miércoles, 28 de noviembre de 2007

HOTEL LA HIPÉRBOLA V

La cafetería del Hotel la Hipérbola era espaciosa aunque no muy grande. Debido a la magnífica distribución de la barra con respecto a la zona para la clientela, uno al entrar hubiera creído encontrarse invitado a un pequeño banquete de boda. Tenía forma de rectángulo y mientras una puerta daba acceso al hotel, la otra daba a la calle. La iluminación era la adecuada, sobre todo gracias al reflejo que proporcionaba el enorme espejo que colgaba en la pared de detrás de la barra y que ayudaba también a dar sensación de amplitud. Si te sentabas allí, frente a aquel espejo, podías descubrir las cosas que esconden los camareros bajo el mostrador. Y que son una infinidad. Que si un cigarrillo totalmente consumido que está a punto de soltar la flaccidez de su ceniza, igual que la cola de las lagartijas cuando intentas atraparlas. Que si bolas de papel de aluminio, cada una de un tamaño y diferente grosor. Que si un móvil puesto a cargar. Que si la foto de una chica desnuda en posición erótica o provocativa. Que si una revista doblada. Que si un paquete de tabaco entero junto a otro vacío y arrugado como una ñora seca. Cosas así.
Aunque a decir verdad, lo que más llamaba la atención de la cafetería era que no había máquinas tragaperras. Ni una. Tan sólo estaba la de tabaco que como se hallaba junto a la puerta de la calle parecía la caja automática de un parking. Las mesas, distribuidas con orden y acierto, estaban un par de metros alejadas de la barra. Y no se molestaban una con otra. Parecían clavadas al suelo. Un camarero con la mirada perdida secaba con la delicadeza de un orfebre los vasos recién sacados del lavavajillas. Éstos, desprendían un vaho tan ligero que apenas se notaba. Junto a él, la cafetera de aspecto muy antiguo, silbaba al hervir el agua. Viéndola, uno podría asegurar casi con rotundidad que se trataba del motor de cualquier máquina de un antiguo tren a vapor. La melodía de El Tercer Hombre, que sonaba cristalina a través de unos viejos altavoces de madera, se fue desvaneciendo poco a poco hasta ser engullida por el murmullo ruidoso del ambiente. Con ímpetu sonoro comenzó después la banda sonora del Doctor Zhivago.
En aquel momento la cafetería estaba a tope y se hubiese creído que la niebla de afuera había entrado con todo su espesor. Sobre todo porque los sentados en las mesas, en su mayoría, fumaban con ansiedad. El humo de los cigarrillos ascendía en espiral creando inquietantes formas y parecía que cada mesa fuera un pequeño volcán a punto de erupcionar. La humareda se hacía homogénea en el techo. Y se quedaba allí, prácticamente estática, semejando las tardes de tormenta. Tal vez avisara que de un momento a otro iba a irrumpir en el local una furiosa tempestad. Y tal vez no le faltara razón pero nadie parecía percatarse de ello.
Sentado a la mesa, una que estaba pegada a la pared y situada a la misma distancia de la puerta de la calle que de la del hotel, el señor Lude bebía un vaso de agua con gas. Lo hacía a través de una pajita, y las burbujas, adheridas como el coral al fino tubito, subían hasta la superficie del líquido a la manera de ciertos fuegos artificiales. Su inseparable sombrero descansaba sobre su regazo igual que un viejo gato dormilón. La cabeza, como de costumbre, la llevaba alta y fija. Portaba aquel antifaz que ocultaba sus extraños ojos sin pupilas y cuando hubo entrado a la cafetería todo el mundo se le quedó mirando como quien ve a un muerto. De ordinario notaba la curiosa mirada ajena aunque había dejado de hacer caso a tal situación. Sus ojos no veían. Pero eran sus otros sentidos los que estaban despiertos y atentos a todo.
Cada vez que la puerta se abría, el señor Lude aguzaba, a la vez, oído y olfato con la intención de descubrir si era el escritor de la habitación 207 quien entraba. Sin embargo, durante el tiempo que le duró el agua con gas, solamente dos personas entraron a la cafetería. Ninguna fue el escritor.
Una vez hubo terminado con el vaso de agua, levantó el brazo. El camarero que antes secaba los vasos recién salidos del lavavajillas se acercó hasta su mesa. Quería algo de comer, tal vez un bocadillo, preguntó. El camarero, con la misma mirada perdida de antes, le dijo de carrerilla los diferentes bocadillos que tenían. No encontró ninguno de su gusto. Y finalmente se decidió, guiado por la recomendación del camarero, por un pastel de queso.
El señor Lude no era un hombre impaciente. Todo lo contrario. Sería capaz de estar horas y horas esperando al escritor. Volvería a su habitación en el caso de que éste no apareciera por la cafetería y estaría listo al día siguiente en el mismo sitio y con la misma intención. Esa intranquilidad de desear algo le parecía innecesaria. Lo bueno de las cosas, decía, era que llegaban a su debido tiempo. Y a su debido tiempo significaba inesperadas. Además, siempre, solía llenar ese espacio de espera estableciendo en su pensamiento, de forma imaginaria, la conexión de los conceptos con la naturaleza. Como si una especie de ciudad oculta bajo tierra estuviese siendo desenterrada poco a poco y a través de sus ruinas se esclareciera con rigor cómo tuvo que ser. Así, y junto a una paciencia infinita, había ido creándose en su conciencia un particular mundo. Un mundo que había sido sugerido de forma directa por las impresiones que trasmitían sus sentidos. Un mundo lleno de ilusiones. Y donde, obviamente, sueños y pesadillas compartían la intención de representar la realidad. Pero en aquel conjunto de cosas que regían su conciencia, existía algo que últimamente le tenía intranquilo, preocupado. Ese algo se había acostumbrado a hacerse notar de manera angustiosa. A manifestarse en cualquier momento, igual que la risa de un loco. A sobresaltarse como un viejo deforme que en su intento de pedir ayuda sólo pudiera emitir un gruñido terrible y violento. Ese algo era una voz. Una voz ligera, como moribunda. Una voz que de cuando en cuando le hablaba de forma rápida, y que le decía cosas ininteligibles, confusas, en apariencia sin lógica ni coherencia. Una voz que no venía del exterior. No. Venía del interior de su mundo. De dentro de él. Del interior de su conciencia. Como un gas que oprime y que necesita inevitablemente ser expulsado.
El señor Lude sospechaba que aquella voz, aquel algo que le hablaba, guardaba relación con las botas del cazador que siempre aparecían en su sueño. El sueño que tuvo aquél día mientras dormía bajo el castaño y que con más o menos frecuencia había venido repitiéndose durante toda su vida. Esas botas altas, sucias, llenas de barro y sangre, que se le acercaban con pasos cautelosos, silenciosos, y él, mientras, atrapado en un enorme cepo para osos, desangrándose en tanto que desfallecía. Esas botas de un negro abismal que se detenían frente a su cara casi desmayada. Que le golpeaban en la cabeza y lo hacían despertarse del desmayo. Y en tal caso él, aterrado, intentaba alzar la vista para descubrir al dueño de esas botas. Veía sus pantalones, verdes, arrugados, también con barro y restos de sangre. Brillaba como el sol de un extraño amanecer la hebilla de su cinturón. Perdices, liebres, visones y otros animalejos colgaban de la percha a modo de bandolera. Un chaleco de pelo escondía otro pequeño de cuero donde resplandecían doradas las cápsulas de los cartuchos. El cazador era corpulento, ancho. Pero de poca altura. Él seguía levantando la vista, pero en el momento que el rostro del cazador se le iba a presentar ante sus ojos, una luz cegadora lo despertaba del sueño. El señor Lude, entonces, regresaba a su especial mundo de invisibilidad. La primera vez que tuvo este sueño, aquél fatídico día, echó a correr aterrorizado. Después había aprendido a vivir con la inquietud del ensueño y con la no menos inquietud del despertar.
En cuanto se hubo acabado la tarta de queso, viendo que el escritor de la 207 no había acudido a la cita, el señor Lude se levantó de la mesa, se acercó a la barra y dijo que cargaran la cuenta a la habitación 208. Se dirigió con su especial fric fric hacia la puerta que daba acceso a la calle. La niebla seguía persistente afuera. Se puso el sombrero inclinándolo hacia delante y echó a andar sin dirección concreta.

(LNZ)

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