viernes, 2 de noviembre de 2007
El Deseo De Rufus por Pascual Pérez
Rufus, el día que cumplía cuarenta años, a la vez que soplaba las velas de la tarta comprada en la pastelería de debajo de su casa y pedía el correspondiente deseo, se dio cuenta de que no había vuelto a pensar en tener un animal de compañía desde hacía mucho tiempo. ¿Cuándo he perdido la esperanza de tener uno?, ¿hace veinte años?, no, más, mucho más, se decía. Ni que decir tiene cuál fue su deseo. Bueno, su tercer deseo, pues el segundo deseo consistía en deshacer el primero, que no había consistido en tener un animal de compañía. El pobre es que lo pensó tarde. A Rufus, ya de adolescente, todos le aconsejaban acerca de ello, y le insistían en que no tuviera animales. Es muy pesado sacar todos los días a pasear al perro, le decían, si es que te apetece tener un perro. También es un coñazo limpiar las cacas de los gatos, que aunque curiosos ellos a la hora de escoger su lugar de orinar y defecar, allí en su cajita de arena, debes limpiarles las inmundicias al menos una vez a la semana, si es que en vez de perro prefieres un gato, claro. Y pájaros, ni te digo, le decían. Suelen oler mal y durante la época de celo se tiran todo el día trinando como si fueran los encargados de hacer una demostración tímbrica a los opositores a árbitros. A árbitros pero de división regional que ahí es donde hay que soplar más fuerte, ¿sabes?, le decían. No tengas animales, no tengas animales. Así había sido toda su vida. Desde pequeño y siempre, día tras día, todo el mundo diciéndole que no vivera con animales. Y claro, acabó rodeado únicamente de electrodomésticos. Más solo que la una, por supuesto. ¿Cómo iba a acabar? ¿Acompañado? No sé de quién. Sus padres se murieron cuando tenía treinta años. Primero su madre y al día siguiente, su padre; de pena dijo el doctor, pero Rufus cree que lo hizo por celos. Por suerte pudo enterrarlos a los dos juntos y se ahorró un dinerillo. Porque el gasto de dos entierros hubiera sido un duro golpe para la economía de Rufus. ¡Así de ahorrativo es el chico! Bueno, el hombre, porque ya está granado. Pero el día de sus cuarenta cumpleaños, Rufus, tras apagar las velas de la tarta comprada en la pastelería de debajo de su casa, pidió, como principal deseo, tener un animal de compañía. Y mira tú por donde que Rufus, después de zamparse él solito la tarta, sale a la calle a sacar la basura y, zas, se topa con una boa constrictor que, enroscada, dormía plácidamente junto al contenedor de envases de vidrio. ¡Guau, deseo hecho realidad! La cogió suavemente para no despertarla y se la llevó a su casa. Jo, allí Rufus estaba encantado. Por fin tenía un animal de compañía. Bien, bien, bien y mil veces bien. Dejó a la boa en el sillón, se sentó junto a ella, bajó las persianas de su casa y dejó que el animal siguiera durmiendo pues le apenaba el hecho de despertarlo. Los días que siguieron al hallazgo, para Rufus no existieron. No sabía a ciencia cierta si afuera era de día o de noche, si habían pasado veinticuatro horas desde el milagro o doscientas. Así estaba y así quería estar: a oscuras en casa y con su animal, haciéndole compañía. -¿Quién a quién? Esa es la cuestión.- Rufus olvidó sus quehaceres, su trabajo e incluso sus propias necesidades. Tan despreocupado estaba de sus obligaciones que incluso olvidó que tenía que dar de comer a la boa. Porque era un animal, y los animales también comen. ¡Comen como el que más! Cuando Rufus cayó en la cuenta, se levantó, encendió la luz, luego subió las persianas y la luminosidad del día inundó la sala. La boa seguía durmiendo. Fue directo a la cocina y abrió la nevera para ver si tenía algo de comida. No había nada. Claro, tanto tiempo escondido ¿cómo iba a encontrarse ahora la nevera? ¿Llena? ¡Ni que viviese todavía su madre! Decidido, se fue al supermercado. Compró pollo y conejo troceado. ¿Cuánto tiempo sin verte Rufus? Le decían en el súper. Sí, es que he estado ocupado, les contestaba. Pagó lo comprado y se volvió a casa a paso ligero. En cuanto llegó fue directo al salón. La boa seguía acurrucada en el sillón y todavía dormía. Rufus se acercó y la acarició. El animal se movió un poco y debido a ese movimiento Rufus se percató de que a la boa le había salido un brazo. Un brazo largo. Con su codo, su antebrazo, su muñeca y su mano con nudillos, dedos y uñas. Al principio a Rufus le pareció muy extraño, pero no quiso darle importancia. Como nunca había tenido un animal, no sabía si eso era lo normal. Fue a la cocina y puso a hervir el pollo y el conejo troceado. Dejó la olla en el hogaril y fue de nuevo al salón. Estupefacto miraba el brazo de la boa. Era un perfecto brazo humano. La piel algo arrugada y fláccida, es cierto, los dedos un poco amarillentos y las uñas con bastante roña, pero un brazo humano sin ninguna duda. Y lo más sorprendente de todo era que tenía autonomía propia. ¡Se movía! Volvió a la cocina. Sacó toda la carne de la olla y tras quitarle la grasa y los huesos, la sirvió en una gran bandeja. Fue al salón y cuando le hubo puesto la bandeja de carne a la boa se dio cuenta de que le había salido otro brazo. ¡Otro brazo! También fláccido y de piel arrugada. También con los dedos algo sucios, pero también era un brazo humano; igual al otro, sin ninguna duda. ¡Tenía dos brazos! Dos brazos proporcionados y moviéndose. Rufus, más sorprendido que antes, si cabe, dejó la bandeja en el suelo y se sentó en el sillón. Veía comer a la boa, que no veas cómo se beneficiaba de la ventaja de ser una serpiente con brazos. Utilizaba las manos para agarrar los trozos de carne y llevárselos a la boca, y por culpa de ello se le llenaban los dedos de babas. La boa se las limpiaba en el tapizado del sillón ante la atónita mirada de Rufus. ¡Si te viera mi madre te daba un pescozón, seguro! le gritó. La boa no hizo caso a las advertencias de Rufus y siguió comiendo. Una vez hubo terminado con toda la comida, la boa se acurrucó con los brazos cruzados y se echó a dormir. Rufus arropó a la serpiente con una manta, retiró la bandeja y se metió en la cocina para hacer el friegue. No quería pensar en los brazos de la boa. Me parece muy, muy extraño, pero tal vez esa clase de animales acaban teniendo brazos, pensó. ¿Acaso no cambian la piel también? Pues eso, lo de los brazos, sería igual. Salió de la cocina y percibió cuánto abultaba la boa bajo la manta. Normal, se dijo, tiene dos brazos. Rufus se fue a su habitación y se acostó. Hacía mucho tiempo que no dormía en su cama y en cuanto se metió en ella, le acudió, de forma instantánea, el sueño. A media noche sin embargo, unos ruidos en el salón despertaron a Rufus. Salió de la habitación, encendió todas las luces de la casa y tras comprobar que todo parecía estar en orden, descubrió que la manta que tapaba a la boa abultaba mucho más que antes. Pero mucho más. Se acercó y destapó un poco al animal. Menuda sorpresa tan angustiosa cuando advirtió que a la boa le habían salido piernas. Unas piernas enormes pero proporcionadas, proporcionadas incluso con los brazos. También tenían la piel arrugada y fláccida y dedos y uñas feos. Rufus estaba muy preocupado. Sabía que aquello no era normal. Lo de mudar la piel alcanzaba a entenderlo, pero lo de tener piernas y brazos ni por asomo lo entendía. Agarró el teléfono y sentado en el sillón iba a llamar a un amigo, a un amigo de los de toda la vida que entendía mucho de animales. Pero lo pensó mejor y no le llamó. Su amigo seguro que le hubiera dicho que para qué diantre había adoptado un animal. ¿No te lo llevo diciendo desde el colegio? se imaginó Rufus que le diría. Dejó el teléfono sobre la mesa y se disponía a levantarse para ir a la cocina a por algo de agua cuando los brazos de la boa le agarraron con fuerza. Una fuerza descomunal. Impropia de unos brazos. Por más que lo intentaba no podía soltarse. ¿Qué haces?, le gritaba a la boa. Soy tu dueño, suéltame. Suéltame. Pero la serpiente no cejaba. Rufus entonces vio que en el abdomen, la serpiente tenía ombligo. No, no era el abdomen de una serpiente. En realidad era una enorme barriga de piel arrugada y fláccida que se hinchaba por momentos. Descubrió también que por encima de ese asqueroso ombligo empezaban a salir dos pezones sobre dos tetas fláccidas y blandas. Miró hacia abajo y observó que donde antes se le unían a la serpiente las piernas, ahora dos blandos, arrugados y peludos testículos colgaban junto a un pene fofo y sucio. Alzó la mirada y empezó a gritar desesperadamente. Acababa de descubrir que la cabeza de la serpiente se estaba inflamando y deformando. Tanto que se distinguía la cabeza de un hombre. De un hombre gordo con poco y sucio pelo. Ojos vidriosos. Orejas diminutas. Con apenas un par de dientes amarillos que se dejaron ver cuando el repugnante viejo abrió la boca y empezó a comerse a Rufus. ¡Se lo estaba tragando sin masticarlo y con el pijama puesto! No le importaba la ropa lo más mínimo. Con la precisión de una máquina, engullía y engulló hasta que Rufus desapareció. Una vez hubo terminado de meterse totalmente a Rufus en la panza, el viejo se levantó, se desperezó y se echó al suelo y comenzó a dormir. Estuvo todo el día durmiendo, tirado en el suelo, sucio y desnudo. Cuando anocheció las piernas se desvanecieron, los brazos también. La flaccidez de su piel se había convertido de nuevo en la brillante y escamosa de una boa constrictor. Se arrastró hasta la cocina y dejó en el salón una muda plateada. Se metió por el sumidero del fregadero y salió a la calle. Torpe y perezosa se situó junto al primer contenedor de envases de vidrio que vio. Se enroscó y se quedó dormida.
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