Lo tienes claro, ¿verdad?
Sí, dijo Nilo antes de cerrar la puerta del coche. Y no se impaciente ni se irrite doctor, en menos de media hora estaré aquí con él.
Nilo se encaminó, como si nada, hacia el oscuro edificio.
Dentro del SEAT, el doctor Feria e Inmola Rota veían al pequeño niño-anciano alejarse con pasos cortitos, balanceándose con tímida gracia. Su menudo cuerpo se desvanecía poco a poco al adentrarse en la niebla y parecía que se hundía en un mar sulfuroso.
En cuanto Nilo hubo desaparecido del todo, disipado por la inquietante y angustiosa bruma, una sacudida tenebrosa atravesó el alma de Vico Feria.
Inmola Rota percibió la aflicción del doctor y se volvió a mirar a su amigo.
No te preocupes Vico, ése monstruito saldrá de allí sin problemas. Ya lo verás.
No me preocupa él, Rota. Es esta angustiosa cosa lo que me preocupa.
¿El qué, Vico?, preguntó Inmola algo desconcertado.
Este edificio a medio hacer; parece una trampa para perros. Presiento algo siniestro en él, algo que me da mala espina. Es algo que… no sé cómo explicarlo. Escapa a mi razón. Es una especie de corazonada o así lo que siento. Desde siempre he tenido la sensación de que este lugar encerraba alguna fatalidad… aunque, bueno, en realidad nunca me importó mucho. Nunca me han interesado los males ajenos, ya lo sabes Inmola. El doctor guardó silencio a la vez que giraba la cabeza con gesto resignado.
Lo que ocurre es que ahora noto toda esa fatalidad muy cerca, como si se hubiese convertido en una maldición que ha decidido manifestarse sobre nosotros, lo noto ahí dentro, dijo señalando hacia la enorme y lóbrega estructura.
Y hoy sí me importa Rota, sí me importa, sentenció tembloroso después de tragar saliva.
El dentista giró la cabeza y clavó la vista en el turbio horizonte. Se le veía algo asustado y nervioso e intentó pensar en otras cosas. No le gustaban nada, nada, esa clase de historias.
Nilo bordeó el edificio y tuvo que atravesar una zona llena de basura, maleza y diversas hierbas hasta llegar a los conductos de ventilación. Éstos apenas tenían un diámetro de cincuenta centímetros y estaban construidos de chapa. Se escurrió introduciéndose en uno de ellos y sin pérdida de tiempo comenzó a examinar con la palma de la mano la parte superior del conducto.
No tardó en encontrar la linterna que tenía allí escondida y la encendió antes de adentrarse en el edificio.
La luz, redonda como una minúscula luna, se revolvía moribunda y recordaba la incandescencia de los ojos cerrados cuando se confunden en la oscuridad de la memoria.
Nilo repasó mentalmente el plan mientras metía los bajos de su pantalón por dentro de los calcetines. Dar las gotas al enfermo, pegar fuego al edificio, volver a por el enfermo y regresar junto al coche. Perfecto, vamos allá.
Comenzó a gatear. En silencio. La operación consistía en avanzar en horizontal unos treinta metros y después ascender nueve usando a modo de peldaños unos anclajes de hierro. Nilo se sabía esto de memoria. Había repetido este procedimiento tantas veces que casi podía llegar a cualquier lugar del edificio sin la linterna. Esta vez, por supuesto, había decidido realizarlo con la prudencia de la primera vez.
Cada siete u ocho metros Nilo se topaba junto a algún piso, entonces, apagaba la linterna como medida de precaución para no ser descubierto y permanecía ahogado por una oscuridad nula, plana, indescriptible.
Pasó por la primera planta y escuchó gritos. Algunos angustiosos, otros coléricos. Tuvo una idea clara de lo que estaba ocurriendo en cada una de las estancias y su pequeño corazón se contrajo, lleno de congoja.
Atravesó la segunda planta con cierto nerviosismo.
Pensó en el señor Lude y se paró, como magnetizado. Metió la mano en su bolsillo y se aseguró de que el frasco que le había dado el doctor Feria seguía allí.
Se volvieron a oír gritos, muchos. Esta vez acompañados de golpes. Venían de todas las partes.
Al pequeño corazón de Nilo le costó reprimir un estremecimiento al imaginarse el edificio envuelto en llamas y a toda la gente escapando del fuego como en una ilustración bíblica.
Tomó una bocanada de aire y debido al polvo que tragó, tuvo que esforzarse en reprimir un ataque de tos.
Intentó tranquilizarse diciéndose que todo iba a salir bien.
Aun así, continuó gateando con el pulso acelerado, rodeado de aquella suerte de alucinación impalpable e invisible.
Sobre el pensamiento de Nilo merodeaba la incómoda impresión de que alguien le seguía, ese miedo que ya se sabe, adopta la forma de un gigante oculto. Él evitó a toda costa mirar hacia atrás. No quería que el pánico le atenazara. Estaba casi en su escondite y no faltaba ya nada.
La boca la notaba seca. Las muñecas le temblaban.
A través de las hendiduras de una tapadera de los conductos observó la habitación en la cual el señor Lude había recibido la brutal paliza.
De manera sorprendente la sala estaba circundada por una especie de halo luminoso y anaranjado, como el del fuego.
En el ambiente también el hedor a sangre y vómito todavía perduraba.
Al recordar la feroz agresión, un golpe de desánimo se concentró en lo más profundo de su alma y la extraña sensación de que alguien le estaba siguiendo aumentó. Creía sentirla ahora sobre su cogote, como si tuviera incrustada la cabeza de una enorme garrapata.
La sangre le fluía a borbollones en ése determinado punto de su cuerpo, y sentía deseos incontrolables de rascarse ahí. De repente algo le llamó la atención, fortuitamente. Unas marcas oscuras. A modo de huellas. Llegaban hasta su escondrijo. Parecía barro. Y sí, eran huellas, huellas grandes. Muy grandes.
Le sobrevino un miedo brutal, un miedo que parecía proceder del suelo, como si de las entrañas del mundo alguien estuviera extrayendo un gas ardiente. Nilo sentía que le rodeaba, y le envolvía, y le presionaba.
Creyó ahogarse y empezó a sudar.
La linterna se le resbaló y al caer sonó un rumor amortiguado, seco. El eco rebotó por los conductos de ventilación semejando un lamento sobrenatural. Cogió la linterna y se quedó quieto mirando hacia la habitación, echándole valor. La extraña luz anaranjada brillaba con un matiz especial. Aguzó los oídos y escuchó pasos. El miedo se multiplicó. Comenzó a temblar y los dientes castañeteaban como una máquina de coser. ¿Quién habrá descubierto mi rincón?, pensaba. ¡Era inaccesible! O eso creía.
De forma inesperada, del escondite secreto de Nilo surgió una sombra. Tal vez fuera una figura, o una silueta. No se percibía por aquella luz. Pero era grande y deforme.
Por la parte posterior, a la inquietante sombra, le sobresalía un objeto alargado, igual que si llevara una lanza clavada en el hombro. Y de la cintura le colgaban formas raras que se agitaban y retorcían a cada movimiento.
Nilo se quedó agarrotado, entumecido, inmóvil por el miedo.
La silueta deambulaba por la habitación, moviéndose despacio, como si buscara algo, seguramente habrá oído el golpe, pensó Nilo.
Tras sí, iba dejando esas huellas enormes, llenas de barro.
Nilo mantuvo la respiración. Los ojos, exageradamente abiertos. Temía que el percutir de sus dientes le descubriera y metió una de sus diminutas manos entre ellos. Su corazón llevaba un ritmo muy acelerado y sintió el pulso martillear en su sien como un tronar interminable.
La extraña forma se detuvo, tal vez había visto algo. Se quedó así unos segundos, al acecho.
Nilo reflexionaba viendo a la silueta. Preguntándose qué era lo que debía hacer.
Métete en la cabeza, se dijo, de que nada, ni siquiera esa inquietante sombra, va a detenerte.
Decidió acercarse, tenía que aproximarse más, iría hasta su escondite. Sabía que desde allí podía observar mejor los movimientos de la silueta. Y sobre todo, estaría cerca del señor Lude.
Gateó muy despacio y llegó al hueco por el cual bajaba hasta su escondite.
Mientras escuchaba los pasos de aquella misteriosa silueta, descendió por los anclajes de los tubos, abrazándose literalmente a ellos. Percibía también la respiración, un tanto forzada, del señor Lude.
Bueno, al menos sigue vivo, pensó algo aliviado.
Siguió bajando, manteniendo el ritmo y asegurando los pies en los anclajes.
Una vez hubo tocado suelo, Nilo se acuclilló con sigilo, encendió la linterna y miró a través de las hendiduras de la única tapadera de los conductos, la que él utilizaba como entrada y salida.
Ahí estaba el señor Lude, se le notaba durmiendo. Sigue tal y como lo he dejado, se dijo Nilo. Envuelto en mantas y con el rostro magullado.
Al final de la estancia, la silueta y sus movimientos acechantes evocaban, en contraste con aquella tonalidad anaranjada, un humo denso que se expande y contrae sin dirección concreta. Nilo la observaba intentado averiguar qué o quién podía ser aquello.
Bruscamente surgió algo, justo allí, en el fondo de la demoníaca luminosidad de la habitación, y empezó a desplazarse, a lo largo y ancho de la sala, con la ligereza de una onda sobre un líquido demasiado denso. Nilo clavó los ojos en esa onda y contempló cómo iba adoptando una forma definida, concreta.
Era otra silueta. Mucho más alargada, o estilizada.
¿De dónde han salido esas sombras?, se preguntaba Nilo.
Las miraba, a las dos, boquiabierto, aturdido; y muy extrañado, porque ellas, entre sí, parecían no verse. Daba la sensación de que ninguna apreciaba la presencia de la otra.
Mientras una mantenía aquella actitud vigilante, la otra, la recién llegada, caminaba con paso tranquilo y se acercaba hacia donde estaba el señor Lude.
Ya estaba ante él.
Nilo levantó la vista un poco y se topó con la figura de un hombre alto, delgado, con los hombros caídos. Vestía un abrigo algo viejo y portaba en la mano izquierda un maletín. En la otra mano llevaba sujetas un par de hojas a medio doblar.
Nilo pretendía, y se esforzaba, en reconocer la cara del hombre, pero por más que se fijaba en el rostro, éste, extrañamente, era borroso y turbio, como el cristal empañado.
Nilo se frotó los ojos, varias veces. Pero ni siquiera así consiguió distinguir la cara. Tenía la sensación de estar mirando a través de unos cristales graduados o como cuando abres los ojos bajo el agua.
¿Estoy viendo un fantasma?, fue una de sus preguntas, y aunque no creía en espíritus ni cosas por el estilo, sabía con una extraña seguridad que aquello, a modo de certeza intuitiva, no pertenecía al mundo cotidiano y natural.
También pudiera ser un efecto óptico.
Mientras la cabeza de Nilo cavilaba entorno a mil hipótesis, la otra silueta había abandonado la estancia y se aproximaba también hacia el rincón. Sus pasos ahora eran ágiles, directos, estables.
Llegó y se quedó firme y parada.
Nilo, estupefacto, descubrió la imagen de un hombre fuerte que llevaba unas enormes botas, altas, manchadas de barro y sangre. Unos pantalones también manchados de barro y sangre. Se le veían enganchados a la cintura algunos conejos, perdices y visones. Y llevaba una escopeta colgaba del hombro. El rostro, como pasaba con la otra silueta era turbio, desenfocado.
La extraña luz anaranjada parecía relumbrar con más fulgor.
De súbito la figura de las botas extendió hacia el rostro del señor Lude una mano abierta.
Nilo pensaba que la extraña silueta de las huellas de barro iba a agarrar al señor Lude y a llevárselo a un mundo recóndito y de imposible concepción humana, pero se equivocó.
¡Los ojos!, gritó Nilo.
Sobre la palma de la mano se movían perezosos dos ojos, los dos ojos del señor Lude.
La luz anaranjada cesó al instante y se hizo la oscuridad en la sala. Absorbidos por alguna fuerza inhumana, las dos imágenes también se eclipsaron conjuntamente en la inmensa invisibilidad.
A la vez que todo esto ocurría, un quejido surgió de la boca del señor Lude.
(LNZ)
miércoles, 11 de junio de 2008
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