Apenas eran las diez de la noche y ya todo el barrio mostraba un ambiente apagado. Como si fueran las cuatro de la madrugada. A esta sensación desangelada, un extraño hubiese hecho responsable a la niebla, seguro. Pero la realidad, tan peculiar y distinta de las suposiciones, era que, año tras año, los vecinos de aquella zona habían ido abandonando el distrito de forma metódica, como quien huye de una zona contaminada e infecciosa. Además se creía que, a lo sumo, unas diez casas permanecían habitadas. En el barrio, cuando comenzó aquella migración, la mayoría de los residentes pensaba que de allí sólo se irían los más hedonistas. Aquella fuga fue tomada como el capricho de un determinado tiempo, como una moda. Y sin embargo, conforme pasaban los días, las familias, unas tras otras, o incluso a la vez, iban marchándose de sus hogares. Unos se mudaron al centro. Otros cambiaron de ciudad. El resto, si no había envejecido, había muerto allí.
En el segundo piso del número veintisiete de una de las calles de este barrio, una vaporosa luz brillaba a través de una ventana con sus cortinas a medio correr. La casa, aunque mantenía junto a su portal un delicado jardín donde un enorme ciprés compartía espacio con un escuchimizado abeto, tenía aspecto de muy vieja. Era de tres alturas y dentro de ella, en el mismo segundo piso y al abrigo de aquella vaporosa luz, un hombre de avanzada edad, intentaba con discreto éxito alimentar a unos treinta gatos. El anciano, encorvado por culpa de tanto subir y bajar las escaleras de la casa, sólo era capaz de reconocer a doce de ellos. “Aquel blanco; este otro más gris”. Así iba distinguiéndolos. En ese momento alguien llamó a la puerta con cuatro cortos e insistentes golpes.
Ya voy, gritó el anciano mientras procuraba bajar las escaleras sin caerse.
Unos minutos después, el encorvado viejo se afanaba en descorrer todos los pestillos y cerrojos de la puerta. Parecía un desganado mayordomo abriendo el pesado portón de un viejo castillo, y es que a la que desbloqueaba un cerrojo, mascullaba alguna extraña blasfemia. Los pocos gatos que le habían acompañado hasta la puerta remoloneaban a su alrededor y maullaban a cada una de sus inaudibles maldiciones. Con esfuerzo el anciano tiró de la puerta. Los goznes oxidados chirriaron de tal manera que parecieron un maullido más. Cuando la puerta se hubo abierto del todo, un buen número de gatos huyó por las escaleras a las plantas superiores con la rapidez de los asustados. Sólo uno, más perezoso que valiente, permaneció inmóvil. Bostezó y se arrimó a las piernas del anciano a la vez que miraba con desinterés al pequeño hombrecillo que se hallaba ante la puerta.
Doctor, necesito su ayuda. Creo que lo he encontrado, dijo el recién llegado.
¿Eres tú, Nilo?, preguntó el anciano.
Sí, doctor. Soy yo.
Pasa, por Dios, qué alegría. Pasa. Entra y cuéntame qué ocurre.
Creo que por fin lo he encontrado, bueno, tal vez él me haya encontrado a mí, pero el caso es que es él, y está muy mal, a punto de morirse, le dijo Nilo al doctor una vez se hubo cerrado la puerta tras ellos y se disponían a subir a la planta tercera donde el anciano tenía su despacho. Hace mucho tiempo que no subo allí, dijo el anciano.
Subieron las escaleras sin hablar. La puerta del despacho estaba cerrada. El anciano tomó aire, acompasó la respiración y la abrió. Encendió las luces y un recuerdo le llegó a lo más hondo de su corazón cuando vio su viejo escritorio, sus libros y su antiguo maletín. Nilo le dio la mano y el anciano se sintió mejor.
El despacho del doctor era amplio. Ocupaba casi toda la tercera planta de la casa. Olía a polvo y costaba respirar un poco. Grandes librerías de madera, repletas de volúmenes de medicina, rodeaban aquella estancia. El anciano abrió una de las ventanas y la dejó entornada. El aire del exterior oreó y oxigenó el ambiente. El doctor se arrimó entonces a una mesita y encendió la lamparita que había sobre ella. Tras esto, se acercó al interruptor general y apagó todas las demás luces del despacho. Nilo, quien observaba sentado en uno de los sillones todos los movimientos del doctor, sintió lástima por él.
Así que crees que lo has encontrado, dijo el anciano mientras se sentaba en otro sillón.
Sí. Es él. Pero está muy malherido, unos atracadores le han golpeado. Está en el edificio.
¡¿En el edificio?! ¡Te he pedido cientos de veces que no vayas a ese lugar! Acabarán matándote, dijo el doctor con tono enfadado.
Sólo voy cuando anochece, nadie sabe que estoy allí.
Ah, vaya, no lo sabe nadie. Déjame que te diga una cosa: el día que te descubran te harán trizas. ¿Crees que iban a sentir piedad o compasión por un espantoso niño-anciano como tú? ¿Crees que la humanidad vive en un mundo perfecto y justo? ¿Crees que no existen seres despreciables que se regocijan con el sufrimiento de otros? ¡Ni el más sabio de los mortales está libre de ese veneno!
No se irrite doctor. Me ando con mucho cuidado. Tengo el escondite en uno de los pisos. Además, accedo a él a través de un estrecho conducto de ventilación. Es imposible que me vean.
Sí, claro y eso te pone a salvo de aquellos bandidos. ¿Qué ocurrirá cuando alguien ocupe el piso ese?
Pero doctor, de verdad, sólo voy por las noches.
Bueno está bien. Olvidémoslo. Eso no es lo que nos importa ahora. ¿Estás seguro de que se trata de él?
Totalmente, dijo el hombrecillo acercando sus diminutas palmas a las rodillas.
El doctor suspiró. Se echó hacia atrás y apoyó la espalda en el sillón. Una especie de tímida sonrisa se apoderó de su rostro.
Tenemos que sacarlo de allí y traerlo aquí, dijo decidido el anciano después de haber estado, en apariencia, reflexionándolo profundamente.
Es una buena idea. Pero usted y yo solos no podremos, doctor. No podemos. Mírese. Míreme. Yo puedo entrar por el conducto del aire, es verdad. Pero usted tendría muy difícil acceder al interior del edificio sin que le vean. Y luego, sacar al enfermo sería imposible. Nos pillarían. Seguro.
Tú no te preocupes. Tenemos que sacarlo de allí, y tenemos que hacerlo cuanto antes. No podemos esperar más. Si lo descubren, lo matarán y todo acabaría. ¿Está moribundo o crees que podrá aguantar alguna hora más?, preguntó el doctor.
Lo dejé con buen pulso aunque con muchas heridas. La paliza fue grande. Pero estoy seguro de que aguantará.
Hay que aprovechar esta espesa niebla de hoy. Mañana podría ser demasiado tarde. Debemos sacarlo de allí y traerlo aquí.
Pero cómo, preguntó Nilo.
A ver, déjame pensar, dijo el anciano tras levantarse del sillón.
El doctor agarró algo de encima de la mesa. Mientras lo sostenía en la mano, como si juzgara el peso de la pieza, el anciano se movía por toda la sala, de punta a punta del despacho. En su cabeza bullían y pululaban las ideas acerca de cómo sacar del edificio al señor Lude. Pero todas se derrumbaban por algún lugar. Algunas parecían exitosas en su primer supuesto, pero cuando las desgranaba minuciosamente, el doctor descubría que la operación conllevaba una cantidad desmedida de impedimentos e inconvenientes. Es imposible llevar a cabo la acción, se decía. Entonces se encerraba de nuevo en sus pensamientos buscando otra idea.
Nilo observaba al doctor con alegría. Verlo deambular por el despacho le traía buenos recuerdos. Recuerdos muy distantes, no obstante. Pero es que para Nilo, los buenos recuerdos no pertenecían al pasado, sino al pasado remoto, a esa parte del pasado que está casi olvidado. Nilo suspiró y con ojos aguosos siguió mirando al doctor. Como pudo, contuvo las lágrimas.
El anciano a veces se sentaba y se sumía en una suerte de meditación parecida al ensimismamiento. Repentinamente se levantaba y corría a la ventana. Se asomaba y volvía de nuevo a su sillón. Iba y venía. Mascullaba entre dientes. A veces se insultaba en voz alta y otras expresaba aprobación consigo mismo. En un momento dado, pasando junto a Nilo, el viejo le dio lo que llevaba en la mano. Aquello que había cogido de encima de la mesa. “Toma, ten esto, déjalo en la mesa”, le dijo el doctor. Nilo se quedó atónito al ver un mechero de gasolina, dorado y de gran dimensión.
Perdone doctor, dijo Nilo. ¿No había dejado de fumar?
¿Qué?, soltó el anciano como si le hubieran hablado en un idioma desconocido.
Digo que si no había dejado de fumar, insistió Nilo.
¿A qué viene eso?, dijo muy cabreado el anciano.
No se irrite doctor, es que me ha extrañado descubrir que tiene usted el mechero lleno. Tiene gasolina. Mire, y Nilo encendió el mechero.
Tras el chasquido de la piedra con el rodillo, una llama perfecta y grande bailó sobre el dorado encendedor como un pequeño remolino. El anciano se quedó desconcertado mirando la llama. En sus ojos brillaba un fulgor desconocido. Nilo no sabía distinguir si el brillo era debido al reflejo de la llama o si por el contrario eran sus ojos los que desprendían ese matiz propio del fuego.
¡YA LO TENGO!, gritó el doctor.
(LNZ)
martes, 18 de diciembre de 2007
jueves, 13 de diciembre de 2007
El diario de Gisela II
Gisela. 30 años. Soltera.
Funcionaria.
Heterosexual activa.
LUNES
03:45 a.m.: Acabo de tener una pesadilla. Yo estoy durmiendo y el sonido del interfono me despierta. Descuelgo con miedo y sin decir “quién es” una voz grave y repugnante dice que es Elena. Tonta de mí, me lo creo y abro. Tenía mucho miedo. De repente, siento que golpean a la puerta con una insistencia y una fuerza desproporcionadas. Me he despertado sobresaltada y con el corazón a mil por hora. Menos mal que era un sueño. He bebido agua y me he vuelto a la cama.
06:50 a.m.: Odio levantarme. Siento el cansancio del fin de semana y además he dormido fatal. Voy al servicio y me tiro casi un cuarto de hora sentada en el váter. Incluso me he llegado a dormir.
08:00 a.m.: En el metro me han entrado mareos. Creo que me tiene que venir la regla. Elena, en cuanto he entrado a la oficina, ha empezado a hablarme y a hablarme. Lo siento, pero los lunes no la soporto. Creo que lo ha notado en mi cara.
11:45 p.m.: Durante el almuerzo han estado contando chistes. Algunos muy buenos, pero como siempre, ya no me acuerdo de ninguno. Elena me ha dicho que el jueves van de cumpleaños. Que si quiero ir con ellas. Le he dicho que ya le contestaré.
13:45 p.m.: Ha venido XXX, el pelma de la mensajería. Traía varias cartas. Se ha cortado el pelo. Le queda bastante bien. Ha mejorado mucho. Lástima que sea tan pesado.
16:10 p.m.: He llegado a casa y me he acostado directamente. Estaba muerta. Acabo de despertarme y para comer voy a calentarme los macarrones que me sobraron ayer.
20:30 p.m.: Ha venido Susana. Mi compañera del instituto. Hacía siglos que no nos veíamos. Le va estupendamente. Ha traído bombones y nos hemos reído recordando las chiquilladas que hacíamos entonces. Se va a casar. ¡Lleva con su novio trece años!
22:15 p.m.: He visto la tele y me he quedado durmiendo viéndola. Me duele mucho la barriga. Voy al servicio y me acuesto.
MARTES
6:50 a.m.: Me ha venido la regla y para variar he dormido muy mal. Toda la noche dando vueltas. Decido no ir a trabajar, le mando un sms a Elena, y me acuesto después de ir al servicio.
10:30 a.m.: Me he despertado hace veinte minutos. He desayunado en pijama mientras escuchaba música. Parecía que era domingo. Voy a darme una ducha y saldré a hacer algunas compras.
13:30 p.m.: He ido al súper. He comprado muchísimas cosas. Algunas necesarias, otras, no. Me he encontrado en la calle con el inglés de Elena. Bueno, ya no es suyo. Estaba muy simpático. Me ha acompañado a casa con las bolsas de la compra y nos hemos dado los teléfonos. De momento esto no se lo diré a Elena.
15:25 p.m.: Me he hecho una ensalada y he calentado un bote de lentejas. Estaban riquísimas, pero me noto hinchada. Me tomo una pastilla para el dolor de la regla y me tumbo a ver la tele.
18:10 p.m.: Me ha llamado Elena. Va a venir a verme.
21:30 p.m.: Elena también me ha traído bombones. Esta semana creo que el cupo de chocolate está sobrepasado. Me ha contado que esta mañana en la oficina ha explotado un tubo de luz y le han caído todos los cristalitos a X. Nos hemos reído mucho. X es un gilipollas pelota del director que siempre está juzgando el trabajo de los demás.
22:45 p.m.: No he tenido ni pizca de hambre en toda la tarde. He recibido un sms del chico de los ojos negros. Dice que si quiero ir con él el jueves al cine. Tengo excusa perfecta. Le contesto que voy de cumpleaños con las amigas de Elena. Mando un sms al inglés de Elena. Ya no es suyo. Le doy, de nuevo, las gracias por ayudarme a subir las bolsas a casa. Me voy a acostar.
MIÉRCOLES
7:00 a.m.: He dormido genial. El día de descanso de ayer fue fantástico. Siento que todavía me duelen los ovarios y decido no ir hoy tampoco a trabajar. Mando un sms a Elena, le escribo que todavía me encuentro mal y le digo que mañana cuenten conmigo para el cumple.
9:00 a.m.: He desayunado otra vez en pijama. Hoy he puesto la música un poco más alta. Voy a darme una ducha y llamaré a la peluquería para que me den cita para mañana. Si pudiera ser por la tarde, mejor.
11:20 p.m.: He ido al FNAC. He comprado, por el simple hecho de comprar, un Cd de canciones románticas. Supongo que la regla me pone así de blanda. He paseado por el parque y he ido a alquilar una peli. Una en la que sale Katherine Hepburn. Al llegar a casa me encontraba tan bien que me he puesto a llorar.
15:30 p.m.: He visto las noticias mientras comía spaghetti. He llamado a mi madre y hemos hablado un ratito. Me ha contado que a la tía Ana la han operado de un bulto en la cara, junto a un ojo. Me ha sonado tan terrorífica esa palabra que me he acordado del sueño del lunes. Los médicos dicen que seguramente perderá el ojo.
19:40 p.m.: He recibido un sms del inglés. Van a salir esta noche y me dice si quiero ir con ellos. Le mando yo uno en el que le digo que todavía estoy con las señales de la feminidad. Pero que muchas gracias y que queda pendiente.
23:20 p.m.: He visto la peli de Katherine Hepburn. Ojalá mañana en la peluquería pudieran hacerme el mismo peinado que lleva en la película. Me he tomado varios bombones y me he hecho un vaso de leche. Me voy a acostar. Mañana tengo que ir a trabajar.
JUEVES
6:40 a.m.: He dormido bien pero me duele la tripa. He desayunado un yogurt y me he tomado una pastilla para el dolor. Me maquillo un poco para disimular las ojeras.
8:45 a.m.: En el trabajo estaban los electricistas arreglando lo del tubo que me contó Elena. X ha tenido que irse a otra mesa. Se le nota muy cabreado. Yo, como quien no sabe nada, le pregunto “es que qué ha pasado”. Me mira con su típica expresión de no me jodas tía y me contesta con un escueto “nada”.
12:32 p.m.: Ha vuelto a venir XXX. Traía cartas y paquetes. Hoy ha estado más callado que de costumbre. No me ha dicho ninguna tontería de las suyas. ¿Qué le pasará? Elena me acaba de decir que hoy al cumpleaños van a ir bastantes chicos, amigos de la cumpleañera. Seremos unos veinte. Le cuento sólo por encima lo del inglés. Que me ayudó a subir las bolsas. “Es bueno” me dice sonriendo, y yo me río diciéndole “descarada”.
15:40 p.m.: He ido a casa de mi madre. He comido con ella y me ha estado hablando todo el tiempo de la tía Ana y de su operación.
19:04 p.m.: Acabo de llegar de la peluquería. No me parezco a la Hepburn pero me veo fantástica. Empiezo a seleccionar lo que voy a llevar esta noche en el cumpleaños. Como supongo que habrá mucha lagarta decido llevar ropa informal y pasar desapercibida. Me llaman al móvil y es Pepa. Quiere que quedemos un día de estos para ver qué le regalamos a Susana para su boda. Dice que le vamos a hacer una despedida. Pepa para estas cosas es la mejor. Siempre está en todo.
21:02 p.m.: Elena es puntual, como siempre. Bajo a la calle, me dice que estoy guapísima con el nuevo peinado y nos vamos en el coche de una amiga suya.
00:50 a.m.: Acabo de llegar a casa. He sido la primera en abandonar la fiesta. No me apetecía mucho beber y además, todavía tengo dolores. Lo he pasado muy bien. A la cumpleañera le han regalado muchas cosas. Casi todo ropa. Los chicos, como siempre, tan graciosos, le han regalado un vibrador. La mayoría de las chicas hemos dicho “qué fuerte” al unísono. Era de un tamaño considerable y todas lo hemos manoseado. Está feo regalar esas cosas delante de extraños. La fiesta ha sido en un bar. No nos hemos movido de allí en todo el rato. Éramos muchísimos. He pasado casi todo el tiempo con XX, un abogado de Legalitas. El chico está muy bien. Me ha contado que una vez, antes de ser contratado por Legalitas, una cliente le propuso pagarle los servicios con carne. Ha sonado tan pretencioso y falso que he decidido hacer como si me lo creyera para ver hasta dónde era capaz de llegar con su historia. Me meto en el servicio, me desmaquillo, me pongo el pijama y me meto en la cama.
01:12 a.m.: Recibo un sms. Lo abro y es del chico de los ojos negros. Me cuenta que la peli ha estado muy chula y que a ver si mañanas nos vemos en el bar de siempre. No le contesto y ya sé dónde no tengo que ir mañana. Creo que me masturbaré antes de dormir.
VIERNES
6:40 a.m.: Me levanto muy cansada. Ya casi se me ha ido la regla pero todavía siento algo de dolor. Mi pelo mantiene el peinado de ayer.
8:20 a.m.: En el metro un borracho ha increpado a una chica. Sin cortarse nada, la tía le ha metido una bofetada. En el vagón hemos empezado a gritar de satisfacción e incluso se oían insultos contra el borracho. Elena me acaba de decir que no ha dormido en su casa. Lleva cara de cansada y me da que no ha sido tan buena la noche como ella esperaba.
13:08 p.m.: En efecto. Elena me ha contado que cuando yo me fui, ella se quedó todo el rato hablando con xXx, el único chico de la fiesta que vestía traje y corbata. Él insistió luego en llevarla a casa. Ella accedió. En cuanto montaron al coche empezaron a besarse y a meterse mano. Entonces, dice, se fueron a casa de xXx. Una casa muy bonita, con mucho gusto y muy coqueta. Pero me ha dicho que en cuanto se metieron a la cama, el chico empezó a vomitar y a vomitar. Le ha tocado estar toda la santa noche de enfermera. Por lo visto el del trajecito le da y bien a la coca. Hemos acabado riéndonos.
15:30 p.m.: He ido a ver a mi madre. Hemos comido las dos juntas. Me ha dicho que la tía Ana está muy mal. Algo en la operación no ha salido como debía. Mi madre insiste en que llame a mi prima Ana. “Ella ya te habría llamado”, me dice. La llamo y hablo un poco con ella. Por la voz la noto resignada.
17:38 p.m.: He devuelto la peli y he alquilado otra de la Hepburn. Me he quedado un rato en el parque, sentada y pensando en la tía Ana. Cuando éramos pequeñas, ella siempre callaba nuestras travesuras. Una vez en casa de la abuela Estela para jugar nos pusimos sus collares. Y se los rompimos. Habían sido de su madre. La tía Ana nos libró de que nos dieran una buena zurra. Tendríamos unos diez años. No hay mucha gente en el parque y se ha movido un viento muy molesto.
21:01 p.m.: He visto la peli de la Hepburn. Está magnífica. Los tíos tuvieron que estar locos por ella. Recibo un sms del chico de los ojos negros. Me pregunta si estoy bien. No le contesto. Decido que no voy a salir y meto una lasaña al horno.
00:50 a.m.: Después de cenar estuve viendo la tele. Los programas eran absurdos. Me ha llamado mi madre y ha empezado a llorar. Me he asustado pensando en que se había muerto la tía Ana pero no. Sólo necesitaba desahogarse. Le he dicho que mañana comeré con ella. Me he metido en la cama después de lavarme los dientes y ponerme el pijama. Estoy cansada.
SÁBADO
09:15 a.m.: Me despierto sobresaltada. El teléfono. Es Elena. Ayer no salió al igual que yo y quiere que comamos juntas. Le digo que no puedo, se lo he prometido a mi madre. Le cuento algo de lo de la tía Ana y me dice que la llame después de comer.
11:40 a.m.: Me he quedado en la cama después de hablar con Elena. He soñado con la tía Ana. Tenía un agujero en la cara y se le acercaba el inglés sujetando en la mano el vibrador de la fiesta de cumpleaños. Era realmente asqueroso. Voy al servicio. La regla ya se me ha ido. Me doy una ducha y me voy a dar una vuelta.
13:23 p.m.: He ido al FNAC. Me he comprado tres películas de Katherine Hepburn. He visto al rubito. Venía de hacerse las mechas. Estaba muy mono. Hemos paseado los dos juntos por el parque y nos hemos ido a tomarnos unas cañas. Me ha acompañado hasta la boca del metro y nos hemos besado al despedirnos. Parecíamos una pareja de enamorados.
17:30 p.m.: Mi madre había hecho para comer de todo. Parecía que fuera Navidad. Hemos hablado con la prima Ana y ha dicho que la tía va mejor. Pero que todavía está bajo observaciones. Me he quedado dormida un rato viendo la tele.
20:20 p.m.: He llamado a Elena. Hemos quedado para salir esta noche. Lleno la bañera y me doy un baño de más de media hora. Estando en el baño me ha llamado el inglés. Le he contestado estando desnuda dentro del agua. Ha sido una sensación maravillosa. En cuanto he colgado me he masturbado.
01:30 a.m.: Elena ha pasado a recogerme a las nueve y media. Nos hemos ido a cenar al McDonalds. Hemos ligado allí con unos chicos. Nos hemos ido a XXXX y hemos estado tomando taponazos. He recibido un sms del chico de los ojos negros. Le he contestado diciéndole que estaba en otra parte. Me ha vuelto a mandar un sms preguntando dónde. No le he contestado. Le he dicho a Elena si me dejaba llamar al inglés. Ha accedido después de ponerme verde y decirme de todo. La adoro, Elena debe ser la mejor mujer del mundo.
04:50 p.m.: Elena y uno de los chicos que conocimos en el McDonalds me acompañaron hasta la discoteca donde estaba el inglés. Ellos me dejaron allí. Encontré al inglés y bebimos taponazos. Elena tenía razón, bebe mucho y es un poco guarro. Pero el tío es muy guapo y tengo ganas de saber si es, como me dijo Elena, “tan bueno”.
DOMINGO
10:15 a.m.: He pasado la noche en casa del inglés. Me tocó meterlo en un taxi. Apenas se mantenía en pié. Iba borracho como un adolescente. Abrí la puerta de su casa. Lo desnudé y lo acosté. Me metí en la cama con él. Pero sólo fue eso. Cuando he llegado a casa me he dado una ducha y he desayunado.
13:28 p.m.: He llamado a mi madre. Todo sigue igual con respecto a la tía Ana. Me he ido al parque. Hacía buen día aunque el viento era a rachas algo molesto. He coincidido con el chico de los ojos negros. Había ido a mi casa y me ha visto en el parque. Me ha montado un número como si fuera mi marido. Le he dicho que se olvidara de mí. Me he ido a tomarme unas cañas yo sola.
16:20 p.m.: He comido macarrones. He recogido la mesa y voy a poner una peli de las que compré en el FNAC. Me llama el inglés. Dice que siente mucho lo que pasó ayer. ¿Pasar?, no pasó nada, pienso yo. Le digo que no se preocupe. Ya hablaremos. Pero creo que ha perdido su oportunidad.
19:45 p.m.: La película no me ha gustado tanto como las otras anteriores pero la Hepburn está sobresaliente. He llamado a Pepa y hemos quedado para vernos el miércoles y decidir qué le compramos a Susana. Por supuesto hemos dicho que la despedida tiene que ser a lo grande. Nos hemos reído y ya tengo claro lo que voy a llevar de “complemento” para la despedida. Pongo la tele y sólo salen noticias funestas. La apago y me meto en un Chat.
23:00 p.m.: He cenado fruta y un yogurt. Voy al servicio. Me pongo el pijama y me meto en la cama. Me acuerdo del salido del Chat con el que me he estado divirtiendo y supongo que me masturbaré antes de dormir.
Funcionaria.
Heterosexual activa.
LUNES
03:45 a.m.: Acabo de tener una pesadilla. Yo estoy durmiendo y el sonido del interfono me despierta. Descuelgo con miedo y sin decir “quién es” una voz grave y repugnante dice que es Elena. Tonta de mí, me lo creo y abro. Tenía mucho miedo. De repente, siento que golpean a la puerta con una insistencia y una fuerza desproporcionadas. Me he despertado sobresaltada y con el corazón a mil por hora. Menos mal que era un sueño. He bebido agua y me he vuelto a la cama.
06:50 a.m.: Odio levantarme. Siento el cansancio del fin de semana y además he dormido fatal. Voy al servicio y me tiro casi un cuarto de hora sentada en el váter. Incluso me he llegado a dormir.
08:00 a.m.: En el metro me han entrado mareos. Creo que me tiene que venir la regla. Elena, en cuanto he entrado a la oficina, ha empezado a hablarme y a hablarme. Lo siento, pero los lunes no la soporto. Creo que lo ha notado en mi cara.
11:45 p.m.: Durante el almuerzo han estado contando chistes. Algunos muy buenos, pero como siempre, ya no me acuerdo de ninguno. Elena me ha dicho que el jueves van de cumpleaños. Que si quiero ir con ellas. Le he dicho que ya le contestaré.
13:45 p.m.: Ha venido XXX, el pelma de la mensajería. Traía varias cartas. Se ha cortado el pelo. Le queda bastante bien. Ha mejorado mucho. Lástima que sea tan pesado.
16:10 p.m.: He llegado a casa y me he acostado directamente. Estaba muerta. Acabo de despertarme y para comer voy a calentarme los macarrones que me sobraron ayer.
20:30 p.m.: Ha venido Susana. Mi compañera del instituto. Hacía siglos que no nos veíamos. Le va estupendamente. Ha traído bombones y nos hemos reído recordando las chiquilladas que hacíamos entonces. Se va a casar. ¡Lleva con su novio trece años!
22:15 p.m.: He visto la tele y me he quedado durmiendo viéndola. Me duele mucho la barriga. Voy al servicio y me acuesto.
MARTES
6:50 a.m.: Me ha venido la regla y para variar he dormido muy mal. Toda la noche dando vueltas. Decido no ir a trabajar, le mando un sms a Elena, y me acuesto después de ir al servicio.
10:30 a.m.: Me he despertado hace veinte minutos. He desayunado en pijama mientras escuchaba música. Parecía que era domingo. Voy a darme una ducha y saldré a hacer algunas compras.
13:30 p.m.: He ido al súper. He comprado muchísimas cosas. Algunas necesarias, otras, no. Me he encontrado en la calle con el inglés de Elena. Bueno, ya no es suyo. Estaba muy simpático. Me ha acompañado a casa con las bolsas de la compra y nos hemos dado los teléfonos. De momento esto no se lo diré a Elena.
15:25 p.m.: Me he hecho una ensalada y he calentado un bote de lentejas. Estaban riquísimas, pero me noto hinchada. Me tomo una pastilla para el dolor de la regla y me tumbo a ver la tele.
18:10 p.m.: Me ha llamado Elena. Va a venir a verme.
21:30 p.m.: Elena también me ha traído bombones. Esta semana creo que el cupo de chocolate está sobrepasado. Me ha contado que esta mañana en la oficina ha explotado un tubo de luz y le han caído todos los cristalitos a X. Nos hemos reído mucho. X es un gilipollas pelota del director que siempre está juzgando el trabajo de los demás.
22:45 p.m.: No he tenido ni pizca de hambre en toda la tarde. He recibido un sms del chico de los ojos negros. Dice que si quiero ir con él el jueves al cine. Tengo excusa perfecta. Le contesto que voy de cumpleaños con las amigas de Elena. Mando un sms al inglés de Elena. Ya no es suyo. Le doy, de nuevo, las gracias por ayudarme a subir las bolsas a casa. Me voy a acostar.
MIÉRCOLES
7:00 a.m.: He dormido genial. El día de descanso de ayer fue fantástico. Siento que todavía me duelen los ovarios y decido no ir hoy tampoco a trabajar. Mando un sms a Elena, le escribo que todavía me encuentro mal y le digo que mañana cuenten conmigo para el cumple.
9:00 a.m.: He desayunado otra vez en pijama. Hoy he puesto la música un poco más alta. Voy a darme una ducha y llamaré a la peluquería para que me den cita para mañana. Si pudiera ser por la tarde, mejor.
11:20 p.m.: He ido al FNAC. He comprado, por el simple hecho de comprar, un Cd de canciones románticas. Supongo que la regla me pone así de blanda. He paseado por el parque y he ido a alquilar una peli. Una en la que sale Katherine Hepburn. Al llegar a casa me encontraba tan bien que me he puesto a llorar.
15:30 p.m.: He visto las noticias mientras comía spaghetti. He llamado a mi madre y hemos hablado un ratito. Me ha contado que a la tía Ana la han operado de un bulto en la cara, junto a un ojo. Me ha sonado tan terrorífica esa palabra que me he acordado del sueño del lunes. Los médicos dicen que seguramente perderá el ojo.
19:40 p.m.: He recibido un sms del inglés. Van a salir esta noche y me dice si quiero ir con ellos. Le mando yo uno en el que le digo que todavía estoy con las señales de la feminidad. Pero que muchas gracias y que queda pendiente.
23:20 p.m.: He visto la peli de Katherine Hepburn. Ojalá mañana en la peluquería pudieran hacerme el mismo peinado que lleva en la película. Me he tomado varios bombones y me he hecho un vaso de leche. Me voy a acostar. Mañana tengo que ir a trabajar.
JUEVES
6:40 a.m.: He dormido bien pero me duele la tripa. He desayunado un yogurt y me he tomado una pastilla para el dolor. Me maquillo un poco para disimular las ojeras.
8:45 a.m.: En el trabajo estaban los electricistas arreglando lo del tubo que me contó Elena. X ha tenido que irse a otra mesa. Se le nota muy cabreado. Yo, como quien no sabe nada, le pregunto “es que qué ha pasado”. Me mira con su típica expresión de no me jodas tía y me contesta con un escueto “nada”.
12:32 p.m.: Ha vuelto a venir XXX. Traía cartas y paquetes. Hoy ha estado más callado que de costumbre. No me ha dicho ninguna tontería de las suyas. ¿Qué le pasará? Elena me acaba de decir que hoy al cumpleaños van a ir bastantes chicos, amigos de la cumpleañera. Seremos unos veinte. Le cuento sólo por encima lo del inglés. Que me ayudó a subir las bolsas. “Es bueno” me dice sonriendo, y yo me río diciéndole “descarada”.
15:40 p.m.: He ido a casa de mi madre. He comido con ella y me ha estado hablando todo el tiempo de la tía Ana y de su operación.
19:04 p.m.: Acabo de llegar de la peluquería. No me parezco a la Hepburn pero me veo fantástica. Empiezo a seleccionar lo que voy a llevar esta noche en el cumpleaños. Como supongo que habrá mucha lagarta decido llevar ropa informal y pasar desapercibida. Me llaman al móvil y es Pepa. Quiere que quedemos un día de estos para ver qué le regalamos a Susana para su boda. Dice que le vamos a hacer una despedida. Pepa para estas cosas es la mejor. Siempre está en todo.
21:02 p.m.: Elena es puntual, como siempre. Bajo a la calle, me dice que estoy guapísima con el nuevo peinado y nos vamos en el coche de una amiga suya.
00:50 a.m.: Acabo de llegar a casa. He sido la primera en abandonar la fiesta. No me apetecía mucho beber y además, todavía tengo dolores. Lo he pasado muy bien. A la cumpleañera le han regalado muchas cosas. Casi todo ropa. Los chicos, como siempre, tan graciosos, le han regalado un vibrador. La mayoría de las chicas hemos dicho “qué fuerte” al unísono. Era de un tamaño considerable y todas lo hemos manoseado. Está feo regalar esas cosas delante de extraños. La fiesta ha sido en un bar. No nos hemos movido de allí en todo el rato. Éramos muchísimos. He pasado casi todo el tiempo con XX, un abogado de Legalitas. El chico está muy bien. Me ha contado que una vez, antes de ser contratado por Legalitas, una cliente le propuso pagarle los servicios con carne. Ha sonado tan pretencioso y falso que he decidido hacer como si me lo creyera para ver hasta dónde era capaz de llegar con su historia. Me meto en el servicio, me desmaquillo, me pongo el pijama y me meto en la cama.
01:12 a.m.: Recibo un sms. Lo abro y es del chico de los ojos negros. Me cuenta que la peli ha estado muy chula y que a ver si mañanas nos vemos en el bar de siempre. No le contesto y ya sé dónde no tengo que ir mañana. Creo que me masturbaré antes de dormir.
VIERNES
6:40 a.m.: Me levanto muy cansada. Ya casi se me ha ido la regla pero todavía siento algo de dolor. Mi pelo mantiene el peinado de ayer.
8:20 a.m.: En el metro un borracho ha increpado a una chica. Sin cortarse nada, la tía le ha metido una bofetada. En el vagón hemos empezado a gritar de satisfacción e incluso se oían insultos contra el borracho. Elena me acaba de decir que no ha dormido en su casa. Lleva cara de cansada y me da que no ha sido tan buena la noche como ella esperaba.
13:08 p.m.: En efecto. Elena me ha contado que cuando yo me fui, ella se quedó todo el rato hablando con xXx, el único chico de la fiesta que vestía traje y corbata. Él insistió luego en llevarla a casa. Ella accedió. En cuanto montaron al coche empezaron a besarse y a meterse mano. Entonces, dice, se fueron a casa de xXx. Una casa muy bonita, con mucho gusto y muy coqueta. Pero me ha dicho que en cuanto se metieron a la cama, el chico empezó a vomitar y a vomitar. Le ha tocado estar toda la santa noche de enfermera. Por lo visto el del trajecito le da y bien a la coca. Hemos acabado riéndonos.
15:30 p.m.: He ido a ver a mi madre. Hemos comido las dos juntas. Me ha dicho que la tía Ana está muy mal. Algo en la operación no ha salido como debía. Mi madre insiste en que llame a mi prima Ana. “Ella ya te habría llamado”, me dice. La llamo y hablo un poco con ella. Por la voz la noto resignada.
17:38 p.m.: He devuelto la peli y he alquilado otra de la Hepburn. Me he quedado un rato en el parque, sentada y pensando en la tía Ana. Cuando éramos pequeñas, ella siempre callaba nuestras travesuras. Una vez en casa de la abuela Estela para jugar nos pusimos sus collares. Y se los rompimos. Habían sido de su madre. La tía Ana nos libró de que nos dieran una buena zurra. Tendríamos unos diez años. No hay mucha gente en el parque y se ha movido un viento muy molesto.
21:01 p.m.: He visto la peli de la Hepburn. Está magnífica. Los tíos tuvieron que estar locos por ella. Recibo un sms del chico de los ojos negros. Me pregunta si estoy bien. No le contesto. Decido que no voy a salir y meto una lasaña al horno.
00:50 a.m.: Después de cenar estuve viendo la tele. Los programas eran absurdos. Me ha llamado mi madre y ha empezado a llorar. Me he asustado pensando en que se había muerto la tía Ana pero no. Sólo necesitaba desahogarse. Le he dicho que mañana comeré con ella. Me he metido en la cama después de lavarme los dientes y ponerme el pijama. Estoy cansada.
SÁBADO
09:15 a.m.: Me despierto sobresaltada. El teléfono. Es Elena. Ayer no salió al igual que yo y quiere que comamos juntas. Le digo que no puedo, se lo he prometido a mi madre. Le cuento algo de lo de la tía Ana y me dice que la llame después de comer.
11:40 a.m.: Me he quedado en la cama después de hablar con Elena. He soñado con la tía Ana. Tenía un agujero en la cara y se le acercaba el inglés sujetando en la mano el vibrador de la fiesta de cumpleaños. Era realmente asqueroso. Voy al servicio. La regla ya se me ha ido. Me doy una ducha y me voy a dar una vuelta.
13:23 p.m.: He ido al FNAC. Me he comprado tres películas de Katherine Hepburn. He visto al rubito. Venía de hacerse las mechas. Estaba muy mono. Hemos paseado los dos juntos por el parque y nos hemos ido a tomarnos unas cañas. Me ha acompañado hasta la boca del metro y nos hemos besado al despedirnos. Parecíamos una pareja de enamorados.
17:30 p.m.: Mi madre había hecho para comer de todo. Parecía que fuera Navidad. Hemos hablado con la prima Ana y ha dicho que la tía va mejor. Pero que todavía está bajo observaciones. Me he quedado dormida un rato viendo la tele.
20:20 p.m.: He llamado a Elena. Hemos quedado para salir esta noche. Lleno la bañera y me doy un baño de más de media hora. Estando en el baño me ha llamado el inglés. Le he contestado estando desnuda dentro del agua. Ha sido una sensación maravillosa. En cuanto he colgado me he masturbado.
01:30 a.m.: Elena ha pasado a recogerme a las nueve y media. Nos hemos ido a cenar al McDonalds. Hemos ligado allí con unos chicos. Nos hemos ido a XXXX y hemos estado tomando taponazos. He recibido un sms del chico de los ojos negros. Le he contestado diciéndole que estaba en otra parte. Me ha vuelto a mandar un sms preguntando dónde. No le he contestado. Le he dicho a Elena si me dejaba llamar al inglés. Ha accedido después de ponerme verde y decirme de todo. La adoro, Elena debe ser la mejor mujer del mundo.
04:50 p.m.: Elena y uno de los chicos que conocimos en el McDonalds me acompañaron hasta la discoteca donde estaba el inglés. Ellos me dejaron allí. Encontré al inglés y bebimos taponazos. Elena tenía razón, bebe mucho y es un poco guarro. Pero el tío es muy guapo y tengo ganas de saber si es, como me dijo Elena, “tan bueno”.
DOMINGO
10:15 a.m.: He pasado la noche en casa del inglés. Me tocó meterlo en un taxi. Apenas se mantenía en pié. Iba borracho como un adolescente. Abrí la puerta de su casa. Lo desnudé y lo acosté. Me metí en la cama con él. Pero sólo fue eso. Cuando he llegado a casa me he dado una ducha y he desayunado.
13:28 p.m.: He llamado a mi madre. Todo sigue igual con respecto a la tía Ana. Me he ido al parque. Hacía buen día aunque el viento era a rachas algo molesto. He coincidido con el chico de los ojos negros. Había ido a mi casa y me ha visto en el parque. Me ha montado un número como si fuera mi marido. Le he dicho que se olvidara de mí. Me he ido a tomarme unas cañas yo sola.
16:20 p.m.: He comido macarrones. He recogido la mesa y voy a poner una peli de las que compré en el FNAC. Me llama el inglés. Dice que siente mucho lo que pasó ayer. ¿Pasar?, no pasó nada, pienso yo. Le digo que no se preocupe. Ya hablaremos. Pero creo que ha perdido su oportunidad.
19:45 p.m.: La película no me ha gustado tanto como las otras anteriores pero la Hepburn está sobresaliente. He llamado a Pepa y hemos quedado para vernos el miércoles y decidir qué le compramos a Susana. Por supuesto hemos dicho que la despedida tiene que ser a lo grande. Nos hemos reído y ya tengo claro lo que voy a llevar de “complemento” para la despedida. Pongo la tele y sólo salen noticias funestas. La apago y me meto en un Chat.
23:00 p.m.: He cenado fruta y un yogurt. Voy al servicio. Me pongo el pijama y me meto en la cama. Me acuerdo del salido del Chat con el que me he estado divirtiendo y supongo que me masturbaré antes de dormir.
jueves, 6 de diciembre de 2007
HOTEL LA HIPÉRBOLA VII
Con el primer trago que se echó a la boca, K constató que el café del bar del hotel era infame y que el día empezaba torcido. Por educación evitó escupir, pero le hizo una seña al camarero apartando la taza de su lado. El camarero, un joven pecoso con cara de buena persona, se acercó hasta él.
–Perdona muchacho –le dijo K sin compasión–, ¿de dónde has sacado este café? ¿Directamente del desagüe?
El chaval se puso colorado y tartamudeó una disculpa.
–Perdone..., la máquina estaba fría..., no se preocupe..., le haré otro.
El camarero, bastante afectado, se llevó la taza, mientras K se decía a sí mismo que era un cerdo por tratar así al chico, pero que con el primer café del día no se podían aceptar determinadas agresiones sin rechistar.
Mientras esperaba el segundo café, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la extraña carta que se había encontrado en el pasillo de su habitación. Rasgó el sobre y cuando se disponía a extraer su contenido, alguien, desde el taburete de al lado, se abalanzó sobre su oreja.
–En este país el café es muy malo –oyó que le decía una voz meliflua, en tono cosmopolita–, lo mezclan con torrefacto y encima le añaden azúcar.
El escritor se volvió sorprendido y se encontró junto a él, a dos palmos de su cara, a un tipo calvo, con gafas, con las mejillas como de tomate, y un bigotito estilo Clark Gable completando el conjunto. Como a tanta gente antes que a él, a primera vista le cayó mal.
–¿Qué dice usted? ¿Se ha vuelto loco? –le dijo mirándolo, con la extraña impresión de aquel tipo no era un ser humano.
–Yo tengo un amigo en Francia –continuó el otro, sin hacerle caso–, que tiene allí una fábrica de café, y le puedo asegurar que sé de lo que hablo. En este país el café lo mezclan con torrefacto.
En ese momento el camarero volvió y puso una nueva taza de café delante del escritor. K dejó de prestar atención al intruso, y se concentró en echar el azúcar en la taza y removerla, con una doble esperanza. Por un lado, que el nuevo café fuera mínimamente digno y le permitiera congraciarse con el camarero; y por otro, que el estúpido personaje que había aterrizado a su lado lo dejara en paz...
Tuvo suerte respecto a lo primero, porque el café le resultó casi aceptable. Después de darle un primer trago, le hizo con la mano una señal de OK al camarero, que respiró aliviado. Respecto a lo segundo, no tuvo tanta suerte, porque desde su taburete, el experto en café estaba volviendo a la carga.
–Los mejores cafés del mundo se hacen en Italia –dijo, sin soltar el tema–, porque allí no lo mezclan con torrefacto ni con azúcar. Y además, y esto es lo mejor, ¿a que no sabe usted cómo seleccionan el grano...?
El tipo se quedó esperando a que el escritor contestara a su pregunta. K, después de acabarse de un par de tragos el contenido de la taza, se volvió con decisión hacia él, dispuesto a quitárselo de encima.
–Oiga mire –le dijo cortante–, ¿por qué cree usted que a mí me interesa que a estas horas de la mañana venga un tipo como usted a darme la tabarra sobre el café?
–Sé quién es usted –le contestó el otro en plan colega, ignorando el mensaje–.Yo también soy escritor.
K lo miró fijamente y volvió a tener la impresión de que aquel tipo no era humano. Quizás se trataba de alguna especie de alienígena al que le habían puesto una careta. Sintió un principio de vértigo y se decidió a cortar por lo sano.
–¿Y cómo se puede ser escritor con esa cara? –le soltó sin piedad, parafraseando al viejo Groucho– Si es que eso es una cara, claro.
El otro acusó el golpe y pareció ofenderse.
–Oiga, no se pase. ¿Quién se ha creído que es para insultarme así?
–¿Insultarle?¿Pero usted se ha mirado alguna vez en el espejo? –K siguió hurgando en la herida- No me extrañaría que fuese usted descendiente directo de la mona Chita.
K no podía imaginar el efecto que estas palabras iban a provocar en el otro. El experto en café abrió la boca como si acabaran de darle un puñetazo en el estómago. Una extraña fosforescencia comenzó a apoderarse de su cara y, súbitamente, se enfureció como si le fuera en ello la vida.
–Yo me paso su desprecio por los cojones –exclamó con rabia, bajándose del taburete–. Y no le voy a consentir que me insulte impunemente.
De pronto se quitó las gafas, las dejó sobre la barra, y con gesto amenazante y los ojos desorbitados, se encaró con K.
– Usted no es más que una mierda de escritor. Y yo puedo pasar de las palabras a la violencia...
K comprendió de pronto el tipo de histérico con el que se las veía. Era de esa clase de gente que siempre le despertaba…, cómo decirlo, una profunda sensación de pereza. Una pereza casi metafísica. Sobre todo por las mañanas. Sonrió resignado.
–¿De qué se ríe ahora? –le gritó el otro, crecido en plena paranoia–. ¿O es que ya se le han quitado las ganas de insultarme?
K sintió el hastío transpirarle en las manos, y meditó un segundo cómo evitar soltarle un par de ostias al tiparraco aquel, por mucho que le apeteciera, ya que no parecía muy inteligente empezar con una pelea su aterrizaje en aquel pueblo. ¿Qué pensarían en el Ayuntamiento? ¿Qué en lugar de un escritor habían contratado a un matón? Decidió que lo más prudente sería intentar torear al imbécil.
–Escuche amigo, simplifiquemos –le dijo, humanizando el tono–. Yo por las mañanas siempre estoy de mal humor y necesito estar un tiempo incomunicado –hizo una pausa mirándolo directamente a los ojos–. ¿Comprende? Por eso a veces reacciono algo bruscamente. ¿No decía usted que también escribe? Usted sabrá por propia experiencia que los escritores somos algo raros.
El cambio de tono dejó al otro un momento desconcertado. Dudando. Dudando entre tomarse aquello como una disculpa o seguir en la espiral de violencia que se había desatado en su cabeza. El camarero, que se había apercibido de la discusión, los miraba expectante. A pesar del incidente del café, se había puesto del lado de K. Conocía de sobra al otro individuo y, como a todo el mundo, a él también le caía mal. Por eso estaba encantado de asistir al enjuague que le estaba dando K. Un enjuague que además el tipo se tragó hasta las heces, porque, tras un último titubeo, decidió volverse a poner las gafas.
–Está bien, tomaré esas palabras como una disculpa –dijo, y pareció relajarse, aunque en su cara aún persistía cierta fosforescencia–, pero con una condición, tendrá que concederme una entrevista en directo.
–¿Una entrevista en directo? ¿Sobre qué? ¿Para quién?
–Para la emisora de televisión local. Yo presento y dirijo un programa nocturno.
Vaya, así que ese era el precio de la paz. K lo miró valorando la propuesta. El tipo aquel no le gustaba un duro y todavía se percibía el veneno en su mirada de batracio. Estaba claro que ansiaba llevarlo a su territorio pensando que allí podría vengarse del agravio sufrido. Daba la impresión de que más que una entrevista le estaba planteando una batalla. Aunque, pensándolo bien, esa entrevista también podría tener cierta importancia para sus propios planes. El único peligro era que el entrevistador fuera un alienígena. Pero, ¿desde cuándo a él le habían asustado ciertos desafíos? Por la tarde, mientras se fumaba un canuto, escribió:
El ego de un imbécil es una materia prácticamente radioactiva. Su acción permanente sobre las neuronas, es capaz de provocar una realimentación exponencial del yo y causarle mutaciones irreversibles. A partir de este proceso, el imbécil sólo se relaciona con los demás sobre mecanismos asimétricos, dónde los otros se reducen al mero papel de receptores del despliegue irrefutable de su explicación del mundo. Y es que, por su propia naturaleza, el ego de un imbécil es una espiral que sólo limita con el infinito.
Sin embargo, el ego del imbécil es mucho más frágil de lo que pudiera creerse. Porque su talón de Aquiles es la paranoia. La paranoia es su lado oscuro. Porque, a pesar de que el imbécil, por definición, es incapaz de mirarse al espejo y reconocerse como tal, en algún compartimiento secreto de su conciencia siempre queda un rincón libre de radiaciones, un mínimo espacio protegido, donde la verdad sobre sí mismo persiste como un virus. Un virus que va desarrollándose enroscado a su ego, e infectando toda su dialéctica. Por eso frente al imbécil no valen argumentos, sólo vale la sumisión o la guerra.
La sumisión o la guerra. Justo al terminar de escribir este último párrafo, K le dio la última calada al canuto y tiró la colilla a la papelera. Luego volvió a pensar en la carta. La extraña carta que yacía, desplegada como un laberinto, sobre la colcha a cuadros de su cama.
HERNAN CUATRO
–Perdona muchacho –le dijo K sin compasión–, ¿de dónde has sacado este café? ¿Directamente del desagüe?
El chaval se puso colorado y tartamudeó una disculpa.
–Perdone..., la máquina estaba fría..., no se preocupe..., le haré otro.
El camarero, bastante afectado, se llevó la taza, mientras K se decía a sí mismo que era un cerdo por tratar así al chico, pero que con el primer café del día no se podían aceptar determinadas agresiones sin rechistar.
Mientras esperaba el segundo café, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la extraña carta que se había encontrado en el pasillo de su habitación. Rasgó el sobre y cuando se disponía a extraer su contenido, alguien, desde el taburete de al lado, se abalanzó sobre su oreja.
–En este país el café es muy malo –oyó que le decía una voz meliflua, en tono cosmopolita–, lo mezclan con torrefacto y encima le añaden azúcar.
El escritor se volvió sorprendido y se encontró junto a él, a dos palmos de su cara, a un tipo calvo, con gafas, con las mejillas como de tomate, y un bigotito estilo Clark Gable completando el conjunto. Como a tanta gente antes que a él, a primera vista le cayó mal.
–¿Qué dice usted? ¿Se ha vuelto loco? –le dijo mirándolo, con la extraña impresión de aquel tipo no era un ser humano.
–Yo tengo un amigo en Francia –continuó el otro, sin hacerle caso–, que tiene allí una fábrica de café, y le puedo asegurar que sé de lo que hablo. En este país el café lo mezclan con torrefacto.
En ese momento el camarero volvió y puso una nueva taza de café delante del escritor. K dejó de prestar atención al intruso, y se concentró en echar el azúcar en la taza y removerla, con una doble esperanza. Por un lado, que el nuevo café fuera mínimamente digno y le permitiera congraciarse con el camarero; y por otro, que el estúpido personaje que había aterrizado a su lado lo dejara en paz...
Tuvo suerte respecto a lo primero, porque el café le resultó casi aceptable. Después de darle un primer trago, le hizo con la mano una señal de OK al camarero, que respiró aliviado. Respecto a lo segundo, no tuvo tanta suerte, porque desde su taburete, el experto en café estaba volviendo a la carga.
–Los mejores cafés del mundo se hacen en Italia –dijo, sin soltar el tema–, porque allí no lo mezclan con torrefacto ni con azúcar. Y además, y esto es lo mejor, ¿a que no sabe usted cómo seleccionan el grano...?
El tipo se quedó esperando a que el escritor contestara a su pregunta. K, después de acabarse de un par de tragos el contenido de la taza, se volvió con decisión hacia él, dispuesto a quitárselo de encima.
–Oiga mire –le dijo cortante–, ¿por qué cree usted que a mí me interesa que a estas horas de la mañana venga un tipo como usted a darme la tabarra sobre el café?
–Sé quién es usted –le contestó el otro en plan colega, ignorando el mensaje–.Yo también soy escritor.
K lo miró fijamente y volvió a tener la impresión de que aquel tipo no era humano. Quizás se trataba de alguna especie de alienígena al que le habían puesto una careta. Sintió un principio de vértigo y se decidió a cortar por lo sano.
–¿Y cómo se puede ser escritor con esa cara? –le soltó sin piedad, parafraseando al viejo Groucho– Si es que eso es una cara, claro.
El otro acusó el golpe y pareció ofenderse.
–Oiga, no se pase. ¿Quién se ha creído que es para insultarme así?
–¿Insultarle?¿Pero usted se ha mirado alguna vez en el espejo? –K siguió hurgando en la herida- No me extrañaría que fuese usted descendiente directo de la mona Chita.
K no podía imaginar el efecto que estas palabras iban a provocar en el otro. El experto en café abrió la boca como si acabaran de darle un puñetazo en el estómago. Una extraña fosforescencia comenzó a apoderarse de su cara y, súbitamente, se enfureció como si le fuera en ello la vida.
–Yo me paso su desprecio por los cojones –exclamó con rabia, bajándose del taburete–. Y no le voy a consentir que me insulte impunemente.
De pronto se quitó las gafas, las dejó sobre la barra, y con gesto amenazante y los ojos desorbitados, se encaró con K.
– Usted no es más que una mierda de escritor. Y yo puedo pasar de las palabras a la violencia...
K comprendió de pronto el tipo de histérico con el que se las veía. Era de esa clase de gente que siempre le despertaba…, cómo decirlo, una profunda sensación de pereza. Una pereza casi metafísica. Sobre todo por las mañanas. Sonrió resignado.
–¿De qué se ríe ahora? –le gritó el otro, crecido en plena paranoia–. ¿O es que ya se le han quitado las ganas de insultarme?
K sintió el hastío transpirarle en las manos, y meditó un segundo cómo evitar soltarle un par de ostias al tiparraco aquel, por mucho que le apeteciera, ya que no parecía muy inteligente empezar con una pelea su aterrizaje en aquel pueblo. ¿Qué pensarían en el Ayuntamiento? ¿Qué en lugar de un escritor habían contratado a un matón? Decidió que lo más prudente sería intentar torear al imbécil.
–Escuche amigo, simplifiquemos –le dijo, humanizando el tono–. Yo por las mañanas siempre estoy de mal humor y necesito estar un tiempo incomunicado –hizo una pausa mirándolo directamente a los ojos–. ¿Comprende? Por eso a veces reacciono algo bruscamente. ¿No decía usted que también escribe? Usted sabrá por propia experiencia que los escritores somos algo raros.
El cambio de tono dejó al otro un momento desconcertado. Dudando. Dudando entre tomarse aquello como una disculpa o seguir en la espiral de violencia que se había desatado en su cabeza. El camarero, que se había apercibido de la discusión, los miraba expectante. A pesar del incidente del café, se había puesto del lado de K. Conocía de sobra al otro individuo y, como a todo el mundo, a él también le caía mal. Por eso estaba encantado de asistir al enjuague que le estaba dando K. Un enjuague que además el tipo se tragó hasta las heces, porque, tras un último titubeo, decidió volverse a poner las gafas.
–Está bien, tomaré esas palabras como una disculpa –dijo, y pareció relajarse, aunque en su cara aún persistía cierta fosforescencia–, pero con una condición, tendrá que concederme una entrevista en directo.
–¿Una entrevista en directo? ¿Sobre qué? ¿Para quién?
–Para la emisora de televisión local. Yo presento y dirijo un programa nocturno.
Vaya, así que ese era el precio de la paz. K lo miró valorando la propuesta. El tipo aquel no le gustaba un duro y todavía se percibía el veneno en su mirada de batracio. Estaba claro que ansiaba llevarlo a su territorio pensando que allí podría vengarse del agravio sufrido. Daba la impresión de que más que una entrevista le estaba planteando una batalla. Aunque, pensándolo bien, esa entrevista también podría tener cierta importancia para sus propios planes. El único peligro era que el entrevistador fuera un alienígena. Pero, ¿desde cuándo a él le habían asustado ciertos desafíos? Por la tarde, mientras se fumaba un canuto, escribió:
El ego de un imbécil es una materia prácticamente radioactiva. Su acción permanente sobre las neuronas, es capaz de provocar una realimentación exponencial del yo y causarle mutaciones irreversibles. A partir de este proceso, el imbécil sólo se relaciona con los demás sobre mecanismos asimétricos, dónde los otros se reducen al mero papel de receptores del despliegue irrefutable de su explicación del mundo. Y es que, por su propia naturaleza, el ego de un imbécil es una espiral que sólo limita con el infinito.
Sin embargo, el ego del imbécil es mucho más frágil de lo que pudiera creerse. Porque su talón de Aquiles es la paranoia. La paranoia es su lado oscuro. Porque, a pesar de que el imbécil, por definición, es incapaz de mirarse al espejo y reconocerse como tal, en algún compartimiento secreto de su conciencia siempre queda un rincón libre de radiaciones, un mínimo espacio protegido, donde la verdad sobre sí mismo persiste como un virus. Un virus que va desarrollándose enroscado a su ego, e infectando toda su dialéctica. Por eso frente al imbécil no valen argumentos, sólo vale la sumisión o la guerra.
La sumisión o la guerra. Justo al terminar de escribir este último párrafo, K le dio la última calada al canuto y tiró la colilla a la papelera. Luego volvió a pensar en la carta. La extraña carta que yacía, desplegada como un laberinto, sobre la colcha a cuadros de su cama.
HERNAN CUATRO
miércoles, 5 de diciembre de 2007
HOTEL LA HIPÉRBOLA VI
La niebla parecía haberse multiplicado. Como si las nubes hubieran decidido voluntariamente descender de las alturas y establecerse de por vida junto a la superficie de la Tierra. No había ni un alma por la calle y los edificios, como maleantes de la peor calaña, parecían haberse encubierto dentro de la niebla. Las luces de las farolas alumbraban con un brillo dudoso, indeterminado, igual que en un cuadro impresionista. El fric fric del señor Lude, evocando a los grillos en verano, rasgaba la perfecta opacidad de las calles y conseguía vigorar el paisaje mortecino de la tarde-noche. En su cabeza, mucho tiempo atrás, al igual que en esa tarde, también la niebla, atravesando su cuerpo a modo de un ejército tal vez dirigido por algún perspicaz, implacable y silencioso oficial, había conseguido el objetivo principal de su misión: ocultar todo lo real dentro de una invisible confusión.
El señor Lude en aquel momento se veía gobernado por el flujo indiferente de los que no tienen nada que perder. Como los que abandonan su tierra por una vida mejor. Todo porvenir es incierto se había dicho mil veces. Pero las certidumbres de los hechos ya acontecidos se le iban acumulando en la conciencia como si fueran sedimentos arrastrados por un río y le ayudaban a establecer, apoyado en su misma conciencia, un criterio más o menos claro de lo que le quedaba por hacer. El escritor no había aparecido. De momento, se dijo. Confiaba en que apareciese. Su visión le sería de capital ayuda. Su visión perceptiva, claro. Pero también necesitaba su otra visión, la literaria. Quizás ya haya empezado a ayudarme y ni siquiera él y yo lo sabemos; en ese caso lo mejor será dejar que lo haga a su manera, concluyó.
El señor Lude estuvo andando sin importarle un ápice el rumbo que tomaban sus pasos. Tampoco el tiempo le importaba. Tanto le traía girar a la derecha y adentrarse por un callejón sin asfaltar donde basuras y escombros yacían desperdigados, como a la izquierda y toparse con un edificio en ruinas cuya puerta había sido tapiada. Igual daba media vuelta y volvía sobre sus pasos; igual se paraba y tras una leve pausa continuaba haciendo camino por otra parte. Visto desde arriba hubiera podido decirse que era una hormiga exploradora y solitaria en una cálida mañana primaveral. El olor y los sonidos le hacían penetrarse en ciertas zonas o por el contrario evitarlas. Así, caminando a la expectativa, se vio siguiendo una suerte de gemido sordo percutido en algún lugar lejano.
Mientras estaba siguiendo aquel sonido intentaba averiguar a qué le recordaba. Era una especie de golpe seco. Como el que se deriva de dejar caer sacos llenos de arena. Y también tal vez sea el silbo del aire cortado, imaginó. Aunque a lo que más le recordaba era a cuando su abuela mataba y desollaba los conejos para la comida familiar de aquellos domingos de invierno. Al pensar en ello se detuvo ante un callejón y durante un instante desapareció engullido no se sabe bien si por el callejón, los recuerdos o por la niebla.
El señor Lude, trasportado, aparece en la caliente casa de campo de sus abuelos, junto a aquel enorme hogar donde arden los troncos que minutos antes el abuelo ha lanzado al interior de la chimenea y que se queman con una fuerza hipnótica. Mira a todos los que allí están. Ve a su padre y a su madre, riendo de forma curiosa, casi innatural. Sus rostros parecen sacados de alguna fotografía. Está también el abuelo, sentado en su mecedora, expulsando por la boca, tras dar caladas intensas a un cigarro, aros de humo. Junto al abuelo, está él, el señor Lude de niño. Era una sensación rara verse de niño, pensará después. En un preciso momento el niño se le queda mirando fijamente. El señor Lude siente, por todo aquello que está presenciando, una sensación de vergüenza no sufrida jamás. Como si un alambre afilado le atravesara verticalmente. De hecho, reconoce, hay algo desconocido en casa de los abuelos que no está en armonía con todo aquello. E intuye de qué se trata, lo siente. Soy yo, claro, naturalmente. Soy yo lo desconocido, piensa. Y en cuanto esa idea se establece como un hecho en su mente, una inesperada sensación de intranquilidad oprime el aire de la casa. Todos notan el efecto. La casa toma una apariencia de fatalidad extraordinaria, como si una mala noticia hubiera llegado de imprevisto. Y al igual que en una escena de Dickens, todos creen sentir la desgracia como propia. Después de algunos segundos, breves para todos salvo para el señor Lude, una suerte de revelador silencio se hace presente y penetra, de forma parecida al olor de las habitaciones cerradas, en las conciencias de los allí presentes. Éstas sitúan ese desdichado silencio justo en el espacio que está ocupando la ilusión del señor Lude. Sus padres miran allí, lo hacen sin que se les despegue de la cara esa extraña risa innatural. Su abuelo acompasa el ritmo de la mecedora con sus caladas al cigarro. Mira con ardiente coraje mientras expulsa el humo en forma de aros, los cuales, curiosamente, se han ido convirtiendo en enormes circunferencias, de un tamaño desproporcionado, aterrador, y que circundan al abuelo como si el robot antropomorfo de Metrópolis hubiese adoptado su forma. El señor Lude niño ha desaparecido y nadie parece haberse percatado de ello. De repente surgen los ecos. El ruido seco y el sonido rasgado.
El señor Lude, ahora, aparece en la cocina, junto a su abuela, la cual lo mira detenidamente también. Su rostro, aunque feliz, le parece más deformado que el que recordaba. Ella lleva los brazos ensangrentados. Acaba de desollar con las manos un primer conejo y el segundo, blanco, atado de patas, adivinando su muerte, se mueve sobre la mesa igual que una merluza dando coletazos fuera del agua. La abuela coge el conejo y de un certero puñetazo en la nuca acaba con la vida del blanco lagomorfo. El ruido seco resuena reverberado como si todo ocurriese en el interior de una cueva. Con un sangriento cuchillo, como quien devana una madeja, la abuela corta superficialmente la piel por el cuello. Tras separar un poco con los dedos el pellejo de la carne del animal, estira de forma precisa. El sonido rasgado resuena fulminante, como si lo desollado en realidad hubiese sido la ilusión del señor Lude.
El señor Lude no se había percatado de cómo había ido a parar allí, ni siquiera recordaba por las calles que había pasado para llegar hasta donde se encontraba, y eso que era muy meticuloso en este sentido, pero la ilusión tan vívida que acababa de sufrir le había distraído en su recorrido y en ese momento se hallaba dentro de un abandonado edificio, de esos que se quedan a medio hacer. Inconscientemente, y mientras estaba en casa de sus abuelos, había ido siguiendo, en una suerte de estado hipnótico, los sonidos sordos y rasgados de antes. Debido a esto apenas pudo darse cuenta de que se hubo metido en una zona deshabitada. Una zona donde parecía claro que el boom inmobiliario del momento no había conseguido los objetivos deseados. Si bien, a cambio de los beneficios no obtenidos, un edificio sin terminar se levantaba hacia el cielo a la manera de un árbol de plástico en mitad de un descampado. En ninguna parte del edificio había luz y éste evocaba un enorme rectángulo negro incrustado sobre la superficie, como si sólo hubiesen construido la sombra proyectada. Tampoco había agua. Pero como los arquitectos y promotores habían distribuido varios pisos por planta pensando en las ventas, éstos habían acabado convirtiéndose en el lugar idóneo para que desesperados y olvidados tuvieran su lugar en el mundo. El señor Lude se hallaba en la planta tercera. En lo que parecía un largo y estrecho pasillo. No sabía cómo había llegado hasta allí pero allí estaba, quieto frente al hueco de una puerta. De dentro procedían los sonidos que le habían conducido hasta allí. Ellos le habían guiado. Aguzó como nunca el olfato y el oído, y tras tomar aire hondamente para suavizar su nerviosismo, atravesó el umbral.
Una vez hubo entrado en el piso los sonidos desaparecieron como absorbidos por las paredes. En el ambiente flotaba una sensación hueca, de vacío, igual que si en aquella antesala el tiempo se hubiese detenido y decidido a no continuar con su involuntaria intención. Sólo el fric fric rompía el temido y grave silencio. ¿Soy yo quién está aquí?, se preguntó. Y es que el señor Lude se sentía, en cierto modo, recluido en una alucinación, en una especie de alucinación extraña, como si no fuera propia, sino ajena. Como si él allí fuera parte del singular delirio de otro.
En este estado de inquietud, un montón de olores que venían de aquella estancia se agolparon en la nariz del señor Lude con la precipitación de una estampida. Olía a suciedad, a inmundicia, a animal muerto; probablemente ratas, pensó. También percibía el agrio aroma de la ropa abandonada, sucia y tirada; indudablemente impregnada de vómitos, sangre seca y orina de gatos, se dijo. También un extraño olor humano. Pero sin embargo lo que más juzgaba abominable el señor Lude eran las tinieblas que presentía a su alrededor. Y es que era tal la oscuridad que existía en aquella casa que incluso dentro de la invisibilidad del señor Lude, ésta se sentía aterradora, de mal agüero. El pulso se le aceleró. Notaba que el cuerpo recibía por parte de sus nervios una especie de descarga eléctrica que no era otra cosa que miedo. Al fondo de esa estancia, algo desprendía calor natural. Como el del fuego. Y sin dudarlo hacia allí se dirigió.
El fric fric apenas sonó. Y es que no había dado siquiera dos pasos cuando un golpe en las piernas, quizás con una barra de hierro, le hizo caer al suelo. Notó el lugar donde le habían pegado. Le dolía. Le dolía una barbaridad, parecía que mil frías agujas estuvieran perforándole poco a poco. De repente, otro fuerte golpe mientras estaba en el suelo. Esta vez en la espalda. Ahí el dolor era terrible, quemaba. Echó las manos hacia atrás por instinto y estando así, sintió el veloz movimiento de algo que se acercaba hacia su cara. Como si un enjambre enfurecido se dirigiera hacia allí. Antes de averiguar qué podía ser, notó que aquello le sacudía en el rostro. Cayó hacia atrás, sus anteojos saltaron por los aires y notó que la nariz empezaba a sangrar. Se giró en el suelo pero los golpazos venían de todos los lados. Le caían en los costados, en las piernas, en los brazos. Intentó levantarse pero fue inútil. Una y otra vez sentía la dureza de los golpes. A veces, igual que si le metieran un manguerazo, parecía que le echaban agua helada a una fuerte presión, otras, creía que lo rociaban con algún líquido hirviendo. Sangraba por la nariz, sentía los labios partidos, el sabor oxidado y áspero de la sangre resbalaba en su garganta como si le obligaran a tragarse la madre de un vinagre viejo. Pensó que sólo el escritor podría salvarle de aquello. Pero no acudía, nadie acudía en su ayuda. Allí se encontraba solo. Y lo sabía. Ni siquiera él recordaba cómo había llegado allí. Ni qué dirección había tomado, ni si estaba cerca del hotel o no. Sólo me queda una opción, pensó. Reunió todas sus fuerzas, tomó aire, y como pudo se cubrió la cabeza con las manos e intentó gatear para escapar de aquel matadero. Pero le fue imposible. Un golpazo en la cara le hizo perder el conocimiento y se desmayó ahí mismo. Los golpes entonces cesaron.
El señor Lude yacía en el escabroso suelo de aquella habitación. Estaba desnudo. Los asaltantes, para intentar robarle, lo habían desnudado después de la cruel paliza. Pero como no consiguieron nada pues nada llevaba encima, sus ropas estaban esparcidas junto a su cuerpo magullado. Su respiración era débil. Muy débil. La hemorragia de la nariz se había detenido. Pero de vez en cuando una tos convulsa agitaba su cuerpo. Se diría que estaba a punto de morir, de morirse allí mismo. Y es que un vómito, acompañado de extraños espasmos, le llenó la boca de babas ensangrentadas. Cualquiera vería que iba a ahogarse con lo que su cuerpo arrojaba tan violentamente. Sin embargo unas manos pequeñas lo asieron de las axilas y con mucho esfuerzo lo fueron introduciendo hacia el fondo de la casa.
El señor Lude fue trasladado de la estancia donde había recibido la paliza al lugar del cual provenía ese calor natural que sintió antes de recibir el brutal vapuleo. Se trataba de un habitáculo igual de oscuro, quizá más, que el resto del edificio, pero celosamente oculto entre tanta suciedad. Tal vez los arquitectos lo diseñaran para ser utilizado a modo de despensa porque no era muy grande. Sin embargo en ese momento, aunque lleno de mantas, y por más estrecho que pareciese, servía de excelente comodidad para el maltrecho señor Lude. Quienquiera que viviese allí, había adoptado en aquel sitio una actitud pulcra y meritoria con respecto a su condición de miserable. Además estaba mostrando verdaderos signos de humanidad al atender al señor Lude. Porque trasladar un cuerpo inmóvil, paralizado, exige gran esfuerzo. Mucho más si quien lo realiza es un ser de pequeño tamaño. Porque eso delataban sus manos.
Una vez hubo acomodado al señor Lude entre las mantas, el pequeño ser lo tapó cálidamente y salió de aquel cuarto. A los pocos minutos llegó con botellas de agua, dio de beber al paciente y con sus diminutas manos limpió la sangre seca de la cara del señor Lude. Después de tomarle el pulso con sus insignificantes dedos, salió de aquel lugar. Los ecos del sonido seco y del otro rasgado, de nuevo, volvieron a sonar nítidos en la conciencia del señor Lude. Él en su interior pensaba que el escritor le había salvado.
(LNZ)
El señor Lude en aquel momento se veía gobernado por el flujo indiferente de los que no tienen nada que perder. Como los que abandonan su tierra por una vida mejor. Todo porvenir es incierto se había dicho mil veces. Pero las certidumbres de los hechos ya acontecidos se le iban acumulando en la conciencia como si fueran sedimentos arrastrados por un río y le ayudaban a establecer, apoyado en su misma conciencia, un criterio más o menos claro de lo que le quedaba por hacer. El escritor no había aparecido. De momento, se dijo. Confiaba en que apareciese. Su visión le sería de capital ayuda. Su visión perceptiva, claro. Pero también necesitaba su otra visión, la literaria. Quizás ya haya empezado a ayudarme y ni siquiera él y yo lo sabemos; en ese caso lo mejor será dejar que lo haga a su manera, concluyó.
El señor Lude estuvo andando sin importarle un ápice el rumbo que tomaban sus pasos. Tampoco el tiempo le importaba. Tanto le traía girar a la derecha y adentrarse por un callejón sin asfaltar donde basuras y escombros yacían desperdigados, como a la izquierda y toparse con un edificio en ruinas cuya puerta había sido tapiada. Igual daba media vuelta y volvía sobre sus pasos; igual se paraba y tras una leve pausa continuaba haciendo camino por otra parte. Visto desde arriba hubiera podido decirse que era una hormiga exploradora y solitaria en una cálida mañana primaveral. El olor y los sonidos le hacían penetrarse en ciertas zonas o por el contrario evitarlas. Así, caminando a la expectativa, se vio siguiendo una suerte de gemido sordo percutido en algún lugar lejano.
Mientras estaba siguiendo aquel sonido intentaba averiguar a qué le recordaba. Era una especie de golpe seco. Como el que se deriva de dejar caer sacos llenos de arena. Y también tal vez sea el silbo del aire cortado, imaginó. Aunque a lo que más le recordaba era a cuando su abuela mataba y desollaba los conejos para la comida familiar de aquellos domingos de invierno. Al pensar en ello se detuvo ante un callejón y durante un instante desapareció engullido no se sabe bien si por el callejón, los recuerdos o por la niebla.
El señor Lude, trasportado, aparece en la caliente casa de campo de sus abuelos, junto a aquel enorme hogar donde arden los troncos que minutos antes el abuelo ha lanzado al interior de la chimenea y que se queman con una fuerza hipnótica. Mira a todos los que allí están. Ve a su padre y a su madre, riendo de forma curiosa, casi innatural. Sus rostros parecen sacados de alguna fotografía. Está también el abuelo, sentado en su mecedora, expulsando por la boca, tras dar caladas intensas a un cigarro, aros de humo. Junto al abuelo, está él, el señor Lude de niño. Era una sensación rara verse de niño, pensará después. En un preciso momento el niño se le queda mirando fijamente. El señor Lude siente, por todo aquello que está presenciando, una sensación de vergüenza no sufrida jamás. Como si un alambre afilado le atravesara verticalmente. De hecho, reconoce, hay algo desconocido en casa de los abuelos que no está en armonía con todo aquello. E intuye de qué se trata, lo siente. Soy yo, claro, naturalmente. Soy yo lo desconocido, piensa. Y en cuanto esa idea se establece como un hecho en su mente, una inesperada sensación de intranquilidad oprime el aire de la casa. Todos notan el efecto. La casa toma una apariencia de fatalidad extraordinaria, como si una mala noticia hubiera llegado de imprevisto. Y al igual que en una escena de Dickens, todos creen sentir la desgracia como propia. Después de algunos segundos, breves para todos salvo para el señor Lude, una suerte de revelador silencio se hace presente y penetra, de forma parecida al olor de las habitaciones cerradas, en las conciencias de los allí presentes. Éstas sitúan ese desdichado silencio justo en el espacio que está ocupando la ilusión del señor Lude. Sus padres miran allí, lo hacen sin que se les despegue de la cara esa extraña risa innatural. Su abuelo acompasa el ritmo de la mecedora con sus caladas al cigarro. Mira con ardiente coraje mientras expulsa el humo en forma de aros, los cuales, curiosamente, se han ido convirtiendo en enormes circunferencias, de un tamaño desproporcionado, aterrador, y que circundan al abuelo como si el robot antropomorfo de Metrópolis hubiese adoptado su forma. El señor Lude niño ha desaparecido y nadie parece haberse percatado de ello. De repente surgen los ecos. El ruido seco y el sonido rasgado.
El señor Lude, ahora, aparece en la cocina, junto a su abuela, la cual lo mira detenidamente también. Su rostro, aunque feliz, le parece más deformado que el que recordaba. Ella lleva los brazos ensangrentados. Acaba de desollar con las manos un primer conejo y el segundo, blanco, atado de patas, adivinando su muerte, se mueve sobre la mesa igual que una merluza dando coletazos fuera del agua. La abuela coge el conejo y de un certero puñetazo en la nuca acaba con la vida del blanco lagomorfo. El ruido seco resuena reverberado como si todo ocurriese en el interior de una cueva. Con un sangriento cuchillo, como quien devana una madeja, la abuela corta superficialmente la piel por el cuello. Tras separar un poco con los dedos el pellejo de la carne del animal, estira de forma precisa. El sonido rasgado resuena fulminante, como si lo desollado en realidad hubiese sido la ilusión del señor Lude.
El señor Lude no se había percatado de cómo había ido a parar allí, ni siquiera recordaba por las calles que había pasado para llegar hasta donde se encontraba, y eso que era muy meticuloso en este sentido, pero la ilusión tan vívida que acababa de sufrir le había distraído en su recorrido y en ese momento se hallaba dentro de un abandonado edificio, de esos que se quedan a medio hacer. Inconscientemente, y mientras estaba en casa de sus abuelos, había ido siguiendo, en una suerte de estado hipnótico, los sonidos sordos y rasgados de antes. Debido a esto apenas pudo darse cuenta de que se hubo metido en una zona deshabitada. Una zona donde parecía claro que el boom inmobiliario del momento no había conseguido los objetivos deseados. Si bien, a cambio de los beneficios no obtenidos, un edificio sin terminar se levantaba hacia el cielo a la manera de un árbol de plástico en mitad de un descampado. En ninguna parte del edificio había luz y éste evocaba un enorme rectángulo negro incrustado sobre la superficie, como si sólo hubiesen construido la sombra proyectada. Tampoco había agua. Pero como los arquitectos y promotores habían distribuido varios pisos por planta pensando en las ventas, éstos habían acabado convirtiéndose en el lugar idóneo para que desesperados y olvidados tuvieran su lugar en el mundo. El señor Lude se hallaba en la planta tercera. En lo que parecía un largo y estrecho pasillo. No sabía cómo había llegado hasta allí pero allí estaba, quieto frente al hueco de una puerta. De dentro procedían los sonidos que le habían conducido hasta allí. Ellos le habían guiado. Aguzó como nunca el olfato y el oído, y tras tomar aire hondamente para suavizar su nerviosismo, atravesó el umbral.
Una vez hubo entrado en el piso los sonidos desaparecieron como absorbidos por las paredes. En el ambiente flotaba una sensación hueca, de vacío, igual que si en aquella antesala el tiempo se hubiese detenido y decidido a no continuar con su involuntaria intención. Sólo el fric fric rompía el temido y grave silencio. ¿Soy yo quién está aquí?, se preguntó. Y es que el señor Lude se sentía, en cierto modo, recluido en una alucinación, en una especie de alucinación extraña, como si no fuera propia, sino ajena. Como si él allí fuera parte del singular delirio de otro.
En este estado de inquietud, un montón de olores que venían de aquella estancia se agolparon en la nariz del señor Lude con la precipitación de una estampida. Olía a suciedad, a inmundicia, a animal muerto; probablemente ratas, pensó. También percibía el agrio aroma de la ropa abandonada, sucia y tirada; indudablemente impregnada de vómitos, sangre seca y orina de gatos, se dijo. También un extraño olor humano. Pero sin embargo lo que más juzgaba abominable el señor Lude eran las tinieblas que presentía a su alrededor. Y es que era tal la oscuridad que existía en aquella casa que incluso dentro de la invisibilidad del señor Lude, ésta se sentía aterradora, de mal agüero. El pulso se le aceleró. Notaba que el cuerpo recibía por parte de sus nervios una especie de descarga eléctrica que no era otra cosa que miedo. Al fondo de esa estancia, algo desprendía calor natural. Como el del fuego. Y sin dudarlo hacia allí se dirigió.
El fric fric apenas sonó. Y es que no había dado siquiera dos pasos cuando un golpe en las piernas, quizás con una barra de hierro, le hizo caer al suelo. Notó el lugar donde le habían pegado. Le dolía. Le dolía una barbaridad, parecía que mil frías agujas estuvieran perforándole poco a poco. De repente, otro fuerte golpe mientras estaba en el suelo. Esta vez en la espalda. Ahí el dolor era terrible, quemaba. Echó las manos hacia atrás por instinto y estando así, sintió el veloz movimiento de algo que se acercaba hacia su cara. Como si un enjambre enfurecido se dirigiera hacia allí. Antes de averiguar qué podía ser, notó que aquello le sacudía en el rostro. Cayó hacia atrás, sus anteojos saltaron por los aires y notó que la nariz empezaba a sangrar. Se giró en el suelo pero los golpazos venían de todos los lados. Le caían en los costados, en las piernas, en los brazos. Intentó levantarse pero fue inútil. Una y otra vez sentía la dureza de los golpes. A veces, igual que si le metieran un manguerazo, parecía que le echaban agua helada a una fuerte presión, otras, creía que lo rociaban con algún líquido hirviendo. Sangraba por la nariz, sentía los labios partidos, el sabor oxidado y áspero de la sangre resbalaba en su garganta como si le obligaran a tragarse la madre de un vinagre viejo. Pensó que sólo el escritor podría salvarle de aquello. Pero no acudía, nadie acudía en su ayuda. Allí se encontraba solo. Y lo sabía. Ni siquiera él recordaba cómo había llegado allí. Ni qué dirección había tomado, ni si estaba cerca del hotel o no. Sólo me queda una opción, pensó. Reunió todas sus fuerzas, tomó aire, y como pudo se cubrió la cabeza con las manos e intentó gatear para escapar de aquel matadero. Pero le fue imposible. Un golpazo en la cara le hizo perder el conocimiento y se desmayó ahí mismo. Los golpes entonces cesaron.
El señor Lude yacía en el escabroso suelo de aquella habitación. Estaba desnudo. Los asaltantes, para intentar robarle, lo habían desnudado después de la cruel paliza. Pero como no consiguieron nada pues nada llevaba encima, sus ropas estaban esparcidas junto a su cuerpo magullado. Su respiración era débil. Muy débil. La hemorragia de la nariz se había detenido. Pero de vez en cuando una tos convulsa agitaba su cuerpo. Se diría que estaba a punto de morir, de morirse allí mismo. Y es que un vómito, acompañado de extraños espasmos, le llenó la boca de babas ensangrentadas. Cualquiera vería que iba a ahogarse con lo que su cuerpo arrojaba tan violentamente. Sin embargo unas manos pequeñas lo asieron de las axilas y con mucho esfuerzo lo fueron introduciendo hacia el fondo de la casa.
El señor Lude fue trasladado de la estancia donde había recibido la paliza al lugar del cual provenía ese calor natural que sintió antes de recibir el brutal vapuleo. Se trataba de un habitáculo igual de oscuro, quizá más, que el resto del edificio, pero celosamente oculto entre tanta suciedad. Tal vez los arquitectos lo diseñaran para ser utilizado a modo de despensa porque no era muy grande. Sin embargo en ese momento, aunque lleno de mantas, y por más estrecho que pareciese, servía de excelente comodidad para el maltrecho señor Lude. Quienquiera que viviese allí, había adoptado en aquel sitio una actitud pulcra y meritoria con respecto a su condición de miserable. Además estaba mostrando verdaderos signos de humanidad al atender al señor Lude. Porque trasladar un cuerpo inmóvil, paralizado, exige gran esfuerzo. Mucho más si quien lo realiza es un ser de pequeño tamaño. Porque eso delataban sus manos.
Una vez hubo acomodado al señor Lude entre las mantas, el pequeño ser lo tapó cálidamente y salió de aquel cuarto. A los pocos minutos llegó con botellas de agua, dio de beber al paciente y con sus diminutas manos limpió la sangre seca de la cara del señor Lude. Después de tomarle el pulso con sus insignificantes dedos, salió de aquel lugar. Los ecos del sonido seco y del otro rasgado, de nuevo, volvieron a sonar nítidos en la conciencia del señor Lude. Él en su interior pensaba que el escritor le había salvado.
(LNZ)
jueves, 29 de noviembre de 2007
El Diario de Gisela
Gisela. 30 años. Soltera.
Funcionaria.
Heterosexual activa.
LUNES
6:45 a.m.: He dormido mal y poco. Además he pasado frío. Odio levantarme. Casi no sé qué día es hoy,… bueno sí lo sé, de sobra lo sé pero algo dentro de mí desea fervorosamente olvidarlo. Me está saliendo un grano en la punta de la nariz y desearía apretarlo con todas mis fuerzas. No sé cómo pero me contengo.
8:00 a.m.: Durante el trayecto hacia el trabajo me he acordado del chico del sábado. Me gustaron sus ojos negros,… ¡y su culo! En cuanto llego al trabajo mi compañera Elena empieza a hablar y a hablar. Alguien debería decirle alguna vez que los lunes está insoportable. Entro al correo, leo chorradas de mis amigas y me voy al servicio.
11:00 a.m.: Elena me ha contado durante el almuerzo que se lo hizo con un inglés. Estaba con sus amigas en una discoteca y el tío, borracho, les vociferó algo mientras se tocaba el paquete. Ella se lo ligó, dice. Es de Manchester pero trabaja en España. Me duele el grano.
16:45 p.m.: He llegado a casa y sin comer nada me he quedado dormida. Me he despertado y me he dado una ducha. He puesto a hervir macarrones. Le he mandado un sms al chico del sábado.
19:45 p.m.: Todavía no me ha contestado el sms. Llamo a Elena y me cuenta que ha quedado con el inglés. Me invita a ir con ellos. No me apetece y me excuso con que tengo que ir a ver a mi madre. Pongo la tele y me trago todos los programas.
21:00 p.m.: Me he metido en un Chat y de todos los salidos que han intentado hablar conmigo sólo uno ha sido divertido. Me ha llamado mi madre, le he dicho que estaba bien y que mañana iré a verla. He cenado una ensalada y me he comido un pastel de manzana. He vuelto a mirar el móvil pero no había ningún mensaje.
22:30 p.m.: He visto la peli que me dejó Elena. Me voy a acostar. Tengo sueño. Miro por última vez el móvil y no hay mensajes. Imagino que me masturbaré antes de dormir.
MARTES
6:50 a.m.: He dormido como los osos. Me he levantado con energía. El grano sigue evolucionando y al reflejarse en el espejo parece que se haya extendido por toda mi cara. Iré a la farmacia a comprarme algo.
8:30 a.m.: Elena me cuenta que ha dormido en casa del inglés. Aunque por la cara que lleva a mí me da que dormir dormir no ha dormido. Se le ve contenta. Echo de menos un polvo y pienso en el chico del sábado y sus preciosos ojos negros.
15:30 p.m.: Voy a casa a ver a mi madre. Comeré allí. He quedado a las ocho con Elena y su novio el inglés para tomar unas cervezas.
17:25 p.m.: El farmacéutico me ha dado Gelidina. En cuanto llego a casa me embadurno el grano.
19:10 p.m.: Me arreglo un poquito. Disimulo el grano con algo de maquillaje y me voy al bar donde he quedado con Elena.
22:30 p.m.: Lo he pasado bien con el inglés y Elena. Aunque he bebido demasiado. El inglés habla muy bien el español. Me ha sorprendido, es bastante guapo. Pienso en el grano. El alcohol no es bueno para el grano. Llego a casa y me meto en el servicio. Me como un yogurt y me voy a la cama.
MIÉRCOLES
7:00 a.m.: Me ha costado levantarme muchísimo. El grano parece que se ha detenido en el mismo estado de ayer. Me echo otra vez Gelidina.
9:00 a.m.: Elena me cuenta que el inglés tiene un amigo y que podríamos quedar los cuatro. Le digo que ya veré. Hemos decidido, por si otro día me apetece, que ella le diga al inglés que se le ha olvidado decírmelo. Entro al correo y leo las chorradas de mis amigas. Una de ellas me envía la foto de un negro “vestido” con un mono de fontanero. El negro tiene un “aparato” extremadamente enorme. Noto que el grano se excita también.
13:20 p.m.: Recibo un sms. Me pongo nerviosa por la ilusión, pero al abrirlo veo que no es del chico del sábado sino de XXX, el tío coñazo y pelma de la empresa de mensajería. No le contesto. Si al menos fuera gracioso. Creo que tengo un poder especial para atraer pelmas.
15:30 p.m.: Voy otra vez a comer con mi madre. Me suelta el rollo de siempre: te veo más delgada, eso es que no comes, seguro que te pasas el día en el trabajo comiendo cochinerías y luego no tienes hambre, mira qué cara llevas, estás pálida como la pared, etc. No le hago caso.
20:40 p.m.: Me he quedado toda la tarde en casa de mi madre. Hacía tiempo que no pasaba tanto tiempo allí.
23:20 p.m.: He visto una peli alquilada del videoclub. ¿Deberían ahora llamarse deuvedeclubs? Voy al servicio antes de acostarme. Me pongo Gelidina en el grano. No tengo mucho sueño. Miro el móvil y me dan ganas de mandarle otro sms al chico del sábado. Al final desisto. Creo que me masturbaré antes de dormir.
JUEVES
6:40 a.m.: Odio levantarme. Aunque he dormido bien noto el cansancio en mi cuerpo como si fuera aceite pegajoso. El grano sigue ahí. Pero no me duele y parece más seco.
8:45 a.m.: He llegado tarde al trabajo. Resulta que en la parada del metro un tío se había tirado a las vías. Me han dicho que era un yonqui que solía pasarse el día entero pidiendo en el metro. Alguna vez lo había visto ofreciéndome pañuelos de papel. No me daba miedo el chico. Pobre.
12:32 p.m.: Elena quiere que salga con ella esta noche. Hoy no va a quedar con el inglés. Le digo que sí. A las nueve pasará por mi casa. Recibo un sms. Lo abro y SORPRESA. Es el chico del sábado. Aunque simplemente me dice: no he podido responderte antes. Espero que la semana vaya bien. ¡Sólo eso! Ni siquiera se despide con “un beso”. Nada. Me dan ganas de gritar. Le echo las culpas al grano. Me voy al servicio y me lo miro. Cambio de opinión respecto al amigo del inglés y le digo a Elena que le diga al inglés de quedar los cuatro. Que se joda el chico del sábado.
15:40 p.m.: He pasado por el videoclub (insito, debería llamarse deuvedeclub) y he devuelto la peli. Llego a casa y me preparo unos spaghetti.
19:04 p.m.: He dormido la siesta. He tenido pesadillas con el suicida del metro. Se me acercaba a ofrecerme pañuelos de papel. Y cuando yo los cogía, los pañuelos se convertían en vísceras. Me he despertado sudando. Me he dado una ducha y me he puesto Gelidina en el grano.
21:02 p.m.: Me he arreglado un poquito. Me he maquillado para ocultar el grano. Elena es puntual, como siempre. La adoro en ese sentido. Me siento radiante.
23:50 p.m.: Llego a casa. Empapada por la lluvia. Lo he pasado muy bien. Nos hemos reído mucho. Nos comimos una hamburguesa en el McDonalds y nos fuimos de bares. Había mucho ambiente y en XXXX conocimos a unos chicos muy simpáticos. El rubito me gustó, estaba muy bien y creo que congeniamos. Cuando salimos de allí empezaba a llover. Nos llevaron a casa. Primero dejamos a Elena y luego me dejaron a mí. El rubito estaba sentado junto a mí, hablamos de un montón de cosas y me hubiera gustado besarle antes de bajar del coche. Me meto al servicio pensando en el rubito. Me desmaquillo, pongo Gelidina en el grano y me voy a la cama.
VIERNES
6:40 a.m.: Me levanto alegre. Es viernes. He dormido de un tirón. Voy al servicio. El grano está prácticamente seco. Aun así, me pongo Gelidina. Sigue lloviendo.
8:20 a.m.: Elena y yo hablamos de lo bien que lo pasamos ayer. A ella no le gustó ninguno, me dice. Está con el inglés que no mea. Leo el correo y una amiga envía un email contándonos que se va divorciar. Vaya, sólo llevaba dos años casada.
13:28 p.m.: Elena ya ha quedado con el inglés y su amigo. A las nueve pasarán a recogerme. Nos iremos a cenar y después a tomar algo. Reconozco que me he puesto algo nerviosa. Nunca he tenido una cita a ciegas. Sigue lloviendo.
15:30 p.m.: Llego a casa. Pongo a hervir macarrones. Me los como y me echo a dormir un ratito.
17:38 p.m.: Me meto a la ducha. El grano parece que haya desaparecido. Me depilo las axilas, la parte interior de los muslos y rasuro los pelillos púbicos. Aunque me lleva tiempo hacerlo me encanta dedicárselo con esta agitación emocional. Pongo música y decido minuciosamente la ropa que voy a llevar esta noche.
21:01 p.m.: Estoy esperando desde hace diez minutos a que llamen al timbre. Suena mi móvil y es el chico del sábado. ¿Lo cojo o no lo cojo? Decido que no. Llaman por el interfono. Es Elena y los ingleses. Ha parado de llover.
00:50 a.m.: El amigo del inglés de Elena no me cae mal. Pero es demasiado mayor para mí. Hemos ido a cenar a un italiano. Creo que tendré que dejar de comer pasta alguna semana. Hemos ido de bares. De aquí para allá. Volvimos a XXXX pero no estaban los chicos tan simpáticos de ayer, ni el rubito. Salimos de allí y fuimos a otros bares. Me he encontrado con XXX, el chico de la empresa de mensajería. ¡Qué pelma, por Dios! Menos mal que el amigo del inglés de Elena estaba junto a mí.
04:40 a.m.: Fuimos a la discoteca donde Elena y el inglés se conocieron. Tomamos taponazos de todo tipo. Recibí un sms del chico del sábado. Estaba en el mismo bar donde nos conocimos. Le mandé un sms diciéndole que estaba con unos amigos. El amigo del inglés de Elena intuye que no va a conseguir nada conmigo e intenta ligar con otras. Elena va bastante alegre y me vuelvo sola a casa en taxi.
05:20 a.m.: Me he desmaquillado. Me voy a la cama y me cuesta dormir. Le mando un sms al chico del sábado. Le digo que acabo de llegar a casa. Me contesta preguntándome dónde vivo. Le confieso que estoy muy cansada. No recibo respuesta.
SÁBADO
11:15 a.m.: Me despierto y me quedo en la cama. Me masturbo pensando en el rubito del bar XXXX. He desayunado como hacía tiempo. Me doy una ducha y llamo a Elena. No me contesta.
13:40 p.m.: He comprado la prensa y he paseado por el parque. Hace un día espléndido. Me he encontrado con el rubito en el FNAC. Compraba música. Nos hemos ido a tomar cañas, nos hemos reído muchísimo y después me ha acompañado a casa. Creo que congeniamos demasiado. Le he invitado, si quería, a comer en casa y ha accedido. Prepararé macarrones. Dice que le encanta la pasta.
16:23 p.m.: Hemos comido conversando y riéndonos mucho. Me gusta el rubito. Quiere fregar y le obligo a que se quede quieto y sentado. Recojo la mesa y me siento junto a él. Vemos una peli de la tele y zapeamos durante los anuncios. Le suelto, sin importarme lo que pueda pensar, que voy a ponerme cómoda. Entro a mi habitación y salgo a los pocos minutos con un pantalón corto y una camiseta de tirantes. Debajo no llevo nada.
19:30 p.m.: El rubito es gay. O eso me ha dicho. Intenté besarle y accedió. Pero meticulosamente me comentó que le gustaban los hombres. Y que lo sentía mucho porque yo le gustaba bastante, pero como amiga, claro. Ya no hablamos tanto a partir de ahí. Y tanto él como yo estuvimos todo el tiempo pensando en lo ocurrido.
20:20 p.m.: Me llama Elena. Le cuento con todo detalle lo ocurrido. Se ríe y me río con ella. Me dice de salir las dos solas. Que el inglés ya no le gusta tanto. Bebe mucho y es un poco guarro. Quedamos a las nueve y media. Esta vez paso yo por su casa.
23:50 p.m.: Pasé a recoger a Elena y nos fuimos de cañas. Cenamos las tapas que nos pusieron mientras bebíamos. Luego fuimos al bar donde conocí al chico el sábado pasado. Estaba allí. Ligaba con alguna chica. Pero en cuanto me vio se acercó. Sus ojos negros seguían tan brillantes como la semana anterior. Nos tomamos taponazos y nos reímos de cierta gente. Me besó profundamente y mojé las bragas. Me hubiese ido con él en ese momento, pero Elena estaba junto a mí. Es mi compañera y mi mejor amiga.
03:15 a.m.: Llevamos a Elena a su casa. En el coche del chico de los ojos negros. La ayudé a desnudarse y la tuvimos que acostar porque estaba totalmente borracha. Fuimos después a mi casa. En el ascensor nos besamos y nos metimos mano. Estaba deseando encerrarme en la cama con él.
DOMINGO
10:30 a.m.: Me he despertado. Sola en la cama. El chico de los ojos negros se había ido. Ha escrito una nota diciendo que me llamaría. La cama todavía olía a él. A sexo y a tabaco. Me levanto y me voy a la ducha.
13:28 p.m.: Voy al parque a leer la prensa. Me encuentro con el rubito. Nos tomamos unas cañas y otra vez vuelvo a invitarle a comer. De nuevo accede. La verdad es que congeniamos mucho. Esta vez prepararé spaghetti.
16:20 p.m.: Vemos la peli de la tele y zapeamos durante los anuncios. Parece un dèjá vu del día de ayer. Vuelvo a ponerme cómoda. Aunque esta vez no me quito las bragas ni el sujetador. Hablamos de sus relaciones. Me dice que no tiene pareja y que en realidad está definiéndose. Me encanta esa palabra y resuena en mi cabeza como un conjuro para romper su hechizo. Esta es mi oportunidad, pienso… y actúo. Le beso.
21:45 p.m.: He pasado la tarde con el rubito. Hicimos el amor y nos hemos divertido viendo las tonterías de los programas de la tele. Se marchó sobre las ocho. Me quedé tumbada en el sofá. Agotada pero contenta. No me ha llamado el chico de los ojos negros. Creo que ya no me gusta tanto. Llamo a Elena para averiguar cómo se encuentra. Le cuento lo del rubito. Me llama descarada y nos reímos.
23:00 p.m.: Voy al servicio. El grano ha desaparecido por completo. Me meto en la cama y pienso en el rubito. Recibo un sms. No lo abro. Mañana veré de qué se trata. No tengo ni pizca de sueño pero apago la luz y me duermo.
Funcionaria.
Heterosexual activa.
LUNES
6:45 a.m.: He dormido mal y poco. Además he pasado frío. Odio levantarme. Casi no sé qué día es hoy,… bueno sí lo sé, de sobra lo sé pero algo dentro de mí desea fervorosamente olvidarlo. Me está saliendo un grano en la punta de la nariz y desearía apretarlo con todas mis fuerzas. No sé cómo pero me contengo.
8:00 a.m.: Durante el trayecto hacia el trabajo me he acordado del chico del sábado. Me gustaron sus ojos negros,… ¡y su culo! En cuanto llego al trabajo mi compañera Elena empieza a hablar y a hablar. Alguien debería decirle alguna vez que los lunes está insoportable. Entro al correo, leo chorradas de mis amigas y me voy al servicio.
11:00 a.m.: Elena me ha contado durante el almuerzo que se lo hizo con un inglés. Estaba con sus amigas en una discoteca y el tío, borracho, les vociferó algo mientras se tocaba el paquete. Ella se lo ligó, dice. Es de Manchester pero trabaja en España. Me duele el grano.
16:45 p.m.: He llegado a casa y sin comer nada me he quedado dormida. Me he despertado y me he dado una ducha. He puesto a hervir macarrones. Le he mandado un sms al chico del sábado.
19:45 p.m.: Todavía no me ha contestado el sms. Llamo a Elena y me cuenta que ha quedado con el inglés. Me invita a ir con ellos. No me apetece y me excuso con que tengo que ir a ver a mi madre. Pongo la tele y me trago todos los programas.
21:00 p.m.: Me he metido en un Chat y de todos los salidos que han intentado hablar conmigo sólo uno ha sido divertido. Me ha llamado mi madre, le he dicho que estaba bien y que mañana iré a verla. He cenado una ensalada y me he comido un pastel de manzana. He vuelto a mirar el móvil pero no había ningún mensaje.
22:30 p.m.: He visto la peli que me dejó Elena. Me voy a acostar. Tengo sueño. Miro por última vez el móvil y no hay mensajes. Imagino que me masturbaré antes de dormir.
MARTES
6:50 a.m.: He dormido como los osos. Me he levantado con energía. El grano sigue evolucionando y al reflejarse en el espejo parece que se haya extendido por toda mi cara. Iré a la farmacia a comprarme algo.
8:30 a.m.: Elena me cuenta que ha dormido en casa del inglés. Aunque por la cara que lleva a mí me da que dormir dormir no ha dormido. Se le ve contenta. Echo de menos un polvo y pienso en el chico del sábado y sus preciosos ojos negros.
15:30 p.m.: Voy a casa a ver a mi madre. Comeré allí. He quedado a las ocho con Elena y su novio el inglés para tomar unas cervezas.
17:25 p.m.: El farmacéutico me ha dado Gelidina. En cuanto llego a casa me embadurno el grano.
19:10 p.m.: Me arreglo un poquito. Disimulo el grano con algo de maquillaje y me voy al bar donde he quedado con Elena.
22:30 p.m.: Lo he pasado bien con el inglés y Elena. Aunque he bebido demasiado. El inglés habla muy bien el español. Me ha sorprendido, es bastante guapo. Pienso en el grano. El alcohol no es bueno para el grano. Llego a casa y me meto en el servicio. Me como un yogurt y me voy a la cama.
MIÉRCOLES
7:00 a.m.: Me ha costado levantarme muchísimo. El grano parece que se ha detenido en el mismo estado de ayer. Me echo otra vez Gelidina.
9:00 a.m.: Elena me cuenta que el inglés tiene un amigo y que podríamos quedar los cuatro. Le digo que ya veré. Hemos decidido, por si otro día me apetece, que ella le diga al inglés que se le ha olvidado decírmelo. Entro al correo y leo las chorradas de mis amigas. Una de ellas me envía la foto de un negro “vestido” con un mono de fontanero. El negro tiene un “aparato” extremadamente enorme. Noto que el grano se excita también.
13:20 p.m.: Recibo un sms. Me pongo nerviosa por la ilusión, pero al abrirlo veo que no es del chico del sábado sino de XXX, el tío coñazo y pelma de la empresa de mensajería. No le contesto. Si al menos fuera gracioso. Creo que tengo un poder especial para atraer pelmas.
15:30 p.m.: Voy otra vez a comer con mi madre. Me suelta el rollo de siempre: te veo más delgada, eso es que no comes, seguro que te pasas el día en el trabajo comiendo cochinerías y luego no tienes hambre, mira qué cara llevas, estás pálida como la pared, etc. No le hago caso.
20:40 p.m.: Me he quedado toda la tarde en casa de mi madre. Hacía tiempo que no pasaba tanto tiempo allí.
23:20 p.m.: He visto una peli alquilada del videoclub. ¿Deberían ahora llamarse deuvedeclubs? Voy al servicio antes de acostarme. Me pongo Gelidina en el grano. No tengo mucho sueño. Miro el móvil y me dan ganas de mandarle otro sms al chico del sábado. Al final desisto. Creo que me masturbaré antes de dormir.
JUEVES
6:40 a.m.: Odio levantarme. Aunque he dormido bien noto el cansancio en mi cuerpo como si fuera aceite pegajoso. El grano sigue ahí. Pero no me duele y parece más seco.
8:45 a.m.: He llegado tarde al trabajo. Resulta que en la parada del metro un tío se había tirado a las vías. Me han dicho que era un yonqui que solía pasarse el día entero pidiendo en el metro. Alguna vez lo había visto ofreciéndome pañuelos de papel. No me daba miedo el chico. Pobre.
12:32 p.m.: Elena quiere que salga con ella esta noche. Hoy no va a quedar con el inglés. Le digo que sí. A las nueve pasará por mi casa. Recibo un sms. Lo abro y SORPRESA. Es el chico del sábado. Aunque simplemente me dice: no he podido responderte antes. Espero que la semana vaya bien. ¡Sólo eso! Ni siquiera se despide con “un beso”. Nada. Me dan ganas de gritar. Le echo las culpas al grano. Me voy al servicio y me lo miro. Cambio de opinión respecto al amigo del inglés y le digo a Elena que le diga al inglés de quedar los cuatro. Que se joda el chico del sábado.
15:40 p.m.: He pasado por el videoclub (insito, debería llamarse deuvedeclub) y he devuelto la peli. Llego a casa y me preparo unos spaghetti.
19:04 p.m.: He dormido la siesta. He tenido pesadillas con el suicida del metro. Se me acercaba a ofrecerme pañuelos de papel. Y cuando yo los cogía, los pañuelos se convertían en vísceras. Me he despertado sudando. Me he dado una ducha y me he puesto Gelidina en el grano.
21:02 p.m.: Me he arreglado un poquito. Me he maquillado para ocultar el grano. Elena es puntual, como siempre. La adoro en ese sentido. Me siento radiante.
23:50 p.m.: Llego a casa. Empapada por la lluvia. Lo he pasado muy bien. Nos hemos reído mucho. Nos comimos una hamburguesa en el McDonalds y nos fuimos de bares. Había mucho ambiente y en XXXX conocimos a unos chicos muy simpáticos. El rubito me gustó, estaba muy bien y creo que congeniamos. Cuando salimos de allí empezaba a llover. Nos llevaron a casa. Primero dejamos a Elena y luego me dejaron a mí. El rubito estaba sentado junto a mí, hablamos de un montón de cosas y me hubiera gustado besarle antes de bajar del coche. Me meto al servicio pensando en el rubito. Me desmaquillo, pongo Gelidina en el grano y me voy a la cama.
VIERNES
6:40 a.m.: Me levanto alegre. Es viernes. He dormido de un tirón. Voy al servicio. El grano está prácticamente seco. Aun así, me pongo Gelidina. Sigue lloviendo.
8:20 a.m.: Elena y yo hablamos de lo bien que lo pasamos ayer. A ella no le gustó ninguno, me dice. Está con el inglés que no mea. Leo el correo y una amiga envía un email contándonos que se va divorciar. Vaya, sólo llevaba dos años casada.
13:28 p.m.: Elena ya ha quedado con el inglés y su amigo. A las nueve pasarán a recogerme. Nos iremos a cenar y después a tomar algo. Reconozco que me he puesto algo nerviosa. Nunca he tenido una cita a ciegas. Sigue lloviendo.
15:30 p.m.: Llego a casa. Pongo a hervir macarrones. Me los como y me echo a dormir un ratito.
17:38 p.m.: Me meto a la ducha. El grano parece que haya desaparecido. Me depilo las axilas, la parte interior de los muslos y rasuro los pelillos púbicos. Aunque me lleva tiempo hacerlo me encanta dedicárselo con esta agitación emocional. Pongo música y decido minuciosamente la ropa que voy a llevar esta noche.
21:01 p.m.: Estoy esperando desde hace diez minutos a que llamen al timbre. Suena mi móvil y es el chico del sábado. ¿Lo cojo o no lo cojo? Decido que no. Llaman por el interfono. Es Elena y los ingleses. Ha parado de llover.
00:50 a.m.: El amigo del inglés de Elena no me cae mal. Pero es demasiado mayor para mí. Hemos ido a cenar a un italiano. Creo que tendré que dejar de comer pasta alguna semana. Hemos ido de bares. De aquí para allá. Volvimos a XXXX pero no estaban los chicos tan simpáticos de ayer, ni el rubito. Salimos de allí y fuimos a otros bares. Me he encontrado con XXX, el chico de la empresa de mensajería. ¡Qué pelma, por Dios! Menos mal que el amigo del inglés de Elena estaba junto a mí.
04:40 a.m.: Fuimos a la discoteca donde Elena y el inglés se conocieron. Tomamos taponazos de todo tipo. Recibí un sms del chico del sábado. Estaba en el mismo bar donde nos conocimos. Le mandé un sms diciéndole que estaba con unos amigos. El amigo del inglés de Elena intuye que no va a conseguir nada conmigo e intenta ligar con otras. Elena va bastante alegre y me vuelvo sola a casa en taxi.
05:20 a.m.: Me he desmaquillado. Me voy a la cama y me cuesta dormir. Le mando un sms al chico del sábado. Le digo que acabo de llegar a casa. Me contesta preguntándome dónde vivo. Le confieso que estoy muy cansada. No recibo respuesta.
SÁBADO
11:15 a.m.: Me despierto y me quedo en la cama. Me masturbo pensando en el rubito del bar XXXX. He desayunado como hacía tiempo. Me doy una ducha y llamo a Elena. No me contesta.
13:40 p.m.: He comprado la prensa y he paseado por el parque. Hace un día espléndido. Me he encontrado con el rubito en el FNAC. Compraba música. Nos hemos ido a tomar cañas, nos hemos reído muchísimo y después me ha acompañado a casa. Creo que congeniamos demasiado. Le he invitado, si quería, a comer en casa y ha accedido. Prepararé macarrones. Dice que le encanta la pasta.
16:23 p.m.: Hemos comido conversando y riéndonos mucho. Me gusta el rubito. Quiere fregar y le obligo a que se quede quieto y sentado. Recojo la mesa y me siento junto a él. Vemos una peli de la tele y zapeamos durante los anuncios. Le suelto, sin importarme lo que pueda pensar, que voy a ponerme cómoda. Entro a mi habitación y salgo a los pocos minutos con un pantalón corto y una camiseta de tirantes. Debajo no llevo nada.
19:30 p.m.: El rubito es gay. O eso me ha dicho. Intenté besarle y accedió. Pero meticulosamente me comentó que le gustaban los hombres. Y que lo sentía mucho porque yo le gustaba bastante, pero como amiga, claro. Ya no hablamos tanto a partir de ahí. Y tanto él como yo estuvimos todo el tiempo pensando en lo ocurrido.
20:20 p.m.: Me llama Elena. Le cuento con todo detalle lo ocurrido. Se ríe y me río con ella. Me dice de salir las dos solas. Que el inglés ya no le gusta tanto. Bebe mucho y es un poco guarro. Quedamos a las nueve y media. Esta vez paso yo por su casa.
23:50 p.m.: Pasé a recoger a Elena y nos fuimos de cañas. Cenamos las tapas que nos pusieron mientras bebíamos. Luego fuimos al bar donde conocí al chico el sábado pasado. Estaba allí. Ligaba con alguna chica. Pero en cuanto me vio se acercó. Sus ojos negros seguían tan brillantes como la semana anterior. Nos tomamos taponazos y nos reímos de cierta gente. Me besó profundamente y mojé las bragas. Me hubiese ido con él en ese momento, pero Elena estaba junto a mí. Es mi compañera y mi mejor amiga.
03:15 a.m.: Llevamos a Elena a su casa. En el coche del chico de los ojos negros. La ayudé a desnudarse y la tuvimos que acostar porque estaba totalmente borracha. Fuimos después a mi casa. En el ascensor nos besamos y nos metimos mano. Estaba deseando encerrarme en la cama con él.
DOMINGO
10:30 a.m.: Me he despertado. Sola en la cama. El chico de los ojos negros se había ido. Ha escrito una nota diciendo que me llamaría. La cama todavía olía a él. A sexo y a tabaco. Me levanto y me voy a la ducha.
13:28 p.m.: Voy al parque a leer la prensa. Me encuentro con el rubito. Nos tomamos unas cañas y otra vez vuelvo a invitarle a comer. De nuevo accede. La verdad es que congeniamos mucho. Esta vez prepararé spaghetti.
16:20 p.m.: Vemos la peli de la tele y zapeamos durante los anuncios. Parece un dèjá vu del día de ayer. Vuelvo a ponerme cómoda. Aunque esta vez no me quito las bragas ni el sujetador. Hablamos de sus relaciones. Me dice que no tiene pareja y que en realidad está definiéndose. Me encanta esa palabra y resuena en mi cabeza como un conjuro para romper su hechizo. Esta es mi oportunidad, pienso… y actúo. Le beso.
21:45 p.m.: He pasado la tarde con el rubito. Hicimos el amor y nos hemos divertido viendo las tonterías de los programas de la tele. Se marchó sobre las ocho. Me quedé tumbada en el sofá. Agotada pero contenta. No me ha llamado el chico de los ojos negros. Creo que ya no me gusta tanto. Llamo a Elena para averiguar cómo se encuentra. Le cuento lo del rubito. Me llama descarada y nos reímos.
23:00 p.m.: Voy al servicio. El grano ha desaparecido por completo. Me meto en la cama y pienso en el rubito. Recibo un sms. No lo abro. Mañana veré de qué se trata. No tengo ni pizca de sueño pero apago la luz y me duermo.
miércoles, 28 de noviembre de 2007
HOTEL LA HIPÉRBOLA V
La cafetería del Hotel la Hipérbola era espaciosa aunque no muy grande. Debido a la magnífica distribución de la barra con respecto a la zona para la clientela, uno al entrar hubiera creído encontrarse invitado a un pequeño banquete de boda. Tenía forma de rectángulo y mientras una puerta daba acceso al hotel, la otra daba a la calle. La iluminación era la adecuada, sobre todo gracias al reflejo que proporcionaba el enorme espejo que colgaba en la pared de detrás de la barra y que ayudaba también a dar sensación de amplitud. Si te sentabas allí, frente a aquel espejo, podías descubrir las cosas que esconden los camareros bajo el mostrador. Y que son una infinidad. Que si un cigarrillo totalmente consumido que está a punto de soltar la flaccidez de su ceniza, igual que la cola de las lagartijas cuando intentas atraparlas. Que si bolas de papel de aluminio, cada una de un tamaño y diferente grosor. Que si un móvil puesto a cargar. Que si la foto de una chica desnuda en posición erótica o provocativa. Que si una revista doblada. Que si un paquete de tabaco entero junto a otro vacío y arrugado como una ñora seca. Cosas así.
Aunque a decir verdad, lo que más llamaba la atención de la cafetería era que no había máquinas tragaperras. Ni una. Tan sólo estaba la de tabaco que como se hallaba junto a la puerta de la calle parecía la caja automática de un parking. Las mesas, distribuidas con orden y acierto, estaban un par de metros alejadas de la barra. Y no se molestaban una con otra. Parecían clavadas al suelo. Un camarero con la mirada perdida secaba con la delicadeza de un orfebre los vasos recién sacados del lavavajillas. Éstos, desprendían un vaho tan ligero que apenas se notaba. Junto a él, la cafetera de aspecto muy antiguo, silbaba al hervir el agua. Viéndola, uno podría asegurar casi con rotundidad que se trataba del motor de cualquier máquina de un antiguo tren a vapor. La melodía de El Tercer Hombre, que sonaba cristalina a través de unos viejos altavoces de madera, se fue desvaneciendo poco a poco hasta ser engullida por el murmullo ruidoso del ambiente. Con ímpetu sonoro comenzó después la banda sonora del Doctor Zhivago.
En aquel momento la cafetería estaba a tope y se hubiese creído que la niebla de afuera había entrado con todo su espesor. Sobre todo porque los sentados en las mesas, en su mayoría, fumaban con ansiedad. El humo de los cigarrillos ascendía en espiral creando inquietantes formas y parecía que cada mesa fuera un pequeño volcán a punto de erupcionar. La humareda se hacía homogénea en el techo. Y se quedaba allí, prácticamente estática, semejando las tardes de tormenta. Tal vez avisara que de un momento a otro iba a irrumpir en el local una furiosa tempestad. Y tal vez no le faltara razón pero nadie parecía percatarse de ello.
Sentado a la mesa, una que estaba pegada a la pared y situada a la misma distancia de la puerta de la calle que de la del hotel, el señor Lude bebía un vaso de agua con gas. Lo hacía a través de una pajita, y las burbujas, adheridas como el coral al fino tubito, subían hasta la superficie del líquido a la manera de ciertos fuegos artificiales. Su inseparable sombrero descansaba sobre su regazo igual que un viejo gato dormilón. La cabeza, como de costumbre, la llevaba alta y fija. Portaba aquel antifaz que ocultaba sus extraños ojos sin pupilas y cuando hubo entrado a la cafetería todo el mundo se le quedó mirando como quien ve a un muerto. De ordinario notaba la curiosa mirada ajena aunque había dejado de hacer caso a tal situación. Sus ojos no veían. Pero eran sus otros sentidos los que estaban despiertos y atentos a todo.
Cada vez que la puerta se abría, el señor Lude aguzaba, a la vez, oído y olfato con la intención de descubrir si era el escritor de la habitación 207 quien entraba. Sin embargo, durante el tiempo que le duró el agua con gas, solamente dos personas entraron a la cafetería. Ninguna fue el escritor.
Una vez hubo terminado con el vaso de agua, levantó el brazo. El camarero que antes secaba los vasos recién salidos del lavavajillas se acercó hasta su mesa. Quería algo de comer, tal vez un bocadillo, preguntó. El camarero, con la misma mirada perdida de antes, le dijo de carrerilla los diferentes bocadillos que tenían. No encontró ninguno de su gusto. Y finalmente se decidió, guiado por la recomendación del camarero, por un pastel de queso.
El señor Lude no era un hombre impaciente. Todo lo contrario. Sería capaz de estar horas y horas esperando al escritor. Volvería a su habitación en el caso de que éste no apareciera por la cafetería y estaría listo al día siguiente en el mismo sitio y con la misma intención. Esa intranquilidad de desear algo le parecía innecesaria. Lo bueno de las cosas, decía, era que llegaban a su debido tiempo. Y a su debido tiempo significaba inesperadas. Además, siempre, solía llenar ese espacio de espera estableciendo en su pensamiento, de forma imaginaria, la conexión de los conceptos con la naturaleza. Como si una especie de ciudad oculta bajo tierra estuviese siendo desenterrada poco a poco y a través de sus ruinas se esclareciera con rigor cómo tuvo que ser. Así, y junto a una paciencia infinita, había ido creándose en su conciencia un particular mundo. Un mundo que había sido sugerido de forma directa por las impresiones que trasmitían sus sentidos. Un mundo lleno de ilusiones. Y donde, obviamente, sueños y pesadillas compartían la intención de representar la realidad. Pero en aquel conjunto de cosas que regían su conciencia, existía algo que últimamente le tenía intranquilo, preocupado. Ese algo se había acostumbrado a hacerse notar de manera angustiosa. A manifestarse en cualquier momento, igual que la risa de un loco. A sobresaltarse como un viejo deforme que en su intento de pedir ayuda sólo pudiera emitir un gruñido terrible y violento. Ese algo era una voz. Una voz ligera, como moribunda. Una voz que de cuando en cuando le hablaba de forma rápida, y que le decía cosas ininteligibles, confusas, en apariencia sin lógica ni coherencia. Una voz que no venía del exterior. No. Venía del interior de su mundo. De dentro de él. Del interior de su conciencia. Como un gas que oprime y que necesita inevitablemente ser expulsado.
El señor Lude sospechaba que aquella voz, aquel algo que le hablaba, guardaba relación con las botas del cazador que siempre aparecían en su sueño. El sueño que tuvo aquél día mientras dormía bajo el castaño y que con más o menos frecuencia había venido repitiéndose durante toda su vida. Esas botas altas, sucias, llenas de barro y sangre, que se le acercaban con pasos cautelosos, silenciosos, y él, mientras, atrapado en un enorme cepo para osos, desangrándose en tanto que desfallecía. Esas botas de un negro abismal que se detenían frente a su cara casi desmayada. Que le golpeaban en la cabeza y lo hacían despertarse del desmayo. Y en tal caso él, aterrado, intentaba alzar la vista para descubrir al dueño de esas botas. Veía sus pantalones, verdes, arrugados, también con barro y restos de sangre. Brillaba como el sol de un extraño amanecer la hebilla de su cinturón. Perdices, liebres, visones y otros animalejos colgaban de la percha a modo de bandolera. Un chaleco de pelo escondía otro pequeño de cuero donde resplandecían doradas las cápsulas de los cartuchos. El cazador era corpulento, ancho. Pero de poca altura. Él seguía levantando la vista, pero en el momento que el rostro del cazador se le iba a presentar ante sus ojos, una luz cegadora lo despertaba del sueño. El señor Lude, entonces, regresaba a su especial mundo de invisibilidad. La primera vez que tuvo este sueño, aquél fatídico día, echó a correr aterrorizado. Después había aprendido a vivir con la inquietud del ensueño y con la no menos inquietud del despertar.
En cuanto se hubo acabado la tarta de queso, viendo que el escritor de la 207 no había acudido a la cita, el señor Lude se levantó de la mesa, se acercó a la barra y dijo que cargaran la cuenta a la habitación 208. Se dirigió con su especial fric fric hacia la puerta que daba acceso a la calle. La niebla seguía persistente afuera. Se puso el sombrero inclinándolo hacia delante y echó a andar sin dirección concreta.
(LNZ)
Aunque a decir verdad, lo que más llamaba la atención de la cafetería era que no había máquinas tragaperras. Ni una. Tan sólo estaba la de tabaco que como se hallaba junto a la puerta de la calle parecía la caja automática de un parking. Las mesas, distribuidas con orden y acierto, estaban un par de metros alejadas de la barra. Y no se molestaban una con otra. Parecían clavadas al suelo. Un camarero con la mirada perdida secaba con la delicadeza de un orfebre los vasos recién sacados del lavavajillas. Éstos, desprendían un vaho tan ligero que apenas se notaba. Junto a él, la cafetera de aspecto muy antiguo, silbaba al hervir el agua. Viéndola, uno podría asegurar casi con rotundidad que se trataba del motor de cualquier máquina de un antiguo tren a vapor. La melodía de El Tercer Hombre, que sonaba cristalina a través de unos viejos altavoces de madera, se fue desvaneciendo poco a poco hasta ser engullida por el murmullo ruidoso del ambiente. Con ímpetu sonoro comenzó después la banda sonora del Doctor Zhivago.
En aquel momento la cafetería estaba a tope y se hubiese creído que la niebla de afuera había entrado con todo su espesor. Sobre todo porque los sentados en las mesas, en su mayoría, fumaban con ansiedad. El humo de los cigarrillos ascendía en espiral creando inquietantes formas y parecía que cada mesa fuera un pequeño volcán a punto de erupcionar. La humareda se hacía homogénea en el techo. Y se quedaba allí, prácticamente estática, semejando las tardes de tormenta. Tal vez avisara que de un momento a otro iba a irrumpir en el local una furiosa tempestad. Y tal vez no le faltara razón pero nadie parecía percatarse de ello.
Sentado a la mesa, una que estaba pegada a la pared y situada a la misma distancia de la puerta de la calle que de la del hotel, el señor Lude bebía un vaso de agua con gas. Lo hacía a través de una pajita, y las burbujas, adheridas como el coral al fino tubito, subían hasta la superficie del líquido a la manera de ciertos fuegos artificiales. Su inseparable sombrero descansaba sobre su regazo igual que un viejo gato dormilón. La cabeza, como de costumbre, la llevaba alta y fija. Portaba aquel antifaz que ocultaba sus extraños ojos sin pupilas y cuando hubo entrado a la cafetería todo el mundo se le quedó mirando como quien ve a un muerto. De ordinario notaba la curiosa mirada ajena aunque había dejado de hacer caso a tal situación. Sus ojos no veían. Pero eran sus otros sentidos los que estaban despiertos y atentos a todo.
Cada vez que la puerta se abría, el señor Lude aguzaba, a la vez, oído y olfato con la intención de descubrir si era el escritor de la habitación 207 quien entraba. Sin embargo, durante el tiempo que le duró el agua con gas, solamente dos personas entraron a la cafetería. Ninguna fue el escritor.
Una vez hubo terminado con el vaso de agua, levantó el brazo. El camarero que antes secaba los vasos recién salidos del lavavajillas se acercó hasta su mesa. Quería algo de comer, tal vez un bocadillo, preguntó. El camarero, con la misma mirada perdida de antes, le dijo de carrerilla los diferentes bocadillos que tenían. No encontró ninguno de su gusto. Y finalmente se decidió, guiado por la recomendación del camarero, por un pastel de queso.
El señor Lude no era un hombre impaciente. Todo lo contrario. Sería capaz de estar horas y horas esperando al escritor. Volvería a su habitación en el caso de que éste no apareciera por la cafetería y estaría listo al día siguiente en el mismo sitio y con la misma intención. Esa intranquilidad de desear algo le parecía innecesaria. Lo bueno de las cosas, decía, era que llegaban a su debido tiempo. Y a su debido tiempo significaba inesperadas. Además, siempre, solía llenar ese espacio de espera estableciendo en su pensamiento, de forma imaginaria, la conexión de los conceptos con la naturaleza. Como si una especie de ciudad oculta bajo tierra estuviese siendo desenterrada poco a poco y a través de sus ruinas se esclareciera con rigor cómo tuvo que ser. Así, y junto a una paciencia infinita, había ido creándose en su conciencia un particular mundo. Un mundo que había sido sugerido de forma directa por las impresiones que trasmitían sus sentidos. Un mundo lleno de ilusiones. Y donde, obviamente, sueños y pesadillas compartían la intención de representar la realidad. Pero en aquel conjunto de cosas que regían su conciencia, existía algo que últimamente le tenía intranquilo, preocupado. Ese algo se había acostumbrado a hacerse notar de manera angustiosa. A manifestarse en cualquier momento, igual que la risa de un loco. A sobresaltarse como un viejo deforme que en su intento de pedir ayuda sólo pudiera emitir un gruñido terrible y violento. Ese algo era una voz. Una voz ligera, como moribunda. Una voz que de cuando en cuando le hablaba de forma rápida, y que le decía cosas ininteligibles, confusas, en apariencia sin lógica ni coherencia. Una voz que no venía del exterior. No. Venía del interior de su mundo. De dentro de él. Del interior de su conciencia. Como un gas que oprime y que necesita inevitablemente ser expulsado.
El señor Lude sospechaba que aquella voz, aquel algo que le hablaba, guardaba relación con las botas del cazador que siempre aparecían en su sueño. El sueño que tuvo aquél día mientras dormía bajo el castaño y que con más o menos frecuencia había venido repitiéndose durante toda su vida. Esas botas altas, sucias, llenas de barro y sangre, que se le acercaban con pasos cautelosos, silenciosos, y él, mientras, atrapado en un enorme cepo para osos, desangrándose en tanto que desfallecía. Esas botas de un negro abismal que se detenían frente a su cara casi desmayada. Que le golpeaban en la cabeza y lo hacían despertarse del desmayo. Y en tal caso él, aterrado, intentaba alzar la vista para descubrir al dueño de esas botas. Veía sus pantalones, verdes, arrugados, también con barro y restos de sangre. Brillaba como el sol de un extraño amanecer la hebilla de su cinturón. Perdices, liebres, visones y otros animalejos colgaban de la percha a modo de bandolera. Un chaleco de pelo escondía otro pequeño de cuero donde resplandecían doradas las cápsulas de los cartuchos. El cazador era corpulento, ancho. Pero de poca altura. Él seguía levantando la vista, pero en el momento que el rostro del cazador se le iba a presentar ante sus ojos, una luz cegadora lo despertaba del sueño. El señor Lude, entonces, regresaba a su especial mundo de invisibilidad. La primera vez que tuvo este sueño, aquél fatídico día, echó a correr aterrorizado. Después había aprendido a vivir con la inquietud del ensueño y con la no menos inquietud del despertar.
En cuanto se hubo acabado la tarta de queso, viendo que el escritor de la 207 no había acudido a la cita, el señor Lude se levantó de la mesa, se acercó a la barra y dijo que cargaran la cuenta a la habitación 208. Se dirigió con su especial fric fric hacia la puerta que daba acceso a la calle. La niebla seguía persistente afuera. Se puso el sombrero inclinándolo hacia delante y echó a andar sin dirección concreta.
(LNZ)
viernes, 23 de noviembre de 2007
ÓVULOS CONGELADOS PARA FUTURAS VIDAS
(de los periódicos)
En la primera cápsula del estante C, hay un óvulo del que se derivará un hombre triste y retraído, acostumbrado desde muy joven a la mala suerte, que se quedará calvo por una infección durante su adolescencia, y que se pasará toda su vida trabajando como auxiliar en una caja de ahorros.
Por uno de esos guiños del destino, en la cápsula que hay a su derecha, está el germen de un hombre gordo y optimista, que dentro de algunos años, exactamente 35, tres meses y tres días, se saltará un stop y golpeará con su coche la puerta del otro. Al salir del coche y mirarse a los ojos, sin saber porqué, los dos tendrán la desconcertante sensación de conocerse de algo. Eso no impedirá que ambos se líen a puñetazos.
Inmediatamente debajo del hombre gordo y optimista, pero dos pasillos más allá, espera su turno una chica rubia, de carácter frágil y romántico, que si alguien no lo remedia parece condenada a morir de sobredosis. Ella no sabe que su profesor de Arte, con el que se fumará su primer canuto, es el actual amante de la doctora que controlará el proceso de su incorporación a la vida.
En total, de las 4000 cápsulas que hay en los estantes, sólo 25 alcanzarán el uso de razón y sólo una de ellas será feliz. Relativamente.
VIAJE A IXTLAN
En la primera cápsula del estante C, hay un óvulo del que se derivará un hombre triste y retraído, acostumbrado desde muy joven a la mala suerte, que se quedará calvo por una infección durante su adolescencia, y que se pasará toda su vida trabajando como auxiliar en una caja de ahorros.
Por uno de esos guiños del destino, en la cápsula que hay a su derecha, está el germen de un hombre gordo y optimista, que dentro de algunos años, exactamente 35, tres meses y tres días, se saltará un stop y golpeará con su coche la puerta del otro. Al salir del coche y mirarse a los ojos, sin saber porqué, los dos tendrán la desconcertante sensación de conocerse de algo. Eso no impedirá que ambos se líen a puñetazos.
Inmediatamente debajo del hombre gordo y optimista, pero dos pasillos más allá, espera su turno una chica rubia, de carácter frágil y romántico, que si alguien no lo remedia parece condenada a morir de sobredosis. Ella no sabe que su profesor de Arte, con el que se fumará su primer canuto, es el actual amante de la doctora que controlará el proceso de su incorporación a la vida.
En total, de las 4000 cápsulas que hay en los estantes, sólo 25 alcanzarán el uso de razón y sólo una de ellas será feliz. Relativamente.
VIAJE A IXTLAN
jueves, 22 de noviembre de 2007
HOTEL LA HIPÉRBOLA IV
Él caminaba. Caminaba sin saber por qué caminaba. Caminaba como un viento sin dirección concreta. Como las dunas del desierto. Y aunque deseaba detenerse, algo le inducía a seguir caminando. Intuía que el tiempo y la vida dependían de seguir caminando. Y por más que el miedo le violentaba, en su interior algo gritaba desesperadamente que caminara, que la única manera de suavizar ese miedo era caminando.
Al principio no hay nada a su alrededor. Nada. Absolutamente nada. Arriba, abajo, lejos, cerca, detrás, delante,… eso son nociones sin sentido, son conceptos que no existen fuera de él. Todo es blancura alrededor de él. Puede, piensa, que esté sobre una extensa superficie, toda ella cubierta de nieve. Porque le recuerda a la nieve. Ha debido suceder eso. Una intensa nevada lo ha ocultado todo. Sobre la cabeza, el cielo está tapado por unas nubes. También el horizonte. Nubes blancas, también como la misma nieve. Pero no tiene frío. No, no tiene. Asustado sí, pero frío no. ¿He muerto?, se pregunta. No, no estoy muerto. Estoy caminando. Y mientras camina el miedo se va suavizando. ¿Es posible que el mundo se haya despegado de la Tierra? ¿O se haya creado una agalla alrededor mío para mantener el equilibrio natural? Sí, eso es. Él se ha quedado encerrado dentro de la esfera terrestre en tanto que el infinito universo continúa su marcha en el exterior. Como un hámster encerrado en una jaula que corre obsesivamente dentro de su noria. Aunque él no ve barrotes. No. Él no está encerrado en una jaula. Él está encerrado en una blancura donde no hay nada. Encerrado en un orbe blanco que deambula libremente como una pompa de jabón. Camina y camina. Debe caminar para salir de allí. Puede, piensa, que esté sobre una extensa superficie, toda ella cubierta de nieve.
Está agotado y no puede pensar. Ha llegado el momento que temía. No es capaz de pensar. Su mente se ha quedado en blanco. Como la misma superficie. Como el mismo cielo y el mismo horizonte. Como si sobre su mente también la nieve hubiera vertido los fríos copos de la irreflexión. Por más que busca en su memoria sólo encuentra espacios en blanco. Como en una casa vacía. El blanco exterior se ha introducido en su conciencia semejando una sustancia viscosa y ha fundido el orden lógico del mundo. Esto le atemoriza, pero no puede detenerse. Algo indefinido, parecido a una voluntad, tira de él. Tira con fuerza, con ánimo, con intención y espíritu. Él sabe que no es su voluntad. Lo sabe muy bien. Porque su voluntad desea detenerse. Pero no puede. Si lo hiciera, volvería de nuevo el miedo. Sólo puede caminar y caminar. La otra voluntad es quien grita desesperadamente en su interior. Y dice que camine. Que camine. Cuando ha pasado este momento, ya no es capaz de pensar en nada. Pero camina. Camina.
Caminar sin pensar en nada le ha tranquilizado. Siente que el miedo, poco a poco, se dispersa como un animal que, de momento, ha saciado su apetito. Aunque también nota su oculta presencia. Tal vez esté al acecho. Camuflado en la blancura de su conciencia. Y estando así, un repentino sonido, lejano, le sobresalta. Parece un graznido lastimoso. Como si todas las aves del planeta emitieran al unísono un mismo llanto de desesperación. O como si, entre ellas, se avisaran de la llegada de un nuevo mundo. Informe e impreciso. Blanco. Ello le hace mirar hacia atrás. No ve nada. No tiene miedo, y eso que sigue escuchando aquel sonido, parecido a un lamento. Pero no hay nada. No hay nada frente a él. Tampoco hay nada detrás y se sorprende al descubrir que no han ido quedándose huellas tras él. ¿Es su alma quien camina? Es inútil intentar entenderlo, y lo sabe de forma natural. Intentar pensar es recluirse en una confusión. Una confusión con un solo camino, como los laberintos. Sabe que lo mejor es asumir y acatar las reglas. Y la regla es caminar. Caminar. Habiendo pasado otro rato, sin embargo, el sonido vuelve. Esta vez es más cercano. Continúa siendo aquel graznido. Debe estar muy cerca. Y vuelve la cabeza hacia atrás. No ve nada. Ni siquiera las huellas de sus pasos. Camina y camina. El sonido se acerca, y sus pasos no tienen huellas.
El sonido ya está junto a él. Y agradece la compañía del sonido. Ahora no es sólo un graznido. No, el graznido ha dado paso a una colección de sonidos que vienen y van. Y que tienen vida propia. A veces es agudo y lejano. Otras, grave y subterráneo. Distingue si viene del norte o del sur. Si es humano o animal. Ya no le importa tanto que pueda estar caminando sobre una superficie extensa, blanca como la nieve. Los sonidos rompen el equilibrio de la blancura y van estableciéndose en su mente a modo de referencias. Igual que las señales sirven de indicación en una ruta y guían al montañero. Él, al margen del descubrimiento, todavía camina y camina. No quiere que vuelva el miedo. Porque el miedo sigue oculto. Está camuflado en la blancura de su conciencia.
Durante el trayecto que comparte junto al sonido, va soltando su voluntad como si ésta fuera una carga o un recuerdo de esos que hay que olvidar. La deja atrás, junto a sus pasos sin huellas. Pero no le importa. Ha empezado a confiar. Está acompañado de los sonidos. Además, sabe que la otra voluntad sigue tirando de él con la insistencia y la atracción de la gravedad. Y ya no teme descubrir quién o qué le gobiernan.
El tiempo, entre tanto, empieza a existir desde que los sonidos caminan junto a él. No sabe con certeza si ha pasado mucho o poco desde que comenzó a caminar, pero sabe que ha pasado y esto le preocupa. Y es que el sonido que antes estaba junto a él, ahora se encuentra muy lejos. Y el que antes estuvo lejos, hubo desaparecido engullido por el espacio infinito. Mira hacia atrás y sus huellas siguen sin aparecer. De repente algo se está quemando. No hay humo, pero algo se quema. Lo sabe. Lo huele. Está demasiado lejos. Pero está. Sí, sabe que ese olor es el que se produce con la combustión de la madera. Lo conoce. Lo recuerda. Hay fuego entre tanta blancura. Intenta correr pero no puede. El miedo sigue agazapado, oculto en la conciencia. Sólo puede caminar. Lo sabe. Caminar junto a los sonidos y el olor a fuego. No ve el fuego pero lo huele. Y se aleja del fuego. La otra voluntad lo aleja. El fuego está cada vez más lejos, lo huele. Y huele también la llegada de un viento húmedo, el viento húmedo que ha conseguido sofocar el fuego. Y camina. Camina confiando en la voluntad que tira de él. Entregado a su otra voluntad que mantiene al miedo alejado. Escucha voces. Muy lejos, pero las escucha. Las reconoce. El miedo reaparece pero ya no es un animal con apetito. Lo reconoce. Reconoce al miedo. Huele igual que él. Y le llega el olor de su cansancio. El olor de su vida. Y oye el sonido de su corazón. El sonido de sus huesos al articularse. El sonido de su vida.
La otra voluntad ha dejado de tirar. El miedo ha desaparecido como tragado por la inmensa blancura que todavía le rodea. Consigue detenerse sobre la superficie extensa, blanca como la nieve, y sabe que no hay nada que temer.
Estaba a salvo.
(Lord No Zoo)
Al principio no hay nada a su alrededor. Nada. Absolutamente nada. Arriba, abajo, lejos, cerca, detrás, delante,… eso son nociones sin sentido, son conceptos que no existen fuera de él. Todo es blancura alrededor de él. Puede, piensa, que esté sobre una extensa superficie, toda ella cubierta de nieve. Porque le recuerda a la nieve. Ha debido suceder eso. Una intensa nevada lo ha ocultado todo. Sobre la cabeza, el cielo está tapado por unas nubes. También el horizonte. Nubes blancas, también como la misma nieve. Pero no tiene frío. No, no tiene. Asustado sí, pero frío no. ¿He muerto?, se pregunta. No, no estoy muerto. Estoy caminando. Y mientras camina el miedo se va suavizando. ¿Es posible que el mundo se haya despegado de la Tierra? ¿O se haya creado una agalla alrededor mío para mantener el equilibrio natural? Sí, eso es. Él se ha quedado encerrado dentro de la esfera terrestre en tanto que el infinito universo continúa su marcha en el exterior. Como un hámster encerrado en una jaula que corre obsesivamente dentro de su noria. Aunque él no ve barrotes. No. Él no está encerrado en una jaula. Él está encerrado en una blancura donde no hay nada. Encerrado en un orbe blanco que deambula libremente como una pompa de jabón. Camina y camina. Debe caminar para salir de allí. Puede, piensa, que esté sobre una extensa superficie, toda ella cubierta de nieve.
Está agotado y no puede pensar. Ha llegado el momento que temía. No es capaz de pensar. Su mente se ha quedado en blanco. Como la misma superficie. Como el mismo cielo y el mismo horizonte. Como si sobre su mente también la nieve hubiera vertido los fríos copos de la irreflexión. Por más que busca en su memoria sólo encuentra espacios en blanco. Como en una casa vacía. El blanco exterior se ha introducido en su conciencia semejando una sustancia viscosa y ha fundido el orden lógico del mundo. Esto le atemoriza, pero no puede detenerse. Algo indefinido, parecido a una voluntad, tira de él. Tira con fuerza, con ánimo, con intención y espíritu. Él sabe que no es su voluntad. Lo sabe muy bien. Porque su voluntad desea detenerse. Pero no puede. Si lo hiciera, volvería de nuevo el miedo. Sólo puede caminar y caminar. La otra voluntad es quien grita desesperadamente en su interior. Y dice que camine. Que camine. Cuando ha pasado este momento, ya no es capaz de pensar en nada. Pero camina. Camina.
Caminar sin pensar en nada le ha tranquilizado. Siente que el miedo, poco a poco, se dispersa como un animal que, de momento, ha saciado su apetito. Aunque también nota su oculta presencia. Tal vez esté al acecho. Camuflado en la blancura de su conciencia. Y estando así, un repentino sonido, lejano, le sobresalta. Parece un graznido lastimoso. Como si todas las aves del planeta emitieran al unísono un mismo llanto de desesperación. O como si, entre ellas, se avisaran de la llegada de un nuevo mundo. Informe e impreciso. Blanco. Ello le hace mirar hacia atrás. No ve nada. No tiene miedo, y eso que sigue escuchando aquel sonido, parecido a un lamento. Pero no hay nada. No hay nada frente a él. Tampoco hay nada detrás y se sorprende al descubrir que no han ido quedándose huellas tras él. ¿Es su alma quien camina? Es inútil intentar entenderlo, y lo sabe de forma natural. Intentar pensar es recluirse en una confusión. Una confusión con un solo camino, como los laberintos. Sabe que lo mejor es asumir y acatar las reglas. Y la regla es caminar. Caminar. Habiendo pasado otro rato, sin embargo, el sonido vuelve. Esta vez es más cercano. Continúa siendo aquel graznido. Debe estar muy cerca. Y vuelve la cabeza hacia atrás. No ve nada. Ni siquiera las huellas de sus pasos. Camina y camina. El sonido se acerca, y sus pasos no tienen huellas.
El sonido ya está junto a él. Y agradece la compañía del sonido. Ahora no es sólo un graznido. No, el graznido ha dado paso a una colección de sonidos que vienen y van. Y que tienen vida propia. A veces es agudo y lejano. Otras, grave y subterráneo. Distingue si viene del norte o del sur. Si es humano o animal. Ya no le importa tanto que pueda estar caminando sobre una superficie extensa, blanca como la nieve. Los sonidos rompen el equilibrio de la blancura y van estableciéndose en su mente a modo de referencias. Igual que las señales sirven de indicación en una ruta y guían al montañero. Él, al margen del descubrimiento, todavía camina y camina. No quiere que vuelva el miedo. Porque el miedo sigue oculto. Está camuflado en la blancura de su conciencia.
Durante el trayecto que comparte junto al sonido, va soltando su voluntad como si ésta fuera una carga o un recuerdo de esos que hay que olvidar. La deja atrás, junto a sus pasos sin huellas. Pero no le importa. Ha empezado a confiar. Está acompañado de los sonidos. Además, sabe que la otra voluntad sigue tirando de él con la insistencia y la atracción de la gravedad. Y ya no teme descubrir quién o qué le gobiernan.
El tiempo, entre tanto, empieza a existir desde que los sonidos caminan junto a él. No sabe con certeza si ha pasado mucho o poco desde que comenzó a caminar, pero sabe que ha pasado y esto le preocupa. Y es que el sonido que antes estaba junto a él, ahora se encuentra muy lejos. Y el que antes estuvo lejos, hubo desaparecido engullido por el espacio infinito. Mira hacia atrás y sus huellas siguen sin aparecer. De repente algo se está quemando. No hay humo, pero algo se quema. Lo sabe. Lo huele. Está demasiado lejos. Pero está. Sí, sabe que ese olor es el que se produce con la combustión de la madera. Lo conoce. Lo recuerda. Hay fuego entre tanta blancura. Intenta correr pero no puede. El miedo sigue agazapado, oculto en la conciencia. Sólo puede caminar. Lo sabe. Caminar junto a los sonidos y el olor a fuego. No ve el fuego pero lo huele. Y se aleja del fuego. La otra voluntad lo aleja. El fuego está cada vez más lejos, lo huele. Y huele también la llegada de un viento húmedo, el viento húmedo que ha conseguido sofocar el fuego. Y camina. Camina confiando en la voluntad que tira de él. Entregado a su otra voluntad que mantiene al miedo alejado. Escucha voces. Muy lejos, pero las escucha. Las reconoce. El miedo reaparece pero ya no es un animal con apetito. Lo reconoce. Reconoce al miedo. Huele igual que él. Y le llega el olor de su cansancio. El olor de su vida. Y oye el sonido de su corazón. El sonido de sus huesos al articularse. El sonido de su vida.
La otra voluntad ha dejado de tirar. El miedo ha desaparecido como tragado por la inmensa blancura que todavía le rodea. Consigue detenerse sobre la superficie extensa, blanca como la nieve, y sabe que no hay nada que temer.
Estaba a salvo.
(Lord No Zoo)
martes, 20 de noviembre de 2007
HOTEL LA HIPÉRBOLA III
HOTEL LA HIPÉRBOLA
III
El señor Lude, tal y como le había indicado el recepcionista, en cuanto salió del ascensor se encaminó a mano derecha. Tenía muchas ganas de llegar a la habitación 208. Estaba deseando entrar, deshacer la maleta y empezar sin ninguna demora la tarea que le había conducido hasta allí.
Mientras andaba y arrastraba la maleta trolley, tarareaba una extraña melodía. Bueno, siendo rigurosos, cabría decir que zumbaba una extraña melodía. Aunque qué importa, a lo mejor sólo lo estaba imaginando, porque, realmente, el sonido era totalmente imperceptible. Tal vez los insectos puedan darse cuenta de este ejemplo de inaudible musiquilla, porque lo que es el resto de humanos no. Era una especie de eco temporal como el que a modo de secuela queda después de una gran explosión. Algo así. El señor Lude, sin embargo, estaba entregado al ritmo, cadencia y tiempo de aquella composición. La disfrutaba igual que un niño disfruta con las cosquillas. El fric fric de los pantalones bombachos del señor Lude la acompasaba y servía de metrónomo.
El pasillo de la planta segunda del Hotel la Hipérbola era un tanto estrecho. La moqueta color azafrán que cubría todo el suelo había perdido la delicadeza de sus hebras. Parecía esparto pintado, si bien siendo realistas simplemente estaba muy vieja. Pero al margen del estado de la moqueta, el pasillo era acogedor y los radiadores de la calefacción habían caldeado toda la planta. Pequeños cuadros de paisajes de París, Roma, ríos o castillos coloreaban las blancas paredes del pasillo. La luz que desprendían las lámparas contiguas a esos cuadros era de poca intensidad y semejaba la de un club de jazz en plena actuación.
La distancia entre la salida del ascensor y la puerta de la habitación estaba separada por ocho pasos, pasos del señor Lude, claro. Ocho pasos y, por supuesto, sus ocho fric fric. Los contó mentalmente mientras aguzaba el olfato y despabilaba sus oídos. Supo distinguir su habitación por el olor. De ella emanaba un ligero perfume alcoholizado con esencia de lavanda, seguramente el ambientador, pensó el señor Lude. De la 207, en cambio, distinguió un único olor cuya composición parecía ser la mezcla de muchos aromas. Los de la vitalidad humana y esos otros que, desgraciadamente, ya no desempeñan ninguna función útil. El escritor está ahí dentro tirado en la cama, adivinó el señor Lude, podrá serme de gran ayuda, se lo explicaré, aunque cada cosa a su tiempo. Este pensamiento apaciguó sus dudas y avivó sus expectativas con respecto al asunto. Entonces respirando hondamente se dijo para sí: todo saldrá bien.
Abrió la puerta de la habitación. Entró y encendió todas las luces. Obviamente el señor Lude continuaba allá, dentro de su oscuridad, pero es que él, aunque no viese, seguía con la costumbre de encender las luces cuando llegaba la noche. Con aquél fatídico día siendo niño no se había visto alterada su vida en nada. Para él todo seguía siendo normal y corriente.
Tanteó el espacio y calculó las distancias entre la cama y el armario, entre la cama y la ventana, y después entre la cama y la puerta del cuarto de baño. Entró al cuarto de baño e hizo lo propio entre el inodoro, el lavabo, el bidé y la ducha. Soltó una carcajada y chasqueó los dedos. Ya se conocía al dedillo la habitación 208. Su habitación. Salió del cuarto de baño y echó la maleta sobre la cama. La deshizo con agilidad, y fue metiendo con mimo en el armario cada una de sus ropas. Lo hizo con la misma rapidez que un experto bibliotecario ordena y coloca los libros en sus respectivos estantes. Entretanto pensaba en cómo explicarle al escritor el asunto.
Una vez hubo terminado de meter y ordenar todas sus ropas en el armario sacó de la maleta un estuche de color rojo. Al señor Lude le gustaban las cosas coloridas. Aunque no supiera distinguir, o mejor dicho, no pudiera distinguir los colores, sí los conocía, y estimaba que los artilugios de colores vivos le aumentaban la moral. Los utilizaba a modo de estufas, si bien al señor Lude en vez de calor, los colores le insuflaban ánimo. Por eso había elegido sus ropas coloridas. Necesitaba todo su ánimo.
El estuche rojo parecía un costurero. Sólo le faltaba la almohadilla esa en la que se clavan los alfileres y que al final acaba pareciendo la cabeza de algún muñeco del vudú o un personaje de Tim Burton. Lo abrió soltando un pequeño remache metálico que servía de cierre y el sonoro clic se paseó por la habitación como si alguien, escondido tras las cortinas, hubiera apretado el gatillo de un arma descargada.
De dentro del estuche sacó una pequeña libreta de color violeta y de un pequeño compartimento auxiliar sacó una especie de enorme bolígrafo con dos puntas o extremidades. En una de las cabezas se encontraba la propia punta del boli y en la otra había una aguja o clavillo. El utensilio era igual que un compás. Aunque con el aparatoso instrumento la utilidad de trazar exactas circunferencias no servía. Y es que éste tenía la imposibilidad de abrirse en las diferentes formas con la que el compás realiza su función.
De la libreta arrancó una hoja. La colocó sobre la mesa escritorio que se hallaba junto a la ventana de la habitación y calculó bien el ángulo recto. Tras asegurar la horizontalidad cogió el bolígrafo-compás y se sentó frente a la mesa. Aseguró la parte del clavillo y empezó a escribir desde el margen derecho de la hoja. Empezó con un saluda y ofreció al escritor una invitación. Si usted lo desea, escribió, podríamos tomar algo en la cafetería del hotel, allí podré explicarle con más detalle el quid de la cuestión.
Una vez hubo cruzado el ancho de la página, mantuvo la parte del clavillo fija, giró el bolígrafo-compás ciento ochenta grados como quien traza una semicircunferencia, y continuó escribiendo, entonces, desde el margen izquierdo. ¡Escribía en bustrófedon! Bueno, pensó, un escritor tendría que saber leer esta manera de escribir.
La escritura del señor Lude era fea en sí pero bella en su estructura. Cada una de las letras desprendía una inseguridad de ejecución propia de los niños. Lógico por otra parte. Si mirabas la be, ésta parecía a veces blanda y otras, balanceada, como si un viento alocado las tumbara arbitrariamente a derecha o izquierda. La ce poco curva y rayana al cuadrado. La de era totalmente diferente una de otra. La efe demasiado frenética, igual que una camisa que no favorece. La ge, sin embargo, gozaba de buen dibujo. El señor Lude no había sabido utilizar las haches en su vida y sobre la jota no era hábil a la hora adjudicar el punto equidistante de la letra. La elle era mollar y con excesivo parecido a las eles, aunque tal vez éstas demasiado aletargadas. La eme, si estaba próxima a la ene, parecía un muelle sin elasticidad; y en cuanto a la pe, el señor Lude pecaba de perfeccionista. La cu quería parecerse a una nota blanca, pero obviamente faltaba el necesario pentagrama. La erre, al ser escrita con rapidez, recordaba al ideograma de peligro de muerte. La ese, casi como norma ortográfica, tendía a ser severa, sencilla o suave según estuviera al inicio, mitad o final de la palabra. Cuando escribía alguna te, semejaban torres de alta tensión o postes telegráficos. Debido a la curva con la que adornaba la uve se vislumbraba la actitud valiente del señor Lude. La equis, propia de un experto y la i griega siempre en mayúscula eran algo común en la forma de escribir. Para el señor Lude trazar la ceta pacificaba su esfuerzo pues la esbozaba como quien, con mucha confianza, se entregara a los brazos de la libertad.
La carta dirigida al escritor estaba prácticamente acabada. Sólo le mencionó el tema de pasada, pero cuando estuvieran cara a cara le explicaría todo. También, por supuesto, los riesgos. Levantó la hoja y la puso frente a su antifaz en forma de anteojos. Cualquiera hubiera creído que era capaz de ver a través de ellos.
La hoja poseía un poder enigmático que seguro, atraparía al escritor. Porque si la letra del señor Lude estaba alterada y carecía de la igualdad de la escritura unificada, el conjunto de palabras, en su totalidad, era de una belleza inenarrable. Cada una de ellas estaba configurada conforme a la idea que el señor Lude tenía de su significado. Así, mirar la carta que el señor Lude escribió al escritor era como estar frente a un perfecto mapa. Un mapa que, en vez de fronteras y carreteras, se mostraba lleno de sensaciones y de impresiones.
El señor Lude resaltaba el dibujo de la palabra cuando ésta pertenecía a la emoción o lo reducía si por el contrario su significado correspondía al estremecimiento. Era como ver la frase en un espacio tridimensional. Un campo donde altura, anchura y profundidad marcan el significado de la palabra. Una palabra detrás de otra, como guardando cola, esperando su turno. Y, claro, al ver la frase así, entre cada palabra se puede compruebar que existe, por consiguiente, un espacio real. Ese espacio era uniforme en cualquier frase y significaba Todo. El señor Lude con su forma de escribir no necesitaba referencias o apoyos para explicar el contexto. La belleza de su dibujo demarcaba el verdadero contexto y éste, establecido como sistema, existía en sí mismo con el simple hecho de su lectura, no hay necesidad, por tanto, de indagar para encontrar el entendimiento. Digamos que era como si todos los órganos del cuerpo salvo el corazón fueran transparentes y pudiéramos comprobar así la salud del motor de la vida. En verdad en aquella carta no había ambigüedades, lo que se decía era la realidad. Y concretamente la realidad cruda del asunto.
La carta llevaba el membrete: Al escritor de la habitación 207.
El señor Lude abrió la puerta de su habitación. Sin cerrarla traspasó el umbral y permaneció un instante frente a la habitación 207. Prestó atención y gracias a su olfato averiguó que el escritor seguía tirado en la cama. Introdujo por la rendija de la puerta la carta, golpeó en la puerta de la habitación 207 dos veces, como el cartero, y se metió, de nuevo, en su habitación.
(Lord No Zoo)
III
El señor Lude, tal y como le había indicado el recepcionista, en cuanto salió del ascensor se encaminó a mano derecha. Tenía muchas ganas de llegar a la habitación 208. Estaba deseando entrar, deshacer la maleta y empezar sin ninguna demora la tarea que le había conducido hasta allí.
Mientras andaba y arrastraba la maleta trolley, tarareaba una extraña melodía. Bueno, siendo rigurosos, cabría decir que zumbaba una extraña melodía. Aunque qué importa, a lo mejor sólo lo estaba imaginando, porque, realmente, el sonido era totalmente imperceptible. Tal vez los insectos puedan darse cuenta de este ejemplo de inaudible musiquilla, porque lo que es el resto de humanos no. Era una especie de eco temporal como el que a modo de secuela queda después de una gran explosión. Algo así. El señor Lude, sin embargo, estaba entregado al ritmo, cadencia y tiempo de aquella composición. La disfrutaba igual que un niño disfruta con las cosquillas. El fric fric de los pantalones bombachos del señor Lude la acompasaba y servía de metrónomo.
El pasillo de la planta segunda del Hotel la Hipérbola era un tanto estrecho. La moqueta color azafrán que cubría todo el suelo había perdido la delicadeza de sus hebras. Parecía esparto pintado, si bien siendo realistas simplemente estaba muy vieja. Pero al margen del estado de la moqueta, el pasillo era acogedor y los radiadores de la calefacción habían caldeado toda la planta. Pequeños cuadros de paisajes de París, Roma, ríos o castillos coloreaban las blancas paredes del pasillo. La luz que desprendían las lámparas contiguas a esos cuadros era de poca intensidad y semejaba la de un club de jazz en plena actuación.
La distancia entre la salida del ascensor y la puerta de la habitación estaba separada por ocho pasos, pasos del señor Lude, claro. Ocho pasos y, por supuesto, sus ocho fric fric. Los contó mentalmente mientras aguzaba el olfato y despabilaba sus oídos. Supo distinguir su habitación por el olor. De ella emanaba un ligero perfume alcoholizado con esencia de lavanda, seguramente el ambientador, pensó el señor Lude. De la 207, en cambio, distinguió un único olor cuya composición parecía ser la mezcla de muchos aromas. Los de la vitalidad humana y esos otros que, desgraciadamente, ya no desempeñan ninguna función útil. El escritor está ahí dentro tirado en la cama, adivinó el señor Lude, podrá serme de gran ayuda, se lo explicaré, aunque cada cosa a su tiempo. Este pensamiento apaciguó sus dudas y avivó sus expectativas con respecto al asunto. Entonces respirando hondamente se dijo para sí: todo saldrá bien.
Abrió la puerta de la habitación. Entró y encendió todas las luces. Obviamente el señor Lude continuaba allá, dentro de su oscuridad, pero es que él, aunque no viese, seguía con la costumbre de encender las luces cuando llegaba la noche. Con aquél fatídico día siendo niño no se había visto alterada su vida en nada. Para él todo seguía siendo normal y corriente.
Tanteó el espacio y calculó las distancias entre la cama y el armario, entre la cama y la ventana, y después entre la cama y la puerta del cuarto de baño. Entró al cuarto de baño e hizo lo propio entre el inodoro, el lavabo, el bidé y la ducha. Soltó una carcajada y chasqueó los dedos. Ya se conocía al dedillo la habitación 208. Su habitación. Salió del cuarto de baño y echó la maleta sobre la cama. La deshizo con agilidad, y fue metiendo con mimo en el armario cada una de sus ropas. Lo hizo con la misma rapidez que un experto bibliotecario ordena y coloca los libros en sus respectivos estantes. Entretanto pensaba en cómo explicarle al escritor el asunto.
Una vez hubo terminado de meter y ordenar todas sus ropas en el armario sacó de la maleta un estuche de color rojo. Al señor Lude le gustaban las cosas coloridas. Aunque no supiera distinguir, o mejor dicho, no pudiera distinguir los colores, sí los conocía, y estimaba que los artilugios de colores vivos le aumentaban la moral. Los utilizaba a modo de estufas, si bien al señor Lude en vez de calor, los colores le insuflaban ánimo. Por eso había elegido sus ropas coloridas. Necesitaba todo su ánimo.
El estuche rojo parecía un costurero. Sólo le faltaba la almohadilla esa en la que se clavan los alfileres y que al final acaba pareciendo la cabeza de algún muñeco del vudú o un personaje de Tim Burton. Lo abrió soltando un pequeño remache metálico que servía de cierre y el sonoro clic se paseó por la habitación como si alguien, escondido tras las cortinas, hubiera apretado el gatillo de un arma descargada.
De dentro del estuche sacó una pequeña libreta de color violeta y de un pequeño compartimento auxiliar sacó una especie de enorme bolígrafo con dos puntas o extremidades. En una de las cabezas se encontraba la propia punta del boli y en la otra había una aguja o clavillo. El utensilio era igual que un compás. Aunque con el aparatoso instrumento la utilidad de trazar exactas circunferencias no servía. Y es que éste tenía la imposibilidad de abrirse en las diferentes formas con la que el compás realiza su función.
De la libreta arrancó una hoja. La colocó sobre la mesa escritorio que se hallaba junto a la ventana de la habitación y calculó bien el ángulo recto. Tras asegurar la horizontalidad cogió el bolígrafo-compás y se sentó frente a la mesa. Aseguró la parte del clavillo y empezó a escribir desde el margen derecho de la hoja. Empezó con un saluda y ofreció al escritor una invitación. Si usted lo desea, escribió, podríamos tomar algo en la cafetería del hotel, allí podré explicarle con más detalle el quid de la cuestión.
Una vez hubo cruzado el ancho de la página, mantuvo la parte del clavillo fija, giró el bolígrafo-compás ciento ochenta grados como quien traza una semicircunferencia, y continuó escribiendo, entonces, desde el margen izquierdo. ¡Escribía en bustrófedon! Bueno, pensó, un escritor tendría que saber leer esta manera de escribir.
La escritura del señor Lude era fea en sí pero bella en su estructura. Cada una de las letras desprendía una inseguridad de ejecución propia de los niños. Lógico por otra parte. Si mirabas la be, ésta parecía a veces blanda y otras, balanceada, como si un viento alocado las tumbara arbitrariamente a derecha o izquierda. La ce poco curva y rayana al cuadrado. La de era totalmente diferente una de otra. La efe demasiado frenética, igual que una camisa que no favorece. La ge, sin embargo, gozaba de buen dibujo. El señor Lude no había sabido utilizar las haches en su vida y sobre la jota no era hábil a la hora adjudicar el punto equidistante de la letra. La elle era mollar y con excesivo parecido a las eles, aunque tal vez éstas demasiado aletargadas. La eme, si estaba próxima a la ene, parecía un muelle sin elasticidad; y en cuanto a la pe, el señor Lude pecaba de perfeccionista. La cu quería parecerse a una nota blanca, pero obviamente faltaba el necesario pentagrama. La erre, al ser escrita con rapidez, recordaba al ideograma de peligro de muerte. La ese, casi como norma ortográfica, tendía a ser severa, sencilla o suave según estuviera al inicio, mitad o final de la palabra. Cuando escribía alguna te, semejaban torres de alta tensión o postes telegráficos. Debido a la curva con la que adornaba la uve se vislumbraba la actitud valiente del señor Lude. La equis, propia de un experto y la i griega siempre en mayúscula eran algo común en la forma de escribir. Para el señor Lude trazar la ceta pacificaba su esfuerzo pues la esbozaba como quien, con mucha confianza, se entregara a los brazos de la libertad.
La carta dirigida al escritor estaba prácticamente acabada. Sólo le mencionó el tema de pasada, pero cuando estuvieran cara a cara le explicaría todo. También, por supuesto, los riesgos. Levantó la hoja y la puso frente a su antifaz en forma de anteojos. Cualquiera hubiera creído que era capaz de ver a través de ellos.
La hoja poseía un poder enigmático que seguro, atraparía al escritor. Porque si la letra del señor Lude estaba alterada y carecía de la igualdad de la escritura unificada, el conjunto de palabras, en su totalidad, era de una belleza inenarrable. Cada una de ellas estaba configurada conforme a la idea que el señor Lude tenía de su significado. Así, mirar la carta que el señor Lude escribió al escritor era como estar frente a un perfecto mapa. Un mapa que, en vez de fronteras y carreteras, se mostraba lleno de sensaciones y de impresiones.
El señor Lude resaltaba el dibujo de la palabra cuando ésta pertenecía a la emoción o lo reducía si por el contrario su significado correspondía al estremecimiento. Era como ver la frase en un espacio tridimensional. Un campo donde altura, anchura y profundidad marcan el significado de la palabra. Una palabra detrás de otra, como guardando cola, esperando su turno. Y, claro, al ver la frase así, entre cada palabra se puede compruebar que existe, por consiguiente, un espacio real. Ese espacio era uniforme en cualquier frase y significaba Todo. El señor Lude con su forma de escribir no necesitaba referencias o apoyos para explicar el contexto. La belleza de su dibujo demarcaba el verdadero contexto y éste, establecido como sistema, existía en sí mismo con el simple hecho de su lectura, no hay necesidad, por tanto, de indagar para encontrar el entendimiento. Digamos que era como si todos los órganos del cuerpo salvo el corazón fueran transparentes y pudiéramos comprobar así la salud del motor de la vida. En verdad en aquella carta no había ambigüedades, lo que se decía era la realidad. Y concretamente la realidad cruda del asunto.
La carta llevaba el membrete: Al escritor de la habitación 207.
El señor Lude abrió la puerta de su habitación. Sin cerrarla traspasó el umbral y permaneció un instante frente a la habitación 207. Prestó atención y gracias a su olfato averiguó que el escritor seguía tirado en la cama. Introdujo por la rendija de la puerta la carta, golpeó en la puerta de la habitación 207 dos veces, como el cartero, y se metió, de nuevo, en su habitación.
(Lord No Zoo)
EL TRUCO DE LA COCA.
_ Mira tío, es muy fácil. Estás en el bar, hablando con una chica. Le cuentas algo lo que sea y sabes que a casi todo el mundo le va el rollo, ¿no?. Pues se lo dices: oye, mira, aquí tengo un poco de coca, ¿vamos al aseo? Ella te dice que sí, y ya la tienes. Entras al aseo con ella. Te quedas mirándola. Mira cariño, era mentira, no tengo coca, sólo quería quedarme contigo a solas para decirte que te quiero. Y la besas. Y ella se deja, se dejan siempre, no pueden decirte que no ¿entiendes?
Entonces estaba yo en el bar El Loco pasando la tarde. El bar estaba casi vacío y la tarde también estaba casi vacía. La música suena ahí como si estuvieran destripando una furgoneta, imposible dejarse llevar por ninguna melodía. Tienes que soñar con otras cosas, concentrarte en algo y cerca había una chica, también sola, bebiéndose una fanta o algo así y estaba jugando a pellizcar una servilleta. Me acordé del truco de la coca que me había contado mi amigo.
Hola, ¿quieres tomarte otra fanta? Te invito.
Vale, pero con Vozka.
A veces es aburrido estar solo, ¿verdad?
Sí. ¿tú esperas a alguien?
No. Estoy pasando la tarde.
Era morena, un poco gorda, de suaves ojos marrones y parecía aburrida y poco relajada. Nos quedamos callados, incómodos. Tenía que decir algo o largarme:
Pareces cansada por algo, vamos a celebrarlo. Dos chupitos de tequila, Andrés. Sabes, una vez leí un cuento de Bukowski. Se llama Melzimer o algo así. Es un nombre mágico que sirve para volar. Un viejo en un bar le enseña a volar diciendo ese nombre mágico, Melzimer, y así es como pasa: cuando la policía los va a detener el viejo y él pronuncian Melzimer y salen volando, FIUUU. Si quieres lo intentamos y subimos a la torre de la Iglesia de Santiago. Allí el cura tiene un sofá rojo, no sé para qué lo utilizará, pero lo podemos subir al balcón de la torre y sentarnos a ver los tejados y el cielo.
El Vozka y el tequila le estaban entrando bien, algo se desataba en ella, estaba más relajada y los ojos le brillaban con un poco de alegría. Pero aún seguía jugando al tú habla-que-habla y después ya veremos.
¿Qué, lo intentamos o no? Allí arriba se está mucho mejor que aquí. Y además podemos llevarnos la bebida. Mira, voy a pedir algo de repuesto. Otra cerveza y otro Vozka, en vaso de plástico que nos lo llevamos.
Bueno, vale. Vamos a intentarlo.
Primero dime cómo te llamas.
Juana. ¿Y tú?
Yo, Juan.
Je, je. Qué casualidad.
Bueno, vamos allá. Creo que tienes que concentrarte, pensar en algo malo, algo malo que te haya pasado para poder liberarte de eso al volar. Luego dices: melzimer, melzimer, hasta que te eleves.
Ya lo tengo. ¿pueden ser más una cosa?
Mejor una, pero no pasará nada.
Vale, me quedo con dos.
Bien, vamos allá.
Mi reina me dio la mano, una mano pequeña y cálida. Nos quedamos en silencio un buen rato, mirando nuestras bebidas, yo sentía su corazón palpitar entre el humo del bar como un pájaro nervioso. Entonces oí su voz temblorosa:
Meelzimer…
MELZIMER, dije yo también.
Meleeeeezimer
MELZIMER
Meelzimér
CIERRA LOS OJOS, TESORO
Melezimer
MELZIMER
Melelzimer
VAMOS A DESPEGAR CARIÑO. TRES
Dos
UNO, ALLÁ VAMOS
Juan, ¿estamos volando ya?
CREO QUE NO.
¿seguro?
MELZIMER
melimer.
MELZIMER.
Esto no se mueve
NO, ALGO FALLA. MELZIMER.
Melzimé, melzimé melzimé…
ANDRÉS, OTROS DOS CHUPITOS
Brindamos por la luna. Estabamos atrapados bajo la gran luna pero sus ojos brillaban alegremente y nos queríamos, nos amábamos y eso nos salvaba un poco de todas las tristezas.
Bueno, ahora que estamos aquí y nos podemos ir mucho más lejos, por qué no me cuentas algo? Yo me he cansado de decir tonterías.
¿Algo lo que sea?
Lo que sea.
Mi marido es un hijo puta.
¿Cómo? (el brillo se había esfumado y en el fondo de su pupila centelleaba el filo de una navaja)
Es un hijoputa
Ya, bueno.
Se está tirando a mi hermana. Mi hermana es otra hija de puta.
Joder.
Y tengo dos hijos. Uno de cuatro y otro de ocho.
MELZIMER.
¿Qué?
Nada sigue
Los muy cabrones llevan así un año. Y nos íbamos a cenar todos juntos como si nada…
Era demasiado. Miles de cosas empezaron a flotar delante de sus ojos, cosas penosas y dolorosas y contradictorias, demasiadas cosas para sus ojos marrones. Vi cómo su mente se tambaleaba, el alcohol la había subido y ahora la bajaba a toda leche y yo no podía hacer nada. Se le torció la boca, empezó a reirse como una loca.
Oh oh oh, no es nada estoy bien, estoy muy bien, me encuentro mucho mejor sabes? Mucho mejor todo está bien, eres muy guapo, me ha gustado mucho viajar contigo, oh oh, está bien, ahora te invito yo, lo mismo lo mismo, por favor, jijijijijjijijijijiji.
Me contó que tenía un perro cuando era pequeña. Un pastor alemán muy viejo que se dejaba montar como un caballo. Ella lo trataba como un caballo y se iba por el salón de su casa imaginando que el salón era el desierto de las películas. Ella era el vaquero, el llanero solitario y su padre un indio borracho y malo al que tenía que matar o algo así. Le tiraba flechas de goma y el indio se las quitaba de encima como si fueran moscas. Era un indio invencible, un dios.
¿ y el caballo? (mi reina estaba recuperando de nuevo el equilibrio, la mirada en su sitio rodeada de cosas reales, la sonrisa tranquila)
Oh, el caballo murió o algo así. Quiero decir, el indio lo raptó y se lo llevó a su campamento.
Ajá.
Nunca lo descubrí. Nunca supe donde lo tenía escondido. Ahora debe de haber muerto… jijijijijijijiijiijiiji Pero cómo es tan hijoputa de follarse a mi hermana.!!!!!!!!!!!! Oh estoy bien, estoy bien, de verdad, eres muy guapo.
Otra vez volvían los monstruos a desfigurar su cara.
Mira cariño, yo también me lo estoy pasando bien. Trata de centrarte en esto, estamos aquí y no nos conocemos, mira los árboles y todo eso.
No hay árboles
Bueno es una forma de hablar
Dos niños sabes, pero estoy bien, de verdad, bien bien bien, ya está, ya está…
¿Quieres bailar conmigo?
¿ya no volamos?
Vamos a bailar.
Nos pusimos a bailar. Los dos lo hacíamos bastante mal pero era casi más divertido que hacerlo bastante bien. Íbamos de un lado a otro, tropezándos, abrazándonos. Se reía…
Sabes, Juana? Tengo aquí un poco de coca que me sobró de una fiesta… no sé, si te apetece…
Paro de bailar. El diablo iluminó sus ojos
¿Tienes coca? Oh, bueno, claro, joder, claro, esto me hará olvidar todo…
Ahora estaba mucho más contenta….estaba histérica, parecía que había llegado el hombre de los helados al desierto y empecé a sentirme culpable mientras me dirigía al aseo porque su alegría histérica y la manera de subirse los mocos me decían que no había nada en el mundo que le hiciera más ilusión…
Oh, Juan, vamos al de las chicas, está más limpio y es más grande, además tiene una cosa que sirve de bandeja.
Vale.
Entramos. Enciendo la luz. El aire llevaba ahí varios días encerrados y aún olía a lejía. Me quedo mirándola, en silencio. Me escocían los ojos.
¿Bueno qué?
Sigo mirándola.
¿vas a mirarme toda la noche?
Me gustaría mucho
Ya pero hemos venido a otra cosa
Sí pero es que…Eh, mira cariño… no hay coca.
¿Cómo?
Era una mentira, sólo quería estar aquí contigo y decirte que te quiero mucho, me gustaría darte un abrazo.
¿Cómo?
Me gustaría darte un abrazo
¿Cómo? ¿Qué no tienes coca?
No
¿y para qué coño me dices que tienes coca si no tienes? Joooder jooooooder
Lo siento, sólo quería darte un abrazo…
Un abrazo dice…
Si un abrazo, te quiero….
Dios mío qué payaso. Otro igual. Para qué me dices que tienes coca si NOOOOOO tienes
Lo estábamos pasando bien.
Que te jodan guarro salido. Me voy
No te vayas. Lo siento.
Lo siento dice el guarro. Aparta.
Adiós juanita, te echaré de menos
Adiós señor MELZIMER…
Dios santo, señor Melzimer, lo dijo bien, por fin, y lo dijo de aquella manera tan segura que pasó Sí SÏ sí pasó, lo juro, empecé a elevarme, mi cuerpo estaba flotando, era hermoso, era muy hermoso, una sensación maravillosa, mi cuerpo no pesaba, era hermoso, gracias, muchas gracias, estaba VOLANDO en el aire como un globo de helio olvidado por un niño dándome suaves golpecitos contra el techo del aseo…
_ Mira tío, es muy fácil. Estás en el bar, hablando con una chica. Le cuentas algo lo que sea y sabes que a casi todo el mundo le va el rollo, ¿no?. Pues se lo dices: oye, mira, aquí tengo un poco de coca, ¿vamos al aseo? Ella te dice que sí, y ya la tienes. Entras al aseo con ella. Te quedas mirándola. Mira cariño, era mentira, no tengo coca, sólo quería quedarme contigo a solas para decirte que te quiero. Y la besas. Y ella se deja, se dejan siempre, no pueden decirte que no ¿entiendes?
Entonces estaba yo en el bar El Loco pasando la tarde. El bar estaba casi vacío y la tarde también estaba casi vacía. La música suena ahí como si estuvieran destripando una furgoneta, imposible dejarse llevar por ninguna melodía. Tienes que soñar con otras cosas, concentrarte en algo y cerca había una chica, también sola, bebiéndose una fanta o algo así y estaba jugando a pellizcar una servilleta. Me acordé del truco de la coca que me había contado mi amigo.
Hola, ¿quieres tomarte otra fanta? Te invito.
Vale, pero con Vozka.
A veces es aburrido estar solo, ¿verdad?
Sí. ¿tú esperas a alguien?
No. Estoy pasando la tarde.
Era morena, un poco gorda, de suaves ojos marrones y parecía aburrida y poco relajada. Nos quedamos callados, incómodos. Tenía que decir algo o largarme:
Pareces cansada por algo, vamos a celebrarlo. Dos chupitos de tequila, Andrés. Sabes, una vez leí un cuento de Bukowski. Se llama Melzimer o algo así. Es un nombre mágico que sirve para volar. Un viejo en un bar le enseña a volar diciendo ese nombre mágico, Melzimer, y así es como pasa: cuando la policía los va a detener el viejo y él pronuncian Melzimer y salen volando, FIUUU. Si quieres lo intentamos y subimos a la torre de la Iglesia de Santiago. Allí el cura tiene un sofá rojo, no sé para qué lo utilizará, pero lo podemos subir al balcón de la torre y sentarnos a ver los tejados y el cielo.
El Vozka y el tequila le estaban entrando bien, algo se desataba en ella, estaba más relajada y los ojos le brillaban con un poco de alegría. Pero aún seguía jugando al tú habla-que-habla y después ya veremos.
¿Qué, lo intentamos o no? Allí arriba se está mucho mejor que aquí. Y además podemos llevarnos la bebida. Mira, voy a pedir algo de repuesto. Otra cerveza y otro Vozka, en vaso de plástico que nos lo llevamos.
Bueno, vale. Vamos a intentarlo.
Primero dime cómo te llamas.
Juana. ¿Y tú?
Yo, Juan.
Je, je. Qué casualidad.
Bueno, vamos allá. Creo que tienes que concentrarte, pensar en algo malo, algo malo que te haya pasado para poder liberarte de eso al volar. Luego dices: melzimer, melzimer, hasta que te eleves.
Ya lo tengo. ¿pueden ser más una cosa?
Mejor una, pero no pasará nada.
Vale, me quedo con dos.
Bien, vamos allá.
Mi reina me dio la mano, una mano pequeña y cálida. Nos quedamos en silencio un buen rato, mirando nuestras bebidas, yo sentía su corazón palpitar entre el humo del bar como un pájaro nervioso. Entonces oí su voz temblorosa:
Meelzimer…
MELZIMER, dije yo también.
Meleeeeezimer
MELZIMER
Meelzimér
CIERRA LOS OJOS, TESORO
Melezimer
MELZIMER
Melelzimer
VAMOS A DESPEGAR CARIÑO. TRES
Dos
UNO, ALLÁ VAMOS
Juan, ¿estamos volando ya?
CREO QUE NO.
¿seguro?
MELZIMER
melimer.
MELZIMER.
Esto no se mueve
NO, ALGO FALLA. MELZIMER.
Melzimé, melzimé melzimé…
ANDRÉS, OTROS DOS CHUPITOS
Brindamos por la luna. Estabamos atrapados bajo la gran luna pero sus ojos brillaban alegremente y nos queríamos, nos amábamos y eso nos salvaba un poco de todas las tristezas.
Bueno, ahora que estamos aquí y nos podemos ir mucho más lejos, por qué no me cuentas algo? Yo me he cansado de decir tonterías.
¿Algo lo que sea?
Lo que sea.
Mi marido es un hijo puta.
¿Cómo? (el brillo se había esfumado y en el fondo de su pupila centelleaba el filo de una navaja)
Es un hijoputa
Ya, bueno.
Se está tirando a mi hermana. Mi hermana es otra hija de puta.
Joder.
Y tengo dos hijos. Uno de cuatro y otro de ocho.
MELZIMER.
¿Qué?
Nada sigue
Los muy cabrones llevan así un año. Y nos íbamos a cenar todos juntos como si nada…
Era demasiado. Miles de cosas empezaron a flotar delante de sus ojos, cosas penosas y dolorosas y contradictorias, demasiadas cosas para sus ojos marrones. Vi cómo su mente se tambaleaba, el alcohol la había subido y ahora la bajaba a toda leche y yo no podía hacer nada. Se le torció la boca, empezó a reirse como una loca.
Oh oh oh, no es nada estoy bien, estoy muy bien, me encuentro mucho mejor sabes? Mucho mejor todo está bien, eres muy guapo, me ha gustado mucho viajar contigo, oh oh, está bien, ahora te invito yo, lo mismo lo mismo, por favor, jijijijijjijijijijiji.
Me contó que tenía un perro cuando era pequeña. Un pastor alemán muy viejo que se dejaba montar como un caballo. Ella lo trataba como un caballo y se iba por el salón de su casa imaginando que el salón era el desierto de las películas. Ella era el vaquero, el llanero solitario y su padre un indio borracho y malo al que tenía que matar o algo así. Le tiraba flechas de goma y el indio se las quitaba de encima como si fueran moscas. Era un indio invencible, un dios.
¿ y el caballo? (mi reina estaba recuperando de nuevo el equilibrio, la mirada en su sitio rodeada de cosas reales, la sonrisa tranquila)
Oh, el caballo murió o algo así. Quiero decir, el indio lo raptó y se lo llevó a su campamento.
Ajá.
Nunca lo descubrí. Nunca supe donde lo tenía escondido. Ahora debe de haber muerto… jijijijijijijiijiijiiji Pero cómo es tan hijoputa de follarse a mi hermana.!!!!!!!!!!!! Oh estoy bien, estoy bien, de verdad, eres muy guapo.
Otra vez volvían los monstruos a desfigurar su cara.
Mira cariño, yo también me lo estoy pasando bien. Trata de centrarte en esto, estamos aquí y no nos conocemos, mira los árboles y todo eso.
No hay árboles
Bueno es una forma de hablar
Dos niños sabes, pero estoy bien, de verdad, bien bien bien, ya está, ya está…
¿Quieres bailar conmigo?
¿ya no volamos?
Vamos a bailar.
Nos pusimos a bailar. Los dos lo hacíamos bastante mal pero era casi más divertido que hacerlo bastante bien. Íbamos de un lado a otro, tropezándos, abrazándonos. Se reía…
Sabes, Juana? Tengo aquí un poco de coca que me sobró de una fiesta… no sé, si te apetece…
Paro de bailar. El diablo iluminó sus ojos
¿Tienes coca? Oh, bueno, claro, joder, claro, esto me hará olvidar todo…
Ahora estaba mucho más contenta….estaba histérica, parecía que había llegado el hombre de los helados al desierto y empecé a sentirme culpable mientras me dirigía al aseo porque su alegría histérica y la manera de subirse los mocos me decían que no había nada en el mundo que le hiciera más ilusión…
Oh, Juan, vamos al de las chicas, está más limpio y es más grande, además tiene una cosa que sirve de bandeja.
Vale.
Entramos. Enciendo la luz. El aire llevaba ahí varios días encerrados y aún olía a lejía. Me quedo mirándola, en silencio. Me escocían los ojos.
¿Bueno qué?
Sigo mirándola.
¿vas a mirarme toda la noche?
Me gustaría mucho
Ya pero hemos venido a otra cosa
Sí pero es que…Eh, mira cariño… no hay coca.
¿Cómo?
Era una mentira, sólo quería estar aquí contigo y decirte que te quiero mucho, me gustaría darte un abrazo.
¿Cómo?
Me gustaría darte un abrazo
¿Cómo? ¿Qué no tienes coca?
No
¿y para qué coño me dices que tienes coca si no tienes? Joooder jooooooder
Lo siento, sólo quería darte un abrazo…
Un abrazo dice…
Si un abrazo, te quiero….
Dios mío qué payaso. Otro igual. Para qué me dices que tienes coca si NOOOOOO tienes
Lo estábamos pasando bien.
Que te jodan guarro salido. Me voy
No te vayas. Lo siento.
Lo siento dice el guarro. Aparta.
Adiós juanita, te echaré de menos
Adiós señor MELZIMER…
Dios santo, señor Melzimer, lo dijo bien, por fin, y lo dijo de aquella manera tan segura que pasó Sí SÏ sí pasó, lo juro, empecé a elevarme, mi cuerpo estaba flotando, era hermoso, era muy hermoso, una sensación maravillosa, mi cuerpo no pesaba, era hermoso, gracias, muchas gracias, estaba VOLANDO en el aire como un globo de helio olvidado por un niño dándome suaves golpecitos contra el techo del aseo…
martes, 13 de noviembre de 2007
HOTEL LA HIPÉRBOLA, II
II
Todavía eran las siete y media de la tarde pero ya hacía un buen rato que sobre la ciudad se había postrado, igual que un invitado de esos pesados, la oscuridad. Una densa niebla, semejante a una nevada de hálitos que no pudiese cuajar jamás, empezaba a descender con aplomo sobre las calles. Las luces de las farolas, separadas minuciosamente por el capricho del hombre, parecían contrastar con mucha más fiabilidad el tiempo que la distancia. De cuando en cuando las luces de los coches, similar a las pupilas de los animales nocturnos, rompían la opacidad de la niebla. El sonido de sus motores emitía gruñidos monótonos y advertía a los viandantes de su presencia. Junto a una parada de autobús unos jóvenes hablaban con voz muy alta, aseguraban con demasiado lirismo que con esto del cambio climático parecía que el aire se hubiese convertido en una forma de vida caduca que cada noche tuviese la obligación vital de condensarse para, con la misma libertad de siempre, poder subsistir a la mañana siguiente sin ningún tipo de problemas. Gracias a la luz que desprendían las ventanas de los edificios se adivinaba que tras ellas la presencia de vida humana existía, aunque en algunos edificios, sobre todo los más viejos, esa supuesta presencia de vida conseguía que determinadas calles inflingieran un sollozo frío de verdadero miedo. El señor Lude caminaba con paso delicado. Sus bombachos pantalones a cuadros emitían un sonido que recordaba a la maquinaria de las viejas imprentas. Un fric, fric que le acompañaba allá donde iba, como si a cada paso pretendiera imprimir las últimas noticias del día. La americana verde, aquella que en los años ochenta su padre compró en los almacenes Jenner´s de Edimburgo, parecía por los codos más desgastada que de costumbre. El señor Lude llevaba, como siempre, el stetson beige algo inclinado hacia delante. Lo hacía para ocultar así el pequeño antifaz en forma de anteojos que llevaba. Asiendo con las dos manos la pequeña maleta trolley de color azul marino se detuvo ante la puerta del Hotel la Hipérbola.
Buenas noches, dijo una vez hubo traspasado el umbral y quitado el sombrero.
Buenas noches, contestó el recepcionista extrañado de ver a un hombre llevando un antifaz con forma de anteojos. Parecen, pensó, aquellos protectores solares de los años setenta, aquellos que tan de moda estuvieron entre las turistas extranjeras. Sí, sin ninguna duda eran idénticos.
¿Tiene alguna habitación libre? Preguntó el señor Lude.
Sí, sí tenemos. ¿Va a ser una noche?
No lo sé. Es posible que sea alguna más. ¿Hay problema?
No, ninguno. Pero para la llegada del fin de semana sí sería mejor que lo avisara con algún día de antelación.
Perfecto. No se preocupe.
Me deja su carné de identidad, por favor.
Claro, por supuesto. Aguarde un segundo, a ver dónde lo he metido.
El señor Lude buscó en sus bolsillos. Tanto en los de la americana como en los de sus bombachos pantalones a cuadros. Buscó dentro de los bolsillos con movimientos torpes, como si en realidad el señor Lude estuviera ocultando dentro de sus bolsillos algún escurridizo animal. Todo el cuerpo se le arqueaba según la intención de los brazos. Si rebuscaba en el bolsillo derecho, el cuerpo se le inclinaba hacia el lado contrario. Si en cambio examinaba en el bolsillo de sus pantalones, el señor Lude se aupaba sobre sus pies para que su mano pudiera palpar todo el interior del bolsillo. Sin embargo, durante todo el tiempo que estuvo buscando el documento, su cara permaneció invariable e inmóvil. Con aquellos extraños anteojos fijos en el recepcionista. Buscó y rebuscó su documento sin mover un ápice la cabeza. Como si los movimientos de la cabeza y los del resto del cuerpo no se correspondieran, como si ambas partes fueran conscientes de lo que debe o no debe hacer cada una. Al final, de uno de los bolsillos de la americana sacó el carné. Lo alargó y lo dejó en el mostrador.
Aquí tiene, dijo el señor Lude.
Gracias, dijo el recepcionista antes de cogerlo para inspeccionarlo.
Disculpe señor Lude. Eh, es, este carné… no vale. Su foto… la, la foto… no, esto, no vale. Su foto. ¿Me entiende? Este carné debería llevar otra foto, la suya, claro, pero sin los anteojos.
Ah. Sí, disculpe, dijo el señor Lude como si nada y de nuevo volvió a meterse las manos en los bolsillos, buscando y rebuscando. Al igual que antes, su cabeza permanecía quieta mientras su cuerpo se retorcía, se inclinaba o se aupaba. Al recepcionista le pareció estar frente a una enorme cobra que estuviera esperando el momento preciso para lanzar su ataque. Debido a este pensamiento un tremendo escalofrío subió lentamente por la espalda del recepcionista. Se le detuvo en la nuca tras erizar ligeramente su cabello.
Aquí tiene y disculpe, siempre olvido que esto va junto.
El recepcionista agarró un papel doblado por dos mitades. Lo desplegó y lo leyó para sí.
Ah, perfecto, no se preocupe señor Lude, dijo fingiendo normalidad. Todo está en orden. Un segundo que acabe de hacer el registro, y aquí tiene. La llave. Su habitación es la 208, segundo piso. Conforme sale del ascensor, a mano derecha. ¿Quiere que alguien le ayude o necesita algo?
No, dígame solamente si las habitaciones próximas a la mía están ocupadas. Y en caso afirmativo, dígame alguna cualidad o algo acerca del inquilino que la ocupa.
Ah, bueno, sólo eso, sí. Bueno, espere un segundo. A ver. Sí. La 207, que es la que está justo enfrente de la suya, está ocupada. Está ocupada por un escritor. Y bueno, próxima, sólo tiene esa. Las demás están conforme sale del ascensor a mano izquierda. Pero, un segundo señor Lude, dijo el recepcionista mientras el hombre de los anteojos se disponía a meterse en el ascensor. ¿Puedo hacerle una pregunta?
No se preocupe, dijo riendo. Encontraré la habitación. Tengo esto, y se señaló la nariz con el dedo índice.
No, no me refería a eso.
Entonces, pregunte. ¿Qué quiere saber?
Quiero saber…perdón, quisiera saber cómo las perdió.
Ah, ¿eso? Bueno, la verdad es que no lo sé con certeza, contestó. Un día, siendo niño, me quedé dormido bajo un castaño. Cuando me desperté todo continuaba a oscuras para mí, como si el sueño no hubiera acabado. Una vez en casa, mis padres vieron que mis pupilas habían desaparecido. Lo extraño del caso es que pude llegar a casa totalmente a ciegas sin ningún tipo de impedimento ni problemas. El olfato y el oído me sirvieron, y bueno, todavía me siguen sirviendo.
¿Y fue al médico?
Sí.
¿Y qué le dijo?
Que algún día mis pupilas volverían. Pero como puede ver usted mismo, todavía no las he recuperado, dijo el señor Lude a la vez que se quitaba los extraños anteojos y mostraba dos ojos sin pupilas. Técnicamente no se trataba de ojos propiamente dicho, más bien de globos oculares. Allí estaban el iris, el cristalino y sus córneas. Pero ni rastro de las pupilas. Parecían dos extrañas flores estampadas en una cara.
La puerta del ascensor se cerró dejando las últimas palabras del señor Lude flotando en el ambiente del hall, como si un disco rayado repitiera una y otra vez el estribillo de una canción: Todavía no las he recuperado, Todavía no las he recuperado, Todavía no las he recuperado. El recepcionista tomó aire, se giró para buscar con la mirada un enorme espejo que tenía tras sí y se aproximó a él. Se juzgó el aspecto detenidamente. Se miró los ojos y observó sus pupilas. Se abrían o se cerraban según se acercaba al espejo o se alejaba de él. Pensó lo raro que debería de ser no tener pupilas. Sería como estar siempre dentro de una niebla eterna. Al pensar en la niebla salió a la calle. Todo estaba envuelto bajo el telo flexible de aquella densa bruma. Nadie caminaba por las calles. Aguzó el oído y a lo lejos sonó el frenazo de un automóvil. Algo más cerca, un perro aulló varias veces. De la cafetería del hotel escapaban, como filtrados por pequeñas y ocultas rendijas, risas y el golpeo de las copas. No supo distinguir otros sonidos que los puramente cotidianos. Se encogió de hombros y volvió adentro.
(Lord No Zoo)
Todavía eran las siete y media de la tarde pero ya hacía un buen rato que sobre la ciudad se había postrado, igual que un invitado de esos pesados, la oscuridad. Una densa niebla, semejante a una nevada de hálitos que no pudiese cuajar jamás, empezaba a descender con aplomo sobre las calles. Las luces de las farolas, separadas minuciosamente por el capricho del hombre, parecían contrastar con mucha más fiabilidad el tiempo que la distancia. De cuando en cuando las luces de los coches, similar a las pupilas de los animales nocturnos, rompían la opacidad de la niebla. El sonido de sus motores emitía gruñidos monótonos y advertía a los viandantes de su presencia. Junto a una parada de autobús unos jóvenes hablaban con voz muy alta, aseguraban con demasiado lirismo que con esto del cambio climático parecía que el aire se hubiese convertido en una forma de vida caduca que cada noche tuviese la obligación vital de condensarse para, con la misma libertad de siempre, poder subsistir a la mañana siguiente sin ningún tipo de problemas. Gracias a la luz que desprendían las ventanas de los edificios se adivinaba que tras ellas la presencia de vida humana existía, aunque en algunos edificios, sobre todo los más viejos, esa supuesta presencia de vida conseguía que determinadas calles inflingieran un sollozo frío de verdadero miedo. El señor Lude caminaba con paso delicado. Sus bombachos pantalones a cuadros emitían un sonido que recordaba a la maquinaria de las viejas imprentas. Un fric, fric que le acompañaba allá donde iba, como si a cada paso pretendiera imprimir las últimas noticias del día. La americana verde, aquella que en los años ochenta su padre compró en los almacenes Jenner´s de Edimburgo, parecía por los codos más desgastada que de costumbre. El señor Lude llevaba, como siempre, el stetson beige algo inclinado hacia delante. Lo hacía para ocultar así el pequeño antifaz en forma de anteojos que llevaba. Asiendo con las dos manos la pequeña maleta trolley de color azul marino se detuvo ante la puerta del Hotel la Hipérbola.
Buenas noches, dijo una vez hubo traspasado el umbral y quitado el sombrero.
Buenas noches, contestó el recepcionista extrañado de ver a un hombre llevando un antifaz con forma de anteojos. Parecen, pensó, aquellos protectores solares de los años setenta, aquellos que tan de moda estuvieron entre las turistas extranjeras. Sí, sin ninguna duda eran idénticos.
¿Tiene alguna habitación libre? Preguntó el señor Lude.
Sí, sí tenemos. ¿Va a ser una noche?
No lo sé. Es posible que sea alguna más. ¿Hay problema?
No, ninguno. Pero para la llegada del fin de semana sí sería mejor que lo avisara con algún día de antelación.
Perfecto. No se preocupe.
Me deja su carné de identidad, por favor.
Claro, por supuesto. Aguarde un segundo, a ver dónde lo he metido.
El señor Lude buscó en sus bolsillos. Tanto en los de la americana como en los de sus bombachos pantalones a cuadros. Buscó dentro de los bolsillos con movimientos torpes, como si en realidad el señor Lude estuviera ocultando dentro de sus bolsillos algún escurridizo animal. Todo el cuerpo se le arqueaba según la intención de los brazos. Si rebuscaba en el bolsillo derecho, el cuerpo se le inclinaba hacia el lado contrario. Si en cambio examinaba en el bolsillo de sus pantalones, el señor Lude se aupaba sobre sus pies para que su mano pudiera palpar todo el interior del bolsillo. Sin embargo, durante todo el tiempo que estuvo buscando el documento, su cara permaneció invariable e inmóvil. Con aquellos extraños anteojos fijos en el recepcionista. Buscó y rebuscó su documento sin mover un ápice la cabeza. Como si los movimientos de la cabeza y los del resto del cuerpo no se correspondieran, como si ambas partes fueran conscientes de lo que debe o no debe hacer cada una. Al final, de uno de los bolsillos de la americana sacó el carné. Lo alargó y lo dejó en el mostrador.
Aquí tiene, dijo el señor Lude.
Gracias, dijo el recepcionista antes de cogerlo para inspeccionarlo.
Disculpe señor Lude. Eh, es, este carné… no vale. Su foto… la, la foto… no, esto, no vale. Su foto. ¿Me entiende? Este carné debería llevar otra foto, la suya, claro, pero sin los anteojos.
Ah. Sí, disculpe, dijo el señor Lude como si nada y de nuevo volvió a meterse las manos en los bolsillos, buscando y rebuscando. Al igual que antes, su cabeza permanecía quieta mientras su cuerpo se retorcía, se inclinaba o se aupaba. Al recepcionista le pareció estar frente a una enorme cobra que estuviera esperando el momento preciso para lanzar su ataque. Debido a este pensamiento un tremendo escalofrío subió lentamente por la espalda del recepcionista. Se le detuvo en la nuca tras erizar ligeramente su cabello.
Aquí tiene y disculpe, siempre olvido que esto va junto.
El recepcionista agarró un papel doblado por dos mitades. Lo desplegó y lo leyó para sí.
Ah, perfecto, no se preocupe señor Lude, dijo fingiendo normalidad. Todo está en orden. Un segundo que acabe de hacer el registro, y aquí tiene. La llave. Su habitación es la 208, segundo piso. Conforme sale del ascensor, a mano derecha. ¿Quiere que alguien le ayude o necesita algo?
No, dígame solamente si las habitaciones próximas a la mía están ocupadas. Y en caso afirmativo, dígame alguna cualidad o algo acerca del inquilino que la ocupa.
Ah, bueno, sólo eso, sí. Bueno, espere un segundo. A ver. Sí. La 207, que es la que está justo enfrente de la suya, está ocupada. Está ocupada por un escritor. Y bueno, próxima, sólo tiene esa. Las demás están conforme sale del ascensor a mano izquierda. Pero, un segundo señor Lude, dijo el recepcionista mientras el hombre de los anteojos se disponía a meterse en el ascensor. ¿Puedo hacerle una pregunta?
No se preocupe, dijo riendo. Encontraré la habitación. Tengo esto, y se señaló la nariz con el dedo índice.
No, no me refería a eso.
Entonces, pregunte. ¿Qué quiere saber?
Quiero saber…perdón, quisiera saber cómo las perdió.
Ah, ¿eso? Bueno, la verdad es que no lo sé con certeza, contestó. Un día, siendo niño, me quedé dormido bajo un castaño. Cuando me desperté todo continuaba a oscuras para mí, como si el sueño no hubiera acabado. Una vez en casa, mis padres vieron que mis pupilas habían desaparecido. Lo extraño del caso es que pude llegar a casa totalmente a ciegas sin ningún tipo de impedimento ni problemas. El olfato y el oído me sirvieron, y bueno, todavía me siguen sirviendo.
¿Y fue al médico?
Sí.
¿Y qué le dijo?
Que algún día mis pupilas volverían. Pero como puede ver usted mismo, todavía no las he recuperado, dijo el señor Lude a la vez que se quitaba los extraños anteojos y mostraba dos ojos sin pupilas. Técnicamente no se trataba de ojos propiamente dicho, más bien de globos oculares. Allí estaban el iris, el cristalino y sus córneas. Pero ni rastro de las pupilas. Parecían dos extrañas flores estampadas en una cara.
La puerta del ascensor se cerró dejando las últimas palabras del señor Lude flotando en el ambiente del hall, como si un disco rayado repitiera una y otra vez el estribillo de una canción: Todavía no las he recuperado, Todavía no las he recuperado, Todavía no las he recuperado. El recepcionista tomó aire, se giró para buscar con la mirada un enorme espejo que tenía tras sí y se aproximó a él. Se juzgó el aspecto detenidamente. Se miró los ojos y observó sus pupilas. Se abrían o se cerraban según se acercaba al espejo o se alejaba de él. Pensó lo raro que debería de ser no tener pupilas. Sería como estar siempre dentro de una niebla eterna. Al pensar en la niebla salió a la calle. Todo estaba envuelto bajo el telo flexible de aquella densa bruma. Nadie caminaba por las calles. Aguzó el oído y a lo lejos sonó el frenazo de un automóvil. Algo más cerca, un perro aulló varias veces. De la cafetería del hotel escapaban, como filtrados por pequeñas y ocultas rendijas, risas y el golpeo de las copas. No supo distinguir otros sonidos que los puramente cotidianos. Se encogió de hombros y volvió adentro.
(Lord No Zoo)
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