jueves, 6 de diciembre de 2007

HOTEL LA HIPÉRBOLA VII

Con el primer trago que se echó a la boca, K constató que el café del bar del hotel era infame y que el día empezaba torcido. Por educación evitó escupir, pero le hizo una seña al camarero apartando la taza de su lado. El camarero, un joven pecoso con cara de buena persona, se acercó hasta él.
–Perdona muchacho –le dijo K sin compasión–, ¿de dónde has sacado este café? ¿Directamente del desagüe?
El chaval se puso colorado y tartamudeó una disculpa.
–Perdone..., la máquina estaba fría..., no se preocupe..., le haré otro.
El camarero, bastante afectado, se llevó la taza, mientras K se decía a sí mismo que era un cerdo por tratar así al chico, pero que con el primer café del día no se podían aceptar determinadas agresiones sin rechistar.
Mientras esperaba el segundo café, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la extraña carta que se había encontrado en el pasillo de su habitación. Rasgó el sobre y cuando se disponía a extraer su contenido, alguien, desde el taburete de al lado, se abalanzó sobre su oreja.
–En este país el café es muy malo –oyó que le decía una voz meliflua, en tono cosmopolita–, lo mezclan con torrefacto y encima le añaden azúcar.
El escritor se volvió sorprendido y se encontró junto a él, a dos palmos de su cara, a un tipo calvo, con gafas, con las mejillas como de tomate, y un bigotito estilo Clark Gable completando el conjunto. Como a tanta gente antes que a él, a primera vista le cayó mal.
–¿Qué dice usted? ¿Se ha vuelto loco? –le dijo mirándolo, con la extraña impresión de aquel tipo no era un ser humano.
–Yo tengo un amigo en Francia –continuó el otro, sin hacerle caso–, que tiene allí una fábrica de café, y le puedo asegurar que sé de lo que hablo. En este país el café lo mezclan con torrefacto.
En ese momento el camarero volvió y puso una nueva taza de café delante del escritor. K dejó de prestar atención al intruso, y se concentró en echar el azúcar en la taza y removerla, con una doble esperanza. Por un lado, que el nuevo café fuera mínimamente digno y le permitiera congraciarse con el camarero; y por otro, que el estúpido personaje que había aterrizado a su lado lo dejara en paz...
Tuvo suerte respecto a lo primero, porque el café le resultó casi aceptable. Después de darle un primer trago, le hizo con la mano una señal de OK al camarero, que respiró aliviado. Respecto a lo segundo, no tuvo tanta suerte, porque desde su taburete, el experto en café estaba volviendo a la carga.
–Los mejores cafés del mundo se hacen en Italia –dijo, sin soltar el tema–, porque allí no lo mezclan con torrefacto ni con azúcar. Y además, y esto es lo mejor, ¿a que no sabe usted cómo seleccionan el grano...?
El tipo se quedó esperando a que el escritor contestara a su pregunta. K, después de acabarse de un par de tragos el contenido de la taza, se volvió con decisión hacia él, dispuesto a quitárselo de encima.
–Oiga mire –le dijo cortante–, ¿por qué cree usted que a mí me interesa que a estas horas de la mañana venga un tipo como usted a darme la tabarra sobre el café?
–Sé quién es usted –le contestó el otro en plan colega, ignorando el mensaje–.Yo también soy escritor.
K lo miró fijamente y volvió a tener la impresión de que aquel tipo no era humano. Quizás se trataba de alguna especie de alienígena al que le habían puesto una careta. Sintió un principio de vértigo y se decidió a cortar por lo sano.
–¿Y cómo se puede ser escritor con esa cara? –le soltó sin piedad, parafraseando al viejo Groucho– Si es que eso es una cara, claro.
El otro acusó el golpe y pareció ofenderse.
–Oiga, no se pase. ¿Quién se ha creído que es para insultarme así?
–¿Insultarle?¿Pero usted se ha mirado alguna vez en el espejo? –K siguió hurgando en la herida- No me extrañaría que fuese usted descendiente directo de la mona Chita.
K no podía imaginar el efecto que estas palabras iban a provocar en el otro. El experto en café abrió la boca como si acabaran de darle un puñetazo en el estómago. Una extraña fosforescencia comenzó a apoderarse de su cara y, súbitamente, se enfureció como si le fuera en ello la vida.
–Yo me paso su desprecio por los cojones –exclamó con rabia, bajándose del taburete–. Y no le voy a consentir que me insulte impunemente.
De pronto se quitó las gafas, las dejó sobre la barra, y con gesto amenazante y los ojos desorbitados, se encaró con K.
– Usted no es más que una mierda de escritor. Y yo puedo pasar de las palabras a la violencia...
K comprendió de pronto el tipo de histérico con el que se las veía. Era de esa clase de gente que siempre le despertaba…, cómo decirlo, una profunda sensación de pereza. Una pereza casi metafísica. Sobre todo por las mañanas. Sonrió resignado.
–¿De qué se ríe ahora? –le gritó el otro, crecido en plena paranoia–. ¿O es que ya se le han quitado las ganas de insultarme?
K sintió el hastío transpirarle en las manos, y meditó un segundo cómo evitar soltarle un par de ostias al tiparraco aquel, por mucho que le apeteciera, ya que no parecía muy inteligente empezar con una pelea su aterrizaje en aquel pueblo. ¿Qué pensarían en el Ayuntamiento? ¿Qué en lugar de un escritor habían contratado a un matón? Decidió que lo más prudente sería intentar torear al imbécil.
–Escuche amigo, simplifiquemos –le dijo, humanizando el tono–. Yo por las mañanas siempre estoy de mal humor y necesito estar un tiempo incomunicado –hizo una pausa mirándolo directamente a los ojos–. ¿Comprende? Por eso a veces reacciono algo bruscamente. ¿No decía usted que también escribe? Usted sabrá por propia experiencia que los escritores somos algo raros.
El cambio de tono dejó al otro un momento desconcertado. Dudando. Dudando entre tomarse aquello como una disculpa o seguir en la espiral de violencia que se había desatado en su cabeza. El camarero, que se había apercibido de la discusión, los miraba expectante. A pesar del incidente del café, se había puesto del lado de K. Conocía de sobra al otro individuo y, como a todo el mundo, a él también le caía mal. Por eso estaba encantado de asistir al enjuague que le estaba dando K. Un enjuague que además el tipo se tragó hasta las heces, porque, tras un último titubeo, decidió volverse a poner las gafas.
–Está bien, tomaré esas palabras como una disculpa –dijo, y pareció relajarse, aunque en su cara aún persistía cierta fosforescencia–, pero con una condición, tendrá que concederme una entrevista en directo.
–¿Una entrevista en directo? ¿Sobre qué? ¿Para quién?
–Para la emisora de televisión local. Yo presento y dirijo un programa nocturno.
Vaya, así que ese era el precio de la paz. K lo miró valorando la propuesta. El tipo aquel no le gustaba un duro y todavía se percibía el veneno en su mirada de batracio. Estaba claro que ansiaba llevarlo a su territorio pensando que allí podría vengarse del agravio sufrido. Daba la impresión de que más que una entrevista le estaba planteando una batalla. Aunque, pensándolo bien, esa entrevista también podría tener cierta importancia para sus propios planes. El único peligro era que el entrevistador fuera un alienígena. Pero, ¿desde cuándo a él le habían asustado ciertos desafíos? Por la tarde, mientras se fumaba un canuto, escribió:

El ego de un imbécil es una materia prácticamente radioactiva. Su acción permanente sobre las neuronas, es capaz de provocar una realimentación exponencial del yo y causarle mutaciones irreversibles. A partir de este proceso, el imbécil sólo se relaciona con los demás sobre mecanismos asimétricos, dónde los otros se reducen al mero papel de receptores del despliegue irrefutable de su explicación del mundo. Y es que, por su propia naturaleza, el ego de un imbécil es una espiral que sólo limita con el infinito.

Sin embargo, el ego del imbécil es mucho más frágil de lo que pudiera creerse. Porque su talón de Aquiles es la paranoia. La paranoia es su lado oscuro. Porque, a pesar de que el imbécil, por definición, es incapaz de mirarse al espejo y reconocerse como tal, en algún compartimiento secreto de su conciencia siempre queda un rincón libre de radiaciones, un mínimo espacio protegido, donde la verdad sobre sí mismo persiste como un virus. Un virus que va desarrollándose enroscado a su ego, e infectando toda su dialéctica. Por eso frente al imbécil no valen argumentos, sólo vale la sumisión o la guerra.


La sumisión o la guerra. Justo al terminar de escribir este último párrafo, K le dio la última calada al canuto y tiró la colilla a la papelera. Luego volvió a pensar en la carta. La extraña carta que yacía, desplegada como un laberinto, sobre la colcha a cuadros de su cama.

HERNAN CUATRO

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