martes, 20 de noviembre de 2007

HOTEL LA HIPÉRBOLA III

HOTEL LA HIPÉRBOLA
III

El señor Lude, tal y como le había indicado el recepcionista, en cuanto salió del ascensor se encaminó a mano derecha. Tenía muchas ganas de llegar a la habitación 208. Estaba deseando entrar, deshacer la maleta y empezar sin ninguna demora la tarea que le había conducido hasta allí.
Mientras andaba y arrastraba la maleta trolley, tarareaba una extraña melodía. Bueno, siendo rigurosos, cabría decir que zumbaba una extraña melodía. Aunque qué importa, a lo mejor sólo lo estaba imaginando, porque, realmente, el sonido era totalmente imperceptible. Tal vez los insectos puedan darse cuenta de este ejemplo de inaudible musiquilla, porque lo que es el resto de humanos no. Era una especie de eco temporal como el que a modo de secuela queda después de una gran explosión. Algo así. El señor Lude, sin embargo, estaba entregado al ritmo, cadencia y tiempo de aquella composición. La disfrutaba igual que un niño disfruta con las cosquillas. El fric fric de los pantalones bombachos del señor Lude la acompasaba y servía de metrónomo.
El pasillo de la planta segunda del Hotel la Hipérbola era un tanto estrecho. La moqueta color azafrán que cubría todo el suelo había perdido la delicadeza de sus hebras. Parecía esparto pintado, si bien siendo realistas simplemente estaba muy vieja. Pero al margen del estado de la moqueta, el pasillo era acogedor y los radiadores de la calefacción habían caldeado toda la planta. Pequeños cuadros de paisajes de París, Roma, ríos o castillos coloreaban las blancas paredes del pasillo. La luz que desprendían las lámparas contiguas a esos cuadros era de poca intensidad y semejaba la de un club de jazz en plena actuación.
La distancia entre la salida del ascensor y la puerta de la habitación estaba separada por ocho pasos, pasos del señor Lude, claro. Ocho pasos y, por supuesto, sus ocho fric fric. Los contó mentalmente mientras aguzaba el olfato y despabilaba sus oídos. Supo distinguir su habitación por el olor. De ella emanaba un ligero perfume alcoholizado con esencia de lavanda, seguramente el ambientador, pensó el señor Lude. De la 207, en cambio, distinguió un único olor cuya composición parecía ser la mezcla de muchos aromas. Los de la vitalidad humana y esos otros que, desgraciadamente, ya no desempeñan ninguna función útil. El escritor está ahí dentro tirado en la cama, adivinó el señor Lude, podrá serme de gran ayuda, se lo explicaré, aunque cada cosa a su tiempo. Este pensamiento apaciguó sus dudas y avivó sus expectativas con respecto al asunto. Entonces respirando hondamente se dijo para sí: todo saldrá bien.
Abrió la puerta de la habitación. Entró y encendió todas las luces. Obviamente el señor Lude continuaba allá, dentro de su oscuridad, pero es que él, aunque no viese, seguía con la costumbre de encender las luces cuando llegaba la noche. Con aquél fatídico día siendo niño no se había visto alterada su vida en nada. Para él todo seguía siendo normal y corriente.
Tanteó el espacio y calculó las distancias entre la cama y el armario, entre la cama y la ventana, y después entre la cama y la puerta del cuarto de baño. Entró al cuarto de baño e hizo lo propio entre el inodoro, el lavabo, el bidé y la ducha. Soltó una carcajada y chasqueó los dedos. Ya se conocía al dedillo la habitación 208. Su habitación. Salió del cuarto de baño y echó la maleta sobre la cama. La deshizo con agilidad, y fue metiendo con mimo en el armario cada una de sus ropas. Lo hizo con la misma rapidez que un experto bibliotecario ordena y coloca los libros en sus respectivos estantes. Entretanto pensaba en cómo explicarle al escritor el asunto.
Una vez hubo terminado de meter y ordenar todas sus ropas en el armario sacó de la maleta un estuche de color rojo. Al señor Lude le gustaban las cosas coloridas. Aunque no supiera distinguir, o mejor dicho, no pudiera distinguir los colores, sí los conocía, y estimaba que los artilugios de colores vivos le aumentaban la moral. Los utilizaba a modo de estufas, si bien al señor Lude en vez de calor, los colores le insuflaban ánimo. Por eso había elegido sus ropas coloridas. Necesitaba todo su ánimo.
El estuche rojo parecía un costurero. Sólo le faltaba la almohadilla esa en la que se clavan los alfileres y que al final acaba pareciendo la cabeza de algún muñeco del vudú o un personaje de Tim Burton. Lo abrió soltando un pequeño remache metálico que servía de cierre y el sonoro clic se paseó por la habitación como si alguien, escondido tras las cortinas, hubiera apretado el gatillo de un arma descargada.
De dentro del estuche sacó una pequeña libreta de color violeta y de un pequeño compartimento auxiliar sacó una especie de enorme bolígrafo con dos puntas o extremidades. En una de las cabezas se encontraba la propia punta del boli y en la otra había una aguja o clavillo. El utensilio era igual que un compás. Aunque con el aparatoso instrumento la utilidad de trazar exactas circunferencias no servía. Y es que éste tenía la imposibilidad de abrirse en las diferentes formas con la que el compás realiza su función.
De la libreta arrancó una hoja. La colocó sobre la mesa escritorio que se hallaba junto a la ventana de la habitación y calculó bien el ángulo recto. Tras asegurar la horizontalidad cogió el bolígrafo-compás y se sentó frente a la mesa. Aseguró la parte del clavillo y empezó a escribir desde el margen derecho de la hoja. Empezó con un saluda y ofreció al escritor una invitación. Si usted lo desea, escribió, podríamos tomar algo en la cafetería del hotel, allí podré explicarle con más detalle el quid de la cuestión.
Una vez hubo cruzado el ancho de la página, mantuvo la parte del clavillo fija, giró el bolígrafo-compás ciento ochenta grados como quien traza una semicircunferencia, y continuó escribiendo, entonces, desde el margen izquierdo. ¡Escribía en bustrófedon! Bueno, pensó, un escritor tendría que saber leer esta manera de escribir.
La escritura del señor Lude era fea en sí pero bella en su estructura. Cada una de las letras desprendía una inseguridad de ejecución propia de los niños. Lógico por otra parte. Si mirabas la be, ésta parecía a veces blanda y otras, balanceada, como si un viento alocado las tumbara arbitrariamente a derecha o izquierda. La ce poco curva y rayana al cuadrado. La de era totalmente diferente una de otra. La efe demasiado frenética, igual que una camisa que no favorece. La ge, sin embargo, gozaba de buen dibujo. El señor Lude no había sabido utilizar las haches en su vida y sobre la jota no era hábil a la hora adjudicar el punto equidistante de la letra. La elle era mollar y con excesivo parecido a las eles, aunque tal vez éstas demasiado aletargadas. La eme, si estaba próxima a la ene, parecía un muelle sin elasticidad; y en cuanto a la pe, el señor Lude pecaba de perfeccionista. La cu quería parecerse a una nota blanca, pero obviamente faltaba el necesario pentagrama. La erre, al ser escrita con rapidez, recordaba al ideograma de peligro de muerte. La ese, casi como norma ortográfica, tendía a ser severa, sencilla o suave según estuviera al inicio, mitad o final de la palabra. Cuando escribía alguna te, semejaban torres de alta tensión o postes telegráficos. Debido a la curva con la que adornaba la uve se vislumbraba la actitud valiente del señor Lude. La equis, propia de un experto y la i griega siempre en mayúscula eran algo común en la forma de escribir. Para el señor Lude trazar la ceta pacificaba su esfuerzo pues la esbozaba como quien, con mucha confianza, se entregara a los brazos de la libertad.
La carta dirigida al escritor estaba prácticamente acabada. Sólo le mencionó el tema de pasada, pero cuando estuvieran cara a cara le explicaría todo. También, por supuesto, los riesgos. Levantó la hoja y la puso frente a su antifaz en forma de anteojos. Cualquiera hubiera creído que era capaz de ver a través de ellos.
La hoja poseía un poder enigmático que seguro, atraparía al escritor. Porque si la letra del señor Lude estaba alterada y carecía de la igualdad de la escritura unificada, el conjunto de palabras, en su totalidad, era de una belleza inenarrable. Cada una de ellas estaba configurada conforme a la idea que el señor Lude tenía de su significado. Así, mirar la carta que el señor Lude escribió al escritor era como estar frente a un perfecto mapa. Un mapa que, en vez de fronteras y carreteras, se mostraba lleno de sensaciones y de impresiones.
El señor Lude resaltaba el dibujo de la palabra cuando ésta pertenecía a la emoción o lo reducía si por el contrario su significado correspondía al estremecimiento. Era como ver la frase en un espacio tridimensional. Un campo donde altura, anchura y profundidad marcan el significado de la palabra. Una palabra detrás de otra, como guardando cola, esperando su turno. Y, claro, al ver la frase así, entre cada palabra se puede compruebar que existe, por consiguiente, un espacio real. Ese espacio era uniforme en cualquier frase y significaba Todo. El señor Lude con su forma de escribir no necesitaba referencias o apoyos para explicar el contexto. La belleza de su dibujo demarcaba el verdadero contexto y éste, establecido como sistema, existía en sí mismo con el simple hecho de su lectura, no hay necesidad, por tanto, de indagar para encontrar el entendimiento. Digamos que era como si todos los órganos del cuerpo salvo el corazón fueran transparentes y pudiéramos comprobar así la salud del motor de la vida. En verdad en aquella carta no había ambigüedades, lo que se decía era la realidad. Y concretamente la realidad cruda del asunto.
La carta llevaba el membrete: Al escritor de la habitación 207.
El señor Lude abrió la puerta de su habitación. Sin cerrarla traspasó el umbral y permaneció un instante frente a la habitación 207. Prestó atención y gracias a su olfato averiguó que el escritor seguía tirado en la cama. Introdujo por la rendija de la puerta la carta, golpeó en la puerta de la habitación 207 dos veces, como el cartero, y se metió, de nuevo, en su habitación.

(Lord No Zoo)

1 comentario:

Anónimo dijo...

creo que Domingo se lo pasaría bien en el Hotel Hipérbola, e incluso invitaría a los responsables a una generosa pinta de Guiness a la salud de los elefantes rosas y los pensamientos amarillos