jueves, 22 de noviembre de 2007

HOTEL LA HIPÉRBOLA IV

Él caminaba. Caminaba sin saber por qué caminaba. Caminaba como un viento sin dirección concreta. Como las dunas del desierto. Y aunque deseaba detenerse, algo le inducía a seguir caminando. Intuía que el tiempo y la vida dependían de seguir caminando. Y por más que el miedo le violentaba, en su interior algo gritaba desesperadamente que caminara, que la única manera de suavizar ese miedo era caminando.
Al principio no hay nada a su alrededor. Nada. Absolutamente nada. Arriba, abajo, lejos, cerca, detrás, delante,… eso son nociones sin sentido, son conceptos que no existen fuera de él. Todo es blancura alrededor de él. Puede, piensa, que esté sobre una extensa superficie, toda ella cubierta de nieve. Porque le recuerda a la nieve. Ha debido suceder eso. Una intensa nevada lo ha ocultado todo. Sobre la cabeza, el cielo está tapado por unas nubes. También el horizonte. Nubes blancas, también como la misma nieve. Pero no tiene frío. No, no tiene. Asustado sí, pero frío no. ¿He muerto?, se pregunta. No, no estoy muerto. Estoy caminando. Y mientras camina el miedo se va suavizando. ¿Es posible que el mundo se haya despegado de la Tierra? ¿O se haya creado una agalla alrededor mío para mantener el equilibrio natural? Sí, eso es. Él se ha quedado encerrado dentro de la esfera terrestre en tanto que el infinito universo continúa su marcha en el exterior. Como un hámster encerrado en una jaula que corre obsesivamente dentro de su noria. Aunque él no ve barrotes. No. Él no está encerrado en una jaula. Él está encerrado en una blancura donde no hay nada. Encerrado en un orbe blanco que deambula libremente como una pompa de jabón. Camina y camina. Debe caminar para salir de allí. Puede, piensa, que esté sobre una extensa superficie, toda ella cubierta de nieve.
Está agotado y no puede pensar. Ha llegado el momento que temía. No es capaz de pensar. Su mente se ha quedado en blanco. Como la misma superficie. Como el mismo cielo y el mismo horizonte. Como si sobre su mente también la nieve hubiera vertido los fríos copos de la irreflexión. Por más que busca en su memoria sólo encuentra espacios en blanco. Como en una casa vacía. El blanco exterior se ha introducido en su conciencia semejando una sustancia viscosa y ha fundido el orden lógico del mundo. Esto le atemoriza, pero no puede detenerse. Algo indefinido, parecido a una voluntad, tira de él. Tira con fuerza, con ánimo, con intención y espíritu. Él sabe que no es su voluntad. Lo sabe muy bien. Porque su voluntad desea detenerse. Pero no puede. Si lo hiciera, volvería de nuevo el miedo. Sólo puede caminar y caminar. La otra voluntad es quien grita desesperadamente en su interior. Y dice que camine. Que camine. Cuando ha pasado este momento, ya no es capaz de pensar en nada. Pero camina. Camina.
Caminar sin pensar en nada le ha tranquilizado. Siente que el miedo, poco a poco, se dispersa como un animal que, de momento, ha saciado su apetito. Aunque también nota su oculta presencia. Tal vez esté al acecho. Camuflado en la blancura de su conciencia. Y estando así, un repentino sonido, lejano, le sobresalta. Parece un graznido lastimoso. Como si todas las aves del planeta emitieran al unísono un mismo llanto de desesperación. O como si, entre ellas, se avisaran de la llegada de un nuevo mundo. Informe e impreciso. Blanco. Ello le hace mirar hacia atrás. No ve nada. No tiene miedo, y eso que sigue escuchando aquel sonido, parecido a un lamento. Pero no hay nada. No hay nada frente a él. Tampoco hay nada detrás y se sorprende al descubrir que no han ido quedándose huellas tras él. ¿Es su alma quien camina? Es inútil intentar entenderlo, y lo sabe de forma natural. Intentar pensar es recluirse en una confusión. Una confusión con un solo camino, como los laberintos. Sabe que lo mejor es asumir y acatar las reglas. Y la regla es caminar. Caminar. Habiendo pasado otro rato, sin embargo, el sonido vuelve. Esta vez es más cercano. Continúa siendo aquel graznido. Debe estar muy cerca. Y vuelve la cabeza hacia atrás. No ve nada. Ni siquiera las huellas de sus pasos. Camina y camina. El sonido se acerca, y sus pasos no tienen huellas.
El sonido ya está junto a él. Y agradece la compañía del sonido. Ahora no es sólo un graznido. No, el graznido ha dado paso a una colección de sonidos que vienen y van. Y que tienen vida propia. A veces es agudo y lejano. Otras, grave y subterráneo. Distingue si viene del norte o del sur. Si es humano o animal. Ya no le importa tanto que pueda estar caminando sobre una superficie extensa, blanca como la nieve. Los sonidos rompen el equilibrio de la blancura y van estableciéndose en su mente a modo de referencias. Igual que las señales sirven de indicación en una ruta y guían al montañero. Él, al margen del descubrimiento, todavía camina y camina. No quiere que vuelva el miedo. Porque el miedo sigue oculto. Está camuflado en la blancura de su conciencia.
Durante el trayecto que comparte junto al sonido, va soltando su voluntad como si ésta fuera una carga o un recuerdo de esos que hay que olvidar. La deja atrás, junto a sus pasos sin huellas. Pero no le importa. Ha empezado a confiar. Está acompañado de los sonidos. Además, sabe que la otra voluntad sigue tirando de él con la insistencia y la atracción de la gravedad. Y ya no teme descubrir quién o qué le gobiernan.
El tiempo, entre tanto, empieza a existir desde que los sonidos caminan junto a él. No sabe con certeza si ha pasado mucho o poco desde que comenzó a caminar, pero sabe que ha pasado y esto le preocupa. Y es que el sonido que antes estaba junto a él, ahora se encuentra muy lejos. Y el que antes estuvo lejos, hubo desaparecido engullido por el espacio infinito. Mira hacia atrás y sus huellas siguen sin aparecer. De repente algo se está quemando. No hay humo, pero algo se quema. Lo sabe. Lo huele. Está demasiado lejos. Pero está. Sí, sabe que ese olor es el que se produce con la combustión de la madera. Lo conoce. Lo recuerda. Hay fuego entre tanta blancura. Intenta correr pero no puede. El miedo sigue agazapado, oculto en la conciencia. Sólo puede caminar. Lo sabe. Caminar junto a los sonidos y el olor a fuego. No ve el fuego pero lo huele. Y se aleja del fuego. La otra voluntad lo aleja. El fuego está cada vez más lejos, lo huele. Y huele también la llegada de un viento húmedo, el viento húmedo que ha conseguido sofocar el fuego. Y camina. Camina confiando en la voluntad que tira de él. Entregado a su otra voluntad que mantiene al miedo alejado. Escucha voces. Muy lejos, pero las escucha. Las reconoce. El miedo reaparece pero ya no es un animal con apetito. Lo reconoce. Reconoce al miedo. Huele igual que él. Y le llega el olor de su cansancio. El olor de su vida. Y oye el sonido de su corazón. El sonido de sus huesos al articularse. El sonido de su vida.
La otra voluntad ha dejado de tirar. El miedo ha desaparecido como tragado por la inmensa blancura que todavía le rodea. Consigue detenerse sobre la superficie extensa, blanca como la nieve, y sabe que no hay nada que temer.
Estaba a salvo.

(Lord No Zoo)

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