La niebla parecía haberse multiplicado. Como si las nubes hubieran decidido voluntariamente descender de las alturas y establecerse de por vida junto a la superficie de la Tierra. No había ni un alma por la calle y los edificios, como maleantes de la peor calaña, parecían haberse encubierto dentro de la niebla. Las luces de las farolas alumbraban con un brillo dudoso, indeterminado, igual que en un cuadro impresionista. El fric fric del señor Lude, evocando a los grillos en verano, rasgaba la perfecta opacidad de las calles y conseguía vigorar el paisaje mortecino de la tarde-noche. En su cabeza, mucho tiempo atrás, al igual que en esa tarde, también la niebla, atravesando su cuerpo a modo de un ejército tal vez dirigido por algún perspicaz, implacable y silencioso oficial, había conseguido el objetivo principal de su misión: ocultar todo lo real dentro de una invisible confusión.
El señor Lude en aquel momento se veía gobernado por el flujo indiferente de los que no tienen nada que perder. Como los que abandonan su tierra por una vida mejor. Todo porvenir es incierto se había dicho mil veces. Pero las certidumbres de los hechos ya acontecidos se le iban acumulando en la conciencia como si fueran sedimentos arrastrados por un río y le ayudaban a establecer, apoyado en su misma conciencia, un criterio más o menos claro de lo que le quedaba por hacer. El escritor no había aparecido. De momento, se dijo. Confiaba en que apareciese. Su visión le sería de capital ayuda. Su visión perceptiva, claro. Pero también necesitaba su otra visión, la literaria. Quizás ya haya empezado a ayudarme y ni siquiera él y yo lo sabemos; en ese caso lo mejor será dejar que lo haga a su manera, concluyó.
El señor Lude estuvo andando sin importarle un ápice el rumbo que tomaban sus pasos. Tampoco el tiempo le importaba. Tanto le traía girar a la derecha y adentrarse por un callejón sin asfaltar donde basuras y escombros yacían desperdigados, como a la izquierda y toparse con un edificio en ruinas cuya puerta había sido tapiada. Igual daba media vuelta y volvía sobre sus pasos; igual se paraba y tras una leve pausa continuaba haciendo camino por otra parte. Visto desde arriba hubiera podido decirse que era una hormiga exploradora y solitaria en una cálida mañana primaveral. El olor y los sonidos le hacían penetrarse en ciertas zonas o por el contrario evitarlas. Así, caminando a la expectativa, se vio siguiendo una suerte de gemido sordo percutido en algún lugar lejano.
Mientras estaba siguiendo aquel sonido intentaba averiguar a qué le recordaba. Era una especie de golpe seco. Como el que se deriva de dejar caer sacos llenos de arena. Y también tal vez sea el silbo del aire cortado, imaginó. Aunque a lo que más le recordaba era a cuando su abuela mataba y desollaba los conejos para la comida familiar de aquellos domingos de invierno. Al pensar en ello se detuvo ante un callejón y durante un instante desapareció engullido no se sabe bien si por el callejón, los recuerdos o por la niebla.
El señor Lude, trasportado, aparece en la caliente casa de campo de sus abuelos, junto a aquel enorme hogar donde arden los troncos que minutos antes el abuelo ha lanzado al interior de la chimenea y que se queman con una fuerza hipnótica. Mira a todos los que allí están. Ve a su padre y a su madre, riendo de forma curiosa, casi innatural. Sus rostros parecen sacados de alguna fotografía. Está también el abuelo, sentado en su mecedora, expulsando por la boca, tras dar caladas intensas a un cigarro, aros de humo. Junto al abuelo, está él, el señor Lude de niño. Era una sensación rara verse de niño, pensará después. En un preciso momento el niño se le queda mirando fijamente. El señor Lude siente, por todo aquello que está presenciando, una sensación de vergüenza no sufrida jamás. Como si un alambre afilado le atravesara verticalmente. De hecho, reconoce, hay algo desconocido en casa de los abuelos que no está en armonía con todo aquello. E intuye de qué se trata, lo siente. Soy yo, claro, naturalmente. Soy yo lo desconocido, piensa. Y en cuanto esa idea se establece como un hecho en su mente, una inesperada sensación de intranquilidad oprime el aire de la casa. Todos notan el efecto. La casa toma una apariencia de fatalidad extraordinaria, como si una mala noticia hubiera llegado de imprevisto. Y al igual que en una escena de Dickens, todos creen sentir la desgracia como propia. Después de algunos segundos, breves para todos salvo para el señor Lude, una suerte de revelador silencio se hace presente y penetra, de forma parecida al olor de las habitaciones cerradas, en las conciencias de los allí presentes. Éstas sitúan ese desdichado silencio justo en el espacio que está ocupando la ilusión del señor Lude. Sus padres miran allí, lo hacen sin que se les despegue de la cara esa extraña risa innatural. Su abuelo acompasa el ritmo de la mecedora con sus caladas al cigarro. Mira con ardiente coraje mientras expulsa el humo en forma de aros, los cuales, curiosamente, se han ido convirtiendo en enormes circunferencias, de un tamaño desproporcionado, aterrador, y que circundan al abuelo como si el robot antropomorfo de Metrópolis hubiese adoptado su forma. El señor Lude niño ha desaparecido y nadie parece haberse percatado de ello. De repente surgen los ecos. El ruido seco y el sonido rasgado.
El señor Lude, ahora, aparece en la cocina, junto a su abuela, la cual lo mira detenidamente también. Su rostro, aunque feliz, le parece más deformado que el que recordaba. Ella lleva los brazos ensangrentados. Acaba de desollar con las manos un primer conejo y el segundo, blanco, atado de patas, adivinando su muerte, se mueve sobre la mesa igual que una merluza dando coletazos fuera del agua. La abuela coge el conejo y de un certero puñetazo en la nuca acaba con la vida del blanco lagomorfo. El ruido seco resuena reverberado como si todo ocurriese en el interior de una cueva. Con un sangriento cuchillo, como quien devana una madeja, la abuela corta superficialmente la piel por el cuello. Tras separar un poco con los dedos el pellejo de la carne del animal, estira de forma precisa. El sonido rasgado resuena fulminante, como si lo desollado en realidad hubiese sido la ilusión del señor Lude.
El señor Lude no se había percatado de cómo había ido a parar allí, ni siquiera recordaba por las calles que había pasado para llegar hasta donde se encontraba, y eso que era muy meticuloso en este sentido, pero la ilusión tan vívida que acababa de sufrir le había distraído en su recorrido y en ese momento se hallaba dentro de un abandonado edificio, de esos que se quedan a medio hacer. Inconscientemente, y mientras estaba en casa de sus abuelos, había ido siguiendo, en una suerte de estado hipnótico, los sonidos sordos y rasgados de antes. Debido a esto apenas pudo darse cuenta de que se hubo metido en una zona deshabitada. Una zona donde parecía claro que el boom inmobiliario del momento no había conseguido los objetivos deseados. Si bien, a cambio de los beneficios no obtenidos, un edificio sin terminar se levantaba hacia el cielo a la manera de un árbol de plástico en mitad de un descampado. En ninguna parte del edificio había luz y éste evocaba un enorme rectángulo negro incrustado sobre la superficie, como si sólo hubiesen construido la sombra proyectada. Tampoco había agua. Pero como los arquitectos y promotores habían distribuido varios pisos por planta pensando en las ventas, éstos habían acabado convirtiéndose en el lugar idóneo para que desesperados y olvidados tuvieran su lugar en el mundo. El señor Lude se hallaba en la planta tercera. En lo que parecía un largo y estrecho pasillo. No sabía cómo había llegado hasta allí pero allí estaba, quieto frente al hueco de una puerta. De dentro procedían los sonidos que le habían conducido hasta allí. Ellos le habían guiado. Aguzó como nunca el olfato y el oído, y tras tomar aire hondamente para suavizar su nerviosismo, atravesó el umbral.
Una vez hubo entrado en el piso los sonidos desaparecieron como absorbidos por las paredes. En el ambiente flotaba una sensación hueca, de vacío, igual que si en aquella antesala el tiempo se hubiese detenido y decidido a no continuar con su involuntaria intención. Sólo el fric fric rompía el temido y grave silencio. ¿Soy yo quién está aquí?, se preguntó. Y es que el señor Lude se sentía, en cierto modo, recluido en una alucinación, en una especie de alucinación extraña, como si no fuera propia, sino ajena. Como si él allí fuera parte del singular delirio de otro.
En este estado de inquietud, un montón de olores que venían de aquella estancia se agolparon en la nariz del señor Lude con la precipitación de una estampida. Olía a suciedad, a inmundicia, a animal muerto; probablemente ratas, pensó. También percibía el agrio aroma de la ropa abandonada, sucia y tirada; indudablemente impregnada de vómitos, sangre seca y orina de gatos, se dijo. También un extraño olor humano. Pero sin embargo lo que más juzgaba abominable el señor Lude eran las tinieblas que presentía a su alrededor. Y es que era tal la oscuridad que existía en aquella casa que incluso dentro de la invisibilidad del señor Lude, ésta se sentía aterradora, de mal agüero. El pulso se le aceleró. Notaba que el cuerpo recibía por parte de sus nervios una especie de descarga eléctrica que no era otra cosa que miedo. Al fondo de esa estancia, algo desprendía calor natural. Como el del fuego. Y sin dudarlo hacia allí se dirigió.
El fric fric apenas sonó. Y es que no había dado siquiera dos pasos cuando un golpe en las piernas, quizás con una barra de hierro, le hizo caer al suelo. Notó el lugar donde le habían pegado. Le dolía. Le dolía una barbaridad, parecía que mil frías agujas estuvieran perforándole poco a poco. De repente, otro fuerte golpe mientras estaba en el suelo. Esta vez en la espalda. Ahí el dolor era terrible, quemaba. Echó las manos hacia atrás por instinto y estando así, sintió el veloz movimiento de algo que se acercaba hacia su cara. Como si un enjambre enfurecido se dirigiera hacia allí. Antes de averiguar qué podía ser, notó que aquello le sacudía en el rostro. Cayó hacia atrás, sus anteojos saltaron por los aires y notó que la nariz empezaba a sangrar. Se giró en el suelo pero los golpazos venían de todos los lados. Le caían en los costados, en las piernas, en los brazos. Intentó levantarse pero fue inútil. Una y otra vez sentía la dureza de los golpes. A veces, igual que si le metieran un manguerazo, parecía que le echaban agua helada a una fuerte presión, otras, creía que lo rociaban con algún líquido hirviendo. Sangraba por la nariz, sentía los labios partidos, el sabor oxidado y áspero de la sangre resbalaba en su garganta como si le obligaran a tragarse la madre de un vinagre viejo. Pensó que sólo el escritor podría salvarle de aquello. Pero no acudía, nadie acudía en su ayuda. Allí se encontraba solo. Y lo sabía. Ni siquiera él recordaba cómo había llegado allí. Ni qué dirección había tomado, ni si estaba cerca del hotel o no. Sólo me queda una opción, pensó. Reunió todas sus fuerzas, tomó aire, y como pudo se cubrió la cabeza con las manos e intentó gatear para escapar de aquel matadero. Pero le fue imposible. Un golpazo en la cara le hizo perder el conocimiento y se desmayó ahí mismo. Los golpes entonces cesaron.
El señor Lude yacía en el escabroso suelo de aquella habitación. Estaba desnudo. Los asaltantes, para intentar robarle, lo habían desnudado después de la cruel paliza. Pero como no consiguieron nada pues nada llevaba encima, sus ropas estaban esparcidas junto a su cuerpo magullado. Su respiración era débil. Muy débil. La hemorragia de la nariz se había detenido. Pero de vez en cuando una tos convulsa agitaba su cuerpo. Se diría que estaba a punto de morir, de morirse allí mismo. Y es que un vómito, acompañado de extraños espasmos, le llenó la boca de babas ensangrentadas. Cualquiera vería que iba a ahogarse con lo que su cuerpo arrojaba tan violentamente. Sin embargo unas manos pequeñas lo asieron de las axilas y con mucho esfuerzo lo fueron introduciendo hacia el fondo de la casa.
El señor Lude fue trasladado de la estancia donde había recibido la paliza al lugar del cual provenía ese calor natural que sintió antes de recibir el brutal vapuleo. Se trataba de un habitáculo igual de oscuro, quizá más, que el resto del edificio, pero celosamente oculto entre tanta suciedad. Tal vez los arquitectos lo diseñaran para ser utilizado a modo de despensa porque no era muy grande. Sin embargo en ese momento, aunque lleno de mantas, y por más estrecho que pareciese, servía de excelente comodidad para el maltrecho señor Lude. Quienquiera que viviese allí, había adoptado en aquel sitio una actitud pulcra y meritoria con respecto a su condición de miserable. Además estaba mostrando verdaderos signos de humanidad al atender al señor Lude. Porque trasladar un cuerpo inmóvil, paralizado, exige gran esfuerzo. Mucho más si quien lo realiza es un ser de pequeño tamaño. Porque eso delataban sus manos.
Una vez hubo acomodado al señor Lude entre las mantas, el pequeño ser lo tapó cálidamente y salió de aquel cuarto. A los pocos minutos llegó con botellas de agua, dio de beber al paciente y con sus diminutas manos limpió la sangre seca de la cara del señor Lude. Después de tomarle el pulso con sus insignificantes dedos, salió de aquel lugar. Los ecos del sonido seco y del otro rasgado, de nuevo, volvieron a sonar nítidos en la conciencia del señor Lude. Él en su interior pensaba que el escritor le había salvado.
(LNZ)
miércoles, 5 de diciembre de 2007
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