Gisela. 30 años. Soltera.
Funcionaria.
Heterosexual activa.
LUNES
6:45 a.m.: He dormido mal y poco. Además he pasado frío. Odio levantarme. Casi no sé qué día es hoy,… bueno sí lo sé, de sobra lo sé pero algo dentro de mí desea fervorosamente olvidarlo. Me está saliendo un grano en la punta de la nariz y desearía apretarlo con todas mis fuerzas. No sé cómo pero me contengo.
8:00 a.m.: Durante el trayecto hacia el trabajo me he acordado del chico del sábado. Me gustaron sus ojos negros,… ¡y su culo! En cuanto llego al trabajo mi compañera Elena empieza a hablar y a hablar. Alguien debería decirle alguna vez que los lunes está insoportable. Entro al correo, leo chorradas de mis amigas y me voy al servicio.
11:00 a.m.: Elena me ha contado durante el almuerzo que se lo hizo con un inglés. Estaba con sus amigas en una discoteca y el tío, borracho, les vociferó algo mientras se tocaba el paquete. Ella se lo ligó, dice. Es de Manchester pero trabaja en España. Me duele el grano.
16:45 p.m.: He llegado a casa y sin comer nada me he quedado dormida. Me he despertado y me he dado una ducha. He puesto a hervir macarrones. Le he mandado un sms al chico del sábado.
19:45 p.m.: Todavía no me ha contestado el sms. Llamo a Elena y me cuenta que ha quedado con el inglés. Me invita a ir con ellos. No me apetece y me excuso con que tengo que ir a ver a mi madre. Pongo la tele y me trago todos los programas.
21:00 p.m.: Me he metido en un Chat y de todos los salidos que han intentado hablar conmigo sólo uno ha sido divertido. Me ha llamado mi madre, le he dicho que estaba bien y que mañana iré a verla. He cenado una ensalada y me he comido un pastel de manzana. He vuelto a mirar el móvil pero no había ningún mensaje.
22:30 p.m.: He visto la peli que me dejó Elena. Me voy a acostar. Tengo sueño. Miro por última vez el móvil y no hay mensajes. Imagino que me masturbaré antes de dormir.
MARTES
6:50 a.m.: He dormido como los osos. Me he levantado con energía. El grano sigue evolucionando y al reflejarse en el espejo parece que se haya extendido por toda mi cara. Iré a la farmacia a comprarme algo.
8:30 a.m.: Elena me cuenta que ha dormido en casa del inglés. Aunque por la cara que lleva a mí me da que dormir dormir no ha dormido. Se le ve contenta. Echo de menos un polvo y pienso en el chico del sábado y sus preciosos ojos negros.
15:30 p.m.: Voy a casa a ver a mi madre. Comeré allí. He quedado a las ocho con Elena y su novio el inglés para tomar unas cervezas.
17:25 p.m.: El farmacéutico me ha dado Gelidina. En cuanto llego a casa me embadurno el grano.
19:10 p.m.: Me arreglo un poquito. Disimulo el grano con algo de maquillaje y me voy al bar donde he quedado con Elena.
22:30 p.m.: Lo he pasado bien con el inglés y Elena. Aunque he bebido demasiado. El inglés habla muy bien el español. Me ha sorprendido, es bastante guapo. Pienso en el grano. El alcohol no es bueno para el grano. Llego a casa y me meto en el servicio. Me como un yogurt y me voy a la cama.
MIÉRCOLES
7:00 a.m.: Me ha costado levantarme muchísimo. El grano parece que se ha detenido en el mismo estado de ayer. Me echo otra vez Gelidina.
9:00 a.m.: Elena me cuenta que el inglés tiene un amigo y que podríamos quedar los cuatro. Le digo que ya veré. Hemos decidido, por si otro día me apetece, que ella le diga al inglés que se le ha olvidado decírmelo. Entro al correo y leo las chorradas de mis amigas. Una de ellas me envía la foto de un negro “vestido” con un mono de fontanero. El negro tiene un “aparato” extremadamente enorme. Noto que el grano se excita también.
13:20 p.m.: Recibo un sms. Me pongo nerviosa por la ilusión, pero al abrirlo veo que no es del chico del sábado sino de XXX, el tío coñazo y pelma de la empresa de mensajería. No le contesto. Si al menos fuera gracioso. Creo que tengo un poder especial para atraer pelmas.
15:30 p.m.: Voy otra vez a comer con mi madre. Me suelta el rollo de siempre: te veo más delgada, eso es que no comes, seguro que te pasas el día en el trabajo comiendo cochinerías y luego no tienes hambre, mira qué cara llevas, estás pálida como la pared, etc. No le hago caso.
20:40 p.m.: Me he quedado toda la tarde en casa de mi madre. Hacía tiempo que no pasaba tanto tiempo allí.
23:20 p.m.: He visto una peli alquilada del videoclub. ¿Deberían ahora llamarse deuvedeclubs? Voy al servicio antes de acostarme. Me pongo Gelidina en el grano. No tengo mucho sueño. Miro el móvil y me dan ganas de mandarle otro sms al chico del sábado. Al final desisto. Creo que me masturbaré antes de dormir.
JUEVES
6:40 a.m.: Odio levantarme. Aunque he dormido bien noto el cansancio en mi cuerpo como si fuera aceite pegajoso. El grano sigue ahí. Pero no me duele y parece más seco.
8:45 a.m.: He llegado tarde al trabajo. Resulta que en la parada del metro un tío se había tirado a las vías. Me han dicho que era un yonqui que solía pasarse el día entero pidiendo en el metro. Alguna vez lo había visto ofreciéndome pañuelos de papel. No me daba miedo el chico. Pobre.
12:32 p.m.: Elena quiere que salga con ella esta noche. Hoy no va a quedar con el inglés. Le digo que sí. A las nueve pasará por mi casa. Recibo un sms. Lo abro y SORPRESA. Es el chico del sábado. Aunque simplemente me dice: no he podido responderte antes. Espero que la semana vaya bien. ¡Sólo eso! Ni siquiera se despide con “un beso”. Nada. Me dan ganas de gritar. Le echo las culpas al grano. Me voy al servicio y me lo miro. Cambio de opinión respecto al amigo del inglés y le digo a Elena que le diga al inglés de quedar los cuatro. Que se joda el chico del sábado.
15:40 p.m.: He pasado por el videoclub (insito, debería llamarse deuvedeclub) y he devuelto la peli. Llego a casa y me preparo unos spaghetti.
19:04 p.m.: He dormido la siesta. He tenido pesadillas con el suicida del metro. Se me acercaba a ofrecerme pañuelos de papel. Y cuando yo los cogía, los pañuelos se convertían en vísceras. Me he despertado sudando. Me he dado una ducha y me he puesto Gelidina en el grano.
21:02 p.m.: Me he arreglado un poquito. Me he maquillado para ocultar el grano. Elena es puntual, como siempre. La adoro en ese sentido. Me siento radiante.
23:50 p.m.: Llego a casa. Empapada por la lluvia. Lo he pasado muy bien. Nos hemos reído mucho. Nos comimos una hamburguesa en el McDonalds y nos fuimos de bares. Había mucho ambiente y en XXXX conocimos a unos chicos muy simpáticos. El rubito me gustó, estaba muy bien y creo que congeniamos. Cuando salimos de allí empezaba a llover. Nos llevaron a casa. Primero dejamos a Elena y luego me dejaron a mí. El rubito estaba sentado junto a mí, hablamos de un montón de cosas y me hubiera gustado besarle antes de bajar del coche. Me meto al servicio pensando en el rubito. Me desmaquillo, pongo Gelidina en el grano y me voy a la cama.
VIERNES
6:40 a.m.: Me levanto alegre. Es viernes. He dormido de un tirón. Voy al servicio. El grano está prácticamente seco. Aun así, me pongo Gelidina. Sigue lloviendo.
8:20 a.m.: Elena y yo hablamos de lo bien que lo pasamos ayer. A ella no le gustó ninguno, me dice. Está con el inglés que no mea. Leo el correo y una amiga envía un email contándonos que se va divorciar. Vaya, sólo llevaba dos años casada.
13:28 p.m.: Elena ya ha quedado con el inglés y su amigo. A las nueve pasarán a recogerme. Nos iremos a cenar y después a tomar algo. Reconozco que me he puesto algo nerviosa. Nunca he tenido una cita a ciegas. Sigue lloviendo.
15:30 p.m.: Llego a casa. Pongo a hervir macarrones. Me los como y me echo a dormir un ratito.
17:38 p.m.: Me meto a la ducha. El grano parece que haya desaparecido. Me depilo las axilas, la parte interior de los muslos y rasuro los pelillos púbicos. Aunque me lleva tiempo hacerlo me encanta dedicárselo con esta agitación emocional. Pongo música y decido minuciosamente la ropa que voy a llevar esta noche.
21:01 p.m.: Estoy esperando desde hace diez minutos a que llamen al timbre. Suena mi móvil y es el chico del sábado. ¿Lo cojo o no lo cojo? Decido que no. Llaman por el interfono. Es Elena y los ingleses. Ha parado de llover.
00:50 a.m.: El amigo del inglés de Elena no me cae mal. Pero es demasiado mayor para mí. Hemos ido a cenar a un italiano. Creo que tendré que dejar de comer pasta alguna semana. Hemos ido de bares. De aquí para allá. Volvimos a XXXX pero no estaban los chicos tan simpáticos de ayer, ni el rubito. Salimos de allí y fuimos a otros bares. Me he encontrado con XXX, el chico de la empresa de mensajería. ¡Qué pelma, por Dios! Menos mal que el amigo del inglés de Elena estaba junto a mí.
04:40 a.m.: Fuimos a la discoteca donde Elena y el inglés se conocieron. Tomamos taponazos de todo tipo. Recibí un sms del chico del sábado. Estaba en el mismo bar donde nos conocimos. Le mandé un sms diciéndole que estaba con unos amigos. El amigo del inglés de Elena intuye que no va a conseguir nada conmigo e intenta ligar con otras. Elena va bastante alegre y me vuelvo sola a casa en taxi.
05:20 a.m.: Me he desmaquillado. Me voy a la cama y me cuesta dormir. Le mando un sms al chico del sábado. Le digo que acabo de llegar a casa. Me contesta preguntándome dónde vivo. Le confieso que estoy muy cansada. No recibo respuesta.
SÁBADO
11:15 a.m.: Me despierto y me quedo en la cama. Me masturbo pensando en el rubito del bar XXXX. He desayunado como hacía tiempo. Me doy una ducha y llamo a Elena. No me contesta.
13:40 p.m.: He comprado la prensa y he paseado por el parque. Hace un día espléndido. Me he encontrado con el rubito en el FNAC. Compraba música. Nos hemos ido a tomar cañas, nos hemos reído muchísimo y después me ha acompañado a casa. Creo que congeniamos demasiado. Le he invitado, si quería, a comer en casa y ha accedido. Prepararé macarrones. Dice que le encanta la pasta.
16:23 p.m.: Hemos comido conversando y riéndonos mucho. Me gusta el rubito. Quiere fregar y le obligo a que se quede quieto y sentado. Recojo la mesa y me siento junto a él. Vemos una peli de la tele y zapeamos durante los anuncios. Le suelto, sin importarme lo que pueda pensar, que voy a ponerme cómoda. Entro a mi habitación y salgo a los pocos minutos con un pantalón corto y una camiseta de tirantes. Debajo no llevo nada.
19:30 p.m.: El rubito es gay. O eso me ha dicho. Intenté besarle y accedió. Pero meticulosamente me comentó que le gustaban los hombres. Y que lo sentía mucho porque yo le gustaba bastante, pero como amiga, claro. Ya no hablamos tanto a partir de ahí. Y tanto él como yo estuvimos todo el tiempo pensando en lo ocurrido.
20:20 p.m.: Me llama Elena. Le cuento con todo detalle lo ocurrido. Se ríe y me río con ella. Me dice de salir las dos solas. Que el inglés ya no le gusta tanto. Bebe mucho y es un poco guarro. Quedamos a las nueve y media. Esta vez paso yo por su casa.
23:50 p.m.: Pasé a recoger a Elena y nos fuimos de cañas. Cenamos las tapas que nos pusieron mientras bebíamos. Luego fuimos al bar donde conocí al chico el sábado pasado. Estaba allí. Ligaba con alguna chica. Pero en cuanto me vio se acercó. Sus ojos negros seguían tan brillantes como la semana anterior. Nos tomamos taponazos y nos reímos de cierta gente. Me besó profundamente y mojé las bragas. Me hubiese ido con él en ese momento, pero Elena estaba junto a mí. Es mi compañera y mi mejor amiga.
03:15 a.m.: Llevamos a Elena a su casa. En el coche del chico de los ojos negros. La ayudé a desnudarse y la tuvimos que acostar porque estaba totalmente borracha. Fuimos después a mi casa. En el ascensor nos besamos y nos metimos mano. Estaba deseando encerrarme en la cama con él.
DOMINGO
10:30 a.m.: Me he despertado. Sola en la cama. El chico de los ojos negros se había ido. Ha escrito una nota diciendo que me llamaría. La cama todavía olía a él. A sexo y a tabaco. Me levanto y me voy a la ducha.
13:28 p.m.: Voy al parque a leer la prensa. Me encuentro con el rubito. Nos tomamos unas cañas y otra vez vuelvo a invitarle a comer. De nuevo accede. La verdad es que congeniamos mucho. Esta vez prepararé spaghetti.
16:20 p.m.: Vemos la peli de la tele y zapeamos durante los anuncios. Parece un dèjá vu del día de ayer. Vuelvo a ponerme cómoda. Aunque esta vez no me quito las bragas ni el sujetador. Hablamos de sus relaciones. Me dice que no tiene pareja y que en realidad está definiéndose. Me encanta esa palabra y resuena en mi cabeza como un conjuro para romper su hechizo. Esta es mi oportunidad, pienso… y actúo. Le beso.
21:45 p.m.: He pasado la tarde con el rubito. Hicimos el amor y nos hemos divertido viendo las tonterías de los programas de la tele. Se marchó sobre las ocho. Me quedé tumbada en el sofá. Agotada pero contenta. No me ha llamado el chico de los ojos negros. Creo que ya no me gusta tanto. Llamo a Elena para averiguar cómo se encuentra. Le cuento lo del rubito. Me llama descarada y nos reímos.
23:00 p.m.: Voy al servicio. El grano ha desaparecido por completo. Me meto en la cama y pienso en el rubito. Recibo un sms. No lo abro. Mañana veré de qué se trata. No tengo ni pizca de sueño pero apago la luz y me duermo.
jueves, 29 de noviembre de 2007
miércoles, 28 de noviembre de 2007
HOTEL LA HIPÉRBOLA V
La cafetería del Hotel la Hipérbola era espaciosa aunque no muy grande. Debido a la magnífica distribución de la barra con respecto a la zona para la clientela, uno al entrar hubiera creído encontrarse invitado a un pequeño banquete de boda. Tenía forma de rectángulo y mientras una puerta daba acceso al hotel, la otra daba a la calle. La iluminación era la adecuada, sobre todo gracias al reflejo que proporcionaba el enorme espejo que colgaba en la pared de detrás de la barra y que ayudaba también a dar sensación de amplitud. Si te sentabas allí, frente a aquel espejo, podías descubrir las cosas que esconden los camareros bajo el mostrador. Y que son una infinidad. Que si un cigarrillo totalmente consumido que está a punto de soltar la flaccidez de su ceniza, igual que la cola de las lagartijas cuando intentas atraparlas. Que si bolas de papel de aluminio, cada una de un tamaño y diferente grosor. Que si un móvil puesto a cargar. Que si la foto de una chica desnuda en posición erótica o provocativa. Que si una revista doblada. Que si un paquete de tabaco entero junto a otro vacío y arrugado como una ñora seca. Cosas así.
Aunque a decir verdad, lo que más llamaba la atención de la cafetería era que no había máquinas tragaperras. Ni una. Tan sólo estaba la de tabaco que como se hallaba junto a la puerta de la calle parecía la caja automática de un parking. Las mesas, distribuidas con orden y acierto, estaban un par de metros alejadas de la barra. Y no se molestaban una con otra. Parecían clavadas al suelo. Un camarero con la mirada perdida secaba con la delicadeza de un orfebre los vasos recién sacados del lavavajillas. Éstos, desprendían un vaho tan ligero que apenas se notaba. Junto a él, la cafetera de aspecto muy antiguo, silbaba al hervir el agua. Viéndola, uno podría asegurar casi con rotundidad que se trataba del motor de cualquier máquina de un antiguo tren a vapor. La melodía de El Tercer Hombre, que sonaba cristalina a través de unos viejos altavoces de madera, se fue desvaneciendo poco a poco hasta ser engullida por el murmullo ruidoso del ambiente. Con ímpetu sonoro comenzó después la banda sonora del Doctor Zhivago.
En aquel momento la cafetería estaba a tope y se hubiese creído que la niebla de afuera había entrado con todo su espesor. Sobre todo porque los sentados en las mesas, en su mayoría, fumaban con ansiedad. El humo de los cigarrillos ascendía en espiral creando inquietantes formas y parecía que cada mesa fuera un pequeño volcán a punto de erupcionar. La humareda se hacía homogénea en el techo. Y se quedaba allí, prácticamente estática, semejando las tardes de tormenta. Tal vez avisara que de un momento a otro iba a irrumpir en el local una furiosa tempestad. Y tal vez no le faltara razón pero nadie parecía percatarse de ello.
Sentado a la mesa, una que estaba pegada a la pared y situada a la misma distancia de la puerta de la calle que de la del hotel, el señor Lude bebía un vaso de agua con gas. Lo hacía a través de una pajita, y las burbujas, adheridas como el coral al fino tubito, subían hasta la superficie del líquido a la manera de ciertos fuegos artificiales. Su inseparable sombrero descansaba sobre su regazo igual que un viejo gato dormilón. La cabeza, como de costumbre, la llevaba alta y fija. Portaba aquel antifaz que ocultaba sus extraños ojos sin pupilas y cuando hubo entrado a la cafetería todo el mundo se le quedó mirando como quien ve a un muerto. De ordinario notaba la curiosa mirada ajena aunque había dejado de hacer caso a tal situación. Sus ojos no veían. Pero eran sus otros sentidos los que estaban despiertos y atentos a todo.
Cada vez que la puerta se abría, el señor Lude aguzaba, a la vez, oído y olfato con la intención de descubrir si era el escritor de la habitación 207 quien entraba. Sin embargo, durante el tiempo que le duró el agua con gas, solamente dos personas entraron a la cafetería. Ninguna fue el escritor.
Una vez hubo terminado con el vaso de agua, levantó el brazo. El camarero que antes secaba los vasos recién salidos del lavavajillas se acercó hasta su mesa. Quería algo de comer, tal vez un bocadillo, preguntó. El camarero, con la misma mirada perdida de antes, le dijo de carrerilla los diferentes bocadillos que tenían. No encontró ninguno de su gusto. Y finalmente se decidió, guiado por la recomendación del camarero, por un pastel de queso.
El señor Lude no era un hombre impaciente. Todo lo contrario. Sería capaz de estar horas y horas esperando al escritor. Volvería a su habitación en el caso de que éste no apareciera por la cafetería y estaría listo al día siguiente en el mismo sitio y con la misma intención. Esa intranquilidad de desear algo le parecía innecesaria. Lo bueno de las cosas, decía, era que llegaban a su debido tiempo. Y a su debido tiempo significaba inesperadas. Además, siempre, solía llenar ese espacio de espera estableciendo en su pensamiento, de forma imaginaria, la conexión de los conceptos con la naturaleza. Como si una especie de ciudad oculta bajo tierra estuviese siendo desenterrada poco a poco y a través de sus ruinas se esclareciera con rigor cómo tuvo que ser. Así, y junto a una paciencia infinita, había ido creándose en su conciencia un particular mundo. Un mundo que había sido sugerido de forma directa por las impresiones que trasmitían sus sentidos. Un mundo lleno de ilusiones. Y donde, obviamente, sueños y pesadillas compartían la intención de representar la realidad. Pero en aquel conjunto de cosas que regían su conciencia, existía algo que últimamente le tenía intranquilo, preocupado. Ese algo se había acostumbrado a hacerse notar de manera angustiosa. A manifestarse en cualquier momento, igual que la risa de un loco. A sobresaltarse como un viejo deforme que en su intento de pedir ayuda sólo pudiera emitir un gruñido terrible y violento. Ese algo era una voz. Una voz ligera, como moribunda. Una voz que de cuando en cuando le hablaba de forma rápida, y que le decía cosas ininteligibles, confusas, en apariencia sin lógica ni coherencia. Una voz que no venía del exterior. No. Venía del interior de su mundo. De dentro de él. Del interior de su conciencia. Como un gas que oprime y que necesita inevitablemente ser expulsado.
El señor Lude sospechaba que aquella voz, aquel algo que le hablaba, guardaba relación con las botas del cazador que siempre aparecían en su sueño. El sueño que tuvo aquél día mientras dormía bajo el castaño y que con más o menos frecuencia había venido repitiéndose durante toda su vida. Esas botas altas, sucias, llenas de barro y sangre, que se le acercaban con pasos cautelosos, silenciosos, y él, mientras, atrapado en un enorme cepo para osos, desangrándose en tanto que desfallecía. Esas botas de un negro abismal que se detenían frente a su cara casi desmayada. Que le golpeaban en la cabeza y lo hacían despertarse del desmayo. Y en tal caso él, aterrado, intentaba alzar la vista para descubrir al dueño de esas botas. Veía sus pantalones, verdes, arrugados, también con barro y restos de sangre. Brillaba como el sol de un extraño amanecer la hebilla de su cinturón. Perdices, liebres, visones y otros animalejos colgaban de la percha a modo de bandolera. Un chaleco de pelo escondía otro pequeño de cuero donde resplandecían doradas las cápsulas de los cartuchos. El cazador era corpulento, ancho. Pero de poca altura. Él seguía levantando la vista, pero en el momento que el rostro del cazador se le iba a presentar ante sus ojos, una luz cegadora lo despertaba del sueño. El señor Lude, entonces, regresaba a su especial mundo de invisibilidad. La primera vez que tuvo este sueño, aquél fatídico día, echó a correr aterrorizado. Después había aprendido a vivir con la inquietud del ensueño y con la no menos inquietud del despertar.
En cuanto se hubo acabado la tarta de queso, viendo que el escritor de la 207 no había acudido a la cita, el señor Lude se levantó de la mesa, se acercó a la barra y dijo que cargaran la cuenta a la habitación 208. Se dirigió con su especial fric fric hacia la puerta que daba acceso a la calle. La niebla seguía persistente afuera. Se puso el sombrero inclinándolo hacia delante y echó a andar sin dirección concreta.
(LNZ)
Aunque a decir verdad, lo que más llamaba la atención de la cafetería era que no había máquinas tragaperras. Ni una. Tan sólo estaba la de tabaco que como se hallaba junto a la puerta de la calle parecía la caja automática de un parking. Las mesas, distribuidas con orden y acierto, estaban un par de metros alejadas de la barra. Y no se molestaban una con otra. Parecían clavadas al suelo. Un camarero con la mirada perdida secaba con la delicadeza de un orfebre los vasos recién sacados del lavavajillas. Éstos, desprendían un vaho tan ligero que apenas se notaba. Junto a él, la cafetera de aspecto muy antiguo, silbaba al hervir el agua. Viéndola, uno podría asegurar casi con rotundidad que se trataba del motor de cualquier máquina de un antiguo tren a vapor. La melodía de El Tercer Hombre, que sonaba cristalina a través de unos viejos altavoces de madera, se fue desvaneciendo poco a poco hasta ser engullida por el murmullo ruidoso del ambiente. Con ímpetu sonoro comenzó después la banda sonora del Doctor Zhivago.
En aquel momento la cafetería estaba a tope y se hubiese creído que la niebla de afuera había entrado con todo su espesor. Sobre todo porque los sentados en las mesas, en su mayoría, fumaban con ansiedad. El humo de los cigarrillos ascendía en espiral creando inquietantes formas y parecía que cada mesa fuera un pequeño volcán a punto de erupcionar. La humareda se hacía homogénea en el techo. Y se quedaba allí, prácticamente estática, semejando las tardes de tormenta. Tal vez avisara que de un momento a otro iba a irrumpir en el local una furiosa tempestad. Y tal vez no le faltara razón pero nadie parecía percatarse de ello.
Sentado a la mesa, una que estaba pegada a la pared y situada a la misma distancia de la puerta de la calle que de la del hotel, el señor Lude bebía un vaso de agua con gas. Lo hacía a través de una pajita, y las burbujas, adheridas como el coral al fino tubito, subían hasta la superficie del líquido a la manera de ciertos fuegos artificiales. Su inseparable sombrero descansaba sobre su regazo igual que un viejo gato dormilón. La cabeza, como de costumbre, la llevaba alta y fija. Portaba aquel antifaz que ocultaba sus extraños ojos sin pupilas y cuando hubo entrado a la cafetería todo el mundo se le quedó mirando como quien ve a un muerto. De ordinario notaba la curiosa mirada ajena aunque había dejado de hacer caso a tal situación. Sus ojos no veían. Pero eran sus otros sentidos los que estaban despiertos y atentos a todo.
Cada vez que la puerta se abría, el señor Lude aguzaba, a la vez, oído y olfato con la intención de descubrir si era el escritor de la habitación 207 quien entraba. Sin embargo, durante el tiempo que le duró el agua con gas, solamente dos personas entraron a la cafetería. Ninguna fue el escritor.
Una vez hubo terminado con el vaso de agua, levantó el brazo. El camarero que antes secaba los vasos recién salidos del lavavajillas se acercó hasta su mesa. Quería algo de comer, tal vez un bocadillo, preguntó. El camarero, con la misma mirada perdida de antes, le dijo de carrerilla los diferentes bocadillos que tenían. No encontró ninguno de su gusto. Y finalmente se decidió, guiado por la recomendación del camarero, por un pastel de queso.
El señor Lude no era un hombre impaciente. Todo lo contrario. Sería capaz de estar horas y horas esperando al escritor. Volvería a su habitación en el caso de que éste no apareciera por la cafetería y estaría listo al día siguiente en el mismo sitio y con la misma intención. Esa intranquilidad de desear algo le parecía innecesaria. Lo bueno de las cosas, decía, era que llegaban a su debido tiempo. Y a su debido tiempo significaba inesperadas. Además, siempre, solía llenar ese espacio de espera estableciendo en su pensamiento, de forma imaginaria, la conexión de los conceptos con la naturaleza. Como si una especie de ciudad oculta bajo tierra estuviese siendo desenterrada poco a poco y a través de sus ruinas se esclareciera con rigor cómo tuvo que ser. Así, y junto a una paciencia infinita, había ido creándose en su conciencia un particular mundo. Un mundo que había sido sugerido de forma directa por las impresiones que trasmitían sus sentidos. Un mundo lleno de ilusiones. Y donde, obviamente, sueños y pesadillas compartían la intención de representar la realidad. Pero en aquel conjunto de cosas que regían su conciencia, existía algo que últimamente le tenía intranquilo, preocupado. Ese algo se había acostumbrado a hacerse notar de manera angustiosa. A manifestarse en cualquier momento, igual que la risa de un loco. A sobresaltarse como un viejo deforme que en su intento de pedir ayuda sólo pudiera emitir un gruñido terrible y violento. Ese algo era una voz. Una voz ligera, como moribunda. Una voz que de cuando en cuando le hablaba de forma rápida, y que le decía cosas ininteligibles, confusas, en apariencia sin lógica ni coherencia. Una voz que no venía del exterior. No. Venía del interior de su mundo. De dentro de él. Del interior de su conciencia. Como un gas que oprime y que necesita inevitablemente ser expulsado.
El señor Lude sospechaba que aquella voz, aquel algo que le hablaba, guardaba relación con las botas del cazador que siempre aparecían en su sueño. El sueño que tuvo aquél día mientras dormía bajo el castaño y que con más o menos frecuencia había venido repitiéndose durante toda su vida. Esas botas altas, sucias, llenas de barro y sangre, que se le acercaban con pasos cautelosos, silenciosos, y él, mientras, atrapado en un enorme cepo para osos, desangrándose en tanto que desfallecía. Esas botas de un negro abismal que se detenían frente a su cara casi desmayada. Que le golpeaban en la cabeza y lo hacían despertarse del desmayo. Y en tal caso él, aterrado, intentaba alzar la vista para descubrir al dueño de esas botas. Veía sus pantalones, verdes, arrugados, también con barro y restos de sangre. Brillaba como el sol de un extraño amanecer la hebilla de su cinturón. Perdices, liebres, visones y otros animalejos colgaban de la percha a modo de bandolera. Un chaleco de pelo escondía otro pequeño de cuero donde resplandecían doradas las cápsulas de los cartuchos. El cazador era corpulento, ancho. Pero de poca altura. Él seguía levantando la vista, pero en el momento que el rostro del cazador se le iba a presentar ante sus ojos, una luz cegadora lo despertaba del sueño. El señor Lude, entonces, regresaba a su especial mundo de invisibilidad. La primera vez que tuvo este sueño, aquél fatídico día, echó a correr aterrorizado. Después había aprendido a vivir con la inquietud del ensueño y con la no menos inquietud del despertar.
En cuanto se hubo acabado la tarta de queso, viendo que el escritor de la 207 no había acudido a la cita, el señor Lude se levantó de la mesa, se acercó a la barra y dijo que cargaran la cuenta a la habitación 208. Se dirigió con su especial fric fric hacia la puerta que daba acceso a la calle. La niebla seguía persistente afuera. Se puso el sombrero inclinándolo hacia delante y echó a andar sin dirección concreta.
(LNZ)
viernes, 23 de noviembre de 2007
ÓVULOS CONGELADOS PARA FUTURAS VIDAS
(de los periódicos)
En la primera cápsula del estante C, hay un óvulo del que se derivará un hombre triste y retraído, acostumbrado desde muy joven a la mala suerte, que se quedará calvo por una infección durante su adolescencia, y que se pasará toda su vida trabajando como auxiliar en una caja de ahorros.
Por uno de esos guiños del destino, en la cápsula que hay a su derecha, está el germen de un hombre gordo y optimista, que dentro de algunos años, exactamente 35, tres meses y tres días, se saltará un stop y golpeará con su coche la puerta del otro. Al salir del coche y mirarse a los ojos, sin saber porqué, los dos tendrán la desconcertante sensación de conocerse de algo. Eso no impedirá que ambos se líen a puñetazos.
Inmediatamente debajo del hombre gordo y optimista, pero dos pasillos más allá, espera su turno una chica rubia, de carácter frágil y romántico, que si alguien no lo remedia parece condenada a morir de sobredosis. Ella no sabe que su profesor de Arte, con el que se fumará su primer canuto, es el actual amante de la doctora que controlará el proceso de su incorporación a la vida.
En total, de las 4000 cápsulas que hay en los estantes, sólo 25 alcanzarán el uso de razón y sólo una de ellas será feliz. Relativamente.
VIAJE A IXTLAN
En la primera cápsula del estante C, hay un óvulo del que se derivará un hombre triste y retraído, acostumbrado desde muy joven a la mala suerte, que se quedará calvo por una infección durante su adolescencia, y que se pasará toda su vida trabajando como auxiliar en una caja de ahorros.
Por uno de esos guiños del destino, en la cápsula que hay a su derecha, está el germen de un hombre gordo y optimista, que dentro de algunos años, exactamente 35, tres meses y tres días, se saltará un stop y golpeará con su coche la puerta del otro. Al salir del coche y mirarse a los ojos, sin saber porqué, los dos tendrán la desconcertante sensación de conocerse de algo. Eso no impedirá que ambos se líen a puñetazos.
Inmediatamente debajo del hombre gordo y optimista, pero dos pasillos más allá, espera su turno una chica rubia, de carácter frágil y romántico, que si alguien no lo remedia parece condenada a morir de sobredosis. Ella no sabe que su profesor de Arte, con el que se fumará su primer canuto, es el actual amante de la doctora que controlará el proceso de su incorporación a la vida.
En total, de las 4000 cápsulas que hay en los estantes, sólo 25 alcanzarán el uso de razón y sólo una de ellas será feliz. Relativamente.
VIAJE A IXTLAN
jueves, 22 de noviembre de 2007
HOTEL LA HIPÉRBOLA IV
Él caminaba. Caminaba sin saber por qué caminaba. Caminaba como un viento sin dirección concreta. Como las dunas del desierto. Y aunque deseaba detenerse, algo le inducía a seguir caminando. Intuía que el tiempo y la vida dependían de seguir caminando. Y por más que el miedo le violentaba, en su interior algo gritaba desesperadamente que caminara, que la única manera de suavizar ese miedo era caminando.
Al principio no hay nada a su alrededor. Nada. Absolutamente nada. Arriba, abajo, lejos, cerca, detrás, delante,… eso son nociones sin sentido, son conceptos que no existen fuera de él. Todo es blancura alrededor de él. Puede, piensa, que esté sobre una extensa superficie, toda ella cubierta de nieve. Porque le recuerda a la nieve. Ha debido suceder eso. Una intensa nevada lo ha ocultado todo. Sobre la cabeza, el cielo está tapado por unas nubes. También el horizonte. Nubes blancas, también como la misma nieve. Pero no tiene frío. No, no tiene. Asustado sí, pero frío no. ¿He muerto?, se pregunta. No, no estoy muerto. Estoy caminando. Y mientras camina el miedo se va suavizando. ¿Es posible que el mundo se haya despegado de la Tierra? ¿O se haya creado una agalla alrededor mío para mantener el equilibrio natural? Sí, eso es. Él se ha quedado encerrado dentro de la esfera terrestre en tanto que el infinito universo continúa su marcha en el exterior. Como un hámster encerrado en una jaula que corre obsesivamente dentro de su noria. Aunque él no ve barrotes. No. Él no está encerrado en una jaula. Él está encerrado en una blancura donde no hay nada. Encerrado en un orbe blanco que deambula libremente como una pompa de jabón. Camina y camina. Debe caminar para salir de allí. Puede, piensa, que esté sobre una extensa superficie, toda ella cubierta de nieve.
Está agotado y no puede pensar. Ha llegado el momento que temía. No es capaz de pensar. Su mente se ha quedado en blanco. Como la misma superficie. Como el mismo cielo y el mismo horizonte. Como si sobre su mente también la nieve hubiera vertido los fríos copos de la irreflexión. Por más que busca en su memoria sólo encuentra espacios en blanco. Como en una casa vacía. El blanco exterior se ha introducido en su conciencia semejando una sustancia viscosa y ha fundido el orden lógico del mundo. Esto le atemoriza, pero no puede detenerse. Algo indefinido, parecido a una voluntad, tira de él. Tira con fuerza, con ánimo, con intención y espíritu. Él sabe que no es su voluntad. Lo sabe muy bien. Porque su voluntad desea detenerse. Pero no puede. Si lo hiciera, volvería de nuevo el miedo. Sólo puede caminar y caminar. La otra voluntad es quien grita desesperadamente en su interior. Y dice que camine. Que camine. Cuando ha pasado este momento, ya no es capaz de pensar en nada. Pero camina. Camina.
Caminar sin pensar en nada le ha tranquilizado. Siente que el miedo, poco a poco, se dispersa como un animal que, de momento, ha saciado su apetito. Aunque también nota su oculta presencia. Tal vez esté al acecho. Camuflado en la blancura de su conciencia. Y estando así, un repentino sonido, lejano, le sobresalta. Parece un graznido lastimoso. Como si todas las aves del planeta emitieran al unísono un mismo llanto de desesperación. O como si, entre ellas, se avisaran de la llegada de un nuevo mundo. Informe e impreciso. Blanco. Ello le hace mirar hacia atrás. No ve nada. No tiene miedo, y eso que sigue escuchando aquel sonido, parecido a un lamento. Pero no hay nada. No hay nada frente a él. Tampoco hay nada detrás y se sorprende al descubrir que no han ido quedándose huellas tras él. ¿Es su alma quien camina? Es inútil intentar entenderlo, y lo sabe de forma natural. Intentar pensar es recluirse en una confusión. Una confusión con un solo camino, como los laberintos. Sabe que lo mejor es asumir y acatar las reglas. Y la regla es caminar. Caminar. Habiendo pasado otro rato, sin embargo, el sonido vuelve. Esta vez es más cercano. Continúa siendo aquel graznido. Debe estar muy cerca. Y vuelve la cabeza hacia atrás. No ve nada. Ni siquiera las huellas de sus pasos. Camina y camina. El sonido se acerca, y sus pasos no tienen huellas.
El sonido ya está junto a él. Y agradece la compañía del sonido. Ahora no es sólo un graznido. No, el graznido ha dado paso a una colección de sonidos que vienen y van. Y que tienen vida propia. A veces es agudo y lejano. Otras, grave y subterráneo. Distingue si viene del norte o del sur. Si es humano o animal. Ya no le importa tanto que pueda estar caminando sobre una superficie extensa, blanca como la nieve. Los sonidos rompen el equilibrio de la blancura y van estableciéndose en su mente a modo de referencias. Igual que las señales sirven de indicación en una ruta y guían al montañero. Él, al margen del descubrimiento, todavía camina y camina. No quiere que vuelva el miedo. Porque el miedo sigue oculto. Está camuflado en la blancura de su conciencia.
Durante el trayecto que comparte junto al sonido, va soltando su voluntad como si ésta fuera una carga o un recuerdo de esos que hay que olvidar. La deja atrás, junto a sus pasos sin huellas. Pero no le importa. Ha empezado a confiar. Está acompañado de los sonidos. Además, sabe que la otra voluntad sigue tirando de él con la insistencia y la atracción de la gravedad. Y ya no teme descubrir quién o qué le gobiernan.
El tiempo, entre tanto, empieza a existir desde que los sonidos caminan junto a él. No sabe con certeza si ha pasado mucho o poco desde que comenzó a caminar, pero sabe que ha pasado y esto le preocupa. Y es que el sonido que antes estaba junto a él, ahora se encuentra muy lejos. Y el que antes estuvo lejos, hubo desaparecido engullido por el espacio infinito. Mira hacia atrás y sus huellas siguen sin aparecer. De repente algo se está quemando. No hay humo, pero algo se quema. Lo sabe. Lo huele. Está demasiado lejos. Pero está. Sí, sabe que ese olor es el que se produce con la combustión de la madera. Lo conoce. Lo recuerda. Hay fuego entre tanta blancura. Intenta correr pero no puede. El miedo sigue agazapado, oculto en la conciencia. Sólo puede caminar. Lo sabe. Caminar junto a los sonidos y el olor a fuego. No ve el fuego pero lo huele. Y se aleja del fuego. La otra voluntad lo aleja. El fuego está cada vez más lejos, lo huele. Y huele también la llegada de un viento húmedo, el viento húmedo que ha conseguido sofocar el fuego. Y camina. Camina confiando en la voluntad que tira de él. Entregado a su otra voluntad que mantiene al miedo alejado. Escucha voces. Muy lejos, pero las escucha. Las reconoce. El miedo reaparece pero ya no es un animal con apetito. Lo reconoce. Reconoce al miedo. Huele igual que él. Y le llega el olor de su cansancio. El olor de su vida. Y oye el sonido de su corazón. El sonido de sus huesos al articularse. El sonido de su vida.
La otra voluntad ha dejado de tirar. El miedo ha desaparecido como tragado por la inmensa blancura que todavía le rodea. Consigue detenerse sobre la superficie extensa, blanca como la nieve, y sabe que no hay nada que temer.
Estaba a salvo.
(Lord No Zoo)
Al principio no hay nada a su alrededor. Nada. Absolutamente nada. Arriba, abajo, lejos, cerca, detrás, delante,… eso son nociones sin sentido, son conceptos que no existen fuera de él. Todo es blancura alrededor de él. Puede, piensa, que esté sobre una extensa superficie, toda ella cubierta de nieve. Porque le recuerda a la nieve. Ha debido suceder eso. Una intensa nevada lo ha ocultado todo. Sobre la cabeza, el cielo está tapado por unas nubes. También el horizonte. Nubes blancas, también como la misma nieve. Pero no tiene frío. No, no tiene. Asustado sí, pero frío no. ¿He muerto?, se pregunta. No, no estoy muerto. Estoy caminando. Y mientras camina el miedo se va suavizando. ¿Es posible que el mundo se haya despegado de la Tierra? ¿O se haya creado una agalla alrededor mío para mantener el equilibrio natural? Sí, eso es. Él se ha quedado encerrado dentro de la esfera terrestre en tanto que el infinito universo continúa su marcha en el exterior. Como un hámster encerrado en una jaula que corre obsesivamente dentro de su noria. Aunque él no ve barrotes. No. Él no está encerrado en una jaula. Él está encerrado en una blancura donde no hay nada. Encerrado en un orbe blanco que deambula libremente como una pompa de jabón. Camina y camina. Debe caminar para salir de allí. Puede, piensa, que esté sobre una extensa superficie, toda ella cubierta de nieve.
Está agotado y no puede pensar. Ha llegado el momento que temía. No es capaz de pensar. Su mente se ha quedado en blanco. Como la misma superficie. Como el mismo cielo y el mismo horizonte. Como si sobre su mente también la nieve hubiera vertido los fríos copos de la irreflexión. Por más que busca en su memoria sólo encuentra espacios en blanco. Como en una casa vacía. El blanco exterior se ha introducido en su conciencia semejando una sustancia viscosa y ha fundido el orden lógico del mundo. Esto le atemoriza, pero no puede detenerse. Algo indefinido, parecido a una voluntad, tira de él. Tira con fuerza, con ánimo, con intención y espíritu. Él sabe que no es su voluntad. Lo sabe muy bien. Porque su voluntad desea detenerse. Pero no puede. Si lo hiciera, volvería de nuevo el miedo. Sólo puede caminar y caminar. La otra voluntad es quien grita desesperadamente en su interior. Y dice que camine. Que camine. Cuando ha pasado este momento, ya no es capaz de pensar en nada. Pero camina. Camina.
Caminar sin pensar en nada le ha tranquilizado. Siente que el miedo, poco a poco, se dispersa como un animal que, de momento, ha saciado su apetito. Aunque también nota su oculta presencia. Tal vez esté al acecho. Camuflado en la blancura de su conciencia. Y estando así, un repentino sonido, lejano, le sobresalta. Parece un graznido lastimoso. Como si todas las aves del planeta emitieran al unísono un mismo llanto de desesperación. O como si, entre ellas, se avisaran de la llegada de un nuevo mundo. Informe e impreciso. Blanco. Ello le hace mirar hacia atrás. No ve nada. No tiene miedo, y eso que sigue escuchando aquel sonido, parecido a un lamento. Pero no hay nada. No hay nada frente a él. Tampoco hay nada detrás y se sorprende al descubrir que no han ido quedándose huellas tras él. ¿Es su alma quien camina? Es inútil intentar entenderlo, y lo sabe de forma natural. Intentar pensar es recluirse en una confusión. Una confusión con un solo camino, como los laberintos. Sabe que lo mejor es asumir y acatar las reglas. Y la regla es caminar. Caminar. Habiendo pasado otro rato, sin embargo, el sonido vuelve. Esta vez es más cercano. Continúa siendo aquel graznido. Debe estar muy cerca. Y vuelve la cabeza hacia atrás. No ve nada. Ni siquiera las huellas de sus pasos. Camina y camina. El sonido se acerca, y sus pasos no tienen huellas.
El sonido ya está junto a él. Y agradece la compañía del sonido. Ahora no es sólo un graznido. No, el graznido ha dado paso a una colección de sonidos que vienen y van. Y que tienen vida propia. A veces es agudo y lejano. Otras, grave y subterráneo. Distingue si viene del norte o del sur. Si es humano o animal. Ya no le importa tanto que pueda estar caminando sobre una superficie extensa, blanca como la nieve. Los sonidos rompen el equilibrio de la blancura y van estableciéndose en su mente a modo de referencias. Igual que las señales sirven de indicación en una ruta y guían al montañero. Él, al margen del descubrimiento, todavía camina y camina. No quiere que vuelva el miedo. Porque el miedo sigue oculto. Está camuflado en la blancura de su conciencia.
Durante el trayecto que comparte junto al sonido, va soltando su voluntad como si ésta fuera una carga o un recuerdo de esos que hay que olvidar. La deja atrás, junto a sus pasos sin huellas. Pero no le importa. Ha empezado a confiar. Está acompañado de los sonidos. Además, sabe que la otra voluntad sigue tirando de él con la insistencia y la atracción de la gravedad. Y ya no teme descubrir quién o qué le gobiernan.
El tiempo, entre tanto, empieza a existir desde que los sonidos caminan junto a él. No sabe con certeza si ha pasado mucho o poco desde que comenzó a caminar, pero sabe que ha pasado y esto le preocupa. Y es que el sonido que antes estaba junto a él, ahora se encuentra muy lejos. Y el que antes estuvo lejos, hubo desaparecido engullido por el espacio infinito. Mira hacia atrás y sus huellas siguen sin aparecer. De repente algo se está quemando. No hay humo, pero algo se quema. Lo sabe. Lo huele. Está demasiado lejos. Pero está. Sí, sabe que ese olor es el que se produce con la combustión de la madera. Lo conoce. Lo recuerda. Hay fuego entre tanta blancura. Intenta correr pero no puede. El miedo sigue agazapado, oculto en la conciencia. Sólo puede caminar. Lo sabe. Caminar junto a los sonidos y el olor a fuego. No ve el fuego pero lo huele. Y se aleja del fuego. La otra voluntad lo aleja. El fuego está cada vez más lejos, lo huele. Y huele también la llegada de un viento húmedo, el viento húmedo que ha conseguido sofocar el fuego. Y camina. Camina confiando en la voluntad que tira de él. Entregado a su otra voluntad que mantiene al miedo alejado. Escucha voces. Muy lejos, pero las escucha. Las reconoce. El miedo reaparece pero ya no es un animal con apetito. Lo reconoce. Reconoce al miedo. Huele igual que él. Y le llega el olor de su cansancio. El olor de su vida. Y oye el sonido de su corazón. El sonido de sus huesos al articularse. El sonido de su vida.
La otra voluntad ha dejado de tirar. El miedo ha desaparecido como tragado por la inmensa blancura que todavía le rodea. Consigue detenerse sobre la superficie extensa, blanca como la nieve, y sabe que no hay nada que temer.
Estaba a salvo.
(Lord No Zoo)
martes, 20 de noviembre de 2007
HOTEL LA HIPÉRBOLA III
HOTEL LA HIPÉRBOLA
III
El señor Lude, tal y como le había indicado el recepcionista, en cuanto salió del ascensor se encaminó a mano derecha. Tenía muchas ganas de llegar a la habitación 208. Estaba deseando entrar, deshacer la maleta y empezar sin ninguna demora la tarea que le había conducido hasta allí.
Mientras andaba y arrastraba la maleta trolley, tarareaba una extraña melodía. Bueno, siendo rigurosos, cabría decir que zumbaba una extraña melodía. Aunque qué importa, a lo mejor sólo lo estaba imaginando, porque, realmente, el sonido era totalmente imperceptible. Tal vez los insectos puedan darse cuenta de este ejemplo de inaudible musiquilla, porque lo que es el resto de humanos no. Era una especie de eco temporal como el que a modo de secuela queda después de una gran explosión. Algo así. El señor Lude, sin embargo, estaba entregado al ritmo, cadencia y tiempo de aquella composición. La disfrutaba igual que un niño disfruta con las cosquillas. El fric fric de los pantalones bombachos del señor Lude la acompasaba y servía de metrónomo.
El pasillo de la planta segunda del Hotel la Hipérbola era un tanto estrecho. La moqueta color azafrán que cubría todo el suelo había perdido la delicadeza de sus hebras. Parecía esparto pintado, si bien siendo realistas simplemente estaba muy vieja. Pero al margen del estado de la moqueta, el pasillo era acogedor y los radiadores de la calefacción habían caldeado toda la planta. Pequeños cuadros de paisajes de París, Roma, ríos o castillos coloreaban las blancas paredes del pasillo. La luz que desprendían las lámparas contiguas a esos cuadros era de poca intensidad y semejaba la de un club de jazz en plena actuación.
La distancia entre la salida del ascensor y la puerta de la habitación estaba separada por ocho pasos, pasos del señor Lude, claro. Ocho pasos y, por supuesto, sus ocho fric fric. Los contó mentalmente mientras aguzaba el olfato y despabilaba sus oídos. Supo distinguir su habitación por el olor. De ella emanaba un ligero perfume alcoholizado con esencia de lavanda, seguramente el ambientador, pensó el señor Lude. De la 207, en cambio, distinguió un único olor cuya composición parecía ser la mezcla de muchos aromas. Los de la vitalidad humana y esos otros que, desgraciadamente, ya no desempeñan ninguna función útil. El escritor está ahí dentro tirado en la cama, adivinó el señor Lude, podrá serme de gran ayuda, se lo explicaré, aunque cada cosa a su tiempo. Este pensamiento apaciguó sus dudas y avivó sus expectativas con respecto al asunto. Entonces respirando hondamente se dijo para sí: todo saldrá bien.
Abrió la puerta de la habitación. Entró y encendió todas las luces. Obviamente el señor Lude continuaba allá, dentro de su oscuridad, pero es que él, aunque no viese, seguía con la costumbre de encender las luces cuando llegaba la noche. Con aquél fatídico día siendo niño no se había visto alterada su vida en nada. Para él todo seguía siendo normal y corriente.
Tanteó el espacio y calculó las distancias entre la cama y el armario, entre la cama y la ventana, y después entre la cama y la puerta del cuarto de baño. Entró al cuarto de baño e hizo lo propio entre el inodoro, el lavabo, el bidé y la ducha. Soltó una carcajada y chasqueó los dedos. Ya se conocía al dedillo la habitación 208. Su habitación. Salió del cuarto de baño y echó la maleta sobre la cama. La deshizo con agilidad, y fue metiendo con mimo en el armario cada una de sus ropas. Lo hizo con la misma rapidez que un experto bibliotecario ordena y coloca los libros en sus respectivos estantes. Entretanto pensaba en cómo explicarle al escritor el asunto.
Una vez hubo terminado de meter y ordenar todas sus ropas en el armario sacó de la maleta un estuche de color rojo. Al señor Lude le gustaban las cosas coloridas. Aunque no supiera distinguir, o mejor dicho, no pudiera distinguir los colores, sí los conocía, y estimaba que los artilugios de colores vivos le aumentaban la moral. Los utilizaba a modo de estufas, si bien al señor Lude en vez de calor, los colores le insuflaban ánimo. Por eso había elegido sus ropas coloridas. Necesitaba todo su ánimo.
El estuche rojo parecía un costurero. Sólo le faltaba la almohadilla esa en la que se clavan los alfileres y que al final acaba pareciendo la cabeza de algún muñeco del vudú o un personaje de Tim Burton. Lo abrió soltando un pequeño remache metálico que servía de cierre y el sonoro clic se paseó por la habitación como si alguien, escondido tras las cortinas, hubiera apretado el gatillo de un arma descargada.
De dentro del estuche sacó una pequeña libreta de color violeta y de un pequeño compartimento auxiliar sacó una especie de enorme bolígrafo con dos puntas o extremidades. En una de las cabezas se encontraba la propia punta del boli y en la otra había una aguja o clavillo. El utensilio era igual que un compás. Aunque con el aparatoso instrumento la utilidad de trazar exactas circunferencias no servía. Y es que éste tenía la imposibilidad de abrirse en las diferentes formas con la que el compás realiza su función.
De la libreta arrancó una hoja. La colocó sobre la mesa escritorio que se hallaba junto a la ventana de la habitación y calculó bien el ángulo recto. Tras asegurar la horizontalidad cogió el bolígrafo-compás y se sentó frente a la mesa. Aseguró la parte del clavillo y empezó a escribir desde el margen derecho de la hoja. Empezó con un saluda y ofreció al escritor una invitación. Si usted lo desea, escribió, podríamos tomar algo en la cafetería del hotel, allí podré explicarle con más detalle el quid de la cuestión.
Una vez hubo cruzado el ancho de la página, mantuvo la parte del clavillo fija, giró el bolígrafo-compás ciento ochenta grados como quien traza una semicircunferencia, y continuó escribiendo, entonces, desde el margen izquierdo. ¡Escribía en bustrófedon! Bueno, pensó, un escritor tendría que saber leer esta manera de escribir.
La escritura del señor Lude era fea en sí pero bella en su estructura. Cada una de las letras desprendía una inseguridad de ejecución propia de los niños. Lógico por otra parte. Si mirabas la be, ésta parecía a veces blanda y otras, balanceada, como si un viento alocado las tumbara arbitrariamente a derecha o izquierda. La ce poco curva y rayana al cuadrado. La de era totalmente diferente una de otra. La efe demasiado frenética, igual que una camisa que no favorece. La ge, sin embargo, gozaba de buen dibujo. El señor Lude no había sabido utilizar las haches en su vida y sobre la jota no era hábil a la hora adjudicar el punto equidistante de la letra. La elle era mollar y con excesivo parecido a las eles, aunque tal vez éstas demasiado aletargadas. La eme, si estaba próxima a la ene, parecía un muelle sin elasticidad; y en cuanto a la pe, el señor Lude pecaba de perfeccionista. La cu quería parecerse a una nota blanca, pero obviamente faltaba el necesario pentagrama. La erre, al ser escrita con rapidez, recordaba al ideograma de peligro de muerte. La ese, casi como norma ortográfica, tendía a ser severa, sencilla o suave según estuviera al inicio, mitad o final de la palabra. Cuando escribía alguna te, semejaban torres de alta tensión o postes telegráficos. Debido a la curva con la que adornaba la uve se vislumbraba la actitud valiente del señor Lude. La equis, propia de un experto y la i griega siempre en mayúscula eran algo común en la forma de escribir. Para el señor Lude trazar la ceta pacificaba su esfuerzo pues la esbozaba como quien, con mucha confianza, se entregara a los brazos de la libertad.
La carta dirigida al escritor estaba prácticamente acabada. Sólo le mencionó el tema de pasada, pero cuando estuvieran cara a cara le explicaría todo. También, por supuesto, los riesgos. Levantó la hoja y la puso frente a su antifaz en forma de anteojos. Cualquiera hubiera creído que era capaz de ver a través de ellos.
La hoja poseía un poder enigmático que seguro, atraparía al escritor. Porque si la letra del señor Lude estaba alterada y carecía de la igualdad de la escritura unificada, el conjunto de palabras, en su totalidad, era de una belleza inenarrable. Cada una de ellas estaba configurada conforme a la idea que el señor Lude tenía de su significado. Así, mirar la carta que el señor Lude escribió al escritor era como estar frente a un perfecto mapa. Un mapa que, en vez de fronteras y carreteras, se mostraba lleno de sensaciones y de impresiones.
El señor Lude resaltaba el dibujo de la palabra cuando ésta pertenecía a la emoción o lo reducía si por el contrario su significado correspondía al estremecimiento. Era como ver la frase en un espacio tridimensional. Un campo donde altura, anchura y profundidad marcan el significado de la palabra. Una palabra detrás de otra, como guardando cola, esperando su turno. Y, claro, al ver la frase así, entre cada palabra se puede compruebar que existe, por consiguiente, un espacio real. Ese espacio era uniforme en cualquier frase y significaba Todo. El señor Lude con su forma de escribir no necesitaba referencias o apoyos para explicar el contexto. La belleza de su dibujo demarcaba el verdadero contexto y éste, establecido como sistema, existía en sí mismo con el simple hecho de su lectura, no hay necesidad, por tanto, de indagar para encontrar el entendimiento. Digamos que era como si todos los órganos del cuerpo salvo el corazón fueran transparentes y pudiéramos comprobar así la salud del motor de la vida. En verdad en aquella carta no había ambigüedades, lo que se decía era la realidad. Y concretamente la realidad cruda del asunto.
La carta llevaba el membrete: Al escritor de la habitación 207.
El señor Lude abrió la puerta de su habitación. Sin cerrarla traspasó el umbral y permaneció un instante frente a la habitación 207. Prestó atención y gracias a su olfato averiguó que el escritor seguía tirado en la cama. Introdujo por la rendija de la puerta la carta, golpeó en la puerta de la habitación 207 dos veces, como el cartero, y se metió, de nuevo, en su habitación.
(Lord No Zoo)
III
El señor Lude, tal y como le había indicado el recepcionista, en cuanto salió del ascensor se encaminó a mano derecha. Tenía muchas ganas de llegar a la habitación 208. Estaba deseando entrar, deshacer la maleta y empezar sin ninguna demora la tarea que le había conducido hasta allí.
Mientras andaba y arrastraba la maleta trolley, tarareaba una extraña melodía. Bueno, siendo rigurosos, cabría decir que zumbaba una extraña melodía. Aunque qué importa, a lo mejor sólo lo estaba imaginando, porque, realmente, el sonido era totalmente imperceptible. Tal vez los insectos puedan darse cuenta de este ejemplo de inaudible musiquilla, porque lo que es el resto de humanos no. Era una especie de eco temporal como el que a modo de secuela queda después de una gran explosión. Algo así. El señor Lude, sin embargo, estaba entregado al ritmo, cadencia y tiempo de aquella composición. La disfrutaba igual que un niño disfruta con las cosquillas. El fric fric de los pantalones bombachos del señor Lude la acompasaba y servía de metrónomo.
El pasillo de la planta segunda del Hotel la Hipérbola era un tanto estrecho. La moqueta color azafrán que cubría todo el suelo había perdido la delicadeza de sus hebras. Parecía esparto pintado, si bien siendo realistas simplemente estaba muy vieja. Pero al margen del estado de la moqueta, el pasillo era acogedor y los radiadores de la calefacción habían caldeado toda la planta. Pequeños cuadros de paisajes de París, Roma, ríos o castillos coloreaban las blancas paredes del pasillo. La luz que desprendían las lámparas contiguas a esos cuadros era de poca intensidad y semejaba la de un club de jazz en plena actuación.
La distancia entre la salida del ascensor y la puerta de la habitación estaba separada por ocho pasos, pasos del señor Lude, claro. Ocho pasos y, por supuesto, sus ocho fric fric. Los contó mentalmente mientras aguzaba el olfato y despabilaba sus oídos. Supo distinguir su habitación por el olor. De ella emanaba un ligero perfume alcoholizado con esencia de lavanda, seguramente el ambientador, pensó el señor Lude. De la 207, en cambio, distinguió un único olor cuya composición parecía ser la mezcla de muchos aromas. Los de la vitalidad humana y esos otros que, desgraciadamente, ya no desempeñan ninguna función útil. El escritor está ahí dentro tirado en la cama, adivinó el señor Lude, podrá serme de gran ayuda, se lo explicaré, aunque cada cosa a su tiempo. Este pensamiento apaciguó sus dudas y avivó sus expectativas con respecto al asunto. Entonces respirando hondamente se dijo para sí: todo saldrá bien.
Abrió la puerta de la habitación. Entró y encendió todas las luces. Obviamente el señor Lude continuaba allá, dentro de su oscuridad, pero es que él, aunque no viese, seguía con la costumbre de encender las luces cuando llegaba la noche. Con aquél fatídico día siendo niño no se había visto alterada su vida en nada. Para él todo seguía siendo normal y corriente.
Tanteó el espacio y calculó las distancias entre la cama y el armario, entre la cama y la ventana, y después entre la cama y la puerta del cuarto de baño. Entró al cuarto de baño e hizo lo propio entre el inodoro, el lavabo, el bidé y la ducha. Soltó una carcajada y chasqueó los dedos. Ya se conocía al dedillo la habitación 208. Su habitación. Salió del cuarto de baño y echó la maleta sobre la cama. La deshizo con agilidad, y fue metiendo con mimo en el armario cada una de sus ropas. Lo hizo con la misma rapidez que un experto bibliotecario ordena y coloca los libros en sus respectivos estantes. Entretanto pensaba en cómo explicarle al escritor el asunto.
Una vez hubo terminado de meter y ordenar todas sus ropas en el armario sacó de la maleta un estuche de color rojo. Al señor Lude le gustaban las cosas coloridas. Aunque no supiera distinguir, o mejor dicho, no pudiera distinguir los colores, sí los conocía, y estimaba que los artilugios de colores vivos le aumentaban la moral. Los utilizaba a modo de estufas, si bien al señor Lude en vez de calor, los colores le insuflaban ánimo. Por eso había elegido sus ropas coloridas. Necesitaba todo su ánimo.
El estuche rojo parecía un costurero. Sólo le faltaba la almohadilla esa en la que se clavan los alfileres y que al final acaba pareciendo la cabeza de algún muñeco del vudú o un personaje de Tim Burton. Lo abrió soltando un pequeño remache metálico que servía de cierre y el sonoro clic se paseó por la habitación como si alguien, escondido tras las cortinas, hubiera apretado el gatillo de un arma descargada.
De dentro del estuche sacó una pequeña libreta de color violeta y de un pequeño compartimento auxiliar sacó una especie de enorme bolígrafo con dos puntas o extremidades. En una de las cabezas se encontraba la propia punta del boli y en la otra había una aguja o clavillo. El utensilio era igual que un compás. Aunque con el aparatoso instrumento la utilidad de trazar exactas circunferencias no servía. Y es que éste tenía la imposibilidad de abrirse en las diferentes formas con la que el compás realiza su función.
De la libreta arrancó una hoja. La colocó sobre la mesa escritorio que se hallaba junto a la ventana de la habitación y calculó bien el ángulo recto. Tras asegurar la horizontalidad cogió el bolígrafo-compás y se sentó frente a la mesa. Aseguró la parte del clavillo y empezó a escribir desde el margen derecho de la hoja. Empezó con un saluda y ofreció al escritor una invitación. Si usted lo desea, escribió, podríamos tomar algo en la cafetería del hotel, allí podré explicarle con más detalle el quid de la cuestión.
Una vez hubo cruzado el ancho de la página, mantuvo la parte del clavillo fija, giró el bolígrafo-compás ciento ochenta grados como quien traza una semicircunferencia, y continuó escribiendo, entonces, desde el margen izquierdo. ¡Escribía en bustrófedon! Bueno, pensó, un escritor tendría que saber leer esta manera de escribir.
La escritura del señor Lude era fea en sí pero bella en su estructura. Cada una de las letras desprendía una inseguridad de ejecución propia de los niños. Lógico por otra parte. Si mirabas la be, ésta parecía a veces blanda y otras, balanceada, como si un viento alocado las tumbara arbitrariamente a derecha o izquierda. La ce poco curva y rayana al cuadrado. La de era totalmente diferente una de otra. La efe demasiado frenética, igual que una camisa que no favorece. La ge, sin embargo, gozaba de buen dibujo. El señor Lude no había sabido utilizar las haches en su vida y sobre la jota no era hábil a la hora adjudicar el punto equidistante de la letra. La elle era mollar y con excesivo parecido a las eles, aunque tal vez éstas demasiado aletargadas. La eme, si estaba próxima a la ene, parecía un muelle sin elasticidad; y en cuanto a la pe, el señor Lude pecaba de perfeccionista. La cu quería parecerse a una nota blanca, pero obviamente faltaba el necesario pentagrama. La erre, al ser escrita con rapidez, recordaba al ideograma de peligro de muerte. La ese, casi como norma ortográfica, tendía a ser severa, sencilla o suave según estuviera al inicio, mitad o final de la palabra. Cuando escribía alguna te, semejaban torres de alta tensión o postes telegráficos. Debido a la curva con la que adornaba la uve se vislumbraba la actitud valiente del señor Lude. La equis, propia de un experto y la i griega siempre en mayúscula eran algo común en la forma de escribir. Para el señor Lude trazar la ceta pacificaba su esfuerzo pues la esbozaba como quien, con mucha confianza, se entregara a los brazos de la libertad.
La carta dirigida al escritor estaba prácticamente acabada. Sólo le mencionó el tema de pasada, pero cuando estuvieran cara a cara le explicaría todo. También, por supuesto, los riesgos. Levantó la hoja y la puso frente a su antifaz en forma de anteojos. Cualquiera hubiera creído que era capaz de ver a través de ellos.
La hoja poseía un poder enigmático que seguro, atraparía al escritor. Porque si la letra del señor Lude estaba alterada y carecía de la igualdad de la escritura unificada, el conjunto de palabras, en su totalidad, era de una belleza inenarrable. Cada una de ellas estaba configurada conforme a la idea que el señor Lude tenía de su significado. Así, mirar la carta que el señor Lude escribió al escritor era como estar frente a un perfecto mapa. Un mapa que, en vez de fronteras y carreteras, se mostraba lleno de sensaciones y de impresiones.
El señor Lude resaltaba el dibujo de la palabra cuando ésta pertenecía a la emoción o lo reducía si por el contrario su significado correspondía al estremecimiento. Era como ver la frase en un espacio tridimensional. Un campo donde altura, anchura y profundidad marcan el significado de la palabra. Una palabra detrás de otra, como guardando cola, esperando su turno. Y, claro, al ver la frase así, entre cada palabra se puede compruebar que existe, por consiguiente, un espacio real. Ese espacio era uniforme en cualquier frase y significaba Todo. El señor Lude con su forma de escribir no necesitaba referencias o apoyos para explicar el contexto. La belleza de su dibujo demarcaba el verdadero contexto y éste, establecido como sistema, existía en sí mismo con el simple hecho de su lectura, no hay necesidad, por tanto, de indagar para encontrar el entendimiento. Digamos que era como si todos los órganos del cuerpo salvo el corazón fueran transparentes y pudiéramos comprobar así la salud del motor de la vida. En verdad en aquella carta no había ambigüedades, lo que se decía era la realidad. Y concretamente la realidad cruda del asunto.
La carta llevaba el membrete: Al escritor de la habitación 207.
El señor Lude abrió la puerta de su habitación. Sin cerrarla traspasó el umbral y permaneció un instante frente a la habitación 207. Prestó atención y gracias a su olfato averiguó que el escritor seguía tirado en la cama. Introdujo por la rendija de la puerta la carta, golpeó en la puerta de la habitación 207 dos veces, como el cartero, y se metió, de nuevo, en su habitación.
(Lord No Zoo)
EL TRUCO DE LA COCA.
_ Mira tío, es muy fácil. Estás en el bar, hablando con una chica. Le cuentas algo lo que sea y sabes que a casi todo el mundo le va el rollo, ¿no?. Pues se lo dices: oye, mira, aquí tengo un poco de coca, ¿vamos al aseo? Ella te dice que sí, y ya la tienes. Entras al aseo con ella. Te quedas mirándola. Mira cariño, era mentira, no tengo coca, sólo quería quedarme contigo a solas para decirte que te quiero. Y la besas. Y ella se deja, se dejan siempre, no pueden decirte que no ¿entiendes?
Entonces estaba yo en el bar El Loco pasando la tarde. El bar estaba casi vacío y la tarde también estaba casi vacía. La música suena ahí como si estuvieran destripando una furgoneta, imposible dejarse llevar por ninguna melodía. Tienes que soñar con otras cosas, concentrarte en algo y cerca había una chica, también sola, bebiéndose una fanta o algo así y estaba jugando a pellizcar una servilleta. Me acordé del truco de la coca que me había contado mi amigo.
Hola, ¿quieres tomarte otra fanta? Te invito.
Vale, pero con Vozka.
A veces es aburrido estar solo, ¿verdad?
Sí. ¿tú esperas a alguien?
No. Estoy pasando la tarde.
Era morena, un poco gorda, de suaves ojos marrones y parecía aburrida y poco relajada. Nos quedamos callados, incómodos. Tenía que decir algo o largarme:
Pareces cansada por algo, vamos a celebrarlo. Dos chupitos de tequila, Andrés. Sabes, una vez leí un cuento de Bukowski. Se llama Melzimer o algo así. Es un nombre mágico que sirve para volar. Un viejo en un bar le enseña a volar diciendo ese nombre mágico, Melzimer, y así es como pasa: cuando la policía los va a detener el viejo y él pronuncian Melzimer y salen volando, FIUUU. Si quieres lo intentamos y subimos a la torre de la Iglesia de Santiago. Allí el cura tiene un sofá rojo, no sé para qué lo utilizará, pero lo podemos subir al balcón de la torre y sentarnos a ver los tejados y el cielo.
El Vozka y el tequila le estaban entrando bien, algo se desataba en ella, estaba más relajada y los ojos le brillaban con un poco de alegría. Pero aún seguía jugando al tú habla-que-habla y después ya veremos.
¿Qué, lo intentamos o no? Allí arriba se está mucho mejor que aquí. Y además podemos llevarnos la bebida. Mira, voy a pedir algo de repuesto. Otra cerveza y otro Vozka, en vaso de plástico que nos lo llevamos.
Bueno, vale. Vamos a intentarlo.
Primero dime cómo te llamas.
Juana. ¿Y tú?
Yo, Juan.
Je, je. Qué casualidad.
Bueno, vamos allá. Creo que tienes que concentrarte, pensar en algo malo, algo malo que te haya pasado para poder liberarte de eso al volar. Luego dices: melzimer, melzimer, hasta que te eleves.
Ya lo tengo. ¿pueden ser más una cosa?
Mejor una, pero no pasará nada.
Vale, me quedo con dos.
Bien, vamos allá.
Mi reina me dio la mano, una mano pequeña y cálida. Nos quedamos en silencio un buen rato, mirando nuestras bebidas, yo sentía su corazón palpitar entre el humo del bar como un pájaro nervioso. Entonces oí su voz temblorosa:
Meelzimer…
MELZIMER, dije yo también.
Meleeeeezimer
MELZIMER
Meelzimér
CIERRA LOS OJOS, TESORO
Melezimer
MELZIMER
Melelzimer
VAMOS A DESPEGAR CARIÑO. TRES
Dos
UNO, ALLÁ VAMOS
Juan, ¿estamos volando ya?
CREO QUE NO.
¿seguro?
MELZIMER
melimer.
MELZIMER.
Esto no se mueve
NO, ALGO FALLA. MELZIMER.
Melzimé, melzimé melzimé…
ANDRÉS, OTROS DOS CHUPITOS
Brindamos por la luna. Estabamos atrapados bajo la gran luna pero sus ojos brillaban alegremente y nos queríamos, nos amábamos y eso nos salvaba un poco de todas las tristezas.
Bueno, ahora que estamos aquí y nos podemos ir mucho más lejos, por qué no me cuentas algo? Yo me he cansado de decir tonterías.
¿Algo lo que sea?
Lo que sea.
Mi marido es un hijo puta.
¿Cómo? (el brillo se había esfumado y en el fondo de su pupila centelleaba el filo de una navaja)
Es un hijoputa
Ya, bueno.
Se está tirando a mi hermana. Mi hermana es otra hija de puta.
Joder.
Y tengo dos hijos. Uno de cuatro y otro de ocho.
MELZIMER.
¿Qué?
Nada sigue
Los muy cabrones llevan así un año. Y nos íbamos a cenar todos juntos como si nada…
Era demasiado. Miles de cosas empezaron a flotar delante de sus ojos, cosas penosas y dolorosas y contradictorias, demasiadas cosas para sus ojos marrones. Vi cómo su mente se tambaleaba, el alcohol la había subido y ahora la bajaba a toda leche y yo no podía hacer nada. Se le torció la boca, empezó a reirse como una loca.
Oh oh oh, no es nada estoy bien, estoy muy bien, me encuentro mucho mejor sabes? Mucho mejor todo está bien, eres muy guapo, me ha gustado mucho viajar contigo, oh oh, está bien, ahora te invito yo, lo mismo lo mismo, por favor, jijijijijjijijijijiji.
Me contó que tenía un perro cuando era pequeña. Un pastor alemán muy viejo que se dejaba montar como un caballo. Ella lo trataba como un caballo y se iba por el salón de su casa imaginando que el salón era el desierto de las películas. Ella era el vaquero, el llanero solitario y su padre un indio borracho y malo al que tenía que matar o algo así. Le tiraba flechas de goma y el indio se las quitaba de encima como si fueran moscas. Era un indio invencible, un dios.
¿ y el caballo? (mi reina estaba recuperando de nuevo el equilibrio, la mirada en su sitio rodeada de cosas reales, la sonrisa tranquila)
Oh, el caballo murió o algo así. Quiero decir, el indio lo raptó y se lo llevó a su campamento.
Ajá.
Nunca lo descubrí. Nunca supe donde lo tenía escondido. Ahora debe de haber muerto… jijijijijijijiijiijiiji Pero cómo es tan hijoputa de follarse a mi hermana.!!!!!!!!!!!! Oh estoy bien, estoy bien, de verdad, eres muy guapo.
Otra vez volvían los monstruos a desfigurar su cara.
Mira cariño, yo también me lo estoy pasando bien. Trata de centrarte en esto, estamos aquí y no nos conocemos, mira los árboles y todo eso.
No hay árboles
Bueno es una forma de hablar
Dos niños sabes, pero estoy bien, de verdad, bien bien bien, ya está, ya está…
¿Quieres bailar conmigo?
¿ya no volamos?
Vamos a bailar.
Nos pusimos a bailar. Los dos lo hacíamos bastante mal pero era casi más divertido que hacerlo bastante bien. Íbamos de un lado a otro, tropezándos, abrazándonos. Se reía…
Sabes, Juana? Tengo aquí un poco de coca que me sobró de una fiesta… no sé, si te apetece…
Paro de bailar. El diablo iluminó sus ojos
¿Tienes coca? Oh, bueno, claro, joder, claro, esto me hará olvidar todo…
Ahora estaba mucho más contenta….estaba histérica, parecía que había llegado el hombre de los helados al desierto y empecé a sentirme culpable mientras me dirigía al aseo porque su alegría histérica y la manera de subirse los mocos me decían que no había nada en el mundo que le hiciera más ilusión…
Oh, Juan, vamos al de las chicas, está más limpio y es más grande, además tiene una cosa que sirve de bandeja.
Vale.
Entramos. Enciendo la luz. El aire llevaba ahí varios días encerrados y aún olía a lejía. Me quedo mirándola, en silencio. Me escocían los ojos.
¿Bueno qué?
Sigo mirándola.
¿vas a mirarme toda la noche?
Me gustaría mucho
Ya pero hemos venido a otra cosa
Sí pero es que…Eh, mira cariño… no hay coca.
¿Cómo?
Era una mentira, sólo quería estar aquí contigo y decirte que te quiero mucho, me gustaría darte un abrazo.
¿Cómo?
Me gustaría darte un abrazo
¿Cómo? ¿Qué no tienes coca?
No
¿y para qué coño me dices que tienes coca si no tienes? Joooder jooooooder
Lo siento, sólo quería darte un abrazo…
Un abrazo dice…
Si un abrazo, te quiero….
Dios mío qué payaso. Otro igual. Para qué me dices que tienes coca si NOOOOOO tienes
Lo estábamos pasando bien.
Que te jodan guarro salido. Me voy
No te vayas. Lo siento.
Lo siento dice el guarro. Aparta.
Adiós juanita, te echaré de menos
Adiós señor MELZIMER…
Dios santo, señor Melzimer, lo dijo bien, por fin, y lo dijo de aquella manera tan segura que pasó Sí SÏ sí pasó, lo juro, empecé a elevarme, mi cuerpo estaba flotando, era hermoso, era muy hermoso, una sensación maravillosa, mi cuerpo no pesaba, era hermoso, gracias, muchas gracias, estaba VOLANDO en el aire como un globo de helio olvidado por un niño dándome suaves golpecitos contra el techo del aseo…
_ Mira tío, es muy fácil. Estás en el bar, hablando con una chica. Le cuentas algo lo que sea y sabes que a casi todo el mundo le va el rollo, ¿no?. Pues se lo dices: oye, mira, aquí tengo un poco de coca, ¿vamos al aseo? Ella te dice que sí, y ya la tienes. Entras al aseo con ella. Te quedas mirándola. Mira cariño, era mentira, no tengo coca, sólo quería quedarme contigo a solas para decirte que te quiero. Y la besas. Y ella se deja, se dejan siempre, no pueden decirte que no ¿entiendes?
Entonces estaba yo en el bar El Loco pasando la tarde. El bar estaba casi vacío y la tarde también estaba casi vacía. La música suena ahí como si estuvieran destripando una furgoneta, imposible dejarse llevar por ninguna melodía. Tienes que soñar con otras cosas, concentrarte en algo y cerca había una chica, también sola, bebiéndose una fanta o algo así y estaba jugando a pellizcar una servilleta. Me acordé del truco de la coca que me había contado mi amigo.
Hola, ¿quieres tomarte otra fanta? Te invito.
Vale, pero con Vozka.
A veces es aburrido estar solo, ¿verdad?
Sí. ¿tú esperas a alguien?
No. Estoy pasando la tarde.
Era morena, un poco gorda, de suaves ojos marrones y parecía aburrida y poco relajada. Nos quedamos callados, incómodos. Tenía que decir algo o largarme:
Pareces cansada por algo, vamos a celebrarlo. Dos chupitos de tequila, Andrés. Sabes, una vez leí un cuento de Bukowski. Se llama Melzimer o algo así. Es un nombre mágico que sirve para volar. Un viejo en un bar le enseña a volar diciendo ese nombre mágico, Melzimer, y así es como pasa: cuando la policía los va a detener el viejo y él pronuncian Melzimer y salen volando, FIUUU. Si quieres lo intentamos y subimos a la torre de la Iglesia de Santiago. Allí el cura tiene un sofá rojo, no sé para qué lo utilizará, pero lo podemos subir al balcón de la torre y sentarnos a ver los tejados y el cielo.
El Vozka y el tequila le estaban entrando bien, algo se desataba en ella, estaba más relajada y los ojos le brillaban con un poco de alegría. Pero aún seguía jugando al tú habla-que-habla y después ya veremos.
¿Qué, lo intentamos o no? Allí arriba se está mucho mejor que aquí. Y además podemos llevarnos la bebida. Mira, voy a pedir algo de repuesto. Otra cerveza y otro Vozka, en vaso de plástico que nos lo llevamos.
Bueno, vale. Vamos a intentarlo.
Primero dime cómo te llamas.
Juana. ¿Y tú?
Yo, Juan.
Je, je. Qué casualidad.
Bueno, vamos allá. Creo que tienes que concentrarte, pensar en algo malo, algo malo que te haya pasado para poder liberarte de eso al volar. Luego dices: melzimer, melzimer, hasta que te eleves.
Ya lo tengo. ¿pueden ser más una cosa?
Mejor una, pero no pasará nada.
Vale, me quedo con dos.
Bien, vamos allá.
Mi reina me dio la mano, una mano pequeña y cálida. Nos quedamos en silencio un buen rato, mirando nuestras bebidas, yo sentía su corazón palpitar entre el humo del bar como un pájaro nervioso. Entonces oí su voz temblorosa:
Meelzimer…
MELZIMER, dije yo también.
Meleeeeezimer
MELZIMER
Meelzimér
CIERRA LOS OJOS, TESORO
Melezimer
MELZIMER
Melelzimer
VAMOS A DESPEGAR CARIÑO. TRES
Dos
UNO, ALLÁ VAMOS
Juan, ¿estamos volando ya?
CREO QUE NO.
¿seguro?
MELZIMER
melimer.
MELZIMER.
Esto no se mueve
NO, ALGO FALLA. MELZIMER.
Melzimé, melzimé melzimé…
ANDRÉS, OTROS DOS CHUPITOS
Brindamos por la luna. Estabamos atrapados bajo la gran luna pero sus ojos brillaban alegremente y nos queríamos, nos amábamos y eso nos salvaba un poco de todas las tristezas.
Bueno, ahora que estamos aquí y nos podemos ir mucho más lejos, por qué no me cuentas algo? Yo me he cansado de decir tonterías.
¿Algo lo que sea?
Lo que sea.
Mi marido es un hijo puta.
¿Cómo? (el brillo se había esfumado y en el fondo de su pupila centelleaba el filo de una navaja)
Es un hijoputa
Ya, bueno.
Se está tirando a mi hermana. Mi hermana es otra hija de puta.
Joder.
Y tengo dos hijos. Uno de cuatro y otro de ocho.
MELZIMER.
¿Qué?
Nada sigue
Los muy cabrones llevan así un año. Y nos íbamos a cenar todos juntos como si nada…
Era demasiado. Miles de cosas empezaron a flotar delante de sus ojos, cosas penosas y dolorosas y contradictorias, demasiadas cosas para sus ojos marrones. Vi cómo su mente se tambaleaba, el alcohol la había subido y ahora la bajaba a toda leche y yo no podía hacer nada. Se le torció la boca, empezó a reirse como una loca.
Oh oh oh, no es nada estoy bien, estoy muy bien, me encuentro mucho mejor sabes? Mucho mejor todo está bien, eres muy guapo, me ha gustado mucho viajar contigo, oh oh, está bien, ahora te invito yo, lo mismo lo mismo, por favor, jijijijijjijijijijiji.
Me contó que tenía un perro cuando era pequeña. Un pastor alemán muy viejo que se dejaba montar como un caballo. Ella lo trataba como un caballo y se iba por el salón de su casa imaginando que el salón era el desierto de las películas. Ella era el vaquero, el llanero solitario y su padre un indio borracho y malo al que tenía que matar o algo así. Le tiraba flechas de goma y el indio se las quitaba de encima como si fueran moscas. Era un indio invencible, un dios.
¿ y el caballo? (mi reina estaba recuperando de nuevo el equilibrio, la mirada en su sitio rodeada de cosas reales, la sonrisa tranquila)
Oh, el caballo murió o algo así. Quiero decir, el indio lo raptó y se lo llevó a su campamento.
Ajá.
Nunca lo descubrí. Nunca supe donde lo tenía escondido. Ahora debe de haber muerto… jijijijijijijiijiijiiji Pero cómo es tan hijoputa de follarse a mi hermana.!!!!!!!!!!!! Oh estoy bien, estoy bien, de verdad, eres muy guapo.
Otra vez volvían los monstruos a desfigurar su cara.
Mira cariño, yo también me lo estoy pasando bien. Trata de centrarte en esto, estamos aquí y no nos conocemos, mira los árboles y todo eso.
No hay árboles
Bueno es una forma de hablar
Dos niños sabes, pero estoy bien, de verdad, bien bien bien, ya está, ya está…
¿Quieres bailar conmigo?
¿ya no volamos?
Vamos a bailar.
Nos pusimos a bailar. Los dos lo hacíamos bastante mal pero era casi más divertido que hacerlo bastante bien. Íbamos de un lado a otro, tropezándos, abrazándonos. Se reía…
Sabes, Juana? Tengo aquí un poco de coca que me sobró de una fiesta… no sé, si te apetece…
Paro de bailar. El diablo iluminó sus ojos
¿Tienes coca? Oh, bueno, claro, joder, claro, esto me hará olvidar todo…
Ahora estaba mucho más contenta….estaba histérica, parecía que había llegado el hombre de los helados al desierto y empecé a sentirme culpable mientras me dirigía al aseo porque su alegría histérica y la manera de subirse los mocos me decían que no había nada en el mundo que le hiciera más ilusión…
Oh, Juan, vamos al de las chicas, está más limpio y es más grande, además tiene una cosa que sirve de bandeja.
Vale.
Entramos. Enciendo la luz. El aire llevaba ahí varios días encerrados y aún olía a lejía. Me quedo mirándola, en silencio. Me escocían los ojos.
¿Bueno qué?
Sigo mirándola.
¿vas a mirarme toda la noche?
Me gustaría mucho
Ya pero hemos venido a otra cosa
Sí pero es que…Eh, mira cariño… no hay coca.
¿Cómo?
Era una mentira, sólo quería estar aquí contigo y decirte que te quiero mucho, me gustaría darte un abrazo.
¿Cómo?
Me gustaría darte un abrazo
¿Cómo? ¿Qué no tienes coca?
No
¿y para qué coño me dices que tienes coca si no tienes? Joooder jooooooder
Lo siento, sólo quería darte un abrazo…
Un abrazo dice…
Si un abrazo, te quiero….
Dios mío qué payaso. Otro igual. Para qué me dices que tienes coca si NOOOOOO tienes
Lo estábamos pasando bien.
Que te jodan guarro salido. Me voy
No te vayas. Lo siento.
Lo siento dice el guarro. Aparta.
Adiós juanita, te echaré de menos
Adiós señor MELZIMER…
Dios santo, señor Melzimer, lo dijo bien, por fin, y lo dijo de aquella manera tan segura que pasó Sí SÏ sí pasó, lo juro, empecé a elevarme, mi cuerpo estaba flotando, era hermoso, era muy hermoso, una sensación maravillosa, mi cuerpo no pesaba, era hermoso, gracias, muchas gracias, estaba VOLANDO en el aire como un globo de helio olvidado por un niño dándome suaves golpecitos contra el techo del aseo…
martes, 13 de noviembre de 2007
HOTEL LA HIPÉRBOLA, II
II
Todavía eran las siete y media de la tarde pero ya hacía un buen rato que sobre la ciudad se había postrado, igual que un invitado de esos pesados, la oscuridad. Una densa niebla, semejante a una nevada de hálitos que no pudiese cuajar jamás, empezaba a descender con aplomo sobre las calles. Las luces de las farolas, separadas minuciosamente por el capricho del hombre, parecían contrastar con mucha más fiabilidad el tiempo que la distancia. De cuando en cuando las luces de los coches, similar a las pupilas de los animales nocturnos, rompían la opacidad de la niebla. El sonido de sus motores emitía gruñidos monótonos y advertía a los viandantes de su presencia. Junto a una parada de autobús unos jóvenes hablaban con voz muy alta, aseguraban con demasiado lirismo que con esto del cambio climático parecía que el aire se hubiese convertido en una forma de vida caduca que cada noche tuviese la obligación vital de condensarse para, con la misma libertad de siempre, poder subsistir a la mañana siguiente sin ningún tipo de problemas. Gracias a la luz que desprendían las ventanas de los edificios se adivinaba que tras ellas la presencia de vida humana existía, aunque en algunos edificios, sobre todo los más viejos, esa supuesta presencia de vida conseguía que determinadas calles inflingieran un sollozo frío de verdadero miedo. El señor Lude caminaba con paso delicado. Sus bombachos pantalones a cuadros emitían un sonido que recordaba a la maquinaria de las viejas imprentas. Un fric, fric que le acompañaba allá donde iba, como si a cada paso pretendiera imprimir las últimas noticias del día. La americana verde, aquella que en los años ochenta su padre compró en los almacenes Jenner´s de Edimburgo, parecía por los codos más desgastada que de costumbre. El señor Lude llevaba, como siempre, el stetson beige algo inclinado hacia delante. Lo hacía para ocultar así el pequeño antifaz en forma de anteojos que llevaba. Asiendo con las dos manos la pequeña maleta trolley de color azul marino se detuvo ante la puerta del Hotel la Hipérbola.
Buenas noches, dijo una vez hubo traspasado el umbral y quitado el sombrero.
Buenas noches, contestó el recepcionista extrañado de ver a un hombre llevando un antifaz con forma de anteojos. Parecen, pensó, aquellos protectores solares de los años setenta, aquellos que tan de moda estuvieron entre las turistas extranjeras. Sí, sin ninguna duda eran idénticos.
¿Tiene alguna habitación libre? Preguntó el señor Lude.
Sí, sí tenemos. ¿Va a ser una noche?
No lo sé. Es posible que sea alguna más. ¿Hay problema?
No, ninguno. Pero para la llegada del fin de semana sí sería mejor que lo avisara con algún día de antelación.
Perfecto. No se preocupe.
Me deja su carné de identidad, por favor.
Claro, por supuesto. Aguarde un segundo, a ver dónde lo he metido.
El señor Lude buscó en sus bolsillos. Tanto en los de la americana como en los de sus bombachos pantalones a cuadros. Buscó dentro de los bolsillos con movimientos torpes, como si en realidad el señor Lude estuviera ocultando dentro de sus bolsillos algún escurridizo animal. Todo el cuerpo se le arqueaba según la intención de los brazos. Si rebuscaba en el bolsillo derecho, el cuerpo se le inclinaba hacia el lado contrario. Si en cambio examinaba en el bolsillo de sus pantalones, el señor Lude se aupaba sobre sus pies para que su mano pudiera palpar todo el interior del bolsillo. Sin embargo, durante todo el tiempo que estuvo buscando el documento, su cara permaneció invariable e inmóvil. Con aquellos extraños anteojos fijos en el recepcionista. Buscó y rebuscó su documento sin mover un ápice la cabeza. Como si los movimientos de la cabeza y los del resto del cuerpo no se correspondieran, como si ambas partes fueran conscientes de lo que debe o no debe hacer cada una. Al final, de uno de los bolsillos de la americana sacó el carné. Lo alargó y lo dejó en el mostrador.
Aquí tiene, dijo el señor Lude.
Gracias, dijo el recepcionista antes de cogerlo para inspeccionarlo.
Disculpe señor Lude. Eh, es, este carné… no vale. Su foto… la, la foto… no, esto, no vale. Su foto. ¿Me entiende? Este carné debería llevar otra foto, la suya, claro, pero sin los anteojos.
Ah. Sí, disculpe, dijo el señor Lude como si nada y de nuevo volvió a meterse las manos en los bolsillos, buscando y rebuscando. Al igual que antes, su cabeza permanecía quieta mientras su cuerpo se retorcía, se inclinaba o se aupaba. Al recepcionista le pareció estar frente a una enorme cobra que estuviera esperando el momento preciso para lanzar su ataque. Debido a este pensamiento un tremendo escalofrío subió lentamente por la espalda del recepcionista. Se le detuvo en la nuca tras erizar ligeramente su cabello.
Aquí tiene y disculpe, siempre olvido que esto va junto.
El recepcionista agarró un papel doblado por dos mitades. Lo desplegó y lo leyó para sí.
Ah, perfecto, no se preocupe señor Lude, dijo fingiendo normalidad. Todo está en orden. Un segundo que acabe de hacer el registro, y aquí tiene. La llave. Su habitación es la 208, segundo piso. Conforme sale del ascensor, a mano derecha. ¿Quiere que alguien le ayude o necesita algo?
No, dígame solamente si las habitaciones próximas a la mía están ocupadas. Y en caso afirmativo, dígame alguna cualidad o algo acerca del inquilino que la ocupa.
Ah, bueno, sólo eso, sí. Bueno, espere un segundo. A ver. Sí. La 207, que es la que está justo enfrente de la suya, está ocupada. Está ocupada por un escritor. Y bueno, próxima, sólo tiene esa. Las demás están conforme sale del ascensor a mano izquierda. Pero, un segundo señor Lude, dijo el recepcionista mientras el hombre de los anteojos se disponía a meterse en el ascensor. ¿Puedo hacerle una pregunta?
No se preocupe, dijo riendo. Encontraré la habitación. Tengo esto, y se señaló la nariz con el dedo índice.
No, no me refería a eso.
Entonces, pregunte. ¿Qué quiere saber?
Quiero saber…perdón, quisiera saber cómo las perdió.
Ah, ¿eso? Bueno, la verdad es que no lo sé con certeza, contestó. Un día, siendo niño, me quedé dormido bajo un castaño. Cuando me desperté todo continuaba a oscuras para mí, como si el sueño no hubiera acabado. Una vez en casa, mis padres vieron que mis pupilas habían desaparecido. Lo extraño del caso es que pude llegar a casa totalmente a ciegas sin ningún tipo de impedimento ni problemas. El olfato y el oído me sirvieron, y bueno, todavía me siguen sirviendo.
¿Y fue al médico?
Sí.
¿Y qué le dijo?
Que algún día mis pupilas volverían. Pero como puede ver usted mismo, todavía no las he recuperado, dijo el señor Lude a la vez que se quitaba los extraños anteojos y mostraba dos ojos sin pupilas. Técnicamente no se trataba de ojos propiamente dicho, más bien de globos oculares. Allí estaban el iris, el cristalino y sus córneas. Pero ni rastro de las pupilas. Parecían dos extrañas flores estampadas en una cara.
La puerta del ascensor se cerró dejando las últimas palabras del señor Lude flotando en el ambiente del hall, como si un disco rayado repitiera una y otra vez el estribillo de una canción: Todavía no las he recuperado, Todavía no las he recuperado, Todavía no las he recuperado. El recepcionista tomó aire, se giró para buscar con la mirada un enorme espejo que tenía tras sí y se aproximó a él. Se juzgó el aspecto detenidamente. Se miró los ojos y observó sus pupilas. Se abrían o se cerraban según se acercaba al espejo o se alejaba de él. Pensó lo raro que debería de ser no tener pupilas. Sería como estar siempre dentro de una niebla eterna. Al pensar en la niebla salió a la calle. Todo estaba envuelto bajo el telo flexible de aquella densa bruma. Nadie caminaba por las calles. Aguzó el oído y a lo lejos sonó el frenazo de un automóvil. Algo más cerca, un perro aulló varias veces. De la cafetería del hotel escapaban, como filtrados por pequeñas y ocultas rendijas, risas y el golpeo de las copas. No supo distinguir otros sonidos que los puramente cotidianos. Se encogió de hombros y volvió adentro.
(Lord No Zoo)
Todavía eran las siete y media de la tarde pero ya hacía un buen rato que sobre la ciudad se había postrado, igual que un invitado de esos pesados, la oscuridad. Una densa niebla, semejante a una nevada de hálitos que no pudiese cuajar jamás, empezaba a descender con aplomo sobre las calles. Las luces de las farolas, separadas minuciosamente por el capricho del hombre, parecían contrastar con mucha más fiabilidad el tiempo que la distancia. De cuando en cuando las luces de los coches, similar a las pupilas de los animales nocturnos, rompían la opacidad de la niebla. El sonido de sus motores emitía gruñidos monótonos y advertía a los viandantes de su presencia. Junto a una parada de autobús unos jóvenes hablaban con voz muy alta, aseguraban con demasiado lirismo que con esto del cambio climático parecía que el aire se hubiese convertido en una forma de vida caduca que cada noche tuviese la obligación vital de condensarse para, con la misma libertad de siempre, poder subsistir a la mañana siguiente sin ningún tipo de problemas. Gracias a la luz que desprendían las ventanas de los edificios se adivinaba que tras ellas la presencia de vida humana existía, aunque en algunos edificios, sobre todo los más viejos, esa supuesta presencia de vida conseguía que determinadas calles inflingieran un sollozo frío de verdadero miedo. El señor Lude caminaba con paso delicado. Sus bombachos pantalones a cuadros emitían un sonido que recordaba a la maquinaria de las viejas imprentas. Un fric, fric que le acompañaba allá donde iba, como si a cada paso pretendiera imprimir las últimas noticias del día. La americana verde, aquella que en los años ochenta su padre compró en los almacenes Jenner´s de Edimburgo, parecía por los codos más desgastada que de costumbre. El señor Lude llevaba, como siempre, el stetson beige algo inclinado hacia delante. Lo hacía para ocultar así el pequeño antifaz en forma de anteojos que llevaba. Asiendo con las dos manos la pequeña maleta trolley de color azul marino se detuvo ante la puerta del Hotel la Hipérbola.
Buenas noches, dijo una vez hubo traspasado el umbral y quitado el sombrero.
Buenas noches, contestó el recepcionista extrañado de ver a un hombre llevando un antifaz con forma de anteojos. Parecen, pensó, aquellos protectores solares de los años setenta, aquellos que tan de moda estuvieron entre las turistas extranjeras. Sí, sin ninguna duda eran idénticos.
¿Tiene alguna habitación libre? Preguntó el señor Lude.
Sí, sí tenemos. ¿Va a ser una noche?
No lo sé. Es posible que sea alguna más. ¿Hay problema?
No, ninguno. Pero para la llegada del fin de semana sí sería mejor que lo avisara con algún día de antelación.
Perfecto. No se preocupe.
Me deja su carné de identidad, por favor.
Claro, por supuesto. Aguarde un segundo, a ver dónde lo he metido.
El señor Lude buscó en sus bolsillos. Tanto en los de la americana como en los de sus bombachos pantalones a cuadros. Buscó dentro de los bolsillos con movimientos torpes, como si en realidad el señor Lude estuviera ocultando dentro de sus bolsillos algún escurridizo animal. Todo el cuerpo se le arqueaba según la intención de los brazos. Si rebuscaba en el bolsillo derecho, el cuerpo se le inclinaba hacia el lado contrario. Si en cambio examinaba en el bolsillo de sus pantalones, el señor Lude se aupaba sobre sus pies para que su mano pudiera palpar todo el interior del bolsillo. Sin embargo, durante todo el tiempo que estuvo buscando el documento, su cara permaneció invariable e inmóvil. Con aquellos extraños anteojos fijos en el recepcionista. Buscó y rebuscó su documento sin mover un ápice la cabeza. Como si los movimientos de la cabeza y los del resto del cuerpo no se correspondieran, como si ambas partes fueran conscientes de lo que debe o no debe hacer cada una. Al final, de uno de los bolsillos de la americana sacó el carné. Lo alargó y lo dejó en el mostrador.
Aquí tiene, dijo el señor Lude.
Gracias, dijo el recepcionista antes de cogerlo para inspeccionarlo.
Disculpe señor Lude. Eh, es, este carné… no vale. Su foto… la, la foto… no, esto, no vale. Su foto. ¿Me entiende? Este carné debería llevar otra foto, la suya, claro, pero sin los anteojos.
Ah. Sí, disculpe, dijo el señor Lude como si nada y de nuevo volvió a meterse las manos en los bolsillos, buscando y rebuscando. Al igual que antes, su cabeza permanecía quieta mientras su cuerpo se retorcía, se inclinaba o se aupaba. Al recepcionista le pareció estar frente a una enorme cobra que estuviera esperando el momento preciso para lanzar su ataque. Debido a este pensamiento un tremendo escalofrío subió lentamente por la espalda del recepcionista. Se le detuvo en la nuca tras erizar ligeramente su cabello.
Aquí tiene y disculpe, siempre olvido que esto va junto.
El recepcionista agarró un papel doblado por dos mitades. Lo desplegó y lo leyó para sí.
Ah, perfecto, no se preocupe señor Lude, dijo fingiendo normalidad. Todo está en orden. Un segundo que acabe de hacer el registro, y aquí tiene. La llave. Su habitación es la 208, segundo piso. Conforme sale del ascensor, a mano derecha. ¿Quiere que alguien le ayude o necesita algo?
No, dígame solamente si las habitaciones próximas a la mía están ocupadas. Y en caso afirmativo, dígame alguna cualidad o algo acerca del inquilino que la ocupa.
Ah, bueno, sólo eso, sí. Bueno, espere un segundo. A ver. Sí. La 207, que es la que está justo enfrente de la suya, está ocupada. Está ocupada por un escritor. Y bueno, próxima, sólo tiene esa. Las demás están conforme sale del ascensor a mano izquierda. Pero, un segundo señor Lude, dijo el recepcionista mientras el hombre de los anteojos se disponía a meterse en el ascensor. ¿Puedo hacerle una pregunta?
No se preocupe, dijo riendo. Encontraré la habitación. Tengo esto, y se señaló la nariz con el dedo índice.
No, no me refería a eso.
Entonces, pregunte. ¿Qué quiere saber?
Quiero saber…perdón, quisiera saber cómo las perdió.
Ah, ¿eso? Bueno, la verdad es que no lo sé con certeza, contestó. Un día, siendo niño, me quedé dormido bajo un castaño. Cuando me desperté todo continuaba a oscuras para mí, como si el sueño no hubiera acabado. Una vez en casa, mis padres vieron que mis pupilas habían desaparecido. Lo extraño del caso es que pude llegar a casa totalmente a ciegas sin ningún tipo de impedimento ni problemas. El olfato y el oído me sirvieron, y bueno, todavía me siguen sirviendo.
¿Y fue al médico?
Sí.
¿Y qué le dijo?
Que algún día mis pupilas volverían. Pero como puede ver usted mismo, todavía no las he recuperado, dijo el señor Lude a la vez que se quitaba los extraños anteojos y mostraba dos ojos sin pupilas. Técnicamente no se trataba de ojos propiamente dicho, más bien de globos oculares. Allí estaban el iris, el cristalino y sus córneas. Pero ni rastro de las pupilas. Parecían dos extrañas flores estampadas en una cara.
La puerta del ascensor se cerró dejando las últimas palabras del señor Lude flotando en el ambiente del hall, como si un disco rayado repitiera una y otra vez el estribillo de una canción: Todavía no las he recuperado, Todavía no las he recuperado, Todavía no las he recuperado. El recepcionista tomó aire, se giró para buscar con la mirada un enorme espejo que tenía tras sí y se aproximó a él. Se juzgó el aspecto detenidamente. Se miró los ojos y observó sus pupilas. Se abrían o se cerraban según se acercaba al espejo o se alejaba de él. Pensó lo raro que debería de ser no tener pupilas. Sería como estar siempre dentro de una niebla eterna. Al pensar en la niebla salió a la calle. Todo estaba envuelto bajo el telo flexible de aquella densa bruma. Nadie caminaba por las calles. Aguzó el oído y a lo lejos sonó el frenazo de un automóvil. Algo más cerca, un perro aulló varias veces. De la cafetería del hotel escapaban, como filtrados por pequeñas y ocultas rendijas, risas y el golpeo de las copas. No supo distinguir otros sonidos que los puramente cotidianos. Se encogió de hombros y volvió adentro.
(Lord No Zoo)
domingo, 4 de noviembre de 2007
HOTEL LA HIPÉRBOLA, I
I
Es casi medianoche. Alto y desgarbado, envuelto en un abrigo de cuero negro algo raído, y portando una bolsa de viaje a juego con él, el viajero se acercó al mostrador de recepción. El recepcionista, que en ese momento parecía estar sufriendo un ataque de tos, apenas lo miró. El viajero dejó la bolsa en el suelo y esperó a que el otro se calmara.
–Oiga, perdone que le haga una pregunta –le dijo, en cuanto el otro dejó de toser– ¿porqué se llama hotel la hipérbola?
Reprimiendo un último espasmo, el recepcionista, se volvió a él como disculpándose.
–Voy a tener que dejarme el tabaco –dijo con voz enronquecida.
–Haría usted bien –le dijo el viajero sonriendo–. Fumar tabaco no conduce a nada. Es como la poesía, sólo sirve para tragar humo.
–Muy ocurrente. ¿Quién es usted? ¿Qué desea?
–Me llamo K y soy escritor, un escritor esencial –esto último lo subrayó–, y debo tener reservada una habitación a cargo del municipio.
El recepcionista, que iba a mirar en el libro de registro, se detuvo y se volvió hacia él, esta vez con curiosidad. Se encontró con una mirada turbia y un rostro que parecía hecho de pan duro.
–¿K? ¿Cómo el personaje de Kafka?
–Exactamente, muy bien, parece que es usted aficionado a la literatura.
–Bueno, me gusta leer, ya sabe, en este trabajo hay tantas horas muertas...–el recepcionista hizo una pausa, tosió levemente, y continuó, encantado de poder hablar de tú a tú con un escritor–. ¿Y dice usted que es un escritor esencial? Nunca había oído esa expresión. ¿Qué significa exactamente?
–Significa que soy capaz de expresar grandes pensamientos con muy pocas palabras. Mi mayor virtud es mi capacidad de síntesis.
–¿Como Borges? –el recepcionista volvió a alardear de sus conocimientos–¿O quizás como Monterroso?
–Vaya, veo que está usted realmente puesto. Este hotel empieza a gustarme.
Después de decir esto, K se inclinó sobre su bolsa de viaje y sacó un pequeño libro que ofreció al recepcionista. Éste lo cogió y se quedó observando la portada. Se veía un cráneo humano ardiendo y en la parte superior, con letras rojas manuscritas, el título: SOÑANDO MECANISMOS.
–Es mi último trabajo –dijo K, sin afectación–, se lo regalo. ¿Cómo se llama usted?
–Yo –el recepcionista titubeó un momento–, Jose Luis...
–¿Me permite? –el escritor cogió el bolígrafo que había junto al libro de registro y le escribió una dedicatoria en la primera página. Luego se lo ofreció.
José Luis cogió el libro, leyó extrañado la dedicatoria y lo dejó sobre el mostrador.
–Bueno, gracias. Señor K... ¿Puede enseñarme su documentación?
El escritor se buscó en el bolsillo de atrás de su pantalón y sacó un carné de identidad bastante deteriorado.
–No me gustan las carteras –dijo, entregándoselo al otro–. Las carteras son como las mujeres, siempre terminan robándotelas.
El recepcionista le rió la ocurrencia mientras anotaba algo en el libro de registro. Luego le devolvió el carné.
–¿Va a estar usted las cinco noches que tiene reservadas?
–¿Cinco noches? Bien, sí.
El recepcionista cogió la llave de uno de los casilleros que había a sus espaldas y se la ofreció.
–La 207,en el segundo piso –dijo–. El desayuno se sirve hasta diez. ¿Quiere que lo llamen a alguna hora?
–No, por favor. Hay que tener cuidado con eso.
El escritor cogió la llave y la bolsa de viaje.
–Ah, por cierto –dijo, antes de irse en busca de su habitación–. No me ha dicho usted por qué se llama hotel la Hipérbola.
El recepcionista dudó un momento y le sonrió como disculpándose.
–Lo siento, ahora que lo dice, no tengo ni idea. Si quiere mañana puedo preguntarlo...
K hizo una mueca indescifrable y echó a andar hacia el ascensor. Después de apretar el botón de llamada, se volvió de nuevo hacia el otro.
–Escuche –le dijo, alzando la voz–. ¿Sabía usted que en una hipérbola la diferencia de los radios es igual al eje real?
El recepcionista lo miró desconcertado.
–El eje real, je, je... –el escritor emitió una risita sarcástica–, como si los ejes pudieran ser reales...
En ese momento se abrieron las puertas del ascensor y K se metió dentro. El recepcionista, con la mente en blanco, que es lo que solía pasarle cuando se enfrentaba a algo demasiado abstracto, continuó mirándolo en silencio hasta que las puertas se cerraron sobre él. Cuando el ascensor arrancó, agitó su cabeza espantando el vacío y volvió a sus pensamientos de recepcionista. Y pensó que le caía bien el escritor esencial. Que le gustaba ese aire que llevaba de genio extravagante. Y que ya era hora de que se alojara alguien interesante en el hotel. Porque alguien que se hacía llamar K tenía que ser interesante a la fuerza. Con curiosidad, cogió el libro que le había regalado y volvió a leer la dedicatoria:
amigo Jose Luis, aunque todo esté escrito,
no todo ha sido leído.
K
–Amigo Jose Luis... –repitió en voz alta, orgulloso, y luego comenzó a ojear el libro. A primera vista tenía un planteamiento algo caótico. Había páginas encabezadas por un número y una frase, y en otras, breves narraciones y dibujos desplegables. Una especie de jeroglífico que no parecía responder a la estructura habitual de los libros que él solía leer. Al azar escogió la página 72. Leyó:
Hace veinte años, le dije algo a una mujer, y no recuerdo que fue.
Desde entonces, cada vez que me cruzo con ella, su mirada me da miedo.
HERNAN TRES
Es casi medianoche. Alto y desgarbado, envuelto en un abrigo de cuero negro algo raído, y portando una bolsa de viaje a juego con él, el viajero se acercó al mostrador de recepción. El recepcionista, que en ese momento parecía estar sufriendo un ataque de tos, apenas lo miró. El viajero dejó la bolsa en el suelo y esperó a que el otro se calmara.
–Oiga, perdone que le haga una pregunta –le dijo, en cuanto el otro dejó de toser– ¿porqué se llama hotel la hipérbola?
Reprimiendo un último espasmo, el recepcionista, se volvió a él como disculpándose.
–Voy a tener que dejarme el tabaco –dijo con voz enronquecida.
–Haría usted bien –le dijo el viajero sonriendo–. Fumar tabaco no conduce a nada. Es como la poesía, sólo sirve para tragar humo.
–Muy ocurrente. ¿Quién es usted? ¿Qué desea?
–Me llamo K y soy escritor, un escritor esencial –esto último lo subrayó–, y debo tener reservada una habitación a cargo del municipio.
El recepcionista, que iba a mirar en el libro de registro, se detuvo y se volvió hacia él, esta vez con curiosidad. Se encontró con una mirada turbia y un rostro que parecía hecho de pan duro.
–¿K? ¿Cómo el personaje de Kafka?
–Exactamente, muy bien, parece que es usted aficionado a la literatura.
–Bueno, me gusta leer, ya sabe, en este trabajo hay tantas horas muertas...–el recepcionista hizo una pausa, tosió levemente, y continuó, encantado de poder hablar de tú a tú con un escritor–. ¿Y dice usted que es un escritor esencial? Nunca había oído esa expresión. ¿Qué significa exactamente?
–Significa que soy capaz de expresar grandes pensamientos con muy pocas palabras. Mi mayor virtud es mi capacidad de síntesis.
–¿Como Borges? –el recepcionista volvió a alardear de sus conocimientos–¿O quizás como Monterroso?
–Vaya, veo que está usted realmente puesto. Este hotel empieza a gustarme.
Después de decir esto, K se inclinó sobre su bolsa de viaje y sacó un pequeño libro que ofreció al recepcionista. Éste lo cogió y se quedó observando la portada. Se veía un cráneo humano ardiendo y en la parte superior, con letras rojas manuscritas, el título: SOÑANDO MECANISMOS.
–Es mi último trabajo –dijo K, sin afectación–, se lo regalo. ¿Cómo se llama usted?
–Yo –el recepcionista titubeó un momento–, Jose Luis...
–¿Me permite? –el escritor cogió el bolígrafo que había junto al libro de registro y le escribió una dedicatoria en la primera página. Luego se lo ofreció.
José Luis cogió el libro, leyó extrañado la dedicatoria y lo dejó sobre el mostrador.
–Bueno, gracias. Señor K... ¿Puede enseñarme su documentación?
El escritor se buscó en el bolsillo de atrás de su pantalón y sacó un carné de identidad bastante deteriorado.
–No me gustan las carteras –dijo, entregándoselo al otro–. Las carteras son como las mujeres, siempre terminan robándotelas.
El recepcionista le rió la ocurrencia mientras anotaba algo en el libro de registro. Luego le devolvió el carné.
–¿Va a estar usted las cinco noches que tiene reservadas?
–¿Cinco noches? Bien, sí.
El recepcionista cogió la llave de uno de los casilleros que había a sus espaldas y se la ofreció.
–La 207,en el segundo piso –dijo–. El desayuno se sirve hasta diez. ¿Quiere que lo llamen a alguna hora?
–No, por favor. Hay que tener cuidado con eso.
El escritor cogió la llave y la bolsa de viaje.
–Ah, por cierto –dijo, antes de irse en busca de su habitación–. No me ha dicho usted por qué se llama hotel la Hipérbola.
El recepcionista dudó un momento y le sonrió como disculpándose.
–Lo siento, ahora que lo dice, no tengo ni idea. Si quiere mañana puedo preguntarlo...
K hizo una mueca indescifrable y echó a andar hacia el ascensor. Después de apretar el botón de llamada, se volvió de nuevo hacia el otro.
–Escuche –le dijo, alzando la voz–. ¿Sabía usted que en una hipérbola la diferencia de los radios es igual al eje real?
El recepcionista lo miró desconcertado.
–El eje real, je, je... –el escritor emitió una risita sarcástica–, como si los ejes pudieran ser reales...
En ese momento se abrieron las puertas del ascensor y K se metió dentro. El recepcionista, con la mente en blanco, que es lo que solía pasarle cuando se enfrentaba a algo demasiado abstracto, continuó mirándolo en silencio hasta que las puertas se cerraron sobre él. Cuando el ascensor arrancó, agitó su cabeza espantando el vacío y volvió a sus pensamientos de recepcionista. Y pensó que le caía bien el escritor esencial. Que le gustaba ese aire que llevaba de genio extravagante. Y que ya era hora de que se alojara alguien interesante en el hotel. Porque alguien que se hacía llamar K tenía que ser interesante a la fuerza. Con curiosidad, cogió el libro que le había regalado y volvió a leer la dedicatoria:
amigo Jose Luis, aunque todo esté escrito,
no todo ha sido leído.
K
–Amigo Jose Luis... –repitió en voz alta, orgulloso, y luego comenzó a ojear el libro. A primera vista tenía un planteamiento algo caótico. Había páginas encabezadas por un número y una frase, y en otras, breves narraciones y dibujos desplegables. Una especie de jeroglífico que no parecía responder a la estructura habitual de los libros que él solía leer. Al azar escogió la página 72. Leyó:
Hace veinte años, le dije algo a una mujer, y no recuerdo que fue.
Desde entonces, cada vez que me cruzo con ella, su mirada me da miedo.
HERNAN TRES
viernes, 2 de noviembre de 2007
El Deseo De Rufus por Pascual Pérez
Rufus, el día que cumplía cuarenta años, a la vez que soplaba las velas de la tarta comprada en la pastelería de debajo de su casa y pedía el correspondiente deseo, se dio cuenta de que no había vuelto a pensar en tener un animal de compañía desde hacía mucho tiempo. ¿Cuándo he perdido la esperanza de tener uno?, ¿hace veinte años?, no, más, mucho más, se decía. Ni que decir tiene cuál fue su deseo. Bueno, su tercer deseo, pues el segundo deseo consistía en deshacer el primero, que no había consistido en tener un animal de compañía. El pobre es que lo pensó tarde. A Rufus, ya de adolescente, todos le aconsejaban acerca de ello, y le insistían en que no tuviera animales. Es muy pesado sacar todos los días a pasear al perro, le decían, si es que te apetece tener un perro. También es un coñazo limpiar las cacas de los gatos, que aunque curiosos ellos a la hora de escoger su lugar de orinar y defecar, allí en su cajita de arena, debes limpiarles las inmundicias al menos una vez a la semana, si es que en vez de perro prefieres un gato, claro. Y pájaros, ni te digo, le decían. Suelen oler mal y durante la época de celo se tiran todo el día trinando como si fueran los encargados de hacer una demostración tímbrica a los opositores a árbitros. A árbitros pero de división regional que ahí es donde hay que soplar más fuerte, ¿sabes?, le decían. No tengas animales, no tengas animales. Así había sido toda su vida. Desde pequeño y siempre, día tras día, todo el mundo diciéndole que no vivera con animales. Y claro, acabó rodeado únicamente de electrodomésticos. Más solo que la una, por supuesto. ¿Cómo iba a acabar? ¿Acompañado? No sé de quién. Sus padres se murieron cuando tenía treinta años. Primero su madre y al día siguiente, su padre; de pena dijo el doctor, pero Rufus cree que lo hizo por celos. Por suerte pudo enterrarlos a los dos juntos y se ahorró un dinerillo. Porque el gasto de dos entierros hubiera sido un duro golpe para la economía de Rufus. ¡Así de ahorrativo es el chico! Bueno, el hombre, porque ya está granado. Pero el día de sus cuarenta cumpleaños, Rufus, tras apagar las velas de la tarta comprada en la pastelería de debajo de su casa, pidió, como principal deseo, tener un animal de compañía. Y mira tú por donde que Rufus, después de zamparse él solito la tarta, sale a la calle a sacar la basura y, zas, se topa con una boa constrictor que, enroscada, dormía plácidamente junto al contenedor de envases de vidrio. ¡Guau, deseo hecho realidad! La cogió suavemente para no despertarla y se la llevó a su casa. Jo, allí Rufus estaba encantado. Por fin tenía un animal de compañía. Bien, bien, bien y mil veces bien. Dejó a la boa en el sillón, se sentó junto a ella, bajó las persianas de su casa y dejó que el animal siguiera durmiendo pues le apenaba el hecho de despertarlo. Los días que siguieron al hallazgo, para Rufus no existieron. No sabía a ciencia cierta si afuera era de día o de noche, si habían pasado veinticuatro horas desde el milagro o doscientas. Así estaba y así quería estar: a oscuras en casa y con su animal, haciéndole compañía. -¿Quién a quién? Esa es la cuestión.- Rufus olvidó sus quehaceres, su trabajo e incluso sus propias necesidades. Tan despreocupado estaba de sus obligaciones que incluso olvidó que tenía que dar de comer a la boa. Porque era un animal, y los animales también comen. ¡Comen como el que más! Cuando Rufus cayó en la cuenta, se levantó, encendió la luz, luego subió las persianas y la luminosidad del día inundó la sala. La boa seguía durmiendo. Fue directo a la cocina y abrió la nevera para ver si tenía algo de comida. No había nada. Claro, tanto tiempo escondido ¿cómo iba a encontrarse ahora la nevera? ¿Llena? ¡Ni que viviese todavía su madre! Decidido, se fue al supermercado. Compró pollo y conejo troceado. ¿Cuánto tiempo sin verte Rufus? Le decían en el súper. Sí, es que he estado ocupado, les contestaba. Pagó lo comprado y se volvió a casa a paso ligero. En cuanto llegó fue directo al salón. La boa seguía acurrucada en el sillón y todavía dormía. Rufus se acercó y la acarició. El animal se movió un poco y debido a ese movimiento Rufus se percató de que a la boa le había salido un brazo. Un brazo largo. Con su codo, su antebrazo, su muñeca y su mano con nudillos, dedos y uñas. Al principio a Rufus le pareció muy extraño, pero no quiso darle importancia. Como nunca había tenido un animal, no sabía si eso era lo normal. Fue a la cocina y puso a hervir el pollo y el conejo troceado. Dejó la olla en el hogaril y fue de nuevo al salón. Estupefacto miraba el brazo de la boa. Era un perfecto brazo humano. La piel algo arrugada y fláccida, es cierto, los dedos un poco amarillentos y las uñas con bastante roña, pero un brazo humano sin ninguna duda. Y lo más sorprendente de todo era que tenía autonomía propia. ¡Se movía! Volvió a la cocina. Sacó toda la carne de la olla y tras quitarle la grasa y los huesos, la sirvió en una gran bandeja. Fue al salón y cuando le hubo puesto la bandeja de carne a la boa se dio cuenta de que le había salido otro brazo. ¡Otro brazo! También fláccido y de piel arrugada. También con los dedos algo sucios, pero también era un brazo humano; igual al otro, sin ninguna duda. ¡Tenía dos brazos! Dos brazos proporcionados y moviéndose. Rufus, más sorprendido que antes, si cabe, dejó la bandeja en el suelo y se sentó en el sillón. Veía comer a la boa, que no veas cómo se beneficiaba de la ventaja de ser una serpiente con brazos. Utilizaba las manos para agarrar los trozos de carne y llevárselos a la boca, y por culpa de ello se le llenaban los dedos de babas. La boa se las limpiaba en el tapizado del sillón ante la atónita mirada de Rufus. ¡Si te viera mi madre te daba un pescozón, seguro! le gritó. La boa no hizo caso a las advertencias de Rufus y siguió comiendo. Una vez hubo terminado con toda la comida, la boa se acurrucó con los brazos cruzados y se echó a dormir. Rufus arropó a la serpiente con una manta, retiró la bandeja y se metió en la cocina para hacer el friegue. No quería pensar en los brazos de la boa. Me parece muy, muy extraño, pero tal vez esa clase de animales acaban teniendo brazos, pensó. ¿Acaso no cambian la piel también? Pues eso, lo de los brazos, sería igual. Salió de la cocina y percibió cuánto abultaba la boa bajo la manta. Normal, se dijo, tiene dos brazos. Rufus se fue a su habitación y se acostó. Hacía mucho tiempo que no dormía en su cama y en cuanto se metió en ella, le acudió, de forma instantánea, el sueño. A media noche sin embargo, unos ruidos en el salón despertaron a Rufus. Salió de la habitación, encendió todas las luces de la casa y tras comprobar que todo parecía estar en orden, descubrió que la manta que tapaba a la boa abultaba mucho más que antes. Pero mucho más. Se acercó y destapó un poco al animal. Menuda sorpresa tan angustiosa cuando advirtió que a la boa le habían salido piernas. Unas piernas enormes pero proporcionadas, proporcionadas incluso con los brazos. También tenían la piel arrugada y fláccida y dedos y uñas feos. Rufus estaba muy preocupado. Sabía que aquello no era normal. Lo de mudar la piel alcanzaba a entenderlo, pero lo de tener piernas y brazos ni por asomo lo entendía. Agarró el teléfono y sentado en el sillón iba a llamar a un amigo, a un amigo de los de toda la vida que entendía mucho de animales. Pero lo pensó mejor y no le llamó. Su amigo seguro que le hubiera dicho que para qué diantre había adoptado un animal. ¿No te lo llevo diciendo desde el colegio? se imaginó Rufus que le diría. Dejó el teléfono sobre la mesa y se disponía a levantarse para ir a la cocina a por algo de agua cuando los brazos de la boa le agarraron con fuerza. Una fuerza descomunal. Impropia de unos brazos. Por más que lo intentaba no podía soltarse. ¿Qué haces?, le gritaba a la boa. Soy tu dueño, suéltame. Suéltame. Pero la serpiente no cejaba. Rufus entonces vio que en el abdomen, la serpiente tenía ombligo. No, no era el abdomen de una serpiente. En realidad era una enorme barriga de piel arrugada y fláccida que se hinchaba por momentos. Descubrió también que por encima de ese asqueroso ombligo empezaban a salir dos pezones sobre dos tetas fláccidas y blandas. Miró hacia abajo y observó que donde antes se le unían a la serpiente las piernas, ahora dos blandos, arrugados y peludos testículos colgaban junto a un pene fofo y sucio. Alzó la mirada y empezó a gritar desesperadamente. Acababa de descubrir que la cabeza de la serpiente se estaba inflamando y deformando. Tanto que se distinguía la cabeza de un hombre. De un hombre gordo con poco y sucio pelo. Ojos vidriosos. Orejas diminutas. Con apenas un par de dientes amarillos que se dejaron ver cuando el repugnante viejo abrió la boca y empezó a comerse a Rufus. ¡Se lo estaba tragando sin masticarlo y con el pijama puesto! No le importaba la ropa lo más mínimo. Con la precisión de una máquina, engullía y engulló hasta que Rufus desapareció. Una vez hubo terminado de meterse totalmente a Rufus en la panza, el viejo se levantó, se desperezó y se echó al suelo y comenzó a dormir. Estuvo todo el día durmiendo, tirado en el suelo, sucio y desnudo. Cuando anocheció las piernas se desvanecieron, los brazos también. La flaccidez de su piel se había convertido de nuevo en la brillante y escamosa de una boa constrictor. Se arrastró hasta la cocina y dejó en el salón una muda plateada. Se metió por el sumidero del fregadero y salió a la calle. Torpe y perezosa se situó junto al primer contenedor de envases de vidrio que vio. Se enroscó y se quedó dormida.
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