martes, 18 de diciembre de 2007

HOTEL LA HIPÉRBOLA VIII

Apenas eran las diez de la noche y ya todo el barrio mostraba un ambiente apagado. Como si fueran las cuatro de la madrugada. A esta sensación desangelada, un extraño hubiese hecho responsable a la niebla, seguro. Pero la realidad, tan peculiar y distinta de las suposiciones, era que, año tras año, los vecinos de aquella zona habían ido abandonando el distrito de forma metódica, como quien huye de una zona contaminada e infecciosa. Además se creía que, a lo sumo, unas diez casas permanecían habitadas. En el barrio, cuando comenzó aquella migración, la mayoría de los residentes pensaba que de allí sólo se irían los más hedonistas. Aquella fuga fue tomada como el capricho de un determinado tiempo, como una moda. Y sin embargo, conforme pasaban los días, las familias, unas tras otras, o incluso a la vez, iban marchándose de sus hogares. Unos se mudaron al centro. Otros cambiaron de ciudad. El resto, si no había envejecido, había muerto allí.
En el segundo piso del número veintisiete de una de las calles de este barrio, una vaporosa luz brillaba a través de una ventana con sus cortinas a medio correr. La casa, aunque mantenía junto a su portal un delicado jardín donde un enorme ciprés compartía espacio con un escuchimizado abeto, tenía aspecto de muy vieja. Era de tres alturas y dentro de ella, en el mismo segundo piso y al abrigo de aquella vaporosa luz, un hombre de avanzada edad, intentaba con discreto éxito alimentar a unos treinta gatos. El anciano, encorvado por culpa de tanto subir y bajar las escaleras de la casa, sólo era capaz de reconocer a doce de ellos. “Aquel blanco; este otro más gris”. Así iba distinguiéndolos. En ese momento alguien llamó a la puerta con cuatro cortos e insistentes golpes.
Ya voy, gritó el anciano mientras procuraba bajar las escaleras sin caerse.
Unos minutos después, el encorvado viejo se afanaba en descorrer todos los pestillos y cerrojos de la puerta. Parecía un desganado mayordomo abriendo el pesado portón de un viejo castillo, y es que a la que desbloqueaba un cerrojo, mascullaba alguna extraña blasfemia. Los pocos gatos que le habían acompañado hasta la puerta remoloneaban a su alrededor y maullaban a cada una de sus inaudibles maldiciones. Con esfuerzo el anciano tiró de la puerta. Los goznes oxidados chirriaron de tal manera que parecieron un maullido más. Cuando la puerta se hubo abierto del todo, un buen número de gatos huyó por las escaleras a las plantas superiores con la rapidez de los asustados. Sólo uno, más perezoso que valiente, permaneció inmóvil. Bostezó y se arrimó a las piernas del anciano a la vez que miraba con desinterés al pequeño hombrecillo que se hallaba ante la puerta.
Doctor, necesito su ayuda. Creo que lo he encontrado, dijo el recién llegado.
¿Eres tú, Nilo?, preguntó el anciano.
Sí, doctor. Soy yo.
Pasa, por Dios, qué alegría. Pasa. Entra y cuéntame qué ocurre.
Creo que por fin lo he encontrado, bueno, tal vez él me haya encontrado a mí, pero el caso es que es él, y está muy mal, a punto de morirse, le dijo Nilo al doctor una vez se hubo cerrado la puerta tras ellos y se disponían a subir a la planta tercera donde el anciano tenía su despacho. Hace mucho tiempo que no subo allí, dijo el anciano.
Subieron las escaleras sin hablar. La puerta del despacho estaba cerrada. El anciano tomó aire, acompasó la respiración y la abrió. Encendió las luces y un recuerdo le llegó a lo más hondo de su corazón cuando vio su viejo escritorio, sus libros y su antiguo maletín. Nilo le dio la mano y el anciano se sintió mejor.
El despacho del doctor era amplio. Ocupaba casi toda la tercera planta de la casa. Olía a polvo y costaba respirar un poco. Grandes librerías de madera, repletas de volúmenes de medicina, rodeaban aquella estancia. El anciano abrió una de las ventanas y la dejó entornada. El aire del exterior oreó y oxigenó el ambiente. El doctor se arrimó entonces a una mesita y encendió la lamparita que había sobre ella. Tras esto, se acercó al interruptor general y apagó todas las demás luces del despacho. Nilo, quien observaba sentado en uno de los sillones todos los movimientos del doctor, sintió lástima por él.
Así que crees que lo has encontrado, dijo el anciano mientras se sentaba en otro sillón.
Sí. Es él. Pero está muy malherido, unos atracadores le han golpeado. Está en el edificio.
¡¿En el edificio?! ¡Te he pedido cientos de veces que no vayas a ese lugar! Acabarán matándote, dijo el doctor con tono enfadado.
Sólo voy cuando anochece, nadie sabe que estoy allí.
Ah, vaya, no lo sabe nadie. Déjame que te diga una cosa: el día que te descubran te harán trizas. ¿Crees que iban a sentir piedad o compasión por un espantoso niño-anciano como tú? ¿Crees que la humanidad vive en un mundo perfecto y justo? ¿Crees que no existen seres despreciables que se regocijan con el sufrimiento de otros? ¡Ni el más sabio de los mortales está libre de ese veneno!
No se irrite doctor. Me ando con mucho cuidado. Tengo el escondite en uno de los pisos. Además, accedo a él a través de un estrecho conducto de ventilación. Es imposible que me vean.
Sí, claro y eso te pone a salvo de aquellos bandidos. ¿Qué ocurrirá cuando alguien ocupe el piso ese?
Pero doctor, de verdad, sólo voy por las noches.
Bueno está bien. Olvidémoslo. Eso no es lo que nos importa ahora. ¿Estás seguro de que se trata de él?
Totalmente, dijo el hombrecillo acercando sus diminutas palmas a las rodillas.
El doctor suspiró. Se echó hacia atrás y apoyó la espalda en el sillón. Una especie de tímida sonrisa se apoderó de su rostro.
Tenemos que sacarlo de allí y traerlo aquí, dijo decidido el anciano después de haber estado, en apariencia, reflexionándolo profundamente.
Es una buena idea. Pero usted y yo solos no podremos, doctor. No podemos. Mírese. Míreme. Yo puedo entrar por el conducto del aire, es verdad. Pero usted tendría muy difícil acceder al interior del edificio sin que le vean. Y luego, sacar al enfermo sería imposible. Nos pillarían. Seguro.
Tú no te preocupes. Tenemos que sacarlo de allí, y tenemos que hacerlo cuanto antes. No podemos esperar más. Si lo descubren, lo matarán y todo acabaría. ¿Está moribundo o crees que podrá aguantar alguna hora más?, preguntó el doctor.
Lo dejé con buen pulso aunque con muchas heridas. La paliza fue grande. Pero estoy seguro de que aguantará.
Hay que aprovechar esta espesa niebla de hoy. Mañana podría ser demasiado tarde. Debemos sacarlo de allí y traerlo aquí.
Pero cómo, preguntó Nilo.
A ver, déjame pensar, dijo el anciano tras levantarse del sillón.
El doctor agarró algo de encima de la mesa. Mientras lo sostenía en la mano, como si juzgara el peso de la pieza, el anciano se movía por toda la sala, de punta a punta del despacho. En su cabeza bullían y pululaban las ideas acerca de cómo sacar del edificio al señor Lude. Pero todas se derrumbaban por algún lugar. Algunas parecían exitosas en su primer supuesto, pero cuando las desgranaba minuciosamente, el doctor descubría que la operación conllevaba una cantidad desmedida de impedimentos e inconvenientes. Es imposible llevar a cabo la acción, se decía. Entonces se encerraba de nuevo en sus pensamientos buscando otra idea.
Nilo observaba al doctor con alegría. Verlo deambular por el despacho le traía buenos recuerdos. Recuerdos muy distantes, no obstante. Pero es que para Nilo, los buenos recuerdos no pertenecían al pasado, sino al pasado remoto, a esa parte del pasado que está casi olvidado. Nilo suspiró y con ojos aguosos siguió mirando al doctor. Como pudo, contuvo las lágrimas.
El anciano a veces se sentaba y se sumía en una suerte de meditación parecida al ensimismamiento. Repentinamente se levantaba y corría a la ventana. Se asomaba y volvía de nuevo a su sillón. Iba y venía. Mascullaba entre dientes. A veces se insultaba en voz alta y otras expresaba aprobación consigo mismo. En un momento dado, pasando junto a Nilo, el viejo le dio lo que llevaba en la mano. Aquello que había cogido de encima de la mesa. “Toma, ten esto, déjalo en la mesa”, le dijo el doctor. Nilo se quedó atónito al ver un mechero de gasolina, dorado y de gran dimensión.
Perdone doctor, dijo Nilo. ¿No había dejado de fumar?
¿Qué?, soltó el anciano como si le hubieran hablado en un idioma desconocido.
Digo que si no había dejado de fumar, insistió Nilo.
¿A qué viene eso?, dijo muy cabreado el anciano.
No se irrite doctor, es que me ha extrañado descubrir que tiene usted el mechero lleno. Tiene gasolina. Mire, y Nilo encendió el mechero.
Tras el chasquido de la piedra con el rodillo, una llama perfecta y grande bailó sobre el dorado encendedor como un pequeño remolino. El anciano se quedó desconcertado mirando la llama. En sus ojos brillaba un fulgor desconocido. Nilo no sabía distinguir si el brillo era debido al reflejo de la llama o si por el contrario eran sus ojos los que desprendían ese matiz propio del fuego.
¡YA LO TENGO!, gritó el doctor.

(LNZ)

jueves, 13 de diciembre de 2007

El diario de Gisela II

Gisela. 30 años. Soltera.
Funcionaria.
Heterosexual activa.

LUNES

03:45 a.m.: Acabo de tener una pesadilla. Yo estoy durmiendo y el sonido del interfono me despierta. Descuelgo con miedo y sin decir “quién es” una voz grave y repugnante dice que es Elena. Tonta de mí, me lo creo y abro. Tenía mucho miedo. De repente, siento que golpean a la puerta con una insistencia y una fuerza desproporcionadas. Me he despertado sobresaltada y con el corazón a mil por hora. Menos mal que era un sueño. He bebido agua y me he vuelto a la cama.

06:50 a.m.: Odio levantarme. Siento el cansancio del fin de semana y además he dormido fatal. Voy al servicio y me tiro casi un cuarto de hora sentada en el váter. Incluso me he llegado a dormir.

08:00 a.m.: En el metro me han entrado mareos. Creo que me tiene que venir la regla. Elena, en cuanto he entrado a la oficina, ha empezado a hablarme y a hablarme. Lo siento, pero los lunes no la soporto. Creo que lo ha notado en mi cara.

11:45 p.m.: Durante el almuerzo han estado contando chistes. Algunos muy buenos, pero como siempre, ya no me acuerdo de ninguno. Elena me ha dicho que el jueves van de cumpleaños. Que si quiero ir con ellas. Le he dicho que ya le contestaré.

13:45 p.m.: Ha venido XXX, el pelma de la mensajería. Traía varias cartas. Se ha cortado el pelo. Le queda bastante bien. Ha mejorado mucho. Lástima que sea tan pesado.

16:10 p.m.: He llegado a casa y me he acostado directamente. Estaba muerta. Acabo de despertarme y para comer voy a calentarme los macarrones que me sobraron ayer.

20:30 p.m.: Ha venido Susana. Mi compañera del instituto. Hacía siglos que no nos veíamos. Le va estupendamente. Ha traído bombones y nos hemos reído recordando las chiquilladas que hacíamos entonces. Se va a casar. ¡Lleva con su novio trece años!

22:15 p.m.: He visto la tele y me he quedado durmiendo viéndola. Me duele mucho la barriga. Voy al servicio y me acuesto.


MARTES

6:50 a.m.: Me ha venido la regla y para variar he dormido muy mal. Toda la noche dando vueltas. Decido no ir a trabajar, le mando un sms a Elena, y me acuesto después de ir al servicio.

10:30 a.m.: Me he despertado hace veinte minutos. He desayunado en pijama mientras escuchaba música. Parecía que era domingo. Voy a darme una ducha y saldré a hacer algunas compras.

13:30 p.m.: He ido al súper. He comprado muchísimas cosas. Algunas necesarias, otras, no. Me he encontrado en la calle con el inglés de Elena. Bueno, ya no es suyo. Estaba muy simpático. Me ha acompañado a casa con las bolsas de la compra y nos hemos dado los teléfonos. De momento esto no se lo diré a Elena.

15:25 p.m.: Me he hecho una ensalada y he calentado un bote de lentejas. Estaban riquísimas, pero me noto hinchada. Me tomo una pastilla para el dolor de la regla y me tumbo a ver la tele.

18:10 p.m.: Me ha llamado Elena. Va a venir a verme.

21:30 p.m.: Elena también me ha traído bombones. Esta semana creo que el cupo de chocolate está sobrepasado. Me ha contado que esta mañana en la oficina ha explotado un tubo de luz y le han caído todos los cristalitos a X. Nos hemos reído mucho. X es un gilipollas pelota del director que siempre está juzgando el trabajo de los demás.

22:45 p.m.: No he tenido ni pizca de hambre en toda la tarde. He recibido un sms del chico de los ojos negros. Dice que si quiero ir con él el jueves al cine. Tengo excusa perfecta. Le contesto que voy de cumpleaños con las amigas de Elena. Mando un sms al inglés de Elena. Ya no es suyo. Le doy, de nuevo, las gracias por ayudarme a subir las bolsas a casa. Me voy a acostar.


MIÉRCOLES

7:00 a.m.: He dormido genial. El día de descanso de ayer fue fantástico. Siento que todavía me duelen los ovarios y decido no ir hoy tampoco a trabajar. Mando un sms a Elena, le escribo que todavía me encuentro mal y le digo que mañana cuenten conmigo para el cumple.

9:00 a.m.: He desayunado otra vez en pijama. Hoy he puesto la música un poco más alta. Voy a darme una ducha y llamaré a la peluquería para que me den cita para mañana. Si pudiera ser por la tarde, mejor.

11:20 p.m.: He ido al FNAC. He comprado, por el simple hecho de comprar, un Cd de canciones románticas. Supongo que la regla me pone así de blanda. He paseado por el parque y he ido a alquilar una peli. Una en la que sale Katherine Hepburn. Al llegar a casa me encontraba tan bien que me he puesto a llorar.

15:30 p.m.: He visto las noticias mientras comía spaghetti. He llamado a mi madre y hemos hablado un ratito. Me ha contado que a la tía Ana la han operado de un bulto en la cara, junto a un ojo. Me ha sonado tan terrorífica esa palabra que me he acordado del sueño del lunes. Los médicos dicen que seguramente perderá el ojo.

19:40 p.m.: He recibido un sms del inglés. Van a salir esta noche y me dice si quiero ir con ellos. Le mando yo uno en el que le digo que todavía estoy con las señales de la feminidad. Pero que muchas gracias y que queda pendiente.

23:20 p.m.: He visto la peli de Katherine Hepburn. Ojalá mañana en la peluquería pudieran hacerme el mismo peinado que lleva en la película. Me he tomado varios bombones y me he hecho un vaso de leche. Me voy a acostar. Mañana tengo que ir a trabajar.


JUEVES

6:40 a.m.: He dormido bien pero me duele la tripa. He desayunado un yogurt y me he tomado una pastilla para el dolor. Me maquillo un poco para disimular las ojeras.

8:45 a.m.: En el trabajo estaban los electricistas arreglando lo del tubo que me contó Elena. X ha tenido que irse a otra mesa. Se le nota muy cabreado. Yo, como quien no sabe nada, le pregunto “es que qué ha pasado”. Me mira con su típica expresión de no me jodas tía y me contesta con un escueto “nada”.

12:32 p.m.: Ha vuelto a venir XXX. Traía cartas y paquetes. Hoy ha estado más callado que de costumbre. No me ha dicho ninguna tontería de las suyas. ¿Qué le pasará? Elena me acaba de decir que hoy al cumpleaños van a ir bastantes chicos, amigos de la cumpleañera. Seremos unos veinte. Le cuento sólo por encima lo del inglés. Que me ayudó a subir las bolsas. “Es bueno” me dice sonriendo, y yo me río diciéndole “descarada”.

15:40 p.m.: He ido a casa de mi madre. He comido con ella y me ha estado hablando todo el tiempo de la tía Ana y de su operación.

19:04 p.m.: Acabo de llegar de la peluquería. No me parezco a la Hepburn pero me veo fantástica. Empiezo a seleccionar lo que voy a llevar esta noche en el cumpleaños. Como supongo que habrá mucha lagarta decido llevar ropa informal y pasar desapercibida. Me llaman al móvil y es Pepa. Quiere que quedemos un día de estos para ver qué le regalamos a Susana para su boda. Dice que le vamos a hacer una despedida. Pepa para estas cosas es la mejor. Siempre está en todo.

21:02 p.m.: Elena es puntual, como siempre. Bajo a la calle, me dice que estoy guapísima con el nuevo peinado y nos vamos en el coche de una amiga suya.

00:50 a.m.: Acabo de llegar a casa. He sido la primera en abandonar la fiesta. No me apetecía mucho beber y además, todavía tengo dolores. Lo he pasado muy bien. A la cumpleañera le han regalado muchas cosas. Casi todo ropa. Los chicos, como siempre, tan graciosos, le han regalado un vibrador. La mayoría de las chicas hemos dicho “qué fuerte” al unísono. Era de un tamaño considerable y todas lo hemos manoseado. Está feo regalar esas cosas delante de extraños. La fiesta ha sido en un bar. No nos hemos movido de allí en todo el rato. Éramos muchísimos. He pasado casi todo el tiempo con XX, un abogado de Legalitas. El chico está muy bien. Me ha contado que una vez, antes de ser contratado por Legalitas, una cliente le propuso pagarle los servicios con carne. Ha sonado tan pretencioso y falso que he decidido hacer como si me lo creyera para ver hasta dónde era capaz de llegar con su historia. Me meto en el servicio, me desmaquillo, me pongo el pijama y me meto en la cama.

01:12 a.m.: Recibo un sms. Lo abro y es del chico de los ojos negros. Me cuenta que la peli ha estado muy chula y que a ver si mañanas nos vemos en el bar de siempre. No le contesto y ya sé dónde no tengo que ir mañana. Creo que me masturbaré antes de dormir.


VIERNES

6:40 a.m.: Me levanto muy cansada. Ya casi se me ha ido la regla pero todavía siento algo de dolor. Mi pelo mantiene el peinado de ayer.

8:20 a.m.: En el metro un borracho ha increpado a una chica. Sin cortarse nada, la tía le ha metido una bofetada. En el vagón hemos empezado a gritar de satisfacción e incluso se oían insultos contra el borracho. Elena me acaba de decir que no ha dormido en su casa. Lleva cara de cansada y me da que no ha sido tan buena la noche como ella esperaba.

13:08 p.m.: En efecto. Elena me ha contado que cuando yo me fui, ella se quedó todo el rato hablando con xXx, el único chico de la fiesta que vestía traje y corbata. Él insistió luego en llevarla a casa. Ella accedió. En cuanto montaron al coche empezaron a besarse y a meterse mano. Entonces, dice, se fueron a casa de xXx. Una casa muy bonita, con mucho gusto y muy coqueta. Pero me ha dicho que en cuanto se metieron a la cama, el chico empezó a vomitar y a vomitar. Le ha tocado estar toda la santa noche de enfermera. Por lo visto el del trajecito le da y bien a la coca. Hemos acabado riéndonos.

15:30 p.m.: He ido a ver a mi madre. Hemos comido las dos juntas. Me ha dicho que la tía Ana está muy mal. Algo en la operación no ha salido como debía. Mi madre insiste en que llame a mi prima Ana. “Ella ya te habría llamado”, me dice. La llamo y hablo un poco con ella. Por la voz la noto resignada.

17:38 p.m.: He devuelto la peli y he alquilado otra de la Hepburn. Me he quedado un rato en el parque, sentada y pensando en la tía Ana. Cuando éramos pequeñas, ella siempre callaba nuestras travesuras. Una vez en casa de la abuela Estela para jugar nos pusimos sus collares. Y se los rompimos. Habían sido de su madre. La tía Ana nos libró de que nos dieran una buena zurra. Tendríamos unos diez años. No hay mucha gente en el parque y se ha movido un viento muy molesto.

21:01 p.m.: He visto la peli de la Hepburn. Está magnífica. Los tíos tuvieron que estar locos por ella. Recibo un sms del chico de los ojos negros. Me pregunta si estoy bien. No le contesto. Decido que no voy a salir y meto una lasaña al horno.

00:50 a.m.: Después de cenar estuve viendo la tele. Los programas eran absurdos. Me ha llamado mi madre y ha empezado a llorar. Me he asustado pensando en que se había muerto la tía Ana pero no. Sólo necesitaba desahogarse. Le he dicho que mañana comeré con ella. Me he metido en la cama después de lavarme los dientes y ponerme el pijama. Estoy cansada.



SÁBADO

09:15 a.m.: Me despierto sobresaltada. El teléfono. Es Elena. Ayer no salió al igual que yo y quiere que comamos juntas. Le digo que no puedo, se lo he prometido a mi madre. Le cuento algo de lo de la tía Ana y me dice que la llame después de comer.

11:40 a.m.: Me he quedado en la cama después de hablar con Elena. He soñado con la tía Ana. Tenía un agujero en la cara y se le acercaba el inglés sujetando en la mano el vibrador de la fiesta de cumpleaños. Era realmente asqueroso. Voy al servicio. La regla ya se me ha ido. Me doy una ducha y me voy a dar una vuelta.

13:23 p.m.: He ido al FNAC. Me he comprado tres películas de Katherine Hepburn. He visto al rubito. Venía de hacerse las mechas. Estaba muy mono. Hemos paseado los dos juntos por el parque y nos hemos ido a tomarnos unas cañas. Me ha acompañado hasta la boca del metro y nos hemos besado al despedirnos. Parecíamos una pareja de enamorados.

17:30 p.m.: Mi madre había hecho para comer de todo. Parecía que fuera Navidad. Hemos hablado con la prima Ana y ha dicho que la tía va mejor. Pero que todavía está bajo observaciones. Me he quedado dormida un rato viendo la tele.

20:20 p.m.: He llamado a Elena. Hemos quedado para salir esta noche. Lleno la bañera y me doy un baño de más de media hora. Estando en el baño me ha llamado el inglés. Le he contestado estando desnuda dentro del agua. Ha sido una sensación maravillosa. En cuanto he colgado me he masturbado.

01:30 a.m.: Elena ha pasado a recogerme a las nueve y media. Nos hemos ido a cenar al McDonalds. Hemos ligado allí con unos chicos. Nos hemos ido a XXXX y hemos estado tomando taponazos. He recibido un sms del chico de los ojos negros. Le he contestado diciéndole que estaba en otra parte. Me ha vuelto a mandar un sms preguntando dónde. No le he contestado. Le he dicho a Elena si me dejaba llamar al inglés. Ha accedido después de ponerme verde y decirme de todo. La adoro, Elena debe ser la mejor mujer del mundo.

04:50 p.m.: Elena y uno de los chicos que conocimos en el McDonalds me acompañaron hasta la discoteca donde estaba el inglés. Ellos me dejaron allí. Encontré al inglés y bebimos taponazos. Elena tenía razón, bebe mucho y es un poco guarro. Pero el tío es muy guapo y tengo ganas de saber si es, como me dijo Elena, “tan bueno”.



DOMINGO

10:15 a.m.: He pasado la noche en casa del inglés. Me tocó meterlo en un taxi. Apenas se mantenía en pié. Iba borracho como un adolescente. Abrí la puerta de su casa. Lo desnudé y lo acosté. Me metí en la cama con él. Pero sólo fue eso. Cuando he llegado a casa me he dado una ducha y he desayunado.

13:28 p.m.: He llamado a mi madre. Todo sigue igual con respecto a la tía Ana. Me he ido al parque. Hacía buen día aunque el viento era a rachas algo molesto. He coincidido con el chico de los ojos negros. Había ido a mi casa y me ha visto en el parque. Me ha montado un número como si fuera mi marido. Le he dicho que se olvidara de mí. Me he ido a tomarme unas cañas yo sola.

16:20 p.m.: He comido macarrones. He recogido la mesa y voy a poner una peli de las que compré en el FNAC. Me llama el inglés. Dice que siente mucho lo que pasó ayer. ¿Pasar?, no pasó nada, pienso yo. Le digo que no se preocupe. Ya hablaremos. Pero creo que ha perdido su oportunidad.

19:45 p.m.: La película no me ha gustado tanto como las otras anteriores pero la Hepburn está sobresaliente. He llamado a Pepa y hemos quedado para vernos el miércoles y decidir qué le compramos a Susana. Por supuesto hemos dicho que la despedida tiene que ser a lo grande. Nos hemos reído y ya tengo claro lo que voy a llevar de “complemento” para la despedida. Pongo la tele y sólo salen noticias funestas. La apago y me meto en un Chat.

23:00 p.m.: He cenado fruta y un yogurt. Voy al servicio. Me pongo el pijama y me meto en la cama. Me acuerdo del salido del Chat con el que me he estado divirtiendo y supongo que me masturbaré antes de dormir.

jueves, 6 de diciembre de 2007

HOTEL LA HIPÉRBOLA VII

Con el primer trago que se echó a la boca, K constató que el café del bar del hotel era infame y que el día empezaba torcido. Por educación evitó escupir, pero le hizo una seña al camarero apartando la taza de su lado. El camarero, un joven pecoso con cara de buena persona, se acercó hasta él.
–Perdona muchacho –le dijo K sin compasión–, ¿de dónde has sacado este café? ¿Directamente del desagüe?
El chaval se puso colorado y tartamudeó una disculpa.
–Perdone..., la máquina estaba fría..., no se preocupe..., le haré otro.
El camarero, bastante afectado, se llevó la taza, mientras K se decía a sí mismo que era un cerdo por tratar así al chico, pero que con el primer café del día no se podían aceptar determinadas agresiones sin rechistar.
Mientras esperaba el segundo café, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la extraña carta que se había encontrado en el pasillo de su habitación. Rasgó el sobre y cuando se disponía a extraer su contenido, alguien, desde el taburete de al lado, se abalanzó sobre su oreja.
–En este país el café es muy malo –oyó que le decía una voz meliflua, en tono cosmopolita–, lo mezclan con torrefacto y encima le añaden azúcar.
El escritor se volvió sorprendido y se encontró junto a él, a dos palmos de su cara, a un tipo calvo, con gafas, con las mejillas como de tomate, y un bigotito estilo Clark Gable completando el conjunto. Como a tanta gente antes que a él, a primera vista le cayó mal.
–¿Qué dice usted? ¿Se ha vuelto loco? –le dijo mirándolo, con la extraña impresión de aquel tipo no era un ser humano.
–Yo tengo un amigo en Francia –continuó el otro, sin hacerle caso–, que tiene allí una fábrica de café, y le puedo asegurar que sé de lo que hablo. En este país el café lo mezclan con torrefacto.
En ese momento el camarero volvió y puso una nueva taza de café delante del escritor. K dejó de prestar atención al intruso, y se concentró en echar el azúcar en la taza y removerla, con una doble esperanza. Por un lado, que el nuevo café fuera mínimamente digno y le permitiera congraciarse con el camarero; y por otro, que el estúpido personaje que había aterrizado a su lado lo dejara en paz...
Tuvo suerte respecto a lo primero, porque el café le resultó casi aceptable. Después de darle un primer trago, le hizo con la mano una señal de OK al camarero, que respiró aliviado. Respecto a lo segundo, no tuvo tanta suerte, porque desde su taburete, el experto en café estaba volviendo a la carga.
–Los mejores cafés del mundo se hacen en Italia –dijo, sin soltar el tema–, porque allí no lo mezclan con torrefacto ni con azúcar. Y además, y esto es lo mejor, ¿a que no sabe usted cómo seleccionan el grano...?
El tipo se quedó esperando a que el escritor contestara a su pregunta. K, después de acabarse de un par de tragos el contenido de la taza, se volvió con decisión hacia él, dispuesto a quitárselo de encima.
–Oiga mire –le dijo cortante–, ¿por qué cree usted que a mí me interesa que a estas horas de la mañana venga un tipo como usted a darme la tabarra sobre el café?
–Sé quién es usted –le contestó el otro en plan colega, ignorando el mensaje–.Yo también soy escritor.
K lo miró fijamente y volvió a tener la impresión de que aquel tipo no era humano. Quizás se trataba de alguna especie de alienígena al que le habían puesto una careta. Sintió un principio de vértigo y se decidió a cortar por lo sano.
–¿Y cómo se puede ser escritor con esa cara? –le soltó sin piedad, parafraseando al viejo Groucho– Si es que eso es una cara, claro.
El otro acusó el golpe y pareció ofenderse.
–Oiga, no se pase. ¿Quién se ha creído que es para insultarme así?
–¿Insultarle?¿Pero usted se ha mirado alguna vez en el espejo? –K siguió hurgando en la herida- No me extrañaría que fuese usted descendiente directo de la mona Chita.
K no podía imaginar el efecto que estas palabras iban a provocar en el otro. El experto en café abrió la boca como si acabaran de darle un puñetazo en el estómago. Una extraña fosforescencia comenzó a apoderarse de su cara y, súbitamente, se enfureció como si le fuera en ello la vida.
–Yo me paso su desprecio por los cojones –exclamó con rabia, bajándose del taburete–. Y no le voy a consentir que me insulte impunemente.
De pronto se quitó las gafas, las dejó sobre la barra, y con gesto amenazante y los ojos desorbitados, se encaró con K.
– Usted no es más que una mierda de escritor. Y yo puedo pasar de las palabras a la violencia...
K comprendió de pronto el tipo de histérico con el que se las veía. Era de esa clase de gente que siempre le despertaba…, cómo decirlo, una profunda sensación de pereza. Una pereza casi metafísica. Sobre todo por las mañanas. Sonrió resignado.
–¿De qué se ríe ahora? –le gritó el otro, crecido en plena paranoia–. ¿O es que ya se le han quitado las ganas de insultarme?
K sintió el hastío transpirarle en las manos, y meditó un segundo cómo evitar soltarle un par de ostias al tiparraco aquel, por mucho que le apeteciera, ya que no parecía muy inteligente empezar con una pelea su aterrizaje en aquel pueblo. ¿Qué pensarían en el Ayuntamiento? ¿Qué en lugar de un escritor habían contratado a un matón? Decidió que lo más prudente sería intentar torear al imbécil.
–Escuche amigo, simplifiquemos –le dijo, humanizando el tono–. Yo por las mañanas siempre estoy de mal humor y necesito estar un tiempo incomunicado –hizo una pausa mirándolo directamente a los ojos–. ¿Comprende? Por eso a veces reacciono algo bruscamente. ¿No decía usted que también escribe? Usted sabrá por propia experiencia que los escritores somos algo raros.
El cambio de tono dejó al otro un momento desconcertado. Dudando. Dudando entre tomarse aquello como una disculpa o seguir en la espiral de violencia que se había desatado en su cabeza. El camarero, que se había apercibido de la discusión, los miraba expectante. A pesar del incidente del café, se había puesto del lado de K. Conocía de sobra al otro individuo y, como a todo el mundo, a él también le caía mal. Por eso estaba encantado de asistir al enjuague que le estaba dando K. Un enjuague que además el tipo se tragó hasta las heces, porque, tras un último titubeo, decidió volverse a poner las gafas.
–Está bien, tomaré esas palabras como una disculpa –dijo, y pareció relajarse, aunque en su cara aún persistía cierta fosforescencia–, pero con una condición, tendrá que concederme una entrevista en directo.
–¿Una entrevista en directo? ¿Sobre qué? ¿Para quién?
–Para la emisora de televisión local. Yo presento y dirijo un programa nocturno.
Vaya, así que ese era el precio de la paz. K lo miró valorando la propuesta. El tipo aquel no le gustaba un duro y todavía se percibía el veneno en su mirada de batracio. Estaba claro que ansiaba llevarlo a su territorio pensando que allí podría vengarse del agravio sufrido. Daba la impresión de que más que una entrevista le estaba planteando una batalla. Aunque, pensándolo bien, esa entrevista también podría tener cierta importancia para sus propios planes. El único peligro era que el entrevistador fuera un alienígena. Pero, ¿desde cuándo a él le habían asustado ciertos desafíos? Por la tarde, mientras se fumaba un canuto, escribió:

El ego de un imbécil es una materia prácticamente radioactiva. Su acción permanente sobre las neuronas, es capaz de provocar una realimentación exponencial del yo y causarle mutaciones irreversibles. A partir de este proceso, el imbécil sólo se relaciona con los demás sobre mecanismos asimétricos, dónde los otros se reducen al mero papel de receptores del despliegue irrefutable de su explicación del mundo. Y es que, por su propia naturaleza, el ego de un imbécil es una espiral que sólo limita con el infinito.

Sin embargo, el ego del imbécil es mucho más frágil de lo que pudiera creerse. Porque su talón de Aquiles es la paranoia. La paranoia es su lado oscuro. Porque, a pesar de que el imbécil, por definición, es incapaz de mirarse al espejo y reconocerse como tal, en algún compartimiento secreto de su conciencia siempre queda un rincón libre de radiaciones, un mínimo espacio protegido, donde la verdad sobre sí mismo persiste como un virus. Un virus que va desarrollándose enroscado a su ego, e infectando toda su dialéctica. Por eso frente al imbécil no valen argumentos, sólo vale la sumisión o la guerra.


La sumisión o la guerra. Justo al terminar de escribir este último párrafo, K le dio la última calada al canuto y tiró la colilla a la papelera. Luego volvió a pensar en la carta. La extraña carta que yacía, desplegada como un laberinto, sobre la colcha a cuadros de su cama.

HERNAN CUATRO

miércoles, 5 de diciembre de 2007

HOTEL LA HIPÉRBOLA VI

La niebla parecía haberse multiplicado. Como si las nubes hubieran decidido voluntariamente descender de las alturas y establecerse de por vida junto a la superficie de la Tierra. No había ni un alma por la calle y los edificios, como maleantes de la peor calaña, parecían haberse encubierto dentro de la niebla. Las luces de las farolas alumbraban con un brillo dudoso, indeterminado, igual que en un cuadro impresionista. El fric fric del señor Lude, evocando a los grillos en verano, rasgaba la perfecta opacidad de las calles y conseguía vigorar el paisaje mortecino de la tarde-noche. En su cabeza, mucho tiempo atrás, al igual que en esa tarde, también la niebla, atravesando su cuerpo a modo de un ejército tal vez dirigido por algún perspicaz, implacable y silencioso oficial, había conseguido el objetivo principal de su misión: ocultar todo lo real dentro de una invisible confusión.
El señor Lude en aquel momento se veía gobernado por el flujo indiferente de los que no tienen nada que perder. Como los que abandonan su tierra por una vida mejor. Todo porvenir es incierto se había dicho mil veces. Pero las certidumbres de los hechos ya acontecidos se le iban acumulando en la conciencia como si fueran sedimentos arrastrados por un río y le ayudaban a establecer, apoyado en su misma conciencia, un criterio más o menos claro de lo que le quedaba por hacer. El escritor no había aparecido. De momento, se dijo. Confiaba en que apareciese. Su visión le sería de capital ayuda. Su visión perceptiva, claro. Pero también necesitaba su otra visión, la literaria. Quizás ya haya empezado a ayudarme y ni siquiera él y yo lo sabemos; en ese caso lo mejor será dejar que lo haga a su manera, concluyó.
El señor Lude estuvo andando sin importarle un ápice el rumbo que tomaban sus pasos. Tampoco el tiempo le importaba. Tanto le traía girar a la derecha y adentrarse por un callejón sin asfaltar donde basuras y escombros yacían desperdigados, como a la izquierda y toparse con un edificio en ruinas cuya puerta había sido tapiada. Igual daba media vuelta y volvía sobre sus pasos; igual se paraba y tras una leve pausa continuaba haciendo camino por otra parte. Visto desde arriba hubiera podido decirse que era una hormiga exploradora y solitaria en una cálida mañana primaveral. El olor y los sonidos le hacían penetrarse en ciertas zonas o por el contrario evitarlas. Así, caminando a la expectativa, se vio siguiendo una suerte de gemido sordo percutido en algún lugar lejano.
Mientras estaba siguiendo aquel sonido intentaba averiguar a qué le recordaba. Era una especie de golpe seco. Como el que se deriva de dejar caer sacos llenos de arena. Y también tal vez sea el silbo del aire cortado, imaginó. Aunque a lo que más le recordaba era a cuando su abuela mataba y desollaba los conejos para la comida familiar de aquellos domingos de invierno. Al pensar en ello se detuvo ante un callejón y durante un instante desapareció engullido no se sabe bien si por el callejón, los recuerdos o por la niebla.

El señor Lude, trasportado, aparece en la caliente casa de campo de sus abuelos, junto a aquel enorme hogar donde arden los troncos que minutos antes el abuelo ha lanzado al interior de la chimenea y que se queman con una fuerza hipnótica. Mira a todos los que allí están. Ve a su padre y a su madre, riendo de forma curiosa, casi innatural. Sus rostros parecen sacados de alguna fotografía. Está también el abuelo, sentado en su mecedora, expulsando por la boca, tras dar caladas intensas a un cigarro, aros de humo. Junto al abuelo, está él, el señor Lude de niño. Era una sensación rara verse de niño, pensará después. En un preciso momento el niño se le queda mirando fijamente. El señor Lude siente, por todo aquello que está presenciando, una sensación de vergüenza no sufrida jamás. Como si un alambre afilado le atravesara verticalmente. De hecho, reconoce, hay algo desconocido en casa de los abuelos que no está en armonía con todo aquello. E intuye de qué se trata, lo siente. Soy yo, claro, naturalmente. Soy yo lo desconocido, piensa. Y en cuanto esa idea se establece como un hecho en su mente, una inesperada sensación de intranquilidad oprime el aire de la casa. Todos notan el efecto. La casa toma una apariencia de fatalidad extraordinaria, como si una mala noticia hubiera llegado de imprevisto. Y al igual que en una escena de Dickens, todos creen sentir la desgracia como propia. Después de algunos segundos, breves para todos salvo para el señor Lude, una suerte de revelador silencio se hace presente y penetra, de forma parecida al olor de las habitaciones cerradas, en las conciencias de los allí presentes. Éstas sitúan ese desdichado silencio justo en el espacio que está ocupando la ilusión del señor Lude. Sus padres miran allí, lo hacen sin que se les despegue de la cara esa extraña risa innatural. Su abuelo acompasa el ritmo de la mecedora con sus caladas al cigarro. Mira con ardiente coraje mientras expulsa el humo en forma de aros, los cuales, curiosamente, se han ido convirtiendo en enormes circunferencias, de un tamaño desproporcionado, aterrador, y que circundan al abuelo como si el robot antropomorfo de Metrópolis hubiese adoptado su forma. El señor Lude niño ha desaparecido y nadie parece haberse percatado de ello. De repente surgen los ecos. El ruido seco y el sonido rasgado.
El señor Lude, ahora, aparece en la cocina, junto a su abuela, la cual lo mira detenidamente también. Su rostro, aunque feliz, le parece más deformado que el que recordaba. Ella lleva los brazos ensangrentados. Acaba de desollar con las manos un primer conejo y el segundo, blanco, atado de patas, adivinando su muerte, se mueve sobre la mesa igual que una merluza dando coletazos fuera del agua. La abuela coge el conejo y de un certero puñetazo en la nuca acaba con la vida del blanco lagomorfo. El ruido seco resuena reverberado como si todo ocurriese en el interior de una cueva. Con un sangriento cuchillo, como quien devana una madeja, la abuela corta superficialmente la piel por el cuello. Tras separar un poco con los dedos el pellejo de la carne del animal, estira de forma precisa. El sonido rasgado resuena fulminante, como si lo desollado en realidad hubiese sido la ilusión del señor Lude.

El señor Lude no se había percatado de cómo había ido a parar allí, ni siquiera recordaba por las calles que había pasado para llegar hasta donde se encontraba, y eso que era muy meticuloso en este sentido, pero la ilusión tan vívida que acababa de sufrir le había distraído en su recorrido y en ese momento se hallaba dentro de un abandonado edificio, de esos que se quedan a medio hacer. Inconscientemente, y mientras estaba en casa de sus abuelos, había ido siguiendo, en una suerte de estado hipnótico, los sonidos sordos y rasgados de antes. Debido a esto apenas pudo darse cuenta de que se hubo metido en una zona deshabitada. Una zona donde parecía claro que el boom inmobiliario del momento no había conseguido los objetivos deseados. Si bien, a cambio de los beneficios no obtenidos, un edificio sin terminar se levantaba hacia el cielo a la manera de un árbol de plástico en mitad de un descampado. En ninguna parte del edificio había luz y éste evocaba un enorme rectángulo negro incrustado sobre la superficie, como si sólo hubiesen construido la sombra proyectada. Tampoco había agua. Pero como los arquitectos y promotores habían distribuido varios pisos por planta pensando en las ventas, éstos habían acabado convirtiéndose en el lugar idóneo para que desesperados y olvidados tuvieran su lugar en el mundo. El señor Lude se hallaba en la planta tercera. En lo que parecía un largo y estrecho pasillo. No sabía cómo había llegado hasta allí pero allí estaba, quieto frente al hueco de una puerta. De dentro procedían los sonidos que le habían conducido hasta allí. Ellos le habían guiado. Aguzó como nunca el olfato y el oído, y tras tomar aire hondamente para suavizar su nerviosismo, atravesó el umbral.
Una vez hubo entrado en el piso los sonidos desaparecieron como absorbidos por las paredes. En el ambiente flotaba una sensación hueca, de vacío, igual que si en aquella antesala el tiempo se hubiese detenido y decidido a no continuar con su involuntaria intención. Sólo el fric fric rompía el temido y grave silencio. ¿Soy yo quién está aquí?, se preguntó. Y es que el señor Lude se sentía, en cierto modo, recluido en una alucinación, en una especie de alucinación extraña, como si no fuera propia, sino ajena. Como si él allí fuera parte del singular delirio de otro.
En este estado de inquietud, un montón de olores que venían de aquella estancia se agolparon en la nariz del señor Lude con la precipitación de una estampida. Olía a suciedad, a inmundicia, a animal muerto; probablemente ratas, pensó. También percibía el agrio aroma de la ropa abandonada, sucia y tirada; indudablemente impregnada de vómitos, sangre seca y orina de gatos, se dijo. También un extraño olor humano. Pero sin embargo lo que más juzgaba abominable el señor Lude eran las tinieblas que presentía a su alrededor. Y es que era tal la oscuridad que existía en aquella casa que incluso dentro de la invisibilidad del señor Lude, ésta se sentía aterradora, de mal agüero. El pulso se le aceleró. Notaba que el cuerpo recibía por parte de sus nervios una especie de descarga eléctrica que no era otra cosa que miedo. Al fondo de esa estancia, algo desprendía calor natural. Como el del fuego. Y sin dudarlo hacia allí se dirigió.
El fric fric apenas sonó. Y es que no había dado siquiera dos pasos cuando un golpe en las piernas, quizás con una barra de hierro, le hizo caer al suelo. Notó el lugar donde le habían pegado. Le dolía. Le dolía una barbaridad, parecía que mil frías agujas estuvieran perforándole poco a poco. De repente, otro fuerte golpe mientras estaba en el suelo. Esta vez en la espalda. Ahí el dolor era terrible, quemaba. Echó las manos hacia atrás por instinto y estando así, sintió el veloz movimiento de algo que se acercaba hacia su cara. Como si un enjambre enfurecido se dirigiera hacia allí. Antes de averiguar qué podía ser, notó que aquello le sacudía en el rostro. Cayó hacia atrás, sus anteojos saltaron por los aires y notó que la nariz empezaba a sangrar. Se giró en el suelo pero los golpazos venían de todos los lados. Le caían en los costados, en las piernas, en los brazos. Intentó levantarse pero fue inútil. Una y otra vez sentía la dureza de los golpes. A veces, igual que si le metieran un manguerazo, parecía que le echaban agua helada a una fuerte presión, otras, creía que lo rociaban con algún líquido hirviendo. Sangraba por la nariz, sentía los labios partidos, el sabor oxidado y áspero de la sangre resbalaba en su garganta como si le obligaran a tragarse la madre de un vinagre viejo. Pensó que sólo el escritor podría salvarle de aquello. Pero no acudía, nadie acudía en su ayuda. Allí se encontraba solo. Y lo sabía. Ni siquiera él recordaba cómo había llegado allí. Ni qué dirección había tomado, ni si estaba cerca del hotel o no. Sólo me queda una opción, pensó. Reunió todas sus fuerzas, tomó aire, y como pudo se cubrió la cabeza con las manos e intentó gatear para escapar de aquel matadero. Pero le fue imposible. Un golpazo en la cara le hizo perder el conocimiento y se desmayó ahí mismo. Los golpes entonces cesaron.
El señor Lude yacía en el escabroso suelo de aquella habitación. Estaba desnudo. Los asaltantes, para intentar robarle, lo habían desnudado después de la cruel paliza. Pero como no consiguieron nada pues nada llevaba encima, sus ropas estaban esparcidas junto a su cuerpo magullado. Su respiración era débil. Muy débil. La hemorragia de la nariz se había detenido. Pero de vez en cuando una tos convulsa agitaba su cuerpo. Se diría que estaba a punto de morir, de morirse allí mismo. Y es que un vómito, acompañado de extraños espasmos, le llenó la boca de babas ensangrentadas. Cualquiera vería que iba a ahogarse con lo que su cuerpo arrojaba tan violentamente. Sin embargo unas manos pequeñas lo asieron de las axilas y con mucho esfuerzo lo fueron introduciendo hacia el fondo de la casa.
El señor Lude fue trasladado de la estancia donde había recibido la paliza al lugar del cual provenía ese calor natural que sintió antes de recibir el brutal vapuleo. Se trataba de un habitáculo igual de oscuro, quizá más, que el resto del edificio, pero celosamente oculto entre tanta suciedad. Tal vez los arquitectos lo diseñaran para ser utilizado a modo de despensa porque no era muy grande. Sin embargo en ese momento, aunque lleno de mantas, y por más estrecho que pareciese, servía de excelente comodidad para el maltrecho señor Lude. Quienquiera que viviese allí, había adoptado en aquel sitio una actitud pulcra y meritoria con respecto a su condición de miserable. Además estaba mostrando verdaderos signos de humanidad al atender al señor Lude. Porque trasladar un cuerpo inmóvil, paralizado, exige gran esfuerzo. Mucho más si quien lo realiza es un ser de pequeño tamaño. Porque eso delataban sus manos.
Una vez hubo acomodado al señor Lude entre las mantas, el pequeño ser lo tapó cálidamente y salió de aquel cuarto. A los pocos minutos llegó con botellas de agua, dio de beber al paciente y con sus diminutas manos limpió la sangre seca de la cara del señor Lude. Después de tomarle el pulso con sus insignificantes dedos, salió de aquel lugar. Los ecos del sonido seco y del otro rasgado, de nuevo, volvieron a sonar nítidos en la conciencia del señor Lude. Él en su interior pensaba que el escritor le había salvado.

(LNZ)