I
Es casi medianoche. Alto y desgarbado, envuelto en un abrigo de cuero negro algo raído, y portando una bolsa de viaje a juego con él, el viajero se acercó al mostrador de recepción. El recepcionista, que en ese momento parecía estar sufriendo un ataque de tos, apenas lo miró. El viajero dejó la bolsa en el suelo y esperó a que el otro se calmara.
–Oiga, perdone que le haga una pregunta –le dijo, en cuanto el otro dejó de toser– ¿porqué se llama hotel la hipérbola?
Reprimiendo un último espasmo, el recepcionista, se volvió a él como disculpándose.
–Voy a tener que dejarme el tabaco –dijo con voz enronquecida.
–Haría usted bien –le dijo el viajero sonriendo–. Fumar tabaco no conduce a nada. Es como la poesía, sólo sirve para tragar humo.
–Muy ocurrente. ¿Quién es usted? ¿Qué desea?
–Me llamo K y soy escritor, un escritor esencial –esto último lo subrayó–, y debo tener reservada una habitación a cargo del municipio.
El recepcionista, que iba a mirar en el libro de registro, se detuvo y se volvió hacia él, esta vez con curiosidad. Se encontró con una mirada turbia y un rostro que parecía hecho de pan duro.
–¿K? ¿Cómo el personaje de Kafka?
–Exactamente, muy bien, parece que es usted aficionado a la literatura.
–Bueno, me gusta leer, ya sabe, en este trabajo hay tantas horas muertas...–el recepcionista hizo una pausa, tosió levemente, y continuó, encantado de poder hablar de tú a tú con un escritor–. ¿Y dice usted que es un escritor esencial? Nunca había oído esa expresión. ¿Qué significa exactamente?
–Significa que soy capaz de expresar grandes pensamientos con muy pocas palabras. Mi mayor virtud es mi capacidad de síntesis.
–¿Como Borges? –el recepcionista volvió a alardear de sus conocimientos–¿O quizás como Monterroso?
–Vaya, veo que está usted realmente puesto. Este hotel empieza a gustarme.
Después de decir esto, K se inclinó sobre su bolsa de viaje y sacó un pequeño libro que ofreció al recepcionista. Éste lo cogió y se quedó observando la portada. Se veía un cráneo humano ardiendo y en la parte superior, con letras rojas manuscritas, el título: SOÑANDO MECANISMOS.
–Es mi último trabajo –dijo K, sin afectación–, se lo regalo. ¿Cómo se llama usted?
–Yo –el recepcionista titubeó un momento–, Jose Luis...
–¿Me permite? –el escritor cogió el bolígrafo que había junto al libro de registro y le escribió una dedicatoria en la primera página. Luego se lo ofreció.
José Luis cogió el libro, leyó extrañado la dedicatoria y lo dejó sobre el mostrador.
–Bueno, gracias. Señor K... ¿Puede enseñarme su documentación?
El escritor se buscó en el bolsillo de atrás de su pantalón y sacó un carné de identidad bastante deteriorado.
–No me gustan las carteras –dijo, entregándoselo al otro–. Las carteras son como las mujeres, siempre terminan robándotelas.
El recepcionista le rió la ocurrencia mientras anotaba algo en el libro de registro. Luego le devolvió el carné.
–¿Va a estar usted las cinco noches que tiene reservadas?
–¿Cinco noches? Bien, sí.
El recepcionista cogió la llave de uno de los casilleros que había a sus espaldas y se la ofreció.
–La 207,en el segundo piso –dijo–. El desayuno se sirve hasta diez. ¿Quiere que lo llamen a alguna hora?
–No, por favor. Hay que tener cuidado con eso.
El escritor cogió la llave y la bolsa de viaje.
–Ah, por cierto –dijo, antes de irse en busca de su habitación–. No me ha dicho usted por qué se llama hotel la Hipérbola.
El recepcionista dudó un momento y le sonrió como disculpándose.
–Lo siento, ahora que lo dice, no tengo ni idea. Si quiere mañana puedo preguntarlo...
K hizo una mueca indescifrable y echó a andar hacia el ascensor. Después de apretar el botón de llamada, se volvió de nuevo hacia el otro.
–Escuche –le dijo, alzando la voz–. ¿Sabía usted que en una hipérbola la diferencia de los radios es igual al eje real?
El recepcionista lo miró desconcertado.
–El eje real, je, je... –el escritor emitió una risita sarcástica–, como si los ejes pudieran ser reales...
En ese momento se abrieron las puertas del ascensor y K se metió dentro. El recepcionista, con la mente en blanco, que es lo que solía pasarle cuando se enfrentaba a algo demasiado abstracto, continuó mirándolo en silencio hasta que las puertas se cerraron sobre él. Cuando el ascensor arrancó, agitó su cabeza espantando el vacío y volvió a sus pensamientos de recepcionista. Y pensó que le caía bien el escritor esencial. Que le gustaba ese aire que llevaba de genio extravagante. Y que ya era hora de que se alojara alguien interesante en el hotel. Porque alguien que se hacía llamar K tenía que ser interesante a la fuerza. Con curiosidad, cogió el libro que le había regalado y volvió a leer la dedicatoria:
amigo Jose Luis, aunque todo esté escrito,
no todo ha sido leído.
K
–Amigo Jose Luis... –repitió en voz alta, orgulloso, y luego comenzó a ojear el libro. A primera vista tenía un planteamiento algo caótico. Había páginas encabezadas por un número y una frase, y en otras, breves narraciones y dibujos desplegables. Una especie de jeroglífico que no parecía responder a la estructura habitual de los libros que él solía leer. Al azar escogió la página 72. Leyó:
Hace veinte años, le dije algo a una mujer, y no recuerdo que fue.
Desde entonces, cada vez que me cruzo con ella, su mirada me da miedo.
HERNAN TRES
domingo, 4 de noviembre de 2007
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