II
Todavía eran las siete y media de la tarde pero ya hacía un buen rato que sobre la ciudad se había postrado, igual que un invitado de esos pesados, la oscuridad. Una densa niebla, semejante a una nevada de hálitos que no pudiese cuajar jamás, empezaba a descender con aplomo sobre las calles. Las luces de las farolas, separadas minuciosamente por el capricho del hombre, parecían contrastar con mucha más fiabilidad el tiempo que la distancia. De cuando en cuando las luces de los coches, similar a las pupilas de los animales nocturnos, rompían la opacidad de la niebla. El sonido de sus motores emitía gruñidos monótonos y advertía a los viandantes de su presencia. Junto a una parada de autobús unos jóvenes hablaban con voz muy alta, aseguraban con demasiado lirismo que con esto del cambio climático parecía que el aire se hubiese convertido en una forma de vida caduca que cada noche tuviese la obligación vital de condensarse para, con la misma libertad de siempre, poder subsistir a la mañana siguiente sin ningún tipo de problemas. Gracias a la luz que desprendían las ventanas de los edificios se adivinaba que tras ellas la presencia de vida humana existía, aunque en algunos edificios, sobre todo los más viejos, esa supuesta presencia de vida conseguía que determinadas calles inflingieran un sollozo frío de verdadero miedo. El señor Lude caminaba con paso delicado. Sus bombachos pantalones a cuadros emitían un sonido que recordaba a la maquinaria de las viejas imprentas. Un fric, fric que le acompañaba allá donde iba, como si a cada paso pretendiera imprimir las últimas noticias del día. La americana verde, aquella que en los años ochenta su padre compró en los almacenes Jenner´s de Edimburgo, parecía por los codos más desgastada que de costumbre. El señor Lude llevaba, como siempre, el stetson beige algo inclinado hacia delante. Lo hacía para ocultar así el pequeño antifaz en forma de anteojos que llevaba. Asiendo con las dos manos la pequeña maleta trolley de color azul marino se detuvo ante la puerta del Hotel la Hipérbola.
Buenas noches, dijo una vez hubo traspasado el umbral y quitado el sombrero.
Buenas noches, contestó el recepcionista extrañado de ver a un hombre llevando un antifaz con forma de anteojos. Parecen, pensó, aquellos protectores solares de los años setenta, aquellos que tan de moda estuvieron entre las turistas extranjeras. Sí, sin ninguna duda eran idénticos.
¿Tiene alguna habitación libre? Preguntó el señor Lude.
Sí, sí tenemos. ¿Va a ser una noche?
No lo sé. Es posible que sea alguna más. ¿Hay problema?
No, ninguno. Pero para la llegada del fin de semana sí sería mejor que lo avisara con algún día de antelación.
Perfecto. No se preocupe.
Me deja su carné de identidad, por favor.
Claro, por supuesto. Aguarde un segundo, a ver dónde lo he metido.
El señor Lude buscó en sus bolsillos. Tanto en los de la americana como en los de sus bombachos pantalones a cuadros. Buscó dentro de los bolsillos con movimientos torpes, como si en realidad el señor Lude estuviera ocultando dentro de sus bolsillos algún escurridizo animal. Todo el cuerpo se le arqueaba según la intención de los brazos. Si rebuscaba en el bolsillo derecho, el cuerpo se le inclinaba hacia el lado contrario. Si en cambio examinaba en el bolsillo de sus pantalones, el señor Lude se aupaba sobre sus pies para que su mano pudiera palpar todo el interior del bolsillo. Sin embargo, durante todo el tiempo que estuvo buscando el documento, su cara permaneció invariable e inmóvil. Con aquellos extraños anteojos fijos en el recepcionista. Buscó y rebuscó su documento sin mover un ápice la cabeza. Como si los movimientos de la cabeza y los del resto del cuerpo no se correspondieran, como si ambas partes fueran conscientes de lo que debe o no debe hacer cada una. Al final, de uno de los bolsillos de la americana sacó el carné. Lo alargó y lo dejó en el mostrador.
Aquí tiene, dijo el señor Lude.
Gracias, dijo el recepcionista antes de cogerlo para inspeccionarlo.
Disculpe señor Lude. Eh, es, este carné… no vale. Su foto… la, la foto… no, esto, no vale. Su foto. ¿Me entiende? Este carné debería llevar otra foto, la suya, claro, pero sin los anteojos.
Ah. Sí, disculpe, dijo el señor Lude como si nada y de nuevo volvió a meterse las manos en los bolsillos, buscando y rebuscando. Al igual que antes, su cabeza permanecía quieta mientras su cuerpo se retorcía, se inclinaba o se aupaba. Al recepcionista le pareció estar frente a una enorme cobra que estuviera esperando el momento preciso para lanzar su ataque. Debido a este pensamiento un tremendo escalofrío subió lentamente por la espalda del recepcionista. Se le detuvo en la nuca tras erizar ligeramente su cabello.
Aquí tiene y disculpe, siempre olvido que esto va junto.
El recepcionista agarró un papel doblado por dos mitades. Lo desplegó y lo leyó para sí.
Ah, perfecto, no se preocupe señor Lude, dijo fingiendo normalidad. Todo está en orden. Un segundo que acabe de hacer el registro, y aquí tiene. La llave. Su habitación es la 208, segundo piso. Conforme sale del ascensor, a mano derecha. ¿Quiere que alguien le ayude o necesita algo?
No, dígame solamente si las habitaciones próximas a la mía están ocupadas. Y en caso afirmativo, dígame alguna cualidad o algo acerca del inquilino que la ocupa.
Ah, bueno, sólo eso, sí. Bueno, espere un segundo. A ver. Sí. La 207, que es la que está justo enfrente de la suya, está ocupada. Está ocupada por un escritor. Y bueno, próxima, sólo tiene esa. Las demás están conforme sale del ascensor a mano izquierda. Pero, un segundo señor Lude, dijo el recepcionista mientras el hombre de los anteojos se disponía a meterse en el ascensor. ¿Puedo hacerle una pregunta?
No se preocupe, dijo riendo. Encontraré la habitación. Tengo esto, y se señaló la nariz con el dedo índice.
No, no me refería a eso.
Entonces, pregunte. ¿Qué quiere saber?
Quiero saber…perdón, quisiera saber cómo las perdió.
Ah, ¿eso? Bueno, la verdad es que no lo sé con certeza, contestó. Un día, siendo niño, me quedé dormido bajo un castaño. Cuando me desperté todo continuaba a oscuras para mí, como si el sueño no hubiera acabado. Una vez en casa, mis padres vieron que mis pupilas habían desaparecido. Lo extraño del caso es que pude llegar a casa totalmente a ciegas sin ningún tipo de impedimento ni problemas. El olfato y el oído me sirvieron, y bueno, todavía me siguen sirviendo.
¿Y fue al médico?
Sí.
¿Y qué le dijo?
Que algún día mis pupilas volverían. Pero como puede ver usted mismo, todavía no las he recuperado, dijo el señor Lude a la vez que se quitaba los extraños anteojos y mostraba dos ojos sin pupilas. Técnicamente no se trataba de ojos propiamente dicho, más bien de globos oculares. Allí estaban el iris, el cristalino y sus córneas. Pero ni rastro de las pupilas. Parecían dos extrañas flores estampadas en una cara.
La puerta del ascensor se cerró dejando las últimas palabras del señor Lude flotando en el ambiente del hall, como si un disco rayado repitiera una y otra vez el estribillo de una canción: Todavía no las he recuperado, Todavía no las he recuperado, Todavía no las he recuperado. El recepcionista tomó aire, se giró para buscar con la mirada un enorme espejo que tenía tras sí y se aproximó a él. Se juzgó el aspecto detenidamente. Se miró los ojos y observó sus pupilas. Se abrían o se cerraban según se acercaba al espejo o se alejaba de él. Pensó lo raro que debería de ser no tener pupilas. Sería como estar siempre dentro de una niebla eterna. Al pensar en la niebla salió a la calle. Todo estaba envuelto bajo el telo flexible de aquella densa bruma. Nadie caminaba por las calles. Aguzó el oído y a lo lejos sonó el frenazo de un automóvil. Algo más cerca, un perro aulló varias veces. De la cafetería del hotel escapaban, como filtrados por pequeñas y ocultas rendijas, risas y el golpeo de las copas. No supo distinguir otros sonidos que los puramente cotidianos. Se encogió de hombros y volvió adentro.
(Lord No Zoo)
martes, 13 de noviembre de 2007
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