor agarró algo de encima de la mesa. Mientras lo sostenía en la mano, como si juzgara el peso de la pieza, el anciano se movía por toda la sala, de punta a punta del despacho. En su cabeza bullían y pululaban las ideas acerca de cómo sacar del edificio al señor Lude. Pero todas se derrumbaban por algún lugar. Algunas parecían exitosas en su primer supuesto, pero cuando las desgranaba minuciosamente, el doctor descubría que la operación conllevaba una cantidad desmedida de impedimentos e inconvenientes. Es imposible llevar a cabo la acción, se decía. Entonces se encerraba de nuevo en sus pensamientos buscando otra idea.
Nilo observaba al doctor con alegría. Verlo deambular por el despacho le traía buenos recuerdos. Recuerdos muy distantes, no obstante. Pero es que para Nilo, los buenos recuerdos no pertenecían al pasado, sino al pasado remoto, a esa parte del pasado que está casi olvidado. Nilo suspiró y con ojos aguosos siguió mirando al doctor. Como pudo, contuvo las lágrimas.
El anciano a veces se sentaba y se sumía en una suerte de meditación parecida al ensimismamiento. Repentinamente se levantaba y corría a la ventana. Se asomaba y volvía de nuevo a su sillón. Iba y venía. Mascullaba entre dientes. A veces se insultaba en voz alta y otras expresaba aprobación consigo mismo. En un momento dado, pasando junto a Nilo, el viejo le dio lo que llevaba en la mano. Aquello que había cogido de encima de la mesa. “Toma, ten esto, déjalo en la mesa”, le dijo el doctor. Nilo se quedó atónito al ver un mechero de gasolina, dorado y de gran dimensión.
Perdone doctor, dijo Nilo. ¿No había dejado de fumar?
¿Qué?, soltó el anciano como si le hubieran hablado en un idioma desconocido.
Digo que si no había dejado de fumar, insistió Nilo.
¿A qué viene eso?, dijo muy cabreado el anciano.
No se irrite doctor, es que me ha extrañado descubrir que tiene usted el mechero lleno. Tiene gasolina. Mire, y Nilo encendió el mechero.
Tras el chasquido de la piedra con el rodillo, una llama perfecta y grande bailó sobre el dorado encendedor como un pequeño remolino. El anciano se quedó desconcertado mirando la llama. En sus ojos brillaba un fulgor desconocido. Nilo no sabía distinguir si el brillo era debido al reflejo de la llama o si por el contrario eran sus ojos los que desprendían ese matiz propio del fuego.
¡YA LO TENGO!, gritó el doctor.

(LNZ)

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